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Sucedió hace 300 años: el paso del Príncipe de Gales en el año 1719

Al abrir el portón de su casa en la Puerta Nueva, D. Joseph Olier y Serantes, recibió de golpe en su rostro el frio húmedo de un amanecer al que no estaba acostumbrado. Aquel día había decidido madrugar para atender unas cuestiones de la hacienda agrícola familiar antes de dirigirse a la Plazuela de la Cárcel, para asistir al Concejo municipal del 30 de marzo. Poco más tarde también saldría de su casa en la Calle Nueva * D. Francisco Lagúnez y Pacheco, poseedor de dos apellidos ilustres que habían hecho buena fortuna con la ganadería. Era dueño de numerosos bienes rústicos y urbanos y al igual que los Olier, sus familias eran hidalgas desde el siglo anterior y formaban parte del gobierno municipal.

Como era costumbre habitual, la víspera de la celebración de la sesión, el Portero pasaba por los domicilios convocando personalmentea los asistentes más habituales, que eran los denominados oficios mayores del Concejo: el Alcalde ordinario D. Joseph Olier; el Regidor D.  Lope de Ulloa; el Procurador general D. Pedro Arredondo y los ocho Diputados: D. Joseph de Olier y Rodríguez, D. Francisco Lagúnez y Pacheco, etc. Con puntualidad, uno a uno, fueron entrando en la sala capitular ocupando el lugar asignado para escuchar del escribano la lectura de los asuntos que debían tratar en aquella sesión, de la que habían sido informados previamente. Entre ellos se dio cuenta de la llegada de una orden del rey Felipe V anunciando el paso de su invitado y amigo, Jacobo III de Inglaterra, Príncipe de Gales, por Alcolea del Pinar hacia Madrid, cuyos gastos de hospedaje debían costear las arcas municipales.

El Príncipe de Gales, conocido como “el viejo pretendiente” por sus aspiraciones a la corona británica, viajaba acompañado por un amplio séquito compuesto por nobles y su servicio personal. Su llegada estaba prevista para el 27 de marzo, por lo que unos días antes se había encargado la organización de la jornada a D. Pedro Arredondo, Procurador general, que solía actuar en calidad de representante oficial del Concejo en diferentes asuntos. En pocos días tuvo que reunir todo lo necesario para proporcionar un descanso adecuado al príncipe y su séquito: un buen número de camas, mesas y bancos de madera, lámparas con aceite para la iluminación, leña para calentarse y preparar comidas, tinajas para el agua, sábanas, manteles y colchones, alimentos para el séquito y paja para las caballerías. Una vez incorporado todo el material en carros fue transportado hasta Alcolea, para montar el campamento. Seis días se invirtió en la preparación y posterior recogida y limpieza del espacio ocupado, seis días que generaron un gasto de alrededor de doscientos sesenta reales, incluido el salario del procurador y las tiendas concejiles donde se habían adquirido alimentos y enseres.

Una hoja del Libro de Actas municipales. Resumen del acuerdo del acta de sesiones del 30 de Marzo de 1719 sobre “Paso del Sr. Príncipe de Gales Rey de Inglaterra”.

Mientras en Sigüenza el concejo miraba con preocupación el estado de las arcas municipales, en Madrid el monarca se mostraba satisfecho con las noticias que le llegaban sobre el paso de su amigo por tierras castellanas, así como los halagos y muestras de respeto que recibía en cada parada que realizaba. Era tan grande la amistad que unía a ambos monarcas, nacida durante su infancia en Francia, como enorme el pesar que sentía Felipe V por la lastimosa situación que atravesaba el príncipe inglés, abandonado y perseguido por sus enemigos.

Jacobo Estuardo era hijo de Jacobo  II, el último rey católico de Inglaterra. Educado en Francia, el fallecimiento de su padre lo convirtió con tan sólo 13 años en el rey Jacobo III. Aunque pronto fue excluido de la sucesión al trono, nunca perdió la esperanza de recuperarlo y se instaló en Roma, uno de sus principales apoyos. El Caballero de San Jorge, como también era conocido internacionalmente, al cumplir los 30 años decidió iniciar un viaje por Europa solicitando ayuda para recuperar el poder a los pocos amigos que aún le quedaban, entre ellos Felipe V de España.

El 11 de marzo de 1719 inició el viaje a bordo de una pequeña embarcación francesa. Sufrió una difícil travesía entre las costas italianas y españolas, con el viento en su contra, como el destino en su propia vida. Al llegar al puerto de Rosas el 18 de marzo, miembros y oficiales de la Casa real española, le esperaban al pie del barco, con una carroza para llevarle hasta Madrid. Mientras accedía a su interior, Jacobo se deseaba a sí mismo un viaje mejor que el anterior. Pero las dificultades no habían terminado. No sabía que los caminos españoles eran inseguros por la presencia de bandoleros; incómodos, en mal estado de conservación, sin pavimentar y especialmente embarazosos con la lluvia y el barro. Por lo que, en más de una ocasión, tuvo que bajar de la carroza y realizar el trayecto a caballo. Durante el viaje realizó varias paradas de descanso: del 21 al 23 en Zaragoza, el 27 en Alcolea del Pinar y la última en Torrejón de Ardoz, donde le esperaba el cardenal Alberoni, principal consejero del monarca español, encargado de acompañarle en su última etapa. El 28 de marzo llegó al Palacio del Buen Retiro, para disfrutar de unos días de ocio y jornadas de caza con Felipe V y su familia. Cuentan las crónicas que finalizó su estancia en España, peregrinando a Santiago de Compostela, para encomendarse al Santo antes de embarcarse en la expedición que pretendió sin éxito recuperar el trono inglés.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera Municipal de Sigüenza

*La calle Nueva corresponde con la actual calle del Seminario

El primer viaje alrededor de la Tierra

Tras la guerra de oriente de 2020, el acceso a ciertos minerales africanos y asiáticos, imprescindibles para la construcción de móviles y ordenadores, quedó en manos de la República Islámica Renovada. Siendo muy difícil su consecución, un científico y un militar portugueses propusieron a la ESA obtener estos suministros en el Cinturón de Asteroides. Habría que enviar una expedición de ida y vuelta a aquel lejano lugar que, por razones de limitación tecnológica y urgencia en la preparación del viaje, solo podría realizarse mediante pilotaje manual.

Una mañana despegaron de la Guyana Francesa cinco naves tripuladas con la misión de llegar al Cinturón, realizar una exploración exhaustiva, buscar huellas de vida extraterrestre, determinar las posibles explotaciones mineras, y volver a la Tierra con los primeros suministros.

Tres años después y una increíble serie de dificultades, solo regresó una nave,gobernada por uno de los subcomandantes y unos pocos astronautas. La mayor parte de los tripulantes había muerto en el camino.

La misión se había cumplido, pero pagando un precio muy alto en vidas.

 

Así describiríamos el viaje de Magallanes y Juan Sebastián Elcano de haberse producido en este principio del siglo XXI. Un viaje en el límite de la tecnología del momento, una ruta inexplorada e inédita, de la que solo se conocía de antemano menos de la mitad. Un viaje en el que lo previsible era dejarse la vida tirada en el sendero.

Hemos perdido la perspectiva de lo que representó el primer viaje de circunnavegación de nuestro planeta porque hoy podríamos hacerlo cómodamente sentados en un avión de línea en dos o tres saltos en unas 40 horas. El viaje de Magallanes y Elcano fue de una dificultad extrema, de una incertidumbre tan enorme, que es efectivamente asombroso que tuviera éxito.

Fernando de Magallanes (1480-1521) era un navegante y militar portugués que de joven había viajado a Asia por la ruta portuguesa, rodeando África por el Cabo de Buena Esperanza, y había alcanzado Macao y Malaca (por aquel entonces los portugueses aún no habían llegado a las “Islas de las Especias”). En las Islas Molucas se producían las especias finas que en aquel tiempo conseguían precios desorbitados en Europa, como consecuencia de la clausura para los mercaderes cristianos de las rutas a Oriente tras la caída de Constantinopla (1453) a manos del Imperio Otomano. Las especias, frutos secos, seda, porcelana, marfil asiático, piedras preciosas, perfumes, medicamentos, tintes… seguían llegando a Europa, pero a través de los puertos turcos y norteafricanos, lo que encarecía enormemente el producto.

Acusado falsamente de robo, Magallanes demuestra su inocencia, pero pierde el favor real. Pasa un año en Lisboa esperando destino y estudiando mapas. Dio con uno que mostraba un paso al océano Pacífico en la costa americana en el paralelo 40 Sur y consulta la credibilidad de este con Ruy Faleiro, el más prestigioso astrónomo portugués del momento y con un carácter que le hacía impopular en la corte, quien refrenda su opinión.

Mediante el Tratado de Tordesillas (1494), España y Portugal, que eran las únicas potencias expedicionarias mundiales del momento, se repartieron el mundo según una línea a 370 leguas al oeste de las Islas de Cabo Verde. El camino que proponían Magallanes y Faleiro se extendía por el lado español del mundo, por lo que, sintiéndose nada apreciados en la corte lisboeta, acuden a Sevilla, tratando de encontrar allí el permiso de la Casa de Contratación.

La Casa era un centro de acumulación de conocimiento geográfico mundial, el segundo centro moderno de investigación de la Historia (el primero fue la Casa da Índia, en Lisboa) y de administración de las expediciones a América; sin embargo, no tomaba las grandes decisiones, estas se determinaban en la corte.

Magallanes y Faleiro expusieron sus planes y la rentabilidad de la empresa en Valladolid a los consejeros del rey Carlos I de España. Faleiro se mostraba convencido de que las Islas Molucas estaban en el lado español del antimeridiano y, aunque los cosmógrafos españoles no coincidían en esto, el veredicto fue positivo. El rey les nombró “Capitanes Generales de la Armada de la Especiería” y dispuso parte de la inversión necesaria para la expedición.

 

La partida

Magallanes y Faleiro volvieron a Sevilla a reclutar tripulación y dineros. Mientras tanto, los sevillanos convencieron al rey para que tres de los capitanes de las naves fueran españoles. Faleiro cayó enfermo y el rey nombró segundo al mando al noble Juan de Cartagena, con poca experiencia marinera, sobrino (o quizá hijo ilegítimo) del obispo de Burgos y presidente del Consejo de Indias, Juan Rodríguez de Fonseca.

El 21 de agosto de 1619, cinco naves partieron de Sevilla con la intención de hacer uno de los viajes más inciertos que ha realizado la humanidad. La nao capitana era la Trinidad; la San Antonio, la nao mayor; la nao Concepción, en la que Elcano era segundo de a bordo; la nao Victoria, la única que completó viaje; y la carabela Santiago, adecuada para acercarse a la costa y adentrarse en los ríos.

De Sanlúcar de Barrameda partieron 239 tripulantes, a los que se unieron otros 26 en Tenerife. Esta tripulación estaba compuesta por 171 españoles (andaluces y vascos principalmente), 35 italianos, 26 portugueses, 17 franceses, 4 flamencos, 4 nacidos en la Isla de Rodas, 3 alemanes, 3 africanos y 1 asiático. Este último, un esclavo que acompañaba a Magallanes desde su estancia en Asia, Enrique de Malaca, que hablaba malayo, lingua franca en las tierras de las especias.

Una tripulación internacional, característica que ha sido habitual en muchas de las históricas expediciones científicas españolas.

El Estrecho de Magallanes

Tras investigar infructuosamente el Río de Solís (descubierto tres años antes por el español Juan Díaz de Solís, hoy Río de la Plata) en el paralelo 34 Sur, reprimir un motín de los capitanes españoles, hacer una invernada en la bahía del Puerto de San Julián, y padecer el naufragio de la Santiago, llegaron el día 10 de octubre de 1520, Santa Úrsula, al cabo que denominaron en su honor Cabo de las Once Mil Vírgenes, desde el que se abría un canal a poniente y que decidieron investigar.

Magallanes mandó a la San Antonio y la Concepción a explorar. Al cabo de dos jornadas comprobaron que la abertura continuaba por otras dos bahías y que su agua era salada en todos sus puntos.

Se dispuso el paso de la flota por el estrecho y la primera noche, Esteban Gómez, portugués al servicio de Castilla desde hacía largo tiempo y piloto de la San Antonio, se hizo con la nave y desertó, dándose la vuelta y volviendo a Sevilla.

El 28 de noviembre de 1520, tras tortuosa y laberíntica navegación, la flota franqueó el estrecho entrando en el mar del Sur, descubierto solo siete años antes por Núñez de Balboa desde la costa occidental de Panamá.

Las tres naves supervivientes continuaron derrota por aquel mar, sufriendo una calma eólica desesperante, la que originó que Magallanes lo rebautizara como mar Pacífico. Los muy pocos víveres, ya que la mayor reserva partió con la San Antonio, diezmaron por el hambre y el escorbuto a la tripulación. Más de tres meses duró este suplicio, cuando alcanzaron Guam, en las Islas Marianas.


La muerte de Magallanes

Continuaron jornada hasta las Islas Filipinas. En la Isla de Cebú, Magallanes convenció, con la mediación de Enrique de Malaca en su propio idioma, al rajá Humabón de que abrazara la religión cristiana y aceptara al rey Carlos como su señor. Por su parte, Humabón le solicitó que derrotara a un jefe rival de una isla contigua. Magallanes accedió y, en una batalla planteada con excesiva confianza, fue muerto.

El capitán portugués Duarte de Barbosa fue elegido comandante de la expedición. Magallanes había prometido a Enrique que a su muerte sería liberado, pero Barbosa necesitaba un intérprete, y lo mantuvo como esclavo. La derrota de Magallanes había mostrado a Humabón que los españoles no eran invencibles y, probablemente influido por el despechado Enrique, invitó a los navegantes a un banquete en el que asesinaron a 30 hombres.

Como consecuencia de este desastre tuvieron que quemar la Concepción, al no tener tripulantes suficientes para las tres naves.

 

El regreso

Ya con Gonzalo Gómez de Espinosa como comandante de la expedición llegaron a su objetivo, las Islas Molucas, y cargaron hasta los topes las dos naves de clavo. Como recibieron el aviso de que una flota portuguesa los buscaba para apresarlos, resolvieron hacerse a la mar inmediatamente. Al cargar la Trinidad empezó a hacer agua y decidieron que Juan Sebastian Elcano partiera sin demora al mando de la Victoria hacia España por el oeste, mientras que la Trinidad fuera reparada allí mismo y que volviera cuando estuviera lista por el este a Panamá, buscando los vientos del oeste. No pudo encontrarlos, y resultó apresada por los portugueses. Al cabo de los años solo regresaron vivos a España tres de ellos, después de pasar por trabajos forzados y prisiones portuguesas.

Elcano regresó clandestinamente por la ruta portuguesa del océano Índico y el peligroso Cabo de Buena Esperanza. Fue una travesía alejada de las costas para evitar avistar navíos portugueses. Exhaustos y medio muertos, no pudiendo más, se acercaron en un bote a una de las islas de Cabo Verde a pedir comida, haciéndose pasar por un barco castellano extraviado en su regreso de América. El ardid funcionó dos veces, pero a la tercera les descubrieron y los portugueses encarcelaron a dieciocho de ellos. La Victoria escapó perseguida por barcos portugueses.

Elcano junto a diecisiete tripulantes consiguieron llegar a duras penas a Sanlúcar y, al fin, a Sevilla el 9 de septiembre de 1522. El periplo había durado 3 años y 19 días, y dejado por el camino a 247 hombres muertos, perdidos o presos.

Habían demostrado que el viaje era posible, pero mostrado la dureza homérica del intento.

Logros para la Humanidad

Este 2019 se cumplen 500 años de la partida de esta inenarrable expedición, que se enfrentó a motines, ajusticiamientos, tormentas, ausencia de vientos, hambre, escorbuto, batallas, asesinos nativos, persecutores portugueses, fuertes calores, fríos extremos… venciendo a todo.

Desde el punto de vista geográfico fueron los primeros en remontar la inmensa bahía del Río de la Plata y comprobar que se trataba de la desembocadura de los ríos Uruguay y Paraná, y no del paso deseado; fueron los primeros en explorar la costa de la Patagonia, a la que pusieron nombre; probablemente fueran los descubridores de las Islas Malvinas (el otro candidato es Esteban Gómez en su viaje de regreso); consiguieron encontrar, con terrible dificultad, el Estrecho de Magallanes que comunica los océanos Atlántico y Pacífico; fueron los primeros en cruzar el océano Pacífico, hasta las islas Marianas, que también descubrieron para los europeos, esta travesía fue la más larga sin escalas realizada hasta entonces; fueron los primeros europeos en llegar a las Islas Filipinas; lograron establecer acuerdos comerciales con el rey de Tidore, en las Islas Molucas; y consiguieron regresar por la ruta portuguesa del océano Índico, y llegar a Sanlúcar de Barrameda.

Desde el punto de vista científico, fueron los primeros en dar la vuelta al mundo (dejo fuera, por controvertida, a la expedición china de 1421); demostraron que las Indias no eran Asia, como creía Colón; ni estaban unidas a ese continente, que así se consideraba en la época; comprobaron que había un paso por el oeste a Asia, lo que buscaba Colón y no consiguió encontrar; dieron las dimensiones del océano Pacífico, prácticamente un hemisferio acuático; demostraron empíricamente que la Tierra era redonda, sin cálculos ni demostraciones indirectas; descubrieron que al dar la vuelta hacia el oeste se ganaba un día; describieron nuevos animales, plantas, semillas; hicieron descripciones etnográficas de muchos “nuevos” pueblos, y recogieron muchos términos de sus idiomas… la nómina de sus logros es tan extensa que parece mentira que la alcanzaran unos hombres en unos barcos de madera, infestados de insectos xilófagos, sin mapas, GPS, radio, frigoríficos, penicilina, vacunas… y tantas cosas de las que nos valemos hoy para navegar.

Para concluir, dos cuestiones curiosas. La primera es que al final las Molucas estaban en el lado portugués del antimeridiano y fueron motivo de disputa entre España y Portugal durante largo tiempo. La segunda es que Magallanes no fue el primero en dar la vuelta al planeta por muy poco, le hubiera bastado con llegar a Malaca, que había visitado en su juventud; Juan Sebastián el Cano, consiguió circunnavegar la Tierra con origen y destino en Sevilla; pero ¿fue el primero?

Quizá hayas caído en que, si Enrique de Malaca, generalmente considerado malayo, fue capaz de comunicarse en su propio idioma en la Isla de Cebú, pudiera ser que fuera originario de aquel lugar. Si este fuera el caso, partió de su lugar de nacimiento y, viajando siempre hacia el oeste, regresó a él dieciséis meses y medio antes de que la nao Victoria llegara a Sanlúcar y completara su vuelta al globo.

 

Luis Montalvo Guitart

La aviadora Hanna Reitsch y su breve paso por Sigüenza en 1952

Hanna Reitsch nació en 1912 en la baja Silesia. Su padre, siguiendo la tradición familiar, quiso que estudiase medicina. Ella, que desde niña soñaba con volar, puso como condición ser doctora aviadora en las colonias alemanas de África. Parecía que lo iba a conseguir cuando, a los veinte años, obtuvo el título en la escuela de vuelo sin motor de Grunen. Allí mismo batió su primer récord: permaneciendo más de cinco horas en vuelo con un planeador. Era la única mujer, y, quizás por ser la mejor de su promoción, decidió entonces dar un giro a su vida, abandonar sus estudios de medicina para dedicarse por entero a volar, su gran pasión.

Y en aquellos años 30 fue contratada como maestra en la escuela de planeadores. Participó en una expedición de investigación en Brasil y Argentina y fue pionera en volar en helicóptero. Después realizaría la travesía de los Alpes en planeador, consiguiendo uno de sus mayores logros, el récord mundial de vuelo dirigido. Su carrera aérea iba en alza, siempre en aparatos sin motor. Llegó a ser uno de los más audaces pilotos de pruebas de Alemania, país que no contaba con ningún otro tipo de aviones, debido a que entre las duras condiciones impuestas a Alemania por los vencedores de la Primera Guerra Mundial, estaba la prohibición de desarrollar una industria aeronáutica.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial se impulsó esta industria en todos los países. Alemania, dejó de ser una excepción y alcanzó tal desarrollo que incluso llegó a crear los primeros aviones-cohete de la historia y las bombas volantes. Hanna Reitsch no dudó en pilotar aquellas bombas, durante su periodo de experimentación.

Con sus proezas no sólo logró alcanzar espacios impensables para las mujeres de su generación, que vivían relegadas exclusivamente a las tareas domésticas, sino que llegó a convertirse en un icono social. Fue la única mujer premiada con la Cruz de Hierro de primera clase y recibió el Distintivo Aéreo Militar de Oro con Diamantes.

Pero todo no fueron recompensas y alabanzas, Hanna Reischt también vivió peripecias asombrosas y sufrió aparatosos accidentes, poniendo en peligro su vida en numerosas ocasiones. Debido a su audacia, fue el último aviador que aterrizó junto a la Puerta de Brandemburgo en Berlín, en una misión que la llevó hasta el búnker donde se refugiaba Hitler, antes de la toma de la ciudad por los aliados el 28 de abril de 1945. Días después Hanna cayó en manos de los americanos. Estuvo presa quince meses, sometida a juicio en los Procesos de Núremberg, al no haber crímenes que imputarle, fue liberada.
Con el final de la guerra, se produjo el retorno de la sociedad a la vida cotidiana anterior y ella decidió reinventar su vida. Como otros compañeros se convirtió en piloto deportivo. Escribió varios libros, entre ellos, su autobiografía, “El cielo es mi vida”. Su atrayente personalidad no dejó indiferente a quienes la conocieron: en 1961 el presidente Kennedy la invitó a visitar la Casa Blanca, causando malestar entre la sociedad norteamericana por el pasado nazi de la piloto. Fue amiga de Indira Gandhi y huésped del presidente Pandit Nehru en La India, donde fundó y dirigió escuelas de vuelo en planeador. Participó en la construcción de una escuela de vuelo en Ghana.

Camiones de apoyo de campeonato del mundo de vuelo a vela de 1952 a su paso por Torija.

Hanna Reitsch y Sigüenza

En el año 1952 la Federación Aeronáutica Internacional convocó en el Aero Club de Madrid los 2º Campeonatos del Mundo de vuelo a vela. Esta cita significó el regreso de los pilotos europeos a la navegación aérea con fines deportivos. El 30 de junio la Hoja del Lunes publicaba la noticia de la inauguración del evento con asistencia de las principales autoridades junto a un centenar de pilotos procedentes de 19 países diferentes. Entre los alemanes sobresalía la única mujer participante en el campeonato: Hanna Reitsch. Durante dos jornadas los participantes tuvieron la oportunidad de realizar entrenamientos antes del concurso, que se realizaría entre los días 2 al 13 de julio con rutas dirigidas hacia Zaragoza, Huesca, Barcelona… La competición estuvo muy reñida por el elevado nivel tanto de las pruebas como de los pilotos.

Uno de los itinerarios establecidos para el Campeonato fue Cuatro Vientos–Torresaviñán, donde había un campo de aviación. Hasta allí llegaron por el aire los aeroplanos concursantes y por carretera, los vehículos oficiales con personal técnico. Al conocerse la noticia en Sigüenza, un grupo de chicos, entre los que se encontraba Antonio López Negredo, acompañados por su tía Ascensión, montaron en la camioneta del Tori, para acercarse al lugar. No fueron los únicos, los vecinos de la zona, en bicicleta o a lomos de una mula, se acercaron hasta el aeródromo. Otros interrumpían sus tareas agrícolas, para mirar al cielo al paso de los aviones.

A borde de una aeronave aterrizó la famosa aviadora en Torresaviñán, en medio del campo ante un numeroso grupo de público: ellos con sombreros de paja y ellas con la cabeza cubierta por un pañuelo para protegerse del sol, todos ansiosos por verla de cerca, se agolpaban al tiempo que la vitoreaban entusiasmados.Miembros de su equipo, llegados hasta el lugar en camionetas por carretera, la esperaban para ayudarla a salir del aparato. Hanna alzó su mirada para saludar con un gesto al público y se percató de la presencia a pocos metros de un grupo de niños que, puestos en hilera, la contemplaban absortos y maravillados. Ella, con la amabilidad que le caracterizaba, dejó a los adultos para acercarse y ofrecer su mano, que uno a uno estrecharon los chicos de Sigüenza, entre sorprendidos y orgullosos. No había fotógrafos, ninguno de ellos llevaba una cámara para inmortalizar aquel momento único. Oficialmente si se conserva un reportaje gráfico del campeonato en el noticiero del NO-DO.

Esta etapa del campeonato quedó marcada por el desafortunado accidente de un piloto inglés que, gravemente herido, fue trasladado hasta Sigüenza, acompañado por algunos compañeros entre los que se encontraba Hanna Reitsch, para ser atendido en el Hospital de San Mateo. Apenas estuvieron unas horas, hasta que los médicos aconsejaron su evacuación a otro centro sanitario. Por ese motivo, no pudieron visitar la ciudad y poco vieron desde el vehículo donde viajaban. El piloto falleció durante el viaje.

La competición continuó y el día de la clausura, Hanna Reitsch subió al podio del Aeroclub para recibir la medalla de bronce de manos del Comité de honor, uno de cuyos miembros era Agustín de Figueroa, Marqués de Santo Floro, hijo del Conde de Romanones.

Como muestra de agradecimiento por la organización del campeonato, el gobierno alemán obsequió al de España el aeroplano que había volado la premiada piloto femenina, actualmente conservado en la colección del Museo del Ejército del Aire en Cuatro Vientos.

Hanna Reitsch, voló por última vez en 1979, poco antes de fallecer a la edad de 67 años en Francfurt, enferma del corazón.

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza

Norberto Caimo y la “Ilustración”

No hay nada más divertido que encontrar a un “leído” de esos que consideran tonto a un inteligente no leído. Y si encima el no leído tiene espíritu sarcástico, el sainete está servido.

Norberto Caimo fue un ejemplar de ese clero siempre “moderno” y al día. Era un monje jerónimo de Lombardía (Italia) que estuvo en España en 1775 y luego publicó una relación del viaje en cuatro tomos, de forma anónima.

Como él era superior, todo su paso por nuestra tierra es el paso por una zona “subdesarrollada”. Menos mal que llegado a Sigüenza la posada no era de las peores “y me encontré allí bastante bien”, aunque tiene que notar que los insectos se habían cebado en él.

Había querido venir a Sigüenza para conocer la universidad y sus tres colegios. Empezó por visitar la catedral y como el monumento es lo que es, no le quedó más remedio que criticar a “un coro numeroso de músicos que cantaban alternativamente; me pareció oír cigarras”.

Ya al describir su entrada en la ciudad había tachado a los seguntinos de pueblerinos, por la curiosidad demostrada “como si jamás hubiesen visto allí extranjeros”.

Pero ya en la universidad tiene que constatar que hay “una gran biblioteca” y el listo de él, en una universidad dada al humanismo constata que en lugar de Newton, Descartes, Galileo, de Malebranche, de Pétau, de Bossuet, se encuentra a Escoto, Molina, Escobar, Gómez, Suárez, Sánchez, del Río, Ledesma, Granada “y otros autores de la misma tela”.

Siendo un listillo superior no tardó en manifestar sus crítica y cuando le preguntaron si en Italia había semejantes bibliotecas públicas, había contestado que, por suerte para los italianos, no pero que si por suerte ocurriera que se formaran semejantes “no tardarían en enviar todos los volúmenes a las cocinas para encender el fuego o para otros usos del mismo género”. O sea un personaje culto que seguramente condenaría la quema de libros por la inquisición, a menos que no fueran los que él dijera.

Ignoro si se lo inventó o fue verdad – habría que ver si se han conservados los títulos de las tesis–; el caso es que afirmaba haber asistido a la discusión de una tesis en la facultad de medicina, titulada “de qué utilidad o de qué perjuicio sería al hombre tener un dedo más o un dedo menos” e ironiza el “superior” diciendo que habría esperado otra discusión sobre “si para gozar de buena salud era preciso, al cortarse las uñas, empezar por la mano derecha o por la izquierda, por el pulgar o por el meñique”.

El caso es que su suficiencia, su altanería, tuvo que cabrear a algún seguntino con ironía y buen arte a la hora de actuar, pues lo llevó a una iglesia cercana, donde había una gran piel, “que tomé por una piel de cordero”. “Las personas con quienes yo estaba me aseguraron que era la piel de una araña. Me puse a sonreír, pero viendo que se esforzaban por persuadirme de que era realmente la piel de una araña, tuve compasión de ellos y no dije nada”.

Hizo bien en callarse porque en caso contrario lo mismo le hubiera caído algún tomatazo. Los debía haber hartado pues dice que se sentía excitado por la cantidad de pimienta con la que todos los alimentos se hallaban sazonados, hasta sentirse incomodo por ello y por eso decidió largarse.

Pero siempre hay gente buena en Sigüenza y una persona, que le había tratado con gran amabilidad durante su estancia, se le acercó y le dio un pan de un pie largo de espesor relleno de una gruesa tortilla con bastante bacalao. Y es lo único positivo que encuentra: “Fue eso para mí un obsequio precioso y del que quedé muy agradecido a mi bienhechor”. Porque llegó a Mirabueno a la hora de comer y no tuvo más remedio que echar mano del pan y la tortilla.

¡Vaya personaje!

 

El obispo de Sigüenza saca la artillería en Roma

El Cardenal Bernardino López de Carvajal, obispo de Sigüenza en 1495-1511, nunca estvo en Sigüenza pero no salía de Roma...

El 13 de enero de 1517 el embajador de Venecia en Roma informaba de que algunos días antes había habido gran jaleo porque dos romanos habían resultado heridos, por algunos españoles, lo que puso a los romanos y a los Orsini en armas, yendo a casa del cardenal de Santa Cruz, Don Bernardino López de Carvajal, en Tor Millina (una verdadera torre que aún existe detrás de la plaza Navona), donde estaban los españoles. Menos mal que el cardenal estaba en el palacio apostólico y no en casa, pues hubo que entregar a los que habían hecho el daño y tuvieron que ir el cardenal de Médicis y el duque de Urbino a calmar el tumulto. Dos días después Carvajal pudo volver a casa. El 14 de enero algunos cardenales hablaron al Papa excusando al cardenal Carvajal por el tumulto ocurrido.

Una carta de Roma de 14 de enero, escrita a Girolamo Lippomano, da una relación más pormenorizada de los hechos: parece que un joven romano iba cabalgando un caballo muy bravo y, cuando pasaba delante de la casa de Carvajal, ante la cual había bastantes españoles, el caballo comenzó a cocear y un español dijo: “Échese atrás con ese caballo, que si no se va, le daré de esta espada” a lo que el romano le dijo: “Este caballo mío no quiere estar en paz” y los españoles empezaron a mofarse. El romano sacó la espada y cargó contra los españoles que entraron en el patio del palacio y comenzaron a combatir; pero viendo la situación salió del palacio sin ser herido. El cardenal de Santa Cruz, oyendo el rumor, salió y dijo: “¿Qué hay?” y cuando le narraron los hechos dijo: “Ho tanti in casa que manzan il pan indarno” (tengo a muchos en casa que comen el pan en vano) y comenzó a insultar a los suyos. El romano era amigo del cardenal Corner y le rogó que viese al cardenal Carvajal para hacer la paz. Corner lo invitó a comer a su casa al día siguiente porque después de comer vería al cardenal Carvajal en el palacio apostólico. Al día siguiente, después de comer fueron juntos a caballo al palacio apostólico; pero al llegar a la plaza de San Pedro se cruzaron con la familia del cardenal Carvajal que volvía a casa después de haber dejado a su amo en palacio. El maestro de casa de Carvajal reconoció al joven y los palafraneros los atacaron, quizá veinte personas. Los romanos no quisieron huir, se defendieron, pero los españoles les propinaron muchas heridas y les mataron los caballos, de forma que creyeron que habían muerto y se fueron. Los guardias suizos del papa no se quisieron mover. Se corrió la voz por Roma de que los españoles habían matado a dos romanos, los parientes se levantaron y el hermano de uno de ellos corrió al Borgo y a uno de los españoles, al que reconoció, lo atravesó con una pica, con lo cual toda Roma se vio envuelta en el tumulto. A los dos jóvenes los llevaron a casa del cardenal Corner, a uno de ellos le habían cortado una mano y al otro las piernas. Los Orsini, con sesenta hombres de armas fueron a casa del cardenal de Santa Cruz; salieron diez españoles con picas que hicieron recular a los romanos hasta la casa de Cavalizense; ninguna de las partes contendientes llevaba arcabuces ni ballestas y los españoles no se quisieron alejar para que no les sorprendieran por la espalda, y se volvieron a casa.

Regresaron todos a sus casas pensando que se habían enfrentado los Colonna y los Orsini. El cardenal de Santa Cruz, volviendo a su casa y subiendo el puente de S. Angelo vió a muchos romanos en orden de combate y el condestable del castillo le dijo: “Monseñor no prosiga, porque le matarán”. La familia del cardenal los contuvo, Carvajal y todos los suyos entraron en el castillo, que fue cerrado. Luego el castillo comenzó a preparar la artillería. Vino el duque de Urbino con los caballos y los suizos y estuvieron en el puente veinticuatro horas. Luego, viendo a las familias de los cardenales Remolino y Arborense, más de 200 españoles fueron a casa del cardenal Carvajal y prepararon la artillería (literalmente, no es exageración) y todo lo necesario. Todo el partido de los Orsini estuvo ante la casa de Carvajal hasta las tres de la noche y llevaron artillería; llegó el cardenal de Médicis con el duque de Urbino queriendo saquear la casa de Santa Cruz, lo cual hubiera supuesto la muerte de más de 400 personas ya que había 300 españoles dentro. El cardenal de Médicis fue personalmente a hablar con los españoles para que se rindieran dándoles su palabra de que no querían más que a los que habían hecho el daño. Los españoles hicieron consejo y se rindieron a pacto de que no se hiciera daño más que a los que habían perpetrado el ataque. Entró el duque con algunos y fue detenido el maestro de casa del cardenal con otros siete, los cuales dijeron que no tenían la culpa. Carvajal, aquella noche durmió en casa del cardenal Cibo; el 17 de enero fue a alojar en Santa Maria in Porticu, mientras los jefes romanos fueron a hablar con el Papa, aunque no se sabía lo que se habían dicho. Todo esto lo encontraran ustedes en el volumen 23 del diario de Marin Sanudo, un veneciano que nos dejó abundante documentación y eso quiere decir que la noticia corrió por muchos sitios.