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Abrazando una catedral

Impresionan sus dos torres almenadas cuando levantas la vista en el cruce de la calle Cardenal Mendoza y la calle Medina. Sorprende la belleza del rosetón de su fachada principal, a la que se accede por dos puertas enrejadas y a través de losas erosionadas por el paso de los siglos. Desgastadas, al fin y al cabo, por miles y miles de peregrinos, por decenas de miles de pisadas de creyentes y no creyentes, que cruzaron ese patio en los últimos 850 años desde la consagración del templo.

Pero no es menos impresionante la panorámica que se observa bajando por la calle Mayor, con esa fachada neoclásica, culminada por la Torre del Gallo y su pequeño campanario. O esa otra imagen de gran belleza que aparece casi escondida a espaldas de la girola, cuando te asomas por la carretera de Alcuneza, al lado de las Ursulinas. Especialmente, en las primeras horas del día; cuando los rayos de un sol mañanero se cuelan por las galerías porticadas de los Padres Josefinos.

Hay otras vistas interesantes de este templo, mosaico de diferentes estilos arquitectónicos, que dibujan su silueta en medio de la ciudad, controlando el centro urbano desde las alturas. Una de ellas puede contemplarse al asomarte al valle por la carretera de Soria, otra similar, aunque con otra perspectiva, al llegar a Sigüenza desde Madrid. También me encanta, quizás porque me trae recuerdos de mi infancia, otra bella imagen de nuestra catedral: la que se divisa desde el camino del cementerio. Es una catedral menos espectacular, más discreta, que se recorta y se perfila por encima de los edificios y los árboles que rodean al puente del Vadillo.

La catedral, con el abrazo más que merecido del fin de semana pasado, es sin lugar a dudas la joya monumental de Sigüenza: el alma y el orgullo de una ciudad que se despierta cada mañana oyendo sus campanas o viendo sobrevolar por encima de sus tejados – como ocurriera hace algunos días – a las cigüeñas, que tampoco quieren perderse el jubileo y las celebraciones del 850 aniversario.

Como ya he comentado en alguna ocasión, quizá se ha tardado demasiado tiempo en abrir puertas y capillas para mostrar a quienes nos visitan los tesoros que guarda en su interior este templo-fortaleza. Ya iba siendo hora de poner en valor la catedral, de levantar algo más la voz para pregonar sus encantos. La gran exposición A Tempora, inaugurada en la primavera de 2016, significó un punto de inflexión. Fue el momento propicio para darla a conocer al gran público. Una buena excusa para mostrarles a creyentes y no creyentes algunas capillas felizmente recuperadas; un motivo más que justificado para colgar por fin los tapices flamencos – restaurados para esa magna exposición con la colaboración y ayuda de la Fundación Ciudad de Sigüenza –, en algunas salas antes abandonadas; y una excelente ocasión para llevar a cabo la restauración de magnífico retablo de Santa Librada, que ahora vuelve a brillar con el color y la luz que puso en él su creador, el maestro Alonso de Covarrubias.

La historia de la catedral es también la historia de Sigüenza, y no solo la historia de sus obispos. El templo encargado de construir por D. Bernardo de Agén es el espejo en el que se ha mirado y se sigue mirando la ciudad, el monumento que marca los hitos de nuestro pasado. En sus paredes y columnas han quedado grabadas las vicisitudes y vaivenes de casi diez siglos de historia.

La vida de Sigüenza, tanto religiosa como secular, está escrita en su catedral con letras de molde. Nadie sería ya capaz de imaginarse esta ciudad, declarada Conjunto Histórico Artístico en 1965, sin ese corazón labrado en piedra, que desafía al tiempo y al espacio. Para lo bueno y para lo malo.

Porque en ella se han vivido momentos felices, solemnes ceremonias, pero también situaciones dramáticas. Nunca deberíamos olvidar, para que jamás se repita, la imagen de una catedral víctima de la guerra y del odio; esa catedral herida por la sinrazón de una contienda; esa catedral, en fin, sitiada y destruida, asustada y a merced de los bombardeos de las tropas de Franco… Ya sé que forma parte de una de las páginas más amargas de nuestra historia, pero tampoco me parece que esté de más recordarlo.

Siempre he pensado que en los muros y capillas de nuestra catedral han quedado escritas las ilusiones, las inquietudes y las oraciones de muchos seguntinos que nos precedieron y que bajo sus bóvedas se guardan experiencias y recuerdos de muchos de nosotros. El silencio y la oscuridad de la catedral, a menos en mi caso, permanecen vivas en la memoria y son parte destacada en los escenarios de mi infancia.

Aunque ha pasado mucho tiempo – finales de los sesenta -, recuerdo perfectamente haber asistido de chaval a la misa cantada de los domingos, más conocida como la misa de los canónigos, por deseo expreso de mí tío Aurelio, que además de participar en ella nunca perdió la esperanza de transmitir y contagiar su vocación sacerdotal a sus sobrinos.

En aquellas mañanas frías de invierno, sentado frente al coro y sin quitarme el abrigo o la trenca, los cantos gregorianos y el sonido del órgano me parecían algo impresionante, casi un espectáculo sobrenatural. Como me lo ha parecido siempre la bóveda de la sacristía de las cabezas o la estatua del Doncel. Y como me emociona todavía el sonido inconfundible del órgano en la parroquia de San Pedro o la salida de la Virgen de la Mayor en la procesión de los faroles.

 

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