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Entre Flandes y Sigüenza

Un obispo que no tuvo tiempo para nada

Fue un obispo casado, fue un obispo militar y era el almirante de Aragón, nacido además en la Alhambra de Granada porque era hijo del conde de Tendilla. Con la guerra tuvo que ver desde joven pues acompañó a su padre en la guerra de las Alpujarras, siendo cabo de infantería y de caballería. Se llamaba don Francisco de Mendoza y se casó en 1584 con doña María Ruiz de Liori Folch de Cardona Colón de Córdoba, marquesa de Guadalest y condesa de Montealegre, sucesora de Cristóbal de Córdoba, almirante de Aragón, por donde don Francisco vino en ser Almirante de Aragón; este matrimonio tuvo una hija que murió niña en 1590.
La duquesa, que ya había estado casada con el conde de Fuentes, murió en Calzada de Calatrava en 1591 pleiteando por el ducado de Veragua y los pleitos se llevaron grandes caudales contrayendo unas deudas que trajeron a mal traer a don Francisco hasta el final de sus días.

Llevó don Francisco su viudedad con gran espíritu cristiano, siendo de ejemplo en la corte. Felipe II le hizo de 1595 a 1598 mayordomo de la Casa de Borgoña y le ocupaba en Juntas de Gobierno, dada su prudencia. En 1595 le mandó el rey a Flandes como mayordomo mayor del archiduque Alberto, participando en la toma del fuerte de Montulin el 23 de Septiembre de 1597 con mil caballos ligeros, arcabuceros y los tercios de infantería del maestre de Campo Luis Velasco; se portó con bravura en  la jornada de Calais y poco después fue como embajador ante Rodolfo II. Llegó a Stiria y comenzó a preparar el casamiento de Felipe (III) con Margarita de Austria; luego fue a Viena, a Hungría y al Tirol a otros negocios con los archiduques Matías y Maximiliano; llegó a Augusta y recibió orden del rey de ir a Polonia para sacar de pila en nombre del rey a Catalina, hija de Segismundo y a tratar los negocios de la dieta que se había de celebrar en aquel reino, volviendo a la corte del emperador a comunicar con él toda una serie de temas. Regresó a Bruselas el 26 de Junio de 1598.

Retrato de Francisco de Mendoza, hecho cuando estaba cautivo en Flandes, en 1601. Autor anónimo. Rijksmuseum (Amsterdam).

En compañía del archiduque Alberto, de cuyo consejo de Guerra y Estado formó parte, salió en campaña cumpliendo con su cargo de capitán general de caballería; fue en socorro de Amiens y en la retirada resistió con su caballería al rey de Francia con reputación de nuestras armas. Puso sitió al fuerte de Montulin con mil caballos y seis mil infantes y en tres días obtuvo la rendición, lo reforzó y lo abasteció de todo lo necesario. Cuando se concertó la paz con Francia figuró entre los rehenes dados en garantía. Con ocasión del casamiento del archiduque con la infanta Isabel Clara Eugenia y volver a España el archiduque lo dejó como Capitán General de Ejército de Flandes en 1598 realizando una brillante campaña en la que destacan como hechos principales el paso del Rhin, la toma de Alpem, el castillo de Brouech, la ciudad de Rimberch, la villa de Emerich, la de Hanholt y el castillo de Schulenburg. A lo que hay que añadir la labor diplomática y administrativa. Después de aplastar a los regimientos de Zelanda y Escocia así como al escuadrón de los Frisones en la batalla de Nieuport el 2 de Julio de 1600, viendo derrotado el grueso del ejército del archiduque Alberto se mantuvo heroicamente para proteger la retirada del archiduque, hasta que herido y derribado del caballo cayó prisionero de los holandeses, permaneciendo así durante dos años y sin querer redimirse del cautiverio hasta no ver libres a todos sus oficiales y soldados pagando él los rescates, con lo que se vio arruinado.

Al cabo de nueve años, después de haber dado muestras de una austera administración, regresó a la península, pero el rey no le permitió acercarse a la Corte por lo que puso su residencia en Guadalajara al amparo de su hermano el duque del Infantado.

El jueves 21 de Mayo de 1609 por la mañana don Francisco fue arrestado en Guadalajara por el alcalde Silva de Torres acusado de traición por haber hecho llegar al rey el año anterior un memorial anónimo, firmado por “El deseoso inútil”, en San Lorenzo de El Escorial “condenando el gobierno que corría y que después aparecieron en las esquinas de este lugar [Madrid] ciertos papeles en conformidad con dicho memorial que se atribuye a él”. El pasquín en cuestión había sido colocado en la puerta norte del Alcázar madrileño, en la puerta de Guadalajara y en la Cárcel de corte.     

Y es que al volver de Flandes no recibió don Francisco las mercedes esperadas de Felipe III y se resistió a las negociaciones de la Tregua de los Doce Años, manifestando su oposición al duque de Lerma y teniendo una serie de incidentes con figuras cercanas al duque como Rodrigo Calderón y Pedro Franqueza.

En el proceso que siguió se le reprochaban sus acusaciones contra el duque de Lerma y sus aledaños políticos e incluso críticas a Felipe III, a quien habría acusado de ser “un pobrete” y de haber dado aliento, desde 1598, a la posibilidad de que los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia pudieran ocupar el trono ante una cercana muerte de Felipe III.

El duque de Lerma había sido muy criticado por el almirante Mendoza, que consideraba a su gobierno como corrupto, tiránico y sin otro fin que el enriquecimiento de los Sandoval (la familia de Lerma), todo ello en el continuo engaño del Rey. Le preguntaron si había dicho “muchas veces que el dicho Señor duque engañaba al rey a cada paso y que le divertía en pasatiempos para que no se hiciera capaz de negocios y con esto quedarse el señor Duque con el soberano y administración de esta monarquía”. De manera que el futuro obispo seguntino fue un claro opositor del duque de Lerma y de su privanza.

Don Francisco estuvo encerrado en el castillo de Santorcaz durante cuatro años para pasar luego otros cuatro en San Bartolomé de Lupiana y en San Francisco de Guadalajara gracias a las gestiones del duque del Infantado a cuyas expensas vivió el desgraciado almirante de Aragón durante casi veinte años. Por fin resultó absuelto con toda clase de pronunciamientos favorables.

A los 74 años se hizo sacerdote y en 1622, Felipe IV lo presentó para el obispado de Sigüenza, siendo consagrado en Madrid, el 23 de Octubre de 1622.

El 13 de Diciembre de 1622 para festejar la toma de posesión del nuevo obispo el ayuntamiento de Sigüenza acordó que se hicieran dos danzas, una de niños y otra de hombres y por la noche se corriese un novillo por las calles empezgado de jubillos en los cuernos y que al día siguiente se corrieran toros.

Se le esperaba en Sigüenza para Noviembre de 1622 y para la venida del obispo el cabildo del día 28 había mandado que todos los prebendados se hicieran la coronilla y se recortaran los bigotes.

Parece que el obispo había decidido vivir en Palazuelos, que era de los Mendoza, y por eso el cabildo mandó que se llevase allí la tapicería de la catedral, donada por don Fadrique de Portugal, para adornar los aposentos del almirante y obispo, pero no fue necesario porque estando en Madrid, en casa de su hermano el duque del Infantado, le sobrevinieron unas tercianas dobles y congojosas que le hicieron ver la proximidad de su muerte, hizo testamento, acomodó a sus criados, ordenó pagar sus deudas y mandó hacer un altar en la habitación donde guardaba cama, oyendo misa y comulgando todos los días y así devotamente murió el 1 de Marzo a las seis de la mañana de 1623, siendo enterrado en el colegio de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares.
Como obispo no tuvo tiempo para nada pero ya de por sí era un  personaje significativo desde el punto de vista militar, administrativo y político.

Dos seguntinos olvidados

Estamos tan acostumbrados a ver Sigüenza como una ciudad frailuna que frecuentemente nos olvidamos en la historia de personajes ciertamente interesantes, por eso quiero presentar a dos del siglo XVI, ambos nacidos en la ciudad, Domingo de Villaverde y Matías de Contreras ¿A que no han oído hablar nunca de ellos?

Ambos tuvieron importancia en la historia del dominio español en Flandes en tiempos de Felipe II, cuando el rey tenía puesta su confianza en Alejandro Farnesio que fue tercer duque de Parma, Piacenza y Castro, pero que también era sobrino de Felipe II y de don Juan de Austria, por eso estuvo en la batalla de Lepanto. Y es que era hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Austria, hija ilegítima de Carlos V.

De manera que con esas raíces familiares no nos puede extrañar que fuera un notable militar que conocía la región al haber acompañado a su madre cuando fue nombrada gobernadora de los Países Bajos. En 1576 fue nombrado gobernador de Flandes don Juan de Austria y en 1577 fue enviado en su ayuda Alejandro Farnesio que, en Enero de 1578 ya ganó la batalla de Gembloux a los protestantes, y como en octubre de 1578 falleció don Juan de Austria, probablemente de tifus, fue Farnesio quien se ocupó de la lucha armada en Flandes.

Y aquí es donde entran los seguntinos. Hay un manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid que se titula “Los sucesos de Flandes y Francia del tiempo de Alejandro Farnese, por el capitán Alfonso Vázquez, Sargento Mayor de la milicia de Jaén y su distrito”; pues bien este militar, de alta graduación en esa época, nos informa de que

“El capitán y gobernador Domingo de Villaverde, natural de Sigüenza, hechura de Alexandro, bizarro capitán, temido en las ocasiones, osado en los peligros, peleó y trabajó más que otros y siempre dio muestras de muy gran soldado y animoso capitán”.

Recibe Domingo de Villaverde un elogio, de un compañero de alta graduación, del que solo quiero comentar la frase “hechura de Alejandro”, pues que se le consideraba en perfecta sintonía con uno de los mejores militares del siglo, algo que por sí mismo le abre la puerta de la historia, pero además los elogios que Alfonso Vázquez tributa al nuestro: bizarro, temido, osado y animoso, nos hacen entrever por qué lo consideraran hechura de Alejandro Farnesio.

De Matías de Contreras nos habla el mismo manuscrito esta vez con respecto a la administración de guerra, porque todo contribuye a la victoria o a la derrota. Se nos dice de él:

“Otros comisarios de muestras, y Oficiales de las Contadurías y Veedurías generales hubo que procedieron con grandísima limpieza y buen renombre, tan solamente que D. Diego de Ibarra escogió porque, como he referido, hasta que él fue a Flandes, vivieron algunos con mucho desorden y rotura, si bien hubo otros, como Matías de Contreras, natural de Sigüenza, y Melchor Espinosa, natural de Valladolid, y Juan Alonso de Molina, que hoy es Contador de las Galeras de España, que fueron muy honrados y limpios y merecieron por sus personas se les hiciese merced y favor.”

O sea que siempre ha habido gente honrada y gente ladrona en las administraciones y me alegra encontrar a un seguntino que en tiempo de guerra, tiempo propicio para todo desorden, gozara de tamaña fama de honradez y limpieza y encima fuera apreciado por los de arriba. Era honrado y lo parecía.
Comprendo que no son dos personajes de relevancia histórica nacional, pero cuando alguien se dedique a compilar una enciclopedia de personajes seguntinos, estos merecen estar y que se les recuerde, pues no debemos olvidar que recordar es vivir.

Pedro A. Olea
Sigüenza 2019

Astrolabios medievales: cómo eran y para qué se usaban

La producción de astrolabios en al-Andalus y los reinos medievales hispanos, desde el siglo X hasta el XV, ocupa un lugar relevante, tanto en la historia de la instrumentación científica, como en la manufactura artística medieval en metal. Los astrolabios son un ejemplo de sinergia entre arte y ciencia y ayudan a comprender cómo fueron las redes de intercambio de saberes científicos y técnicos y de referentes estéticos en al-Andalus y el Mediterráneo durante la Edad Media.

Figura 2.  Frente y dorso del astrolabio de Ibrāhīm ibn Sa’īd al-Sahlī, Toledo, 1067. Museo Arqueológico Nacional (nº inv. 50762). Fotos cortesía del MAN.

Un astrolabio es una representación bidimensional de la esfera celeste capaz de reproducir, de forma manual, su movimiento de rotación diario. Es un instrumento de precisión cuyo uso principal fue astronómico y matemático cuando se inventó en Alejandría en torno al siglo I a.C. pero cuya progresiva sofisticación le hizo servir para muchas otras funciones, principalmente el cálculo del tiempo y la medida de alturas y profundidades.

Los astrolabios más antiguos que nos han llegado se realizaron en Bagdad en el siglo VIII y son el punto de partida del proceso de sofisticación de este instrumento. El extraordinario desarrollo de la astronomía y las matemáticas en la cultura islámica, a la que contribuyó brillantemente al-Andalus, se plasmó, no sólo en textos científicos sino también en los instrumentos, como el astrolabio. Los que nos han llegado son de latón, una aleación de cobre y zinc de aspecto dorado y algunos conservan pequeñas incrustaciones en plata.

Un astrolabio consta de varias partes: madre, dorso, araña, láminas, alidada y trono, ensambladas como recoge la Figura 1. La madre, las láminas, la araña y la alidada tienen un orificio central por el que el pasa un vástago que mantiene unidas todas las piezas y permite el giro de unas sobre otras. De entre todas las partes destaca, por su dimensión estética, la araña, la parte frontal del astrolabio. Técnicamente, la araña es un mapa estelar en el que las posiciones de las estrellas más luminosas de la bóveda celeste se señalan mediante unos punteros, cuyas bases llevan rotulados los nombres de las estrellas cuya posición indican. El dorso del astrolabio contiene en su borde exterior una escala graduada en grados sexagesimales, una más interior que lleva inscrito un calendario zodiacal con los doce signos del zodiaco y una tercera con los doce meses del calendario juliano (Enero, Febrero…., Diciembre). Otro elemento identificativo de los dorsos de los astrolabios andalusíes e hispanos es el cuadrado de sombras, una doble escala altimétrica que permitía medir alturas de objetos lejanos (montañas, murallas, etc.) o profundidades (pozos, barrancos, etc.). Está formado por una escala vertical y otra horizontal, ambas divididas en 12 partes iguales llamadas “dedos” o en 7 partes iguales llamadas “pies”.

Figura 1. Partes de un astrolabio.

Las láminas, que se sitúan bajo la araña, están grabadas por ambas caras y cada una sirve para ser utilizada en una determinada latitud. Cada lámina lleva grabadas en su mitad superior las curvas almicantares y azimutales (las curvas almicantares u horizontales son a la esfera celeste lo que los paralelos son a la terrestre y las curvas azimutales o verticales juegan el mismo papel en la bóveda celeste que los meridianos en la terrestre), que conforman el sistema de coordenadas que permite ubicar los astros en la esfera celeste respecto al horizonte del observador. En la parte inferior se encuentran las doce curvas horarias que permiten el uso del astrolabio como reloj.

Una de las características más destacables del astrolabio es que combina una parte “celeste”, la araña, que es un mapa estelar, con otras “terrestres”, las láminas que están ligadas al observador y la latitud en la que se encuentra. Cuando se hace girar la araña sobre las láminas en el proceso del uso del astrolabio, se simula le movimiento aparente de rotación de las estrellas (de noche) y del sol (de día) a través del cielo y sobre el horizonte del observador y por eso el astrolabio es imagen no sólo del Universo sino de un universo dinámico, en movimiento.

La alidada es una regleta con orificio central y dos pínulas en sus extremos, que se ubica en el reverso del astrolabio y puede girar en torno al eje central del instrumento. Las pínulas cuentan con un orificio para establecer la alineación visual necesaria para medir la altura sobre el horizonte de un objeto celeste.

El trono es un apéndice rígido de la madre con un orificio en su parte superior para acoger al sistema de suspensión formado por el asa y la anilla, elementos esenciales puesto que el astrolabio se utiliza colgándolo de la mano en libertad para asegurar su perfecta verticalidad.

Todos los usos del astrolabio se soportan sobre dos funciones básicas: la observación que se realiza por el dorso del astrolabio, con la escala exterior del dorso y la alidada, y el cálculo posterior, que se realiza por el frente mediante la araña y las láminas (Fig. 2).

Estas funciones generan un buen número de usos del astrolabio:

- Medida del tiempo: i.e. cálculo de la hora tanto de día como de noche en horas desiguales o temporales, establecimiento de las horas iguales o equinocciales, tiempo del crepúsculo matutino y del vespertino.

- Establecimiento del calendario: i.e. altitud del sol en cada momento, altitud de cada estrella de la araña, establecimiento de solsticios y equinoccios.

- Altimetría y Planimetría: i.e. altura de una torre o edificio, medida del desnivel de un terreno para facilitar la irrigación o medir la pendiente de una canalización para el aprovisionamiento del agua, distancia entre dos lugares, anchura de un rio, profundidad de un barranco o pozo.

- Astronomía: i.e. posición del sol respecto a la eclíptica y al horizonte en cada momento, posición de cada una de las estrellas de la araña respecto a la eclíptica y al horizonte en cada momento.

Las dos piezas móviles que tiene el astrolabio son la araña por su cara frontal y la alidada por el reverso y ambas pueden girar en torno a su centro. El giro de la araña reproduce el movimiento de rotación de las estrellas en torno al polo norte celeste (en realidad la que gira es la Tierra pero el efecto visual es equivalente). Bajo la araña debe colocarse, bien anclada, la lámina cuya latitud coincide con la del lugar de observación. El giro de la araña debe colocarla, en una posición concreta según el día y la hora y esos datos se obtienen con la alidada, alineando los orificios de sus pínulas con el objeto celeste cuya altura (ángulo sobre el horizonte) servirá de referencia. Con el astrolabio suspendido de la mano y en libertad se ajusta la alidada para que el objeto cuya altura se va a medir se vea a través de los orificios de las dos pínulas. Cuando esto ocurre, el triángulo formado por la altura del objeto y su distancia se relaciona trigonométricamente con el ángulo que marca la aliada. Las aplicaciones fundamentales del astrolabio derivan de que representa la situación de la esfera celeste en cualquier momento del día o la noche, respecto al horizonte local.

Azucena Hernández Pérez
Universidad Complutense de Madrid

 

Varias tragedias romanas de 1635 y 1636

Cuando uno se pone a estudiar los personajes que le interesan no le queda más remedio que interesarse por la cultura de la época y del lugar.

En el siglo XVII, tanto en España como en Italia se escribían diarios, más o menos locales, recogiendo sucesos curiosos. Son los precursores del periodismo, lo mismo que a los astrólogos se les puede considerar precursores de la astronomía y a los alquimistas de la química.

Estos diarios contaban generalmente eventos locales o también externos que llegaban a las ciudades por el interés que despertaban. Si los hechos además tenían morbo, pues éxito seguro. Ofrezco estas tragedias a los lectores por si alguno se anima a escribir una novela negra de seguro agrado de los lectores.

Piazza Navona. Roma. Hacia 1600.

Una de las muchachas de la familia Alaleona, que alcanzó prosperidad en la Roma papal del siglo, acabó en el convento de Santa Cruz en Montecitorio, cerca de ese lugar donde hoy se reúnen los diputados italianos, y hoy casi completamente desaparecido.

¿Se pueda una enamorar estando en un convento? ¡Pues claro! Lo difícil es encontrar de quién. Pero no es imposible. ¿Se puede uno enamorar de una jovencita monja, que no sabe muy bien por qué está allí? Sí, pero lo malo es cómo sacar adelante la relación, aunque los jóvenes tienen cabeza para todo.

Y eso fue lo que ocurrió; en mayo de 1635 un joven se enamoró de esta chica de los Alaleona, y la cosa fue adelante hasta que se estableció que debían juntarse, lo hablaron y de común acuerdo el joven al volver a casa dijo al siervo que pensaba irse unos días fuera de Roma, pero que llevase a la monja de Monte Citorio ese mismo día una caja, pidiéndola que la custodiase hasta su regreso, pues contenía algunas cosas de gran valor. Después de todo esto él joven se encerró en la caja pero, cómo pasa siempre, el siervo, no sabiendo que dentro estuviera el señor, no se apresuró a llevarla, de manera que cuando la llevó el dueño de casa había muerto dentro sofocado; el chico tan enamorado, ni siquiera había pensado en cómo iba a respirar. La monja, que tenía la llave, una vez entregada la caja se la llevó a la celda, la abrió y encontró a su joven enamorado muerto o, como dicen otros, que expiraba en ese momento —hay que echarle siempre morbo romántico a las cosas en toda época—, y después de haber estado sobremanera afligida la monja se vio obligada a contar todo a la abadesa, la cual avisó al vicario del Papa y finalmente decidieron que la monja fue emparedada (probablemente en el sentido de que el resto de sus días viviese en una habitación sin posibilidad de salida) en el mismo monasterio; era una monja muy bella que tenía dieciocho años.

Pasemos ahora a otro notición romano.

En mayo de 1635 monseñor Amodei, un veneciano que vivía cerca de San Andrea de la Valle mandó llamar a un mercader del que era acreedor, diciendo que quería echar cuentas con él; pero cuando llegó el mercader el monseñor en cuestión mandó cerrar las puertas y seguidamente él mismo, con un criado, lo mató. El criado huyó enseguida, pero el prelado salió de casa y se refugió en la basílica de San Andrés, aunque se logró que saliera de la iglesia a través de un chivato que entró en el templo disfrazado, le habló y le aconsejó que era mejor que volviese a casa y no albergase temor alguno, de manera que nada más salir de la iglesia le detuvo el juzgado y fue trasladado a Tor di Nona, la cárcel romana para la gente normal, pues los cardenales y los grandes de la curia acababan en el castillo de S. Angelo.

El siguiente 14 de julio le fue cortada la cabeza en la cárcel a monseñor Amodei por el homicidio que había llevado a cabo y por otros delitos, sobre todo por los pasquines que se le habían encontrado, lógicamente criticando al gobierno. Lo del acreedor no es de extrañar, se ve que no tenía con qué pagarle, y en esto del dinero los venecianos eran como eran, no perdonaban.

Como Tor di Nona se puede ver todavía cerca de Tiber, el cuerpo de Amodei estuvo expuesto durante una hora en el puente —ya estaba asegurado el murmullo cotidiano— y luego llevado a la iglesia de San Salvatore in Lauro, donde estuvo todo el día hasta que al anochecer fue llevado a enterrar a San Marcos porque era veneciano y para ellos era como su iglesia nacional. Por cierto en ella se empeñaron los miembros de la familia Barbo, a la que pertenecía Paulo II y el escudo de uno de sus cardenales se puede ver en la portada de la capilla de San Marcos y Santa Catalina en nuestra catedral seguntina.

Hubo ciertamente un mayo movido en 1635, pero al acabar el año siguiente, el 1 de diciembre de 1636, le fue cortada la cabeza, durante la noche, en la cárcel del Capitolio, al marqués Manzoli Bentivoglio, boloñés, por un libro de pasquines que habían encontrado en su casa, sin que él confesara nada, sino por la declaración de dos testigos los cuales la misma mañana fueron ahorcados en la plaza Judía. El cuerpo degollado del marqués estuvo expuesto durante toda la jornada a los pies del Capitolio y se dice que uno de los testigos antes de morir había confesado que en realidad lo habían acusado falsamente y era inocente. Pero sea lo que fuere, posteriormente se notó que todos los que habían tomado parte en su condena murieron a su vez de mala muerte y especialmente un notario que murió furioso, el cardenal Verospi murió de repente y Pietro Colangelo, que entonces era fiscal del Capitolio, murió de noche vomitando mucha sangre. No me digan que no hay para una buena novela, menos mal que los de USA no conocen estas cosas si no tendríamos película segura.

Cuando intervino en la condena a muerte del marqués, Jerónimo Verospi, era solamente auditor de la Rota, y luego Urbano VIII le hizo cardenal, cuando no era ni siquiera cura. Nuestro informador sabía de su muerte porque había fallecido en 1652.

Como siempre, para quien tenga más curiosidad, lo encontrará en Diario Romano (1608-1670), de Giacinto Gigli, Roma 1958, p. 155-156, 164.

 

Notas sobre Fray José de Sigüenza

A pocos días de finalizar el presente año en el que hemos celebrado el 475 aniversario del nacimiento de fray José de Sigüenza, quisiera dar las gracias a todos por el interés mostrado hacia mis aportaciones a esta efemérides, aunque seguiremos hablando de tan ilustre fraile, cerramos el año con estas breves notas sobre  su vida.

Sobre ciertas personalidades relacionadas con fray Jose de Sigüenza

Asensio Martínez y Martínez, padre de fray José de Sigüenza, clérigo menor de la Catedral de Sigüenza, en 1550 se le otorgó el beneficio de Sochantre de la Catedral. Un dato curioso que hemos encontrado sobre la casa donde vivió Asensio Martínez es que, a su fallecimiento, la misma fue arrendada por Alonso del Barco (quien seguro fue abuelo de Gabriel del Barco, maestro de la azulejería portuguesa) a Lucas de Torres, por trece ducados al año. La casa era propiedad del Cabildo de Sigüenza y se encontraba sita en la calle Arcedianos:

“…decimos que por quanto Alonso el Barco, pintor veçino de esta ciudad sacó y se remataron en él unas casas de morada del deán y cabildo de la Santa Iglesia desta ciudad, que son en la calle que llaman de los Arçedianos, que las vivía Asensio Martínez, sochantre ya difunto, que alindan por la una parte casas en que vivía yo, el dicho Lucas de Torres, que al presente vive Juna de Hortega, sochantre en la dicha Sancta Iglesia, y por la otra parte casas de Francisco Despinosa, vezino desta ciudad, e por la delantera la calle pública…” (A.H.P.G., Julián Villaverde, e.p. de Sigüenza, Prot. 2651, 15.07.1588).
Asensio Martínez falleció el día 17 de abril de 1582.

Don Miguel de Unamuno, quien siempre será actualidad por lo que enseñó y por lo que escribió, aunque hoy se habla más de él por su “vencer no es convencer”, fue uno de los más grandes admiradores de la obra de fray José de Sigüenza. Al comienzo de sus clases solía leer fragmentos de la obra del padre Sigüenza, en especial, el del lego jeronimiano que murió con las manos puestas sobre el manicordio, tañéndolo y cantando el salmo Super flumina Babilonis.
“¿Hay en castellano acaso pasaje de más honda y poética hermosura que el de la muerte de fray Bernardino de Aguilar, profeso del convento de la Murta de Barcelona, que murió tañendo en el manicordio y cantando Super flumina Babilonis?”

Unamuno presumía de haber leído completa la Historia de la Orden de San Jerónimo:

“Soy de los que han leído las 1240 páginas en folio y de apretada letra de los dos tomos de esa historia en su edición de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, que bajo la dirección de don Marcelino Menéndez y Pelayo publica la casa Bailly Baillière…, y aseguro que esa prolija lectura fue para mí espíritu un descanso tan grande como el de contemplar la masa del Monasterio desde un prado de la Herrería en que tendí mi cuerpo”.

Muchos fueron los elogios que Unamuno dedicó al padre Sigüenza:

“Tomad, en cambio, la estupenda <Historia de la Orden de San Jerónimo> del padre F. José de Sigüenza, que la escribió en El Escorial y mientras éste se construía y que asistió a los últimos momentos de Felipe II. Los libros tercero y cuarto de la tercera parte de esta obra están dedicados a describir El Escorial. Y a fe que apenas se encontrará en castellano estilo que mejor convenga al del Monasterio que el estilo literario de la obra del padre Sigüenza, obra que es una especie de Escorial de nuestra literatura clásica, modelo de sencillez, de sobriedad, de majestad y de limpieza”.

“Uno de los más grandes escritores con que cuenta España, y en él respecto de la lengua, si otros le igualan, no se puede decir que haya quien le supere, es el padre fray José de Sigüenza, de la Orden, hoy en España extinguida, de los jerónimos, que en el año último del siglo XVI publicó estando en El Escorial, su Historia de la Orden de San Jerónimo, libre de las pedanterías estilísticas y lingüísticas del siglo XVII, y que es una de las obras en que más sereno, más llano, más comedido, más recogido y más grave y más castizo discurre nuestro romance castellano”.

Sobre la vida de los monjes nos dice:

"Allí es la quietud del lago del alma, y sin esa quietud no florece el lago. Oigamos de nuevo a nuestro padre Sigüenza, cuando nos dice que <andan estas almas sencillas (digámoslo así) como çabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia>. Esto, a propósito del siervo de Dios fray Juan de Carrión, llamado el Simple”.

Entre las muchas citas que se atribuyen a Unamuno figura la que dirigió a unos alumnos de la Universidad de Salamanca:
“Ilustre es para las letras españolas el año 1605, ya que en él se publica, además de la primera parte de El Quijote, la tercera de la Historia de la Orden de San Jerónimo, de fray José de Sigüenza, que está tan bien escrita como El Quijote y es mucho más útil”.

Fray Antonio de Villacastín, nació hacia 1512 en Villacastín (Segovia), quedó huérfano muy joven, fue acogido bajo la tutela de un tío suyo con quien aprendió a leer y a escribir. Se independizó y marchó a vivir a Toledo, encontrando trabajo junto a un maestro asentador de ladrillos, quien le enseñó el oficio de la construcción. Quiso ser religioso y fue admitido en el convento de San Jerónimo de la Sisla, sito a 3 km de Toledo, donde hizo muchas obras para el Monasterio.

Su fama de buen obrero de la construcción llegó a oídos de Felipe II, por lo que fue requerido para participar en las obras que se iban a comenzar en El Escorial, 1562, en calidad de obrero mayor, también hizo los aposentos para Carlos V en el Monasterio de Yuste, entre otras muchas obras.
Fue junto con Juan Bautista de Toledo, arquitecto, artífice de la construcción del Monasterio de El Escorial.

Hoy, todo lo que se sabe sobre la vida de fray Antonio de Villacastín es debido, en su mayor parte, a fray José de Sigüenza, fue compañero suyo hasta la muerte de aquel, el 3 de marzo de 1603, y en su obra sobre la Historia de la Orden de San Jerónimo, narra muchos sucesos sobre la construcción del Monasterio en los que participó fray Antonio, terminando fray José su Historia de la Orden con una amplia biografía sobre el padre Villacastín, obra que termina el día de San Mateo de 1602, aunque no fue publicada hasta 1605.

Fray Antonio de Villacastín es la única persona viva de la que escribe el padre Sigüenza, así comienza la biografía de fray Antonio:
“Para fin y remate de toda esta historia quiero decir la vida de fray Antonio de Villacastín, y sirva de clave en este edificio espiritual, pues dio principio y puso la postrera piedra de esta fábrica tan insigne. Vive ahora, y al punto que esto escribo le dejo ayudando a misa, y aunque de noventa años de edad, tiene tan claro y entero juicio, que pudiera comenzar otra tan grave fábrica como ésta. No se sufre alabar a nadie viviendo, por el peligro de la inconstancia humana; parece aquí no hay que temerlo, porque cuando la hubiese, más culpa sería de la edad que suya, pues le tiene ya muy acabado (aunque era sujeto fuerte) y consumida la vista, que es otra razón que da ánimo para escribir esto, pues no podrá leerlo”.

Villacastín, pequeña villa de la ciudad de Segovia, en agradecimiento a su más preclaro hijo, le rindió un homenaje el 2 de julio de 1944, colocándose la primera piedra del monumento que por acuerdo e iniciativa de la Federación Nacional de Aparejadores, Asociación General de Ayudantes de la Ingeniería y Arquitectura Civil del Estado se iba a levantar en memoria del lego jerónimo fray Antonio de Villacastín, Aparejador excelso y alma de la obra del Monasterio de El Escorial.

La villa de Villacastín, en el libro que se editó con motivo del homenaje a tan ilustre Aparejador, muestra su agradecimiento a fray José de Sigüenza por darnos tantos datos sobre su vida y obra, e incluyen la biografía que redactó el padre Sigüenza sobre fray Antonio.

Monumento a Fray José de Sigüenza en Villacastín.

El pasado día 7 de septiembre Villacastín vivió, un año más, una jornada de homenaje a quien fuera el alma constructora del Monasterio de El Escorial y, otro año más, se entregó el Premio Europa Fray Antonio de Villacastín, en reconocimiento del trabajo a las personas e instituciones que se dedican a la Conservación del Patrimonio. Este año se ha distinguido al Consejo General de Arquitectura Técnica de España. Y como todos los años, no falta en estos homenajes un recuerdo a fray José de Sigüenza, así dijo el Presidente del Consejo de Aparejadores, don Alfredo Sanz, refiriéndose a fray Antonio:

“…de una enorme personalidad a la par que una profunda humildad, como nos lo traslada su panegirista el también monje jerónimo y coetáneo Padre Sigüenza…”.

Si en Sigüenza tuviéramos un Premio Fray José de Sigüenza que se concediera a la persona o institución que más se hubiera destacado por promover la historia, arte y patrimonio de la ciudad, no faltarían candidatos, aunque creo que todos estaríamos de acuerdo que don Pedro Olea sería un dignísimo premiado.

Vida de San Jerónimo por fray José de Sigüenza.

XVI centenario del tránsito de san Jerónimo

El pasado mes de septiembre se iniciaron en el Monasterio de Santa María del Parral los actos conmemorativos de los 1600 años del fallecimiento de San Jerónimo, año 420, que culminarán el 30 de septiembre de 2020. A lo largo del año se sucederán conferencias, exposiciones, conciertos, lecturas bíblicas, etc.

Quien mejor ha relatado la biografía de San Jerónimo fue fray José de Sigüenza, en su primera obra publicada, año 1595, que forma parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo, y que tituló Vida de San Jerónimo, Doctor Máximo de la Iglesia.

De esta obra, la última edición está fechada en el año 1853, editada en la Imprenta de la Esperanza de Madrid.

De ella, entre los numerosos elogios recibidos, citamos:

“Corre la narración como las dulces aguas de las corrientes serenas. Con singular maestría se entretejen los hechos con las meditaciones, las noticias literarias con las observaciones exegéticas, las ideas del orden contemplativo con las censuras de los adversarios…. Cada cita y cada hecho y cada reflexión parecen nacidas en su propio lugar, abrillantadas luego por la pulida forma literaria en que Sigüenza fue maestro incomparable. Así no es extraño que para muchos sea la obra principal del autor, por su fondo y por su forma, la mejor pensada y la escrita con mejor fortuna”. (Juan Catalina García)

“No es dejarnos llevar por el entusiasmo afirmar que <La Vida de San Gerónimo>, del Padre Sigüenza, es un monumento de la hagiografía española por su concepción, por su estructura, por su ritmo ideológico y por su alto valor literario. La figura de San Jerónimo, en la pluma de fray José, cobra vida ante nuestros ojos y adquiere las dimensiones de un verdadero gigante de la ciencia bíblica y de la santidad monástica dentro de la contextura de un cenobita de recia expresión y espíritu transfigurado”. (Lorenzo Rubio González)

En el año 2000 la Junta de Castilla y León rindió homenaje a fray José de Sigüenza con la reedición de los dos tomos de la Historia de la Orden de San Jerónimo, con la colaboración de Caja Duero, y un estudio preliminar del profesor F. Javier Campos y Fernández de Sevilla, O.S.A.
Sería lógico y de agradecer, principalmente por la ciudad de Sigüenza, que Castilla-La Mancha participara en la celebración de estos 1600 años del tránsito de San Jerónimo, y que mejor forma de celebrarlo que reeditar la Vida de San Jerónimo, con un prólogo o estudio de la persona que más sabe sobre fray José de Sigüenza y San Jerónimo, don Juan José Asenjo. De este modo tendríamos una edición actualizada de la magna obra de fray José de Sigüenza que publicó en vida.

No quisiera terminar estas palabras sin felicitar a todos la Navidad, que llama a nuestras puertas, y desear que el próximo año sea de felicidad y buenas noticias para Sigüenza.

Antonio Nicolás Ochaíta
Autor del libro “Vida y obra de Fray José de Sigüenza”, 2019

Las 1001 cartas de D. Pedro Moreno

Un hecho fortuito e inesperado puso en mis manos el archivo privado de D. Pedro Moreno y González del Campillo. Dicho archivo estaba a punto de desaparecer en un contenedor de escombros seguntino cuando alguien, con buen criterio y que sabe valorar las cosas que tienen valor (valga la redundancia), avisó a Miguel Muela por si le interesaban unos papeles y unos libros antiguos que había visto entre los escombros. Miguel no se lo pensó dos veces y recuperó todo lo que pudo. 

El trabajo que yo he realizado y que trataré de resumir en este artículo es el de dar a conocer el legado epistolar de D. Pedro, compuesto por las cartas y demás material gráfico que este señor recibió y conservó en Sigüenza entre los años 1902 y 1917, a las que se añaden las que recibió D. José Gamboa, marido de su sobrina, durante los años 1918 y 1919.

Las cartas dan testimonio de las vidas de quienes las escriben, nos hablan de sus necesidades, de sus sentimientos, de lo que les preocupa o les alegra, lo mismo nos hablan de la compra de unas sillas que del estado de salud de amigos y familiares, de los apuros y estrecheces económicas, la disconformidad con una herencia o los disgustos que a veces causan los hijos, todo lo que pasa por las vidas de sus autores y que reflejan el sentir y el devenir cotidiano de la sociedad española de esos años está comprendido en esta correspondencia epistolar. Este es el auténtico valor de esta correspondencia, que está llena de datos tanto humanos como económicos, anécdotas, vivencias, costumbres, modas. Todo lo que impregna la vida cotidiana circula por estos papeles.

Estos documentos recuperados están llenos de información relevante, no solo por lo que cuentan sino también por cómo lo cuentan. En estos tiempos actuales, en que las cartas como tales, han desaparecido sustituidas por el teléfono y sobre todo por los mensajes apresurados, cortos e inmediatos del correo electrónico, los Whatsapp o la algarabía de las redes sociales, resulta un auténtico placer leer textos reposados, bien redactados, gramaticalmente correctos, con buena ortografía, sin tachones ni borrones, hechos y rehechos en borradores consecutivos hasta llegar al texto definitivo de perfecta redacción y cuidada caligrafía, en los que se narra la vida tal y como acontece en el día a día, con sus alegrías y sufrimientos, con las preocupaciones y trabajos que a lo largo de 17 años ocuparon a sus remitentes. Es lo que se denomina intrahistoria lo que circula por esos escritos, esa pequeña historia familiar, anónima, cotidiana, alejada de la Historia con mayúsculas, de los grandes hechos históricos y de los grandes personajes que cambiaron el curso de la historia pero no por eso menos valiosa para entender nuestro pasado.

La información que este archivo acumula me ha permitido hacer un recorrido por lo que fue la vida cotidiana a lo largo de los primeros veinte años del S.XX tanto en Sigüenza como en el resto del país. A través de estas líneas trataré de describir algunos ejemplos de la variedad de asuntos que circulan a través de esta correspondencia epistolar.

La mayor parte de lo conservado se debe a las cartas escritas por los familiares de D. Pedro: madre, esposa, hermanos y sobrinos mayormente. Otras pertenecen a sus administradores en Cervera, a personas que estaban o habían estado a su servicio, y muchas a sus amistades, proveedores y clientes.

Un número importante de los documentos del archivo son aquellos que se refieren a los aspectos relativos al patrimonio familiar del dueño del archivo, pues D. Pedro, aunque vive en Sigüenza, tiene propiedades familiares en Cervera del Rio Alhama (Logroño), donde es dueño de viñas, olivos y frutales de las que sus administradores y familiares le mantienen puntualmente informado. Otro buen número de cartas tratan de asuntos relacionados con la política, ya que D. Pedro controlaba desde Sigüenza los procesos electorales, tanto los de esta ciudad, como los de Cervera y alrededores actuando como cacique del Conde de Romanones. También hay cartas sobre asuntos judiciales, o de meras ofertas comerciales. Otro capítulo importante pertenece a las cartas que recibe D. Pedro solicitándole favores y recomendaciones. En ellas a veces se solicita directamente su mediación ante Romanones para la concesión de algún favor o prebenda de la más variada índole: un destino en el trabajo, un ascenso, un cargo, una reducción de pena carcelaria, un traslado, un puesto mejor remunerado etc. 

D. Pedro Moreno no era seguntino, como he dicho anteriormente, era de Cervera del Río Alhama una pequeña localidad riojana y llegó a Sigüenza para ejercer como juez posiblemente sobre la década de los años setenta del S.XIX pues no tenemos ningún dato que nos aporte una fecha concreta. El caso es que aquí se estableció y vivió la última etapa de su vida como un seguntino más dedicado a los negocios y en contacto con sus gentes, integrado en su sociedad y relacionado con sus instituciones. La primera fábrica de electricidad seguntina la fundó D. Pedro con sus amigos y socios seguntinos I. Gil y M. Pastor.

El Conde de Romanones en Sigüenza, al pie del carruaje.

Compró una casa en el paseo de la Alameda nº 14, donde vivía con una sobrina que adoptó, ya que él no tenía hijos. En1903 vende una parte de esa casa a D. Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones con quien mantendrá en adelante una profunda amistad hasta el punto de que terminó emparentando con él a través del matrimonio de su sobrina Matilde con José Gamboa ya que una hija de ambos, María, se casó con uno de los hijos de Romanones -Agustín de Figueroa, marqués de Santo Floro -.

De la gran amistad entre D. Pedro y Romanones da testimonio esta carta escrita por la esposa del Conde a D. Pedro donde esta le expresa el sentimiento de soledad que la embarga debido al matrimonio de su hija “Nuestro buenísimo amigo: Muchísimo agradecimos a Vd su cariñosa carta y el telegrama el día de la boda de nuestra hija. Yo estoy sin sombra, no sé lo que me pasa, de gran consuelo me sirve la dicha de ella ¡quiera el cielo no retirársela nunca! Aquí me he venido muy necesitada de reponer fuerzas físicas y morales. Si Vd quiere venir a almorzar o a hacer noche ya sabe con el gusto que siempre le vemos, estaré hasta el próximo domingo que espero a Álvaro y Luisito (sus hijos) de vuelta de París donde marcharon al día siguiente por la mañanita. Así mi soledad era aún mayor pero las cosas se arreglaron así y no hay más remedio que tomarlas como vienen. Mi hermana, que se ha venido conmigo, es mi paño de lágrimas y como es tan buenísima es una compañía, para mí la mejor faltándome las otras. No tengo más afán que la llegada del cartero, en fin, que soy una suegra ridícula. Que se venga Vd por aquí y así elegimos los muebles y las camas para Sigüenza porque tengo aquí el almacén. Recuerdos a sus sobrinos y sabe es siempre su sincera amiga. La condesa de Romanones”.

Pero D. Pedro no era solo un buen amigo del Conde con el que ir de caza, afición que ambos compartían, sino que además era su cacique local para los asuntos electorales, velando siempre por los intereses de Romanones y del partido liberal. Un ejemplo de este compromiso lo tenemos en esta carta donde el Conde le dice a su amigo “Ruego a Vd que al procederse a la elección de compromisarios para la próxima elección de senadores, recaiga el nombramiento en personal de confianza y que esté dispuesto a seguir mis indicaciones.Estimaré este nuevo servicio como un muy especial favor, rogando me de aviso de la persona que sea designada”.

Otras veces D. Pedro actúa como intermediario entre personas que desean conseguir un favor o una prebenda y el Conde a quien se le supone la facultad de conseguirla. Son de una gran variedad las peticiones que aparecen en la documentación y proceden de cualquier persona: familiar, amigo, sirviente, subordinado etc. Desde pedir una reducción de condena a un preso hasta un ascenso, una subida de sueldo o la concesión de la plaza de maestrescuela para la catedral de Sigüenza, cualquier cosa se le pide al Conde a cambio de serle fiel y ponerse a su disposición siempre que se le necesitase. En esta carta se pide que se rebaje el servicio militar al hijo de una mujer por ser el que sostiene a la familia “hace unos días estuvo aquí la Dionisia de Barcones tía de Pascuala para ver si podías conseguir del Conde rebajaran del servicio a su hijo que era el que sostenía la casa con lo que ganaba, pues el padre tiene una amiga y se gasta con ella todo cuanto gana y el hijo como está sujeto no puede hacer nada y la pobre mujer está aburrida”.

Hay otra carta curiosa con este mismo asunto de recomendación para una maestra pidiéndole a Romanones que consiga la benevolencia de la profesora de pedagogía Dña. Carmen Oña, hacia una alumna de la Normal de Magisterio de Guadalajara que ha de examinarse con ella ya que según se rumorea esta profesora no siente simpatía por las estudiantes que se han educado con religiosas, como parece ser el caso de la muchacha “Querido Pepe: ayer estuvo Pilar a vernos y me dijo que tenía mucho miedo al examen de Pedagogía porque la profesora de esa asignatura, lleva fama de tratar peor a las que se educan con religiosas porque es de otras ideas y que le habían dicho que la recomendación del Conde era para ella de gran fuerza, así que haz el favor de interesar a Romanones para que recomiende bien a Pilar. Ya ves, tantas asignaturas como lleva y noto que le infunde pánico esta señora. Aparte va la nota y no dejes de hacerlo y mil gracias”.

Hay cartas narradas con infinita tristeza y desconsuelo como la que escribe Eusebio Casado desde Estriégana contándole a D. Pedro la muerte de su hijo “Quise escribirle el fallecimiento de mi querido hijo y de mucha pena y sentimiento no me ha sido posible, pida Vd a Dios que lo tenga en el cielo” no dice cómo ni porqué ha fallecido, tan solo tiene palabras para lamentarse de tanta desgracia y lo mal que lo está pasando, escribe según se le agolpan los sentimientos, con trazo inseguro, sin cuidar la ortografía ni la redacción, “nuestra situación es triste y desconsolada al ver que Dios nos ha llevado este hijo tan querido y tan bueno, toda nuestra alegría nos ha llevado y nos ha dejado envueltos en un triste llanto de tristeza, un hijo tan sano y tan ágil como estaba y ahora en cuatro días Dios se lo ha llevado, ay dios mío cuantos recuerdos nos deja ese buen hijo, cuanto gozaba él cuando venía D. Pedro, gustoso le acompañaba, ya se ha concluido para ti todo en este mundo hijo, tanto como tenías en la memoria a D. Pedro, Dios quiera viva muchos años para que ruegue por ti, Dios tenga en el cielo a mi hijo gozando a la vista de Dios”. No cabe más dolor y sentimiento en las palabras sencillas y espontáneas de este hombre que ha perdido a su hijo de manera inesperada y en plena juventud.

La llegada del ferrocarril a Sigüenza tuvo lugar en el año 1862 y es fácil suponer que este hecho fue transcendental para la vida seguntina. Gracias al tren las mercancías, las personas y las cartas llegaban con más rapidez y frecuencia, dando un impulso considerable a la vida y a la economía ciudadana. En la correspondencia hay múltiples referencias a este medio de transporte y comunicación. Las cartas iban y venían por tren, es frecuente leer “contesto a la tuya a vuelta de correo” o “termino ya porque quiero que salga la carta en el próximo correo”.

Es muy frecuente que con una diferencia de dos o tres días o a veces más tiempo, encontrar dos cartas con casi el mismo texto, precedido de un “te escribí en tal fecha, pero como no he recibido contestación no sé si la has recibido” y el remitente vuelve a contar el asunto de la carta anterior.

A veces se detectan irregularidades en el viaje “sin noticias de Vd hace mucho tiempo, me induce a creer que no llegaron a su poder ninguna de mis dos anteriores cartas”, lo mismo que las mercancías, que a veces sufrían percances, no llegaban a sus destinatarios o llegaban disminuidas o maltrechas, como se cuenta en dos cartas de Manuel González a D. Pedro sobre lo que pasó con una caja enviada desde Cervera a Sigüenza “recibo la carta suya y esperaba que me dijera que había recibido la caja que se facturó el día 3 por la noche y ya debía haberla recibido, al escribir esta estoy con aprensión si se habrá extraviado la carta con el talón, lleva dos docenas de morcillas y otras dos de chorizos que me dio Dña Adela y unos pocos pimientos asados, dígame si los ha recibido”. A su vez D. Pedro manda unos conejos a Manuel que parece tampoco llegaron “los conejos ya supe lo que sucedió, el mayoral dice que no recibió el talón y en la estación se perdieron, lo sentí mucho pues según me dijeron eran muy grandes, muchas gracias por haberse tomado la molestia de mandarlos, pero por el ferrocarril no hay nada seguro”. Parece que el administrador Manuel González no confiaba demasiado en este moderno medio de transporte y comunicación y no parece que le falte razón pues no es la única queja que aparece documentada. A finales de 1916 se facturó en Madrid un cajón de loza de 24 Kg de peso para Pepe Gamboa que nunca llegó a su destino.
Incluso ostras se mandan por el tren, como se dice en una carta enviada a Pepe Gamboa desde Zaragoza “dos letras para que mandéis a la estación mañana que os llevara el ordinario un cajoncito con ostras”. Uno de los trenes que circulaba por esa línea era el que llamaban “alta velocidad” y en él, el Marqués de Villabrágina (que era uno de los hijos de Romanones) manda unos cartuchos a Sigüenza y avisa a Pepe Gamboa para que se ocupe de recogerlos “Por conducto de uno de los empleados de los coches camas o por un revisor te envío los cien cartuchos que le prometí a Moreno. Envía a la estación a recogerlos y cuando el interesado vaya entrégaselos”.

D. Pedro tiene amigos importantes que ostentan los más variados cargos y que en función de sus obligaciones se ven expuestos a cambios de destino y de ciudad, como le ocurrió al matrimonio de Perfecto y María que en el año 1904 tuvieron que establecerse en Sevilla. Por la carta que ambos escriben a su amigo podemos conocer la impresión que les causó esta ciudad, lo extrañas que les resultaban algunas curiosas costumbres sevillanas en esa época, y cómo vivían estos señores lo que para ellos suponía casi un destierro: tener que residir lejos de la “Villa y Corte” como llaman frecuentemente a la capital del reino.

Perfecto le cuenta “en esta tierra no estamos mal, por más que de la realidad a lo que la fama pregona de ella, hay una enorme diferencia, y no en su favor”, es de suponer que Madrid y Sevilla eran dos ciudades bastante diferentes entre sí y seguramente esta última resultaba incómoda y exótica para ellos, pues continúa con la carta “María y el niño están buenos y algo aburridos porque por efecto de las lluvias apenas pueden salir de casa, aunque la temperatura la tenemos deliciosa”, parece que efectivamente, el clima es una de las cosas a favor de este lugar pues en otra carta comenta “tenemos un tiempo hermosísimo y dándonos la mejor de las vidas pues vamos al teatro todas las noches y yo no tengo más ocupación que ir un momento al Gobierno Militar por las mañanas” , Pero es María, la mujer de Perfecto la que se explaya a gusto contando las singularidades de la ciudad de la Giralda “nosotros estamos muy bien instalados en un hotel que está en la plaza mejor de aquí y toda ella llena de palmeras y naranjos. Tenemos un cuarto para dormir con dos camas bastante grande y con dos balcones hermosos y además un gabinetito bien arreglado con otro balcón, pero yo aún con todo esto y una temperatura tan agradable como la que tenemos me iría contenta a Madrid porque con aquello no tiene punto de comparación”, más adelante confiesa “por lo demás es muy bonito tiene cosas preciosas y me alegro mucho de haber venido por conocerlo, pero también me gustaría que después de conocido destinaran a Perfecto a otra parte. Yo tengo ya tres o cuatro amigas, de cumplido por supuesto, pero con las que se pasa bien el rato por lo animadas que son”.

En la citada carta hay también un apartado que escribe otro amigo, Ceferino, que por lo visto también vive en Sevilla y que parece que tiene una opinión algo diferente de esta tierra, porque dice así “amigo Moreno: usted que es rico, sin obligaciones y con poco que hacer bien puede venirse por aquí a divertirse en la buena compañía del matrimonio Fuentes y la de su buen amigo. Esto es el paraíso, un día en esta bendita tierra equivale a toda una vida de placer, y ¡vaya unas cocineritas que se gastan por aquí! Ánimo, juéguese con Tomás e Ignacio el viajecito y a ver Sevilla”.

La carreterilla del Conde.

Cualquier seguntino sabe cuál es y donde está ubicada la carreterilla del Conde, todos saben que se llama así a la “carreterilla” que va de la urbanización de Las Malvinas al pinar, justo hasta el cruce donde arranca el camino que va a Barbatona. Se llama del conde y eso también es sabido, porque la mandó hacer el Conde de Romanones, aunque debería llamarse carreterilla de la Condesa puesto que Romanones la mandó hacer para dar gusto a su señora que era la que quería pasear con el coche de caballos por esa parte del pinar.

En una carta fechada en 1904 tenemos la primera noticia del deseo de la Condesa de que se haga lo que ella llama “su caminito al pinar”, en dicha carta le pregunta a D. Pedro “¿y mi caminito al pinar? Supongo que este Ayuntamiento lo habrá hecho a escape”. Pero las cosas de palacio van despacio y la influencia de Romanones en el ayuntamiento seguntino no parece que surtiera el efecto deseado por la condesa, pues dos años después volvemos a toparnos con el tema y es el mismísimo Conde el que escribe a su amigo Pedro “Dado el empeño que Casilda tiene en hacer el camino al pinar, he pensado en que como ahora en el verano los caminos se hacen buenos a costa de poco, si Vd pudiera prepararlo en forma de que pudiera subir el coche allí sin dificultad, gastando hasta 2000 pts quedaría Vd autorizado para hacer desde luego la obra, poniéndose “in continenti” a hacerla, pues luego en invierno, buscaríamos el medio de continuar construyendo la carretera, ya por cuenta del municipio, ya por cuenta de la Diputación Provincial”.

Y D. Pedro se pone manos a la obra inmediatamente porque cuatro días después de recibida la carta de Romanones, recibe otra del presidente de la Diputación “Del carril que me dice al pinar creo conveniente me diera más detalles, ya sabe el interés grandísimo que tendría en que se hiciera por complacer a la persona que me dice. Sabe que en atender sus indicaciones tiene gran interés su afectísimo amigo”. En el mes de julio parece que efectivamente se han puesto manos a la obra y así se lo dice D. Pedro a la Sra Condesa de Romanones “el camino sigue adelantando, pero hasta los primeros días de agosto no estará terminado”.

No hay más noticias sobre el carril de la condesa. No sabemos si se terminó realmente al mes siguiente o sufrió retraso alguno, pero la realidad es que ahí sigue todavía la carreterilla llevando de paseo al pinar a los seguntinos un siglo después.

María del Carmen Díaz Sanz