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Energía eólica sí, pero no así

Vientos revueltos soplan en la comarca. Por ahora no mueven ningún molino en Sigüenza pero lo que sí están agitando son las conciencias, las lenguas, las plumas y los ánimos de la escasa ciudadanía que aún pensamos, trasnochados sin duda, que no es sino la gente que habita estos lares la que debe tener la última palabra en tan importantes asuntos. Aquí va mi contribución a este pertinente debate que La Plazuela acoge (¡gracias!) entre sus páginas.

Nos deleitaba Felipe C. Carrasco Calvo en el número anterior con un artículo (“Los molinos no nos harán ricos, pero ayudarán a salvar la comarca”) que reproduce un insidioso argumento que me gustaría rebatir. Se trata de la ya desacreditada, pero inmortal por lo que parece, teoría de que es el desarrollo industrial, turístico y económico en general el que obrará el milagro (tal parece) de que nuevas personas pueblen estas tierras y así detener la sangría demográfica que vaciará sin duda la comarca si no hay una ación decidida de los correspondientes responsables, si es que queda alguno. Dicha teoría establece que la gente no se asienta en la España vacía porque las carreteras son horribles, no hay nada que hacer por aquí, nos falta banda ancha, trabajo y “actividad económica”, como les gusta decir a quienes no contemplan ninguna otra actividad. Con esos planteamientos la receta es sencilla: autovías, centros de interpretación, internet a tope, emprendimiento empresarial (¡que no falte!), mucho turismo y macroproyectos de cualquier tipo que generen empleo. Esta teoría se concreta ahora en la defensa de los molinos de Sigüenza.

Aunque el título del artículo es ya toda una declaración filosófica, la teoría queda mejor explicitada en el siguiente párrafo: “Desde luego que no es algo muy agradable ver la zona regada de molinos, pero, en mi opinión, es más desagradable ver cómo la comarca languidece, los pueblos se abandonan, es lastimoso ver Sigüenza en muchas ocasiones triste y sola. [...] Creo que no es ocasión para dejar escapar una inversión así.”. Queda claro ¿no?: molinos o despoblación, tú eliges.

Los promotores de las macrogranjas porcinas nos planteaban la misma disyuntiva: con nuestro  solidario proyecto evitaremos la despoblación. Es un argumento que no puede faltar siempre que una empresa quiera conseguir las licencias necesarias en el medio rural.
Lo interesante de este caso es que ya ha pasado. Hace diez años se instalaron molinos en la Sierra de Pela. Hubo, como ahora, personas a favor y en contra. Algunos ayuntamientos reciben dinero de la empresa, los que instalaron molinos en su término municipal. ¿Se imaginan ustedes cuál era uno de los argumentos esgrimidos por la parte contratante? Pues justo. Veamos la evolución demográfica de Miedes de Atienza, que linda con Hijes, que linda con Ujados y de Albendiego, que también linda, en los últimos diez años. Son pueblos muy próximos, pero sólo dos de ellos reciben dinero de los molinos. Ahí van los datos, que se pueden observar también en el gráfico: Albendiego ha pasado de 37 empadronados en el 2008 a 43 en el 2017; Ujados de 33 a 34, para las mismas fechas. Estos dos municipios, contra todo pronóstico, han aumentado la población. Hijes ha pasado de 27 empadronados a 19, para las mismas fechas; y Miedes de 86 a 61. Estos dos últimos municipios han perdido un 30 y un 29 %, respectivamente. ¿Adivinan ustedes qué dos municipios reciben dinero de los molinos?. Pues sí, acertaron de nuevo. Los municipios agraciados con el maná eólico declinan en su población mientras que los pobres privados de tan suculenta tajada prosperan (hay que decirlo así en el contexto que nos encontramos) demográficamente. ¿Cómo es posible?

Es posible porque el hecho de fijar población nada tiene que ver con infraestructuras, que son en general aceptables y (sobre todo) suficientes; ni con bandas tan anchas, pues las que tenemos aunque son estrechas, nos dejan movernos a voluntad; ni con casas rurales, cuyos propietarios residen en Madrid o Guadalajara; ni con turismo y pesadísimos centros de interpretación de algo. Sigüenza, esa estrella del turismo provincial, ha pasado de 5013 empadronados en 2008 a 4496 en 2017...... Aunque les sorprenda a todos los emprendedores y prebostes de la comarca, tampoco es cuestión de dinero. Y, sobre todo, la despoblación no se detendrá con proyectos industriales, que sólo alejarán a las personas que están en disposición de venir: las que no se preocupan demasiado por los baches de la carretera, las que no quieren más internet, sino menos, y las que, en definitiva, ven la vida en el medio rural como algo más profundo que trabajar desde casa montando una start.up para Google y viendo el Ocejón por la ventana, o que vender objetos y experiencias a muchedumbres de paso durante cuatro meses al año. Los molinos no van a frenar la despoblación, ni se pretende, señor Carrasco. Pero aunque lo hiciesen, estos molinos no son una buena idea. Veamos por qué.

Las energias renovables son el futuro de la humanidad. Lo curioso es que lo van a ser muy a nuestro pesar. Hace años se hablaba de “la transición” a las revovables. Todas entendimos que eso significaba el cambio, la sustitución, de las energías fósiles por energías limpias y sostenibles. Pero la realidad es que no hay ningún plan de “sustitución” sino de “adición”, tal y como exige la dictadura económica que nos gobierna. Y es que el imperativo del crecimiento constante aboca al fracaso cualquier iniciativa que no sea quemar más cada año, producir más, consumir más y, claro, lo que posibilita esta fiesta desenfrenada, generar más energía cada vez. Las centrales térmicas españolas llevan ya años preparándose para ese supuesto cierre progresivo que no llega nunca. La única central nuclear clausurada es la que la ley obligó a cerrar por la finalización de su vida útil. No hay ninguna transición sino la adición de más energía para intentar saciar nuestra insaciable sed. En realidad de toda la energía que se consume en España sólo el 20 % es energía eléctrica (en el mundo un 10 % nomás). Y de esa parte la energía eólica supone a su vez un 20 %, en el mejor de los casos. Es decir que la energía eólica aporta un 4 % aproximadamente de la energía total que se consume en España. Podría subir algo, sí, pero en ningún caso podría ser una alternativa viable para satisfacer los extravagantes ritmos de consumo del ciudadano medio. Tampoco combinada con la solar y la hidroeléctrica. Sencillamente las energías renovables no son suficientes, aunque le pese a muchos tibios ecologistas, para mantener los niveles de consumo actuales en occidente. Pero el problema no son las energías renovables, ni mucho menos. El problema son nuestros deletéreos niveles de consumo.

El proyecto eólico en Sigüenza no pretende cambiar el modelo energético, ni llevar a cabo una transición a una sociedad mejor, ni disminuir el consumo energético. Pretende aumentarlo para que haya otros pueblos donde instalar sus ciclópeas torres y engrosar sus ciclópeos beneficios. No pretenden ser actores en la dinamización de la comarca, como se suele decir, ni tienen interés en fijar población. Tampoco pretenden solucionar las necesidades enegéticas de los habitantes de Sigüenza. Y no les importa una higa el futuro demográfico de la comarca. Quieren ganar dinero, y van a poner sobre la mesa los argumentos más inverosímiles si éstos contribuyen a apuntalar su legitimidad. Y juegan con las cartas marcadas porque saben que el nuevo Dios omnipotente, los evanescentes mercados, el fantasmagórico sistema, nos exigirá consumir el año que viene más energía que éste, o las siete plagas bíblicas se recordarán como una inocente broma ante la infinita desgracia que asolará nuestra Tierra. Buscan la obtención de beneficios rápidos, aderezados con jugosas subvenciones (también municipales) y los dividendos son el único horizonte hacia el que caminan. El proyecto eólico en Sigüenza implica seguir profundizando en el modelo decadente que nos impone el capital, empujándonos al precipicio. Lo demás, propaganda.

Pese a sus turbias maquinaciones, claro que las energías renovables son la solución, no el problema. Pero no en forma de macroproyectos (siempre en zonas deprimidas y despobladas) para alimentar la reproducción del mismo sistema que nos conduce al desastre ecológico. Son la solución para una generación y una gestión deslocalizada de la energía, lo cual se traduce necesariamente en un avance hacia una sociedad más descentralizada, hacia más amplios horizontes de autonomía comunitaria y hacia un modelo social, en definitiva, que abandone el mito del más es mejor. Es decir, que esbozan justamente la sociedad hacia la que muchas queremos ir, pero en la que hay menos sitio para “empresas energéticas”, “holdings” y grupos inversores que necesitan otro trozo de naturaleza para continuar con el business as usual.

La solución es precisamente poner molinos en las casas, en los pueblos, instalar placas solares, desengancharse de las compañías eléctricas, decidir con el vecindario qué modelo energético queremos, buscar soluciones sostenibles en el paradigma de que nada puede serlo si se le exige un crecimiento infinito. Y decir tajantemente “no” a los mercaderes que quieren instalarse en este templo. Porque el lucro se esconde tras su hipócrita facundia. Porque no les interesa lo más minimo conservar la Obra. Y a nosotras nos va la vida en ello.

Isato de Ujados
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