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La historia del soldado Botija. De Imón a Filipinas

“Año bisiesto, ni aquello, ni esto” dice el refrán y así  sucedió en el año 1896, el último año bisiesto del siglo XIX, en Imón. Sus habitantes, conocidos como jaquetones o imonenses, vivían de la explotación de sus recursos naturales: las salinas, la agricultura de cereales y leguminosas, la ganadería ovina y, en temporada, la caza de liebres, perdices, codornices y conejos. Al final del verano, la cosecha agraria coincidía con la saca de la sal, convirtiéndose en una oportunidad laboral tanto para los vecinos como para los braceros de los pueblos aledaños, que hasta los almacenes salineros se acercaban en demanda de trabajo. Pero a finales de aquel siglo empezaron las dificultades para comercializar la sal. El oro blanco, que tantos beneficios concedió en el pasado, sufría la falta de apoyo del gobierno central. El freno a su desarrollo limitaba tanto los beneficios que sentían estar asistiendo a los últimos años de recogida del blanco producto.

Por si fuera poco, en medio de esta situación, estallaba la crisis colonial que desembocaría en una guerra de consecuencias negativas para España. Las insurrecciones de la población indígena frente al gobierno español, tienen como consecuencia el reclutamiento de jóvenes españoles. En el del año 1896, fue alistado Baldomero Botija Martínez. El joven de 19 años, que en su vida había ido más allá de Sigüenza, ni había conocido otro ambiente que el de su pueblo y el del mercado seguntino al que acudía semanalmente con su padre, tuvo que responder a la llamada del Ejército. Como no disponía de las 1.500 pesetas para pagarse la redención a metálico que permitía librarse del servicio militar, no le quedó más remedio que incorporarse a filas, asumiendo su destino en un conflicto surgido a miles de kilómetros de distancia de Imón, con la incertidumbre de no saber si volvería a ver aquel paisaje salinero cuyas aguas tintaban los rayos del sol con suaves tonos entre añiles y rosados.

En la estación de Sigüenza, tomó el tren a Barcelona, viajando en un vagón de tercera clase. En el puerto barcelonés  aguardaban autoridades y público para despedir a los 5.000 soldados de reemplazo que se embarcaban en un carguero de la Compañía Trasatlántica Española, concesionaria de las expediciones marítimas de tropa. Les esperaba una larga travesía, entre 20 a 30 días, dependiendo de las condiciones meteorológicas que tuvieran. Tenían previsto llegar a puerto en el mes de octubre. Atravesaron el Canal de Suez, para poner rumbo al otro lado del mundo donde estaba el último retazo del imperio español en Ultramar: las islas Filipinas, un destino tan lejano como desconocido para Baldomero. Era la primera vez que veía el mar y le impresionó su inmensidad superior a las balsas de agua de las salinas.

Los primeros días fueron angustiosos, sufrió mareos, náuseas y vómitos, igual que muchos de los reclutas que viajaban en la bodega del barco a vapor y que subían a cubierta  para recibir una improvisada instrucción militar, ya que la inmensa mayoría era la primera vez que participaban en  operaciones militares y no sabían usar un fusil.

Cuando por fin, divisaron la bahía de Manila, sintió un enorme alivio. Pronto abandonaría el carguero para pisar tierra firme y, en ese mismo momento, sentiría también un cierto temor ante lo que se le avecinaba en aquellas tierras: un levantamiento armado del movimiento independentista filipino contra las autoridades españolas que había  estallado en el mes de agosto, en tres focos: Imús, Silang y San Francisco de Malabón.

Bajo un calor asfixiante y húmedo, al que no conseguirían aclimatarse, los soldados del ejército español al mando del General Polavieja, cruzaron ríos y barrancos, atravesaron caminos difíciles, largos y empinados, se adentraron en la jungla, destrozaron trincheras enemigas y pelearon cuerpo a cuerpo, a pecho descubierto, contra los tagalos. Fue tal el arrojo y valentía que demostró Botija durante su participación, que fue recompensado con la Cruz sencilla del Ejército.

Pero su acción más relevante, por la que resultó aún más laureado, fue la que emprendió como voluntario acompañando al sargento y a 18 soldados de la compañía a capturar un caballo que estaba suelto, antes que lo apresaran los enemigos y se hicieran con el substancioso cargamento que portaba: billetes de banco, paquetes de la Compañía General de Tabacos de Filipinas y armas de fuego. Un botín sin duda muy ansiado por los sublevados tagalos, no sólo por el valor económico de la mercancía, sino también por el armamento que podían obtener para mejorar su defensa, porque apenas contaban con armas y eran muy rudimentarias:  sencillos machetes, frente a los fusiles europeos. La acción de rescate resultó desastrosa para los españoles. Por recuperar un caballo, perdieron la mitad de la fuerza. Sólo sobrevivieron diez soldados, entre ellos Baldomero, que fueron condecorados con la Cruz del Mérito Militar pensionada y gratificados con cinco duros de Alfonso XIII.

Botija no duró mucho en tierras orientales porque apenas tres meses después de su llegada al puerto filipino, fue atacado por un enemigo vital: la enfermedad, que estaba haciendo estragos entre la población militar española, más que la propia guerra, pues el número de heridos y fallecidos por arma era inferior al de los enfermos. Las malas condiciones de vida que tenían los soldados, la  escasez de alimentos en buen  estado de conservación, la carencia de vitaminas en algunos alimentos frescos, la falta de agua potable, la ausencia de higiene y el hacinamiento en las instalaciones, favorecieron la propagación de epidemias de disentería, fiebre amarilla y beriberi que causaban debilidad en los organismos y la muerte sino recibían tratamiento inmediato. La sal, principal ingrediente conservante y desinfectante, tan abundante en  Imón y de la que se acordaría más de un día, escaseaba en Filipinas. También faltaba carne, y si al principio parecían tener reparos, llegó un momento en que no dudaron en sacrificar a sus caballos para alimentarse, e incluso para sobrevivir, llegaron a comer lagartijas, cuervos y cualquier animal que pudiera echarse al puchero, sin ningún asco, porque el hambre apretaba. En más de una ocasión añoró las judías con perdiz que guisaba su madre en época de caza.

Baldomero ingresó en el hospital de campaña, con síntomas de disentería.  Su estado de salud era tan delicado, que tardaría en volver a estar en forma para guerrear. Decidieron evacuarlo a España. Le fallaban las piernas y tenía dificultades para andar. Necesitó contar con la asistencia de tres soldados para llegar al embarcadero, donde lo montaron en una falúa hasta la base naval de Cavite para ser reembarcado junto con otros heridos y enfermos con destino a España. Al llegar al puerto de Barcelona, fue atendido por miembros de la Cruz Roja, que tras  un examen le permitieron viajar en tren. Por su condición de enfermo procedente de Ultramar, pudo  ocupar segunda clase con un billete de tercera, sin ningún coste adicional.

Durante su convalecencia en casa, Baldomero diariamente paseaba aprovechando los beneficios que el aire saludable de Imón ejercía sobre su maltrecha salud. Le gustaba caminar hasta los almacenes salineros o acercarse al Llano de las Simas, para contemplar desde el bosque de encinas la estampa de un bello atardecer sobre las salinas.

En el mes de septiembre de 1897, tras finalizar la cosecha en el campo y el entroje de la sal en los almacenes, empezaron las fiestas patronales en honor a Ntra. Sra. de la Asunción. Durante tres días los jaquetones dejaron de lado su vida cotidiana para participar en un programa festivo para todos los públicos, en el que además de la solemne función religiosa, se oficiaron dos más para pedir por la terminación de la guerra. Los taurinos tuvieron tres corridas de novillos a cargo de Antonio Gadea, novillero y vecino de la localidad; los pequeños se divirtieron con las cucañas y carreras de sacas. A la luz de la luna y de los farolillos, jóvenes y menos jóvenes disfrutaron bailando al son de la música en la plaza y en el casino. Un ramillete de fuegos artificiales, iluminando el cielo  puso el broche final a las fiestas patronales.

Al llegar el invierno, el 23 de diciembre el General Primo de Rivera y los líderes  rebeldes tagalos firmaban el Pacto de Biak-na-Bato, finalizando  la guerra con España. Baldomero Botija Martínez, se convirtió en un héroe de Filipinas para sus vecinos. Su hazaña militar,  breve pero intensa, fue recogida en las páginas del periódico La Crónica por el corresponsal de la localidad. El joven soldado, sentado en el porche del almacén de San José, disfrutaba relatando a sus amigos su anecdotario filipino plagado de enfrentamientos con los insurrectos tagalos, de valerosas acciones de combates y de su lucha por la supervivencia  en medio de tantas dificultades, mientras les mostraba con gran satisfacción sus condecoraciones, que brillaban como metales preciosos, bajo el sol salinero de la villa de Imón.

Amparo Donderis Guastavino
ilustraciones:  La Ilustración española y americana, 1897

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