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Opinión

El Partenón de Pozancos y la gaznápira

Construiría un Partenón en el monte de Pozancos, con su escultura de Atenea, pero sin oropeles, y dejaría mudos su frontones y metopas, de caliza limpia y gris de la tierra, buscando el redondeo mediante la sencillez de un dórico, de partida, casi perfecto. Y después permitiría, inmisericorde, que se arruinara. Que se le partieran los arquitrabes, que el suelo de la naos se poblara de tejas de piedra caídas, que la sufrida chaparra meseteña y la hierba escueta de majada arraigaran en las juntas de los fustes de las columnas. Tendríamos las ruinas más perfectamente románticas en un monte de chaparra y aliaga, de rebaño de pécora y horizonte limpio. Y vendrían pintores de todos los países en un nuevo Grand Tour para atrapar en sus apuntes las ruinas más inspiradoras. Que lo serían, no por la arquitectura, sino por su ubicación: en pleno centro de la más pura autenticidad rural. Competiríamos con el templo del cabo Sunión o con la mismísima acrópolis de Agrigento. Un edificio de pega en un paisaje sin artificios. Y es que lo segundo sería lo admirado, porque un templo griego más o menos entero es una rareza, pero la autenticidad, hoy en día, es un privilegio.

Lo que no pondría jamás en ese monte ni en los siguientes hasta límite aún no determinado, aunque tiros ya hay, lo que ni en un solo segundo se me pasaría por el pensamiento, sería una desmesura de modernos aerogeneradores desnaturalizantes y ajenos. Te pueden gustar más o menos como concepto, pero el problema, y es grave, es que son una vulgaridad. Y no por estar en contra de la vulgaridad, todos somos vulgares en alguna medida, el problema es que la vulgaridad es la ruina: cualquier pueblo tiene aerogeneradores, a patadas algunos, pero, ¡ay!, templos griegos casi completos no hay más de una docena en todo el vasto mundo. Una rareza en un ambiente único es la unicidad al cuadrado. Pero una vulgaridad plantada en lo prístino es una chaladura, un dispendio. Porque la vulgaridad es muy poco rentable: sería como enfoscar la catedral de Sigüenza o como rehacer las Travesañas enteras en bloque de hormigón “cara vista”.

Falleció Andrés Berlanga hace mes y medio y pasó desapercibido por estos pagos. El autor de la mejor novela rural en español del siglo XX luchó en su día porque en su pueblo, Labros, no se prodigara la pala de policarbonato al viento. No podía ser de otra manera para cualquier amante de la calidad que proporciona lo auténtico, digamos por ejemplo un turista “de poder adquisitivo” o cualquier residente de fin de semana necesitado de paseos al atardecer hacia el infinito. Véase la Provenza francesa, que hay que visitar, con su conjunto de bellas localidades del tamaño de una Alboreca, un Riosalido, una Villacorza, con sus bien conservadas casas de pueblo a millón (literalmente), por supuesto carente de chatarra disruptora en los horizontes de olivo y maquia mediterránea. Es a una Provenza, a una Toscana, a unos valles de Yorkshire en Inglaterra, a lo que podemos aspirar, a lo que debemos aspirar aunque sea en nuestra humilde medida, por la sencilla razón de que cualquier otra opción, como se demuestra con tozudez cada vez que sale lo de “plan rural” en la prensa, es directamente inviable. Tenemos algo valioso, y aún no le hemos sacado apenas nada de su potencial. Porque lo auténtico es cotizadísimo, como los cuadros del provenzal Cezanne, que ya murió hace mucho, al ser su cantidad cerrada y tasada, es decir, limitada. Bien escaso y en vías de extinción que, como rara gema, cada vez será más demandado y, en este mundo brutalmente global, cada vez más determinante de la competitividad entre comarcas, regiones, ciudades, países. ¿Quién iría a gastar el fin de semana, no digamos a vivir, a un lugar en el que solo es posible pasear entre enormes máquinas zumbantes, emisoras de desagradable destellos nocturnos, pudiendo elegir otro lugar carente de ellas?

Más de doscientos millones de euros por ingresos turísticos se pueden perder cada año por la implantación de eólicos en localidades costeras catalanas, según uno de los pocos estudios realizados en territorio nacional sobre su efecto en la demanda turística. Y eso que la playa tira mucho. Sigüenza, más allá de sus monumentos —creánme, hay mucha comarca ahí fuera—, solo puede “tirar” por su potencial apenas desarrollado de aliaga en flor y mapostería vieja exquisitamente emplazadas por la acumulación insensible del tiempo ante un gran horizonte limpio, cada vez más raro de ver. Porque es en esto, no les quepa ninguna duda, donde está al menos la mitad del futuro de una comarca en la que, no nos confundamos, todo el mundo, repito, todo el mundo, incluidos el carnicero, el cartero, el constructor, el banquero o el maestro, vive directa o indirectamente del turismo y sus variedades, que es como decir de la belleza. Ya que si se careciera de ella, tan frágil, no tendríamos un problema de despoblación, como a menudo se denuncia y nos quejamos: seríamos directamente un desierto. Vivimos todos de esa mena en gran parte inexplotada, apenas siquiera prospectada más allá de los sillares catedralicios, que es la rareza de la autenticidad. Esa que sólo se pierde una vez. Que tampoco hay que ser muy peligarza, como diría una gaznápira de Monchel, para darse cuenta de ello.

 

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