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Parar la despoblación. 2. Teoría del éxodo rural

Las teorías impresionan y son polémicas por naturaleza, pero son útiles para entendernos mejor con este pandemonio que llamamos realidad, siempre que no nos las tomemos demasiado en serio. Son útiles porque si tenemos una teoría sabemos (o creemos saber) qué factores afectan a tal o cual acontecimiento y podemos por lo tanto incidir sobre él. Existe un hecho sobre el cual queremos intervenir, a saber, en España la despoblación rural aumenta sin cesar y no hay viso desde el que otear una solución al problema. Queremos frenar el avance de la nada, revertir un flujo que vacía comarcas enteras, cierra bares y transforma huertos feraces en secos baldíos. Preguntarse cómo hacer que la gente vuelva es preguntarse también por qué se fue. Conociendo la causa del éxodo podemos intentar revertirlo. Esta es la motivación de la teoría del éxodo rural que vamos a desplegar aquí. Y aunque sepamos que conocer las causas del éxodo no nos garantiza establecer medidas inteligentes para frenarlo, sí nos permite abordar el asunto con una perspectiva histórica, de la que adolecen normalmente las interpretaciones más comunes del fenómeno.

La teoría generalmente aceptada sobre el éxodo rural es sencilla y de corte psicológico: los habitantes de las zonas rurales ya no son capaces de satisfacer sus necesidades en ese medio y deciden emigrar. En efecto la población rural en España baja desde el 43% en 1960 hasta el 20% en 2015. Pero tal explicación obvia lo más importante. ¿Qué pasó en la segunda mitad del siglo XX para que millones de personas “decidieran” abandonar el medio que había permitido vivir a sus ancestros durante miles de generaciones? La teoría enunciada no es una teoría; es sólo la constatación sesgada de un hecho. Además comete un error fundamental: plantea la suma de millones de decisiones individuales, las de las personas que emigran, como la causa de la despoblación rural cuando en realidad esas decisiones no pueden ser sino la consecuencia de procesos que operan a nivel social, no individual. Una teoría debe explicar precisamente por qué las personas, en conjunto, toman esa decisión. No la tomaron en el siglo XVII, ni en el XVIII, ni en el XIX. La toman en la segunda mitad del XX y eso merece una explicación estructural, no psicológica.

El factor más importante que determina el éxodo rural en la segunda mitad del siglo XX es la industrialización de la agricultura y la ganadería. La industrialización del campo, en definitiva. La llegada del capitalismo industrial a las zonas rurales tuvo dos efectos entrecruzados. En primer lugar la exigencia de mecanización para poder competir en un nuevo mercado agrícola, no local, en el que los precios caen sin cesar debido al aumento de la productividad que proporciona la maquinaria. Y en segundo lugar la exigencia de grandes terrenos cultivables para poder amortizar toda esa inversión tecnológica. Estas dos exigencias contienen en sí mismas un terrible corolario: en el campo sobra gente. Y sobra mucha.

La sustitución de la tracción animal por la mecánica junto con los fertilizantes sintéticos permitieron ahorrar en el coste principal de la agricultura durante más de cinco milenios: la mano de obra. Además ya no hay que cultivar para dar de comer a los animales por lo que la superficie cultivable agrícola para consumo humano se dispara. Estos factores estructurales se concretan en la vida de cada una de las personas que integran la vida rural de diferentes modos. Para la familia campesina tradicional desaparecen los excedentes agroganaderos intercambiables por dinero. Antes las parcelas que se cultivaban proporcionaban autosuficiencia alimentaria y excedentes con los que se obtenían materias no agrícolas: vestidos, herramientas etc. Ahora los precios son tan bajos que la monetarización de esos excedentes no es viable, sólo el trueque esporádico mitiga la previsible ruina. Por otro lado muchas parcelas comunes, vecinales y en definitiva no privatizadas pasan a serlo a lo largo del siglo XX. Esas parcelas, además, se convierten en objeto deseado de los pocos que han conseguido llevar a cabo la mecanización, normalmente los que partían desde una posición privilegiada, con acceso al capital suficiente para la reconversión. Para ellos la agricultura deja de ser un elemento básico que proporciona seguridad alimentaria y algunos excedentes para mercados locales. Ésta se transforma en una herramienta para conseguir beneficios monetarios crecientes. Se planta para vender y, si es para eso, cuanto más mejor. Se opta por el monocultivo, más fácil de mecanizar. Y se intenta ampliar la superficie cultivada por todos los medios. Es el nacimiento de la agroindustria. De este modo esa familia campesina tradicional no sólo se encuentra con bajos ingresos sino con que muchos de los terrenos que cultivaban o de los que se aprovechaban de diversos modos sin ser propietarios pasan a engrosar las hectáreas de cultivo intensivo que ahora explotan los nuevos capitalistas agrarios, normalmente saliditos directamente de la familia más rica del pueblo, que es también quien pilota las recalificaciones necesarias para generar grandes extensiones privadas. En cincuenta años el campo pasa de ser el medio de subsistencia básico de la mayoría de la población a un tentáculo más de la producción capitalista. Lo más interesante es que este cambio, que acaba con un modo de vida milenario y expulsa despiadadamente a la población, se presenta no sólo como un futuro inevitable, que también, sino como el futuro deseable que todas estábamos esperando. Es, simple y llanamente, el progreso.

Si la desestructuración de los modos de vida rurales hubiese tenido solamente un carácter económico se podría haber solucionado sobre el terreno. Por ejemplo mediante la creación masiva de cooperativas agrícolas que, con el capital de muchos y la ayuda institucional, hubiesen podido encarar la gran transformación en ciernes. Pero eran otros los planes. La industrialización del campo es coetánea al desarrollismo de los años 50 y sobre todo de los 60. Las ciudades se industrializan a marchas forzadas y son necesarias miríadas de trabajadores que llenen las fábricas y comiencen a crear lo que luego ha sido conocido como el “sector servicios”. Pues bien, es precisamente la España rural la que llena esas fábricas. El Estado no interviene para frenar la despoblación rural; al contrario, construye cientos de barrios obreros en la periferia de las ciudades para acoger a las nuevas hordas de desposeídos, construye embalses y afronta inmensas replantaciones forestales que “reubican” a la población rural en los nuevos polos industriales; disminuye los servicios sociales en grandes áreas que espera conscientemente que se conviertan en desiertos demográficos… El éxodo rural nunca ha sido frenado, sino impulsado por las instituciones. Y a veces de un modo sutil que es el elemento que más conecta con la época actual: la promoción social de lo urbano como sinónimo incuestionable de progreso. Los agricultores desposeídos no viven en la mayoría de los casos su emigración como un drama sino como una oportunidad. La ciudad representa una nueva forma de vida, de relaciones sociales, de maneras de ocupar el tiempo libre, de hábitos culturales. Lo importante al emigrar no es que el destino sea más grande, en términos poblacionales, es que implica otro modo de existencia. La migración se conceptualiza también como una oportunidad para el ascenso social: mayores niveles de ingreso, mayores oportunidades de consumo y mejores perspectivas de promoción futura. Las personas no emigran a la ciudad por el hecho de ser ciudad, de vivir mucha gente. Emigran, escapando de su pobreza, a otra forma de vivir porque el modo en el que llevan viviendo siglos no les ofrece ya un porvenir deseable. Es decir, que el propio fenómeno de la emigración implica un cambio de percepciones y una asunción de los esquemas valorativos que proceden de lo urbano, en contra de lo rural, que es denigrado. El horizonte del trabajo asalariado con horarios fijos, los ingresos más altos y (aparentemente) más seguros, las tiendas, calles iluminadas, ruido y movimiento permanente, diversiones en cines, teatros y bares….se vislumbra ahora como el horizonte deseable. En realidad los emigrantes no tienen mucha elección, pero lo viven como una decisión propia y como un avance en casi todos los sentidos. El mundo urbano ha penetrado en su interior, empujado por la televisión y apuntalado por el derrumbe del campo. La ciudad les ofrece no sólo un sitio donde ir a procurarse una vida digna sino también todo un nuevo esquema valorativo. El campesino contrasta la pobreza y el atraso rural con la riqueza y el progreso urbano. En realidad, al hacer suyo el esquema valorativo de la ciudad, lo que está asumiendo es la definición de riqueza, pobreza, atraso y progreso que emana de la ciudad. El campesino no sólo tiene que irse; quiere irse porque en muy poco tiempo su modo de vida se le aparece como intolerable.

Esta combinación de pobreza en el campo y ensalzamiento de un modelo social urbano, generados ambos por el mismo elemento transformador, vaciaron los campos no sólo de España sino de medio mundo. Y ya nos apunta las características que debe tener una estrategia de repoblación, que desarrollaremos en los próximos artículos: no va a ser la profundización en ese mismo modelo lo que conseguirá que nuevos habitantes se asienten en estas tierras.

Isato de Ujados
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Ver: Parar la despoblacion. 1. Diagnóstico y bibliografía.

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