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El corzo (I)

Estamos en pleno otoño, mucha gente sale a disfrutar de los colores de la naturaleza y en búsqueda de setas. En estos días varias son las personas que me preguntan por las distintas especies de setas que van encontrando en sus paseos, pero también muchos de ellos se sorprenden por la gran cantidad de corzos que observan y me preguntan muchas cosas sobre este precioso animal. Entre las muchas preguntas que me hacen están algunas como ¿Por qué hay tantos corzos si cuando yo era niño no había?, ¿Es verdad que las corzas interrumpen el embarazo?, ¿Por qué te encuentras cuernos de corzo por el campo tirados? o ¿Un corzo te puede atacar?

Por ese motivo y como el espacio que cada colaborador tenemos en la revista es limitado para un tema tan amplio, he pensado escribir una serie de artículos sobre el pequeño corzo donde espero dar respuesta a todas las curiosidades que puedan tener aquellos que disfrutan en la naturaleza y les gusta saber más sobre la flora y fauna que les rodea y que supongo que disfrutan observando a estos bellos animales en sus paseos por el campo.

En primer lugar, situaremos al corzo como especie. El corzo es un ungulado, es decir, un mamífero que tiene las patas terminadas en pezuña, de la familia de los cérvidos y del género capreolus. La teoría más aceptada en la actualidad sobre la evolución del corzo como especie nos propone que el corzo actual desciende de un género de mamíferos artiodáctilos, ungulados cuyas extremidades terminan en un número par de dedos de los cuales apoyan en el suelo por lo menos dos, extinto conocidos como Procapeolus que habitó el planeta hace unos 6 millones de años según los fósiles encontrados en distintos lugares de Asia y Europa. La evolución de este mamífero nos ha llevado a que actualmente en el mundo existen dos especies de corzo distintas, el corzo siberiano (Capreolus pygargus) y el corzo europeo (Capreolus capreolus).

Corzo macho

Históricamente fue Linneo el primero que describió al corzo desde el punto de vista taxonómico en el año 1758 y lo denomino Cervus capreolus y no fue hasta el año 1821 cuando paso a denominarse Capreolus capreolus.

Estos artículos se centrarán en el corzo europeo que es la especie que se encuentra en nuestra comarca. Pero antes de seguir veamos de donde proviene etimológicamente nuestro amigo el corzo. Capreolus en latín significa “cabritillo de monte” y proviene de la palabra Caprea que es la denominación latina de la cabra montés. ¿Y por qué el nombre de corzo? Pues esto es debido al aspecto de su cola y proviene del verbo corzar o acorzar que significa cercenar, dejar sin cola que proviene del latín curtiare que a su vez proviene de curtus que significa truncado, mutilado, incompleto.

Aunque creo que todos los lectores habrán visto en alguna ocasión a un corzo no está demás describirlo para apreciar mejor algunos detalles de su morfología. El corzo es el cérvido más pequeño de la Península Ibérica, su tamaño es similar al de una oveja. Su pelaje es de color marrón leonado en verano y de pardo grisáceo a gris oscuro en invierno, y lo muda todos los años en dos ocasiones (primavera y otoño). Las crías al nacer tienen un pelaje pardo rojizo y con tres filas de motas blancas a lo largo de su dorso, que cuando pasan dos meses pierden y ya solo si te fijas muy detenidamente se pueden apreciar vagamente los restos de esas motas blancas; en su primera muda ya adquieren la coloración de los ejemplares adultos. Aparentemente parecen carecer de cola, de ahí su nombre común como hemos visto anteriormente, pero en la parte trasera es muy característico y llamativo, especialmente en las hembras en invierno, su escudo anal de color blanco puro. En las hembras el escudo anal tiene forma de corazón invertido culminado con un mechón de pelos que rodea el orificio urinario, mientras que en los machos el escudo anal tiene forma de riñón y carece del mechón de pelos.

En su cabeza se pueden distinguir dos grandes orejas y un hocico negro que contrasta mucho con el blanco de los labios y barbilla, además su pequeña boca le confiera la cualidad de poder ramonear de forma muy selectiva. Los machos poseen una pequeña cuerna, que se desarrolla por completo en mayo, poco ramificada de tres puntas que mudan en la época invernal; se compone de una asta central con una punta que crece hacia adelante y arriba ubicada generalmente en la mitad inferior, y otra trasera que se proyecta hacia la parte posterior de su cabeza y situada en el tercio superior de la asta central. También es muy específico el abundante perlado que se acumula sobre todo en la base de la cuerna, pero que puede llegar a cubrirla casi por completo. La primera cuerna comienza a desarrollarse a partir de los tres meses de vida y no es más que un primario apéndice craneal con forma de estaca menuda. Una vez que se caiga esta primera cuerna comenzará el desarrollo de la primera cuerna adulta y se formará completamente alrededor del primer año, su aspecto puede variar desde una forma similar a la de un ejemplar adulto, aunque más pequeña hasta dos astas rectas y raquíticas que asoman con dificultad en su cráneo. A partir de esta primera cuerna cada año desmogará alrededor del mes de noviembre y creará una nueva cuerna cuya longitud, perlado y grosor estarán relacionados con el estado de salud del individuo, la relación con otros individuos y las condiciones medioambientales de su territorio. Cabe destacar la tremenda variación de forma y volumen que presenta en los diferentes individuos de una misma comarca.

La cuerna del corzo al igual que la de los demás cérvidos es una formación ósea que crece a partir de unos pivotes situados en la parte superior del cráneo mediante irrigación sanguínea y que adquiere su consistencia de cornamenta dura cuando degenera ese aporte sanguíneo. Presente únicamente en machos, aunque con extrañas excepciones, no suelen superar en su asta central los 25 cm de longitud.

Corzo hembra.

Si nos paramos a observarlos con detenimiento podremos comprobar que los cuartos traseros están más levantados que los delanteros y de ahí su peculiar forma de andar, esta característica le otorga una gran facilidad para saltar que es una adaptación a los espacios abiertos, ya que le permite franquear de forma cómoda los obstáculos que pueda encontrar en el terreno y de este modo facilitar la huida en caso de peligro. Esta característica nos permite intuir que la estrategia defensiva de los corzos ante enemigos potenciales no es la confrontación sino la huida y el permanecer oculto ayudado por el color de su pelaje. Sus patas son delgadas y estilizadas y sus huellas pequeñas, estrechas y alargadas, marcan las dos pezuñas y si el terreno está blando puede llegar a marcar las pezuñas secundarias.

Escudo anal del corzo.

El pequeño tamaño del corzo nos indica que puede adaptarse a muchos tipos de hábitat distintos entre los que se encuentran los bosques, terrenos pantanosos y los espacios abiertos. Los machos son un poco más grandes que las hembras. La longitud de los corzos en la Península Ibérica varía entre los 100 y los 120 cm, la altura hasta la cruz entre 66 y 75 cm y su peso entre los 17 y los 26 kg, aunque el peso más común en los machos suele ser 25 kg.
Dentro del corzo europeo existen gran variedad de subespecies y razas dependiendo de su localización geográfica y de los diferentes autores, aunque de manera oficial la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (IUCN) solo reconoce 5 subespecies de corzo europeo. En la Península tenemos tres de ellas Capreolus capreolus canus (Centro de España), Capreolus capreolus decorus (Norte de España) y Capreolus capreolus garganta (Sur de España).
Con esto llegamos al final de la primera entrega sobre nuestro pequeño amigo el corzo, el mes que viene veremos muchas mas cosas sorprendentes de este pequeño ungulado.


Texto y fotos:  Javier Munilla

Uvas de oso

El pasado 22 de septiembre a las 15 horas y 31 minutos, hora peninsular, comenzó oficialmente el otoño en el hemisferio norte. Al otoño se le suele representar como una estación melancólica y romántica, probablemente esto sea debido a que la luz del otoño es especial, suele ser una luz tamizada por el aire húmedo de las lluvias y las nieblas matutinas. Además, si esa luz está acompañada de cielos llenos de nubes, bosques teñidos de tonos amarillos, rojos y ocres, suelos tapizados de hojas caídas de los árboles pues la imagen es muy reconfortante. Si a todo esto le añadimos el descenso progresivo de las temperaturas y los días cada vez más fugaces, todo invita al recogimiento físico y mental. Cualquier aficionado a la fotografía estará de acuerdo conmigo en que el otoño es probablemente la estación más fotográfica del año y un gran momento para disfrutar de esta afición en la naturaleza.

No debemos olvidar que el otoño es una explosión de colores y vida, como ejemplo podemos poner los miles de hongos que comienzan a brotar llenando los bosques y campos de variadas formas y múltiples colores, las bayas y frutos que también añaden colorido y riqueza a esta época del año, muchos animales entran en celo en esta época del año y otros deciden venir a pasar el invierno con nosotros alejándose de las bajas temperaturas del norte de Europa.

Pero el artículo de este mes se lo quiero dedicar a una planta que para muchos pasa totalmente desapercibida, la podemos observar en los paseos que damos por los pinares de nuestra comarca, aunque realizan una gran función para evitar la erosión de la tierra y en el funcionamiento del ecosistema. Es la popularmente conocida como gayuba (Arctostaphylos uva-ursi), aunque en otros lugares de España también se la conoce como manzanera, manzanilla de pastor o uva de oso. La primera curiosidad de esta planta es que su nombre científico esta repetido de dos formas distintas, ya que el género Arctostaphylos deriva del griego árktos que significa “oso” y de staphylé que es “racimo de uvas” y podríamos traducirlo como “uvas de oso”, y el epíteto uva-ursi en latín significa “uva de oso”.

Para los que nunca se hallan parado a observar a esta planta comentarles que la gayuba es un pequeño arbusto rastrero que encontramos tapizando el suelo y que siempre está verde, sus tallos son rastreros y muy ramificados por lo que solemos verlos siempre acostados por el suelo, aunque también pueden ser colgantes cuando la planta en su crecimiento encuentra un desnivel en el terreno. Las ramas son tortuosas, de color pardo-rojizo y con la corteza fácil de desprender. Las hojas alternas, coriáceas, con forma de espátula que se estrechan en forma de cuña hacia la base, de margen entero y ápice obtuso, con un corto peciolo; son de color verde oscuro, algo lustrosas por el haz y más pálidas por la cara con los nervios marcados; al nacer son algo pelosas. Las flores, que son hermafroditas, nacen en racimos cortos de 2 a 7 flores en el extremo de las ramas, entre los meses de abril y julio, son blancas o blanco rosáceas con la base translúcida. El fruto es una drupa carnosa, de color rojo vivo que madura en el otoño, es comestible, pero de sabor insípido, áspera y poco jugosa; y aun así existen referencias de que este fruto era comido por los pastores en las provincias de Guadalajara y Huesca.

La gayuba es una planta muy poco exigente en cuanto a las condiciones que necesita para asentarse en un terreno, puede encontrarse desde casi el nivel del mar hasta rozar los 3000 m y crece lo mismo en terrenos silíceos que calizos. Nos la podemos encontrar tapizando los claros y desmontes de encinares, quejigares, pinares e incluso melojares. La variedad que se cría en España, salvo en poblaciones pirenaicas que crece la variedad conocida como “gayuba alpina”, suele tener las hojas algo más gruesas y correosas que el resto de las europeas. Como una de sus particularidades es que se propaga activamente tapizando por completo los suelo, y como enraíza de trecho en trecho llega a cubrir grandes extensiones del terreno y por esa razón es muy necesaria para evitar la erosión de terrenos áridos o con poca vegetación; por eso mismo también es difícil controlarla como cultivo, aunque a veces se ha utilizado de forma ornamental para crear tapices. Estudios realizados últimamente indican que sus raíces poseen nódulos fijadores del nitrógeno del aire.

La gayuba posee muchas propiedades que la hacen muy importante en los ecosistemas. Además de evitar la erosión de terrenos, sus frutos son comidos por distintos animales silvestres y además es una planta melífera. Los humanos la han utilizado desde tiempos remotos, ya que las hojas de esta planta, de sabor muy amargo, tienen un alto contenido en taninos, lo que les confiere propiedades astringentes. Además, contienen también otras sustancias activas que le otorgan una reconocida e importante acción antiséptica y diurética, actuando contra las bacterias existentes en el sistema urinario y, por tanto, resultando un remedio excelente contra todo tipo de infecciones de las vías urinarias, cálculos, arenillas, etc...

Su alto contenido en taninos ha hecho que los extractos de hojas se utilicen en las tenerías para el curtido de pieles, porque ayuda a restituir la textura natural de estas, junto con la corteza de pinos, abetos o coníferas en general y otros vegetales de alto contenido en taninos. Además, dado que la gayuba posee un alto contenido en compuestos fenólicos, se ha utilizado como agente blanqueante en cosmética.

Aunque la gayuba es una especie relativamente abundante en Europa, su recolección para usos medicinales, cosméticos y en moda ha hecho necesario que varios países como son España, Francia, Alemania, Finlandia o Bulgaria hayan tenido que tomar medidas legales para controlar la recolección de esta planta. Por ese motivo el comercio internacional de esta especie está sometido a medidas de control dentro de la Unión Europea, requiriéndose permisos para su importación y exportación.

En nuestra comarca todavía hoy se recolecta en grandes cantidades para su comercialización en algunos pinares de la Sierra Norte y del Señorío de Molina.

Para finalizar algunas últimas curiosidades: Antiguamente también se usaban las hojas de la gayuba como alimento para los animales, combustible, aromatizante para el tabaco de pipa e infusiones; con los frutos frescos se hacía mermelada y dejando los frutos secar al sol se elaboraban, juntándolos con harina, papillas o tortas.

Espero estas líneas nos ayuden a apreciar el gran valor ecológico y etnográfico de esta planta, que alfombra gran parte de nuestro pinar y que es tan necesaria para su conservación, en nuestra comarca.

Texto y fotos:  Javier Munilla

Chico, no sé lo que ves en ese cometa

Pocos cuerpos celestes nos deparan un espectáculo tan fascinante como un cometa –un espectáculo que conjugue tan equilibradamente el placer de lo novedoso y de lo predecible, lo visual y lo intelectual, lo efímero y también lo suficientemente duradero como para poder quedar con alguien y compartirlo juntos.

Lo novedoso. Hace tan sólo cinco meses, el sucio iceberg volador que hoy conocemos como cometa NEOWISE orbitaba en el más absoluto anonimato por el espacio interplanetario, uno más entre los numerosos escombros que dejó tras de sí la colosal obra generadora de nuestro Sistema Solar hace más de 4000 millones de años. En todo ese tiempo no había pasado de ser una pequeña amalgama irregular de varios tipos de hielo (agua, anhídrido carbónico, amoníaco, metano) con impurezas en forma de granos, que flotaba en los gélidos arrabales en los que se crió o fue adoptado –la Nube de Oort, globo esférico que envuelve al Sistema Solar– hasta que algún feliz encuentro le envió de viaje hacia el interior. Al sobrepasar la demarcación de Júpiter y entrar en la zona cálida, los hielos comenzaron a volatilizarse creando una envoltura gaseosa que puede alcanzar un millón de kilómetros de diámetro –la coma, de la que deriva el nombre de cometa. Un objeto helado de apenas un kilómetro, invisible, se adereza desplegando un adorno cientos de miles de veces mayor que refleja abundantemente la luz solar en una proeza que haría palidecer a pavos reales y drag queens. En marzo de 2020, gracias al recién ganado brillo, el cometa es descubierto por el satélite NEOWISE (Near-Earth Object Wide-field Infrared Survey Explorer) de la NASA y conoce la fama terrestre con el nombre de C2020F3 NEOWISE: C por no conocerse su período orbital y F3 por ser el tercer cometa descubierto en la sexta quincena del año (F, sexta letra del alfabeto).

Lo predecible. Desde entonces, gracias a nuestro conocimiento de la mecánica celeste se ha podido predecir su órbita en caso de estabilidad y traducirla en la dirección del cielo hacia la que hay que mirar cada día para verlo dependiendo del lugar y hora de observación. Ésta es, sin duda, otra proeza, la del saber humano. Desde nuestra latitud, los primeros días convenía madrugar para verlo y a partir del 12 de julio lo hemos disfrutado al anochecer. El mayor acercamiento al Sol (perihelio) se produciría el día 3 del mismo mes (40 millones de km) y a la Tierra el día 23 (a 100 millones de km).

Lo visual. Todavía no hemos hablado de la cola, sin duda el elemento más vistoso –no confundirla con la coma, que vemos como el punto borroso del que parte la cola. En realidad se distinguen dos colas: una amarillenta, formada por granos de polvo no volátiles que va perdiendo el cometa, y, en condiciones de buena visibilidad, una azulada, formada por partículas con carga eléctrica neta arrancadas por el feroz soplo electromagnético del viento solar. Los primeros se quedan dibujando burda y efímeramente la órbita del cometa mientras que las características eléctricas de las segundas las hacen apuntar en dirección opuesta al Sol alcanzando la estela un tamaño real formidable, de hasta 150 millones de km (1 Unidad Astronómica), mientras que su rica composición química (CO+, CO2+, CH+, CN+, N2+, OH+, H2O+) se manifiesta en preciosas tonalidades entre las que suele destacar la azulada del monóxido de carbono ionizado, CO+.

El cometa divisado junto al castillo de Sigüenza.

Lo intelectual. A pesar de su pequeño tamaño astronómico, un cometa es un inmenso tratado de Física en el que confluyen fenómenos fascinantes: en la coma estamos presenciando la sublimación o paso directo de hielo a gas sin pasar por la fase líquida; en la parte torcida de la cola amarilla somos testigos de la desviación de trayectoria sufrida por los granos de polvo más livianos que el cometa deja atrás, uno de los mejores testimonios de la llamada presión de radiación –nos cuesta imaginar que la luz sea capaz de empujar literalmente un objeto pero cuando se trata de la luz solar y de granos minúsculos aislados en un medio casi ingrávido tenemos el espectáculo asegurado; en la rectitud de la cola azulada experimentamos la potencia del viento solar, esa corriente de partículas cargadas liberadas desde la corona solar y que aquí vemos actuando a cientos de millones de km de su origen; por no hablar del interés que suscita recibir la visita de una muestra literalmente congelada de los primeros instantes del mismísimo sistema solar que nos ha dado la vida o el papel que los cometas han podido jugar en la formación de nuestros océanos.

Lo efímero. Como metáfora de la propia vida, la fase del cometa visualmente más exhuberante desde nuestro punto de vista habrá sido muy corta: las condiciones de temperatura y cercanía que nos han permitido verlo temporalmente se acabarán pronto y el cometa seguirá su curso de vuelta a la Nube de Oort algo cambiado por su encuentro con el maestro solar: más delgado, internamente afectado por las fuerzas de marea y con una órbita retocada tanto por su “pérdida de peso” como por la propulsión a chorro que le ha proporcionado la eyección de material por el “tubo de escape”.

Lo duradero. Una vez que se aleje de la zona de mayor “peligro gravitatorio, térmico y electromagnético”, de las inmediaciones del Sol y de Júpiter, lo normal es que en los próximos miles de años sufra pocos cambios. Nos deja su estela, que quizás algún día alguien festeje pensando un deseo ante la correspondiente lluvia de meteoros, y el recuerdo de lo real, lo bello y lo fugaz.

Nota del autor: Dedicado a Belén y a Jaime, que nos han dejado inesperadamente este mes y, con cariño, a sus familias.

Javier Bussons Gordo
fotos: Javier Munilla

El pequeño dragón

Vivimos en una sociedad que cada día se está volviendo más inculta e hipócrita en lo que se refiere a la convivencia con las demás especies animales y vegetales que habitan junto a nosotros en el planeta. Y, en lugar de aprender de la última pandemia, resulta que estamos siendo cada vez más destructores y egoístas. Estamos viendo noticias últimamente de masificaciones, falta de civismo y vandalismo en espacios naturales y como consecuencia se han tenido que prohibir el paso a numerosos lugares de gran belleza que son patrimonio inmaterial de todos. Por culpa de esos mezquinos, que este año han salido como hordas de orcos a la naturaleza, hemos visto como, sin alejarnos mucho de nuestra comarca, las autoridades competentes se han visto obligadas a cerrar, por ejemplo, la pasarela que en el Alto Tajo une la “Laguna de Taravilla” con el “Salto de Poveda”. Pero a decir verdad deberían haber prohibido o restringido el acceso a muchos más lugares, solamente hay que observar la cantidad de basura que se ha acumulado en muchos lugares del Pinar de Sigüenza por culpa de botellones, meriendas o paseantes incívicos o en el “Barranco del río Dulce”.

Salamanquesa en el pinar de Sigüenza

Tanta es la incultura sobre el medio natural que hasta la Guardia Civil a través de las redes sociales ha tenido que salir en defensa de uno de los reptiles más hermosos y beneficiosos que tenemos en nuestros ecosistemas. Es bien sabido que a muchas personas los reptiles le producen repulsión y miedo, una reacción irracional y ancestral debida al desconocimiento y a algunas tradiciones culturales. Ese ignorante temor a muchos les impide valorar el importantísimo papel que desempeñan los reptiles para el funcionamiento de los ecosistemas naturales controlando plagas de roedores e insectos.

Pero ciñámonos al caso nos atañe. El pasado 22 de agosto la Guardia Civil tuvo que salir en defensa de la salamanquesa, a través de twitter.

El twitt decía:

Os preguntareis porque en el twitt habla de escupir, pues la respuesta es porque existen falsas leyendas y creencias que decían que si una salamanquesa te escupía te quedabas calvo o ciego dependiendo del lugar donde se contara la creencia, pero lo más curioso de esto es que las salamanquesas fisiológicamente no pueden escupir, les es imposible. Ni tampoco pueden, como decían otras estúpidas creencias, introducirse por orificios del cuerpo para comerse el cerebro u otros órganos y matarte.

La salamanquesa (Tarentola mauritanica) es junto a las lagartijas el reptil más común en los pueblos y ciudades ya que le gusta buscar refugio en los edificios creados por los seres humanos. Desde tiempos remotos los habitantes de los pueblos de toda España han sido conscientes de la gran cantidad de insectos, arañas y polillas que consumen las salamanquesas y, por ese motivo, siempre han cuidado y protegido a estos pequeños reptiles que les ayudaban a librarse de insectos que muchas veces eran además de molestos, perjudiciales como es el caso de las polillas. La presencia de las salamanquesas servía para evitar que las polillas pusieran sus huevos entre la ropa para que al nacer sus larvas se alimentaran de esos tejidos destrozándolos. Pero la sociedad actual, más cosmopolita, ha perdido la cultura de la sociedad rural y sus importantes enseñanzas.

Describamos por encima a las salamanquesas para aquellos que no las conocen. Es un pequeño reptil de la familia Gekkonidae, que se cree que fueron introducidos en Europa a través del comercio de mercancías procedentes de África. Los adultos pueden llegar a medir de 5 a 15 cm de cuerpo, más una longitud similar para la cola. La parte superior está llena de bultos cónicos prominentes; su cuerpo es robusto y aplastado, la cabeza es grande, ancha y posee forma triangular. Cuando pierde su cola puede regenerarla, al igual que las lagartijas, aunque la nueva es más lisa y carece de bultos. Su color habitual es un gris pardo o marrón, con variaciones desde el gris blanquecino hasta el casi negro y con manchas más claras y oscuras; el vientre es blanquecino. Su boca es chata y sus enormes ojos presentan una espectacular pupila vertical y carecen de párpados, por lo que están casi siempre lamiéndoselos para limpiarlos e hidratárselos. Los dedos, cinco en cada extremidad, tienen protuberancias laminares laterales e inferiores que les proporcionan gran adherencia para trepar y desplazarse por superficies verticales, aunque estas sean lisas pulidas como cristales. Fue Aristóteles el primero en describir a las salamandras y su capacidad para escalar y correr cabeza abajo por todo tipo de superficies.

Salamanqusa en farola

Las salamanquesas son animales nocturnos, aunque en ocasiones se muestran activas en torno al crepúsculo o incluso durante el día, especialmente en los días soleados del comienzo de la primavera. En nuestra zona permanecen activas desde mediados de febrero hasta finales de octubre. Suelen ser territoriales y defienden su territorio de otros individuos. Permanece la mayor parte del día semioculta en cualquier recoveco, grieta o saliente, hasta que cae la noche. Entonces acude hacia lugares iluminados o que por otras razones atraigan a diferentes insectos, por eso les gustan tanto los lugares habitados por los humanos ya que solemos iluminar las calles y las casas y esas luces atraen a los insectos, y allí se quedan inmóviles, aguardando el momento preciso para abalanzarse por sorpresa sobre sus presas.

Se reproduce en primavera y verano, realizando una puesta de uno o dos huevos, que depositan en grietas, entre las paredes, piedras o bajo la corteza de los árboles. Crecen muy lentamente y viven entre 6 y 10 años.

Como curiosidad hace tiempo en Chiapas (Méjico), era costumbre regalar una salamanquesa a quienes se compraban un casa o piso nuevo.
En resumen, las salamanquesas no son venenosas y son muy beneficiosas para los seres humanos, motivo por el cual si tenemos alguna en casa deberíamos protegerla y cuidarla por el beneficio que nos aportan.

Texto y fotos:  Javier Munilla

La hierba de San Juan

Se terminó esta extraña primavera que por culpa de la pandemia hemos pasado en su mayor parte confinados en nuestras casas. Una primavera especialmente lluviosa, que nos ha dejado unos campos poblados de infinitas y coloridas flores, y casi sin darnos cuenta se ha despedido y nos ha dejado plantados ya en pleno verano. Y en Sigüenza la llegada del verano tiene su principal celebración en los tradicionales “Arcos de San Juan”, que en realidad es la cristianización de la fiesta pagana del solsticio de verano, y unidas a esos arcos están tres especies naturales. El chopo que forma el esqueleto del arco junto con la lavanda, conocida como “sanjuanera”, que aportan color y aroma al arco, las rosas que también se colocan en el arco para adornar y aportar aroma pero que junto al cardo borriquero tiene otra función en los portales de algunas casas.

Hipérico. Flores.

Pero según las tradiciones más ancestrales, hay muchas plantas a las que podríamos considerar “Sanjuaneras·, porque son muchas a las que esas tradiciones y la magia les confiere propiedades asombrosas si son recolectadas la noche de San Juan. Aunque la historia de la humanidad nos indica que esta supuesta magia se debería producir si se recolectan durante la noche del solsticio de verano, que nunca coincide con la festividad de San Juan. Al igual que nunca la noche de San Juan es la más corta del año, lo siento si he decepcionado a alguien.

Pero si volvemos a las leyendas mágicas de esa noche, como ya he comentado y según los distintos lugares de la geografía españolas, muchas son las plantas que adquieren propiedades especiales esa noche entre ellas podemos destacar la salvia, romero, verbena, artemisa, ruda, lavanda e hipérico.

Y el articulo de hoy se lo quiero dedicar al Hipérico (Hypericum perforatum) por que es una planta llena de curiosidades. Conocida desde la antigüedad, Hipócrates cita su uso como analgésico y contra la ansiedad, así como Dioscórides, Plinio el Viejo y Galeno. Dioscórides ya nos muestra algunas de las curiosidades de la planta al escribir que muchos la llaman Camepytis (pinillo) porque su resina huele a resina de pino y otros la llaman Androsemo (sangre humana) porque al frotar la flor entre los dedos sueltan un líquido de color rojo semejante a la sangre.

Su nombre científico Hypericum proviene del griego hyperikón que podemos traducir como "brezo bajo" y perforatum porque en sus hojas posee unas glándulas de aceite situadas en las hojas y sépalos que parecen al trasluz que están perforadas. Aunque según otros autores procede del griego hypér que significa sobre y eik´ōn, que se puede traducir como imagen; por lo que su nombre significaría “que está por encima de todo lo imaginable”, debido a sus propiedades medicinales.

Son estas características especiales las que le han otorgado algunos de sus nombres comunes: “Hierba de San Juan” porque es en las fechas cercanas a ese día cuando la floración de la planta está en pleno apogeo y además el color de la savia (rojo sangre) simboliza la sangre de San Juan durante su decapitación; “Corazoncillo” por la forma de su fruto, “Hipérico” y “Pericó” por deformación del nombre científico de su género Hypericum; “Perforada” como hemos explicado en su nombre científico porque si miramos sus hojas a contraluz parecen estar perforadas; “Hierba de las heridas” y “Hierba militar” porque desde la Edad Media se utilizaba en emplastos para curar y cicatrizar las heridas, curiosamente durante el Renacimiento se extendió su uso curativo, basándose en la teoría de los signos ya que sus hojas parecen estar llenas de agujeros cicatrizados; “Corona Regia” por la forma y color de sus flores y “Ahuyenta demonios” porque en Gracia y Roma se creía que su aroma alejaba a los malos espíritus y cuando había alguna epidemia en las ciudades se quemaban ramas de hipérico para expulsar a los demonios causantes de la pandemia; también se colgaban racimos de hipérico en los dinteles de las puertas como protección ante los malos espíritus.

Hipérico. Planta.

Fue esta creencia la que dio su fama al hipérico durante siglos. En escritos del siglo XVII, el médico italiano Piero Mattioli cita el uso de esta planta para “poner en fuga los demonios” y en el siglo XVIII, el médico holandés Dodonaeus lo receta para aliviar tensiones causadas por los remordimientos interiores. Desde ese preciso momento el hipérico es usado en toda Europa para curar el mal de la melancolía o lo que hoy en día llamamos la depresión. Ya en el siglo XIX, se populariza el uso tópico del hipérico para el tratamiento de heridas, por su acción antiséptica y cicatrizante, y las infusiones de sus flores para el alivio de estados nerviosos. En la segunda mitad del siglo XX las investigaciones médicas siguen estudiando los beneficios del hipérico en los estados de ánimo depresivos, y gracias a esas investigaciones se sabe que los principios activos del hipérico son eficaces contra las depresiones debido a su acción sobre distintos neurotransmisores y en sustancias químicas que nuestro cuerpo produce relacionadas con la depresión, ansiedad, terrores nocturnos y en trastornos asociados a la menopausia.

Para finalizar resaltar que otra de las curiosas propiedades del hipérico. Es una planta que produce fotosensibilidad y suele afectar al ganado, principalmente ovino, provocando erupciones en la piel que suele ir acompañada de fiebre. La causa es la ingestión abundante de la planta durante el pastoreo, tras la ingesta las toxinas de la planta a través del torrente sanguíneo llegan a la piel causando las erupciones principalmente en las zonas desprovistas de lana o pelo y menos pigmentadas, es decir, afecta principalmente a cabeza, orejas y en las hembras también a las mamas, provocado hinchazón en la piel, calentura en la zona afectada y producción de edemas que posteriormente supuraran pus y desprendimiento de la piel. La gravedad de la infección depende de la cantidad ingerida, así como de la intensidad de la radiación solar. La mayoría de las veces las intoxicaciones afectan a los animales más jóvenes por la falta de experiencia a la hora de elegir los alimentos no tóxicos.

Los signos de una posible intoxicación son además de la irritación de la piel, la tendencia a buscar la sombra, falta de apetito, debilidad de las extremidades traseras, rascarse la cabeza contra árboles, arbustos o rocas y, si el consumo ha sido abundante, hiperactividad que se puede apreciar por correr en círculos o patear la tierra. En las hembras que producen leche puede cesar o disminuir drásticamente la producción y las preñadas pueden llegar a abortar.

Como veis el hipérico es una planta muy unida a la civilización desde el principio de los tiempos pero que usada sin el conocimiento necesario puede llegar ser muy peligrosa.

Texto y fotos: Javier Munilla.