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El corzo (I)

Estamos en pleno otoño, mucha gente sale a disfrutar de los colores de la naturaleza y en búsqueda de setas. En estos días varias son las personas que me preguntan por las distintas especies de setas que van encontrando en sus paseos, pero también muchos de ellos se sorprenden por la gran cantidad de corzos que observan y me preguntan muchas cosas sobre este precioso animal. Entre las muchas preguntas que me hacen están algunas como ¿Por qué hay tantos corzos si cuando yo era niño no había?, ¿Es verdad que las corzas interrumpen el embarazo?, ¿Por qué te encuentras cuernos de corzo por el campo tirados? o ¿Un corzo te puede atacar?

Por ese motivo y como el espacio que cada colaborador tenemos en la revista es limitado para un tema tan amplio, he pensado escribir una serie de artículos sobre el pequeño corzo donde espero dar respuesta a todas las curiosidades que puedan tener aquellos que disfrutan en la naturaleza y les gusta saber más sobre la flora y fauna que les rodea y que supongo que disfrutan observando a estos bellos animales en sus paseos por el campo.

En primer lugar, situaremos al corzo como especie. El corzo es un ungulado, es decir, un mamífero que tiene las patas terminadas en pezuña, de la familia de los cérvidos y del género capreolus. La teoría más aceptada en la actualidad sobre la evolución del corzo como especie nos propone que el corzo actual desciende de un género de mamíferos artiodáctilos, ungulados cuyas extremidades terminan en un número par de dedos de los cuales apoyan en el suelo por lo menos dos, extinto conocidos como Procapeolus que habitó el planeta hace unos 6 millones de años según los fósiles encontrados en distintos lugares de Asia y Europa. La evolución de este mamífero nos ha llevado a que actualmente en el mundo existen dos especies de corzo distintas, el corzo siberiano (Capreolus pygargus) y el corzo europeo (Capreolus capreolus).

Corzo macho

Históricamente fue Linneo el primero que describió al corzo desde el punto de vista taxonómico en el año 1758 y lo denomino Cervus capreolus y no fue hasta el año 1821 cuando paso a denominarse Capreolus capreolus.

Estos artículos se centrarán en el corzo europeo que es la especie que se encuentra en nuestra comarca. Pero antes de seguir veamos de donde proviene etimológicamente nuestro amigo el corzo. Capreolus en latín significa “cabritillo de monte” y proviene de la palabra Caprea que es la denominación latina de la cabra montés. ¿Y por qué el nombre de corzo? Pues esto es debido al aspecto de su cola y proviene del verbo corzar o acorzar que significa cercenar, dejar sin cola que proviene del latín curtiare que a su vez proviene de curtus que significa truncado, mutilado, incompleto.

Aunque creo que todos los lectores habrán visto en alguna ocasión a un corzo no está demás describirlo para apreciar mejor algunos detalles de su morfología. El corzo es el cérvido más pequeño de la Península Ibérica, su tamaño es similar al de una oveja. Su pelaje es de color marrón leonado en verano y de pardo grisáceo a gris oscuro en invierno, y lo muda todos los años en dos ocasiones (primavera y otoño). Las crías al nacer tienen un pelaje pardo rojizo y con tres filas de motas blancas a lo largo de su dorso, que cuando pasan dos meses pierden y ya solo si te fijas muy detenidamente se pueden apreciar vagamente los restos de esas motas blancas; en su primera muda ya adquieren la coloración de los ejemplares adultos. Aparentemente parecen carecer de cola, de ahí su nombre común como hemos visto anteriormente, pero en la parte trasera es muy característico y llamativo, especialmente en las hembras en invierno, su escudo anal de color blanco puro. En las hembras el escudo anal tiene forma de corazón invertido culminado con un mechón de pelos que rodea el orificio urinario, mientras que en los machos el escudo anal tiene forma de riñón y carece del mechón de pelos.

En su cabeza se pueden distinguir dos grandes orejas y un hocico negro que contrasta mucho con el blanco de los labios y barbilla, además su pequeña boca le confiera la cualidad de poder ramonear de forma muy selectiva. Los machos poseen una pequeña cuerna, que se desarrolla por completo en mayo, poco ramificada de tres puntas que mudan en la época invernal; se compone de una asta central con una punta que crece hacia adelante y arriba ubicada generalmente en la mitad inferior, y otra trasera que se proyecta hacia la parte posterior de su cabeza y situada en el tercio superior de la asta central. También es muy específico el abundante perlado que se acumula sobre todo en la base de la cuerna, pero que puede llegar a cubrirla casi por completo. La primera cuerna comienza a desarrollarse a partir de los tres meses de vida y no es más que un primario apéndice craneal con forma de estaca menuda. Una vez que se caiga esta primera cuerna comenzará el desarrollo de la primera cuerna adulta y se formará completamente alrededor del primer año, su aspecto puede variar desde una forma similar a la de un ejemplar adulto, aunque más pequeña hasta dos astas rectas y raquíticas que asoman con dificultad en su cráneo. A partir de esta primera cuerna cada año desmogará alrededor del mes de noviembre y creará una nueva cuerna cuya longitud, perlado y grosor estarán relacionados con el estado de salud del individuo, la relación con otros individuos y las condiciones medioambientales de su territorio. Cabe destacar la tremenda variación de forma y volumen que presenta en los diferentes individuos de una misma comarca.

La cuerna del corzo al igual que la de los demás cérvidos es una formación ósea que crece a partir de unos pivotes situados en la parte superior del cráneo mediante irrigación sanguínea y que adquiere su consistencia de cornamenta dura cuando degenera ese aporte sanguíneo. Presente únicamente en machos, aunque con extrañas excepciones, no suelen superar en su asta central los 25 cm de longitud.

Corzo hembra.

Si nos paramos a observarlos con detenimiento podremos comprobar que los cuartos traseros están más levantados que los delanteros y de ahí su peculiar forma de andar, esta característica le otorga una gran facilidad para saltar que es una adaptación a los espacios abiertos, ya que le permite franquear de forma cómoda los obstáculos que pueda encontrar en el terreno y de este modo facilitar la huida en caso de peligro. Esta característica nos permite intuir que la estrategia defensiva de los corzos ante enemigos potenciales no es la confrontación sino la huida y el permanecer oculto ayudado por el color de su pelaje. Sus patas son delgadas y estilizadas y sus huellas pequeñas, estrechas y alargadas, marcan las dos pezuñas y si el terreno está blando puede llegar a marcar las pezuñas secundarias.

Escudo anal del corzo.

El pequeño tamaño del corzo nos indica que puede adaptarse a muchos tipos de hábitat distintos entre los que se encuentran los bosques, terrenos pantanosos y los espacios abiertos. Los machos son un poco más grandes que las hembras. La longitud de los corzos en la Península Ibérica varía entre los 100 y los 120 cm, la altura hasta la cruz entre 66 y 75 cm y su peso entre los 17 y los 26 kg, aunque el peso más común en los machos suele ser 25 kg.
Dentro del corzo europeo existen gran variedad de subespecies y razas dependiendo de su localización geográfica y de los diferentes autores, aunque de manera oficial la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (IUCN) solo reconoce 5 subespecies de corzo europeo. En la Península tenemos tres de ellas Capreolus capreolus canus (Centro de España), Capreolus capreolus decorus (Norte de España) y Capreolus capreolus garganta (Sur de España).
Con esto llegamos al final de la primera entrega sobre nuestro pequeño amigo el corzo, el mes que viene veremos muchas mas cosas sorprendentes de este pequeño ungulado.


Texto y fotos:  Javier Munilla