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CULTURA

El misterio de la llave de oro. Un paseo por la ciudad que conoció Cisneros

Mucho y muy bien se ha escrito en la prensa provincial sobre Cisneros. A estas alturas del quinto centenario de su muerte, pocos serán los que no hayan  recordado o descubierto la relevancia de una de las figuras históricas más importantes de España.

En Sigüenza ha sido sobresaliente su recuerdo, gracias a la magnífica exposición Cisneros. De Gonzalo a Francisco, cuyas tres sedes, Museo Diocesano, Catedral y Ciudad, se complementan en un merecido homenaje a quien supo regir y mejorar la ciudad con sabiduría y devoción. Quien tenga la oportunidad de visitar esta exposición que no prescinda de los catálogos y guías redactados con primor para este centenario.

¿Quién no querría llevarse ese recuerdo plasmado en la memoria? Precisamente, las ilustraciones de “El misterio de la llave de oro” nos permiten llevarnos la Sigüenza de Cisneros en nuestras manos.

El pequeño Crispín, protagonista del libro, trabaja en la casa de los Vázquez de Arce y oye las campañas de san Vicente y Santiago. Recorre las mismas Travesañas que recorrerían los dos provisores del Mendoza, Cisneros y López de Medina, del Castillo a la Catedral, de la Catedral a los huertos para visitar las obras del Colegio de San Antonio de Portaceli al otro lado del Henares. Crispín y Martín, apenas tres años después de la marcha de Cisneros, conocen la ciudad bulliciosa en la que los artesanos constructores consolidan las obras de alzado de las ventanas del ábside central, alarde gótico de ascensión y espiritualidad luminosa, promovido por Mendoza y supervisado por Cisneros. Allí debemos imaginar una algarabía de canteros, carpinteros, yeseros, herreros, y alarifes trabajando junto a las murallas que, desde el siglo XIV, protegían Morería, Judería y Catedral. Que nadie imagine una plaza Mayor inexistente, ni siquiera un espacio allanado, pues la puerta de la Cadena quedaba al mismo nivel de la naves y los ábsides sin girola. Es en esa puerta sur donde Cisneros impartía justicia tras la cadena que lo separaba de los inculpados. La misma puerta por donde entra Crispín para encontrarse con su primo Martín dando fuelle al órgano. No faltarán a tan solemne cita ni los Reyes Católicos ni el Gran Cardenal don Pedro de Mendoza.

Las ilustraciones recogen fachadas románicas, con decoración geométrica y vegetal de influencia cisterciense que también influiría en la pureza espiritual de nuestro ilustre Capellán Mayor. Al igual que los protagonistas del cuento, saldría por las puertas de las murallas, atravesaría el cobertizo para acortar distancias y acercarse al mercado franco o a las numerosas tiendas y talleres de artesanos que colmaban la ciudad. Amante de la luz, vería, como Crispín, salir el sol por el oriente, hacia el que apuntaba los ábsides de la imponente catedral, y morir en el occidente boscoso visto desde los arrabales. Sin duda los seguntinos estaban orgullosos de la silueta de su ciudad, vista desde los huertos o desde los cerros, circundada por sus murallas; sin duda Cisneros y López de Medina vieron la belleza de las piedras doradas por el sol y quedaron enamorados de las construcciones humanas que competían sin daño con frondosas alamedas. Faltaban siglos para el descubrimiento del paisaje turístico, pero yo no dudo del amor de Cisneros por la ciudad porque tuvo el placer de construir en Alcalá de Henares una ciudad universitaria de nueva planta.

La familia de Crispín y Martín Azero representan el espíritu de concordia entre las tres religiones del libro, que en época de Cisneros seguían conviviendo en Sigüenza. Judíos, musulmanes y cristianos viejos son capaces de celebrar juntos la prosperidad y la paz de aquellos años. Crispín aprende de sus mayores y todos comparten su riqueza cultural con el pequeño niño rubio que busca respuestas. Todos muestran su fe en la belleza, en la honradez, en la bendición misericordiosa de un dios sin que a todos cuida y protege. Así es Crispín. Así es Cisneros. De todo aprende y lo quiere recoger en su biblia políglota, con respeto, con rigor, con humildad ante la tradición y los nuevos aires humanistas.

Esta es una de las ilustraciones que el lector se puede llevar a casa, obra magistral de Isidre Monés. Quien quiera entrar en el pensamiento y en los corazones de aquellos seguntinos, que busque su llave de oro en la lectura sosegada de este cuento para todas las edades y para todos los amantes de lo bien hecho.

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