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CULTURA

Seguntinos y veraneantes

No soy aficionado a la literatura policiaca y no me hubiese puesto a leer La torre del gallo (Francisco Javier Oliva, 2010) por mero entretenimiento. He entrado en esa obra de setecientas páginas como aficionado a la historia local, y por ello quiero evitar malentendidos: no voy a hacer una crítica, sino que voy a dar cuenta de una exploración. Sigüenza es el escenario donde se sitúan los hechos. Bien es verdad que se trata de una Sigüenza del futuro (hacia 2044), pero quedan en ella suficientes edificios e itinerarios reconocibles, descritos en general con el esquematismo de una guía turística, como para que nos sintamos en nuestra propia ciudad. La parte más original de este recorrido es la que corresponde a las torres de la catedral, pues normalmente se quedan fuera de los circuitos turísticos. Se describe minuciosamente tanto la subida a la torre sur, o de las campanas, como el ascenso a la más estrecha torre del Santísimo, llamada aquí por su nombre más popular de “torre del gallo”, por la veleta con forma de gallo que le pusieron en la reconstrucción.

Hay que decir que, más allá de los coches eléctricos y de la domótica, la Sigüenza aquí imaginada (más en clave de futurología que de ciencia-ficción) parte de una revolución urbana, quizá imaginable antes de la crisis, pero que hoy resulta inverosímil: ha crecido un nuevo barrio en las eras del castillo; la urbanización Parque Santa Librada (derruida hasta sus cimientos) se ha convertido en un parque anejo a la Alameda; el cine Capitol es el Ayuntamiento; las antiguas escuelas, una comisaría de policía; el viejo cuartel de la Guardia Civil es un hotel; la estación, un restaurante, en tanto que las vías de tren han sido soterradas; el Ficus es un kiosco acristalado y el centro médico es el Hospital de Santa Librada. La Marina, cerrada hace años, es en ese futuro una taberna turística, donde los personajes acuden movidos por la nostalgia. Frente a todas esas novedades improbables, los edificios históricos subsisten y mantienen la esencia seguntina. 

Aunque la acción se sitúa en el futuro, es la Sigüenza del último cuarto del siglo pasado la que se evoca en la obra. He usado la etiqueta de novela policiaca, y aunque ciertamente hay un asesinato y dos suicidios (que habrán de ir esclareciéndose, incluso con la ayuda de un policía), una vez embarcado en la lectura otras etiquetas se ajustaban mejor a lo que iba encontrando: novela psicológica (dentro de un realismo convencional), y sobre todo novela de costumbres. Pues son las costumbres de esa Sigüenza de fin de siglo las que aquí van siendo ocasionalmente evocadas.

Se rememora cómo era la infancia a comienzos de la década de los ochenta, con una Alameda veraniega y llena de niños de todas las edades, en cuya puerta principal se apostaban las tres piperas; y las bicicletas y motocicletas se amontonaban en torno a los obeliscos y mojones, siendo el taller de Paco en las Ocho Esquinas el centro de inflado y reparaciones. Una infancia de verano azul que corre hacia la adolescencia y primera juventud, con la formación de las pandillas y los primeros emparejamientos. Llegadas las Fiestas de San Roque comenzaba la vida de peñas, aquí centrada en los Pepinillos y El Pendón. Esta evocación costumbrista, que va aflorando por doquier, tiene su momento culminante en la descripción de la Procesión de los Faroles, con que se dan por terminadas las fiestas patronales, ocupándose precisamente las peñas de portear los misterios. Pero no faltan los toros, las comidas de peña, los conciertos en la Plaza de San Vicente y los cubos de sangría.

Es este mundo juvenil el más intensamente evocado —los trágicos sucesos de la novela suceden ya con los protagonistas en torno a los veinte años—. Y es en esta evocación de los jóvenes de la Sigüenza en fiestas, donde se desarrolla el tema costumbrista más interesante: las relaciones entre seguntinos y veraneantes. Relaciones teñidas, por lo que se desprende del relato, de un prejuicio clasista que principalmente afectaba a los noviazgos.

Aquí ya se me trastocan las etiquetas y he de recurrir a la inusual de “novela onírica” para explicar las sensaciones de mi lectura. ¿Qué sentido tiene contaminar con un crimen imaginario la evocación de la vida de pandilla realmente vivida en la juventud? Hay una explicación inmediata: se aprovechan las vivencias personales con un sentido meramente instrumental, como un verdadero escenario, esta vez humano, en el que situar una trama policiaca. Pero esta explicación se me hace ineficaz. No justifica el complejo entramado psicológico de la novela: pues son aquellos jóvenes ahora envejecidos los que se ven abocados a descubrir el crimen del pasado para poder vivir. Esos viejos, que curiosamente siguen actuando a veces como adolescentes como cuando se enzarzan en peleas, siguen atenazados por conflictos no resueltos de su primera juventud. Por eso he hablado de novela onírica: el crimen no deja de ser un recurso para fijar un culpable (de sucesos de otro tipo, transmutados en trama policiaca en el mundo onírico). Pero admito que esta última explicación parezca exagerada y valga la anterior: la propia juventud como escenario verosímil.

Cierro este comentario con un par de citas textuales. Una para mostrar el tono de la evocación: “Ahí (…) tenía el Paco su taller. Era un sitio oscuro, lúgubre. Cuando yo era un chaval casi daba miedo. Tenía un tubo fluorescente cochambroso como única iluminación. Todo olía a aceite lubricante, a metal oxidado y a miel, porque en la entrada había dos grandes cubetas de lata que rellenaba cuando iba a vaciar sus colmenas. (…) Era un hombretón tan simpático como grueso. Estaba siempre coloradote de puro bonachón. Era un trabajador incansable y siempre estaba de buen humor” (página 200). Y otra sobre las relaciones humanas: “En aquellos tiempos se miraba con lupa con quién se juntaba cada uno, sobre todo una familia (…) tan reconocida y poderosa” (223-4).

José María Martínez Taboada

Fundación Martínez Gómez-Gordo

 

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