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El blasón de la ciudad de Sigüenza

La inmensa mayoría de los seguntinos conocen sobradamente el blasón de su municipio. No en vano existen hasta ocho labras del mismo en sendos pórticos o fachadas de otros tantos edificios históricos de la ciudad que todo el mundo puede ver aunque no me consta si también pueden disfrutar o valorar.

Versión del autor.

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo español partido en dos cuarteles:

A la derecha, de azur y sobre unas rocas en su color, un castillo donjonado de oro, aclarado de gules y mazonado de sable.

A la izquierda, de gules, un águila pasmada de sable, coronada de oro a la antigua, que sostiene en sus garras un hueso humano en su color.

Al timbre la Corona Real.

 

Pero ¿qué se debe entender exactamente por blasón?

El Diccionario Heráldico lo define como una representación gráfica, generalmente con forma de escudo, que contiene los emblemas que representan simbólicamente una nación, una ciudad, un linaje, etc.

Pero para tener una idea más completa conviene también tener en cuenta lo siguiente:

Que desde tiempo inmemorial el elemento defensivo por excelencia usado por los combatientes fue el escudo.

Que a partir del siglo XII —y por la necesidad de distinguirse los caballeros en el campo de batalla— creyeron oportuno pintar sobre los escudos los emblemas elegidos por los propios caballeros u otorgados a éstos por sus soberanos, razón por la que comenzaron a denominarse escudos de armas.

Que estos escudos de armas y lo que representaban se hicieron pronto hereditarios y los afectados decidieron organizarse mediante un sistema de reglas y de un lenguaje propio que permitiera describir con la mayor exactitud las armerías y, por otro lado, su concesión quedó restringida a una prerrogativa real que se ejercía a través de los llamados Heraldos, cuya cabeza visible recibía el título de Rey de Armas.

Que en el siglo XV, ese conjunto de reglas propias debidamente organizadas para la correcta interpretación y confección de los blasones o escudos de armas, constituyeron lo que hoy conocemos como Heráldica o Ciencia del blasón.

Que más tarde su uso se extendió a toda clase de soportes: cuadros, telas, joyas, fachadas de las viviendas, monumentos funerarios y otros.

Así pues, la Heráldica no sólo es un campo de expresión artística y un elemento del derecho medieval y de las dinastías reales que ha llegado hasta nuestros días con plena vigencia sino que, además, desde el siglo XVII, la Heráldica está considerada como una ciencia admitida dentro de las ciencias anexas de la Historia junto con la Paleografía, la Diplomática, la Epigrafía, la Sigilografía, la Vexilología, la Genealogía y la Falerística aunque no se conoce con precisión cuándo nació la Heráldica como ciencia en el sentido en que la definía el Marqués de Avilés: “El Blasón es el Arte que, con términos y voces propias de él, enseña en la inteligencia del escudo de Armas la de los esmaltes, figuras y ornamentos, el orden de componerles con reglas y preceptos ciertos, al modo que le tienen todas las demás Facultades y Ciencias” (Ciencia Heroyca, reducida a las leyes heráldicas del blasón (Barcelona, 1725)

Pero no queda aquí la cosa porque, en función de su aplicación, la Heráldica se clasifica en las siguientes ramas:

Heráldica gentilicia: que se ocupa de los individuos, familias o linajes.

Heráldica militar: de las personas, instituciones y cuerpos o entidades militares.

Heráldica eclesiástica: de las personas, instituciones o entidades eclesiásticas.

Heráldica civil: de las entidades territoriales que se subdivide a su vez en nacional, provincial y local y en el caso de España, de las Comunidades Autónomas.

Heráldica corporativa: de las entidades públicas o privadas, de carácter civil como Universidades, Colegios y Asociaciones profesionales, clubes deportivos, sindicatos y otros.

Heráldica industrial: de marcas o productos elaborados por las empresas.

Y por si fuera poco, todas estas ramas de la Heráldica están sujetas a unas determinadas Reglas y Leyes que conviene conocer aunque sea de forma somera:

Regla I.- Forma del escudo. Se refiere a la forma exterior del escudo sin adornos ni añadidos y se corresponde con la superficie del escudo que usaban los caballeros medievales donde primitivamente dibujaban sus armas. Los escudos más antiguos solían tener forma triangular y con el paso del tiempo fueron cambiando para adaptarse a la necesidad de incorporar nuevos elementos o modas.

Pueden establecerse una serie de tipos comunes que se han ido manteniendo a lo largo de la historia en los países europeos y que se denominan con el nombre del país al que pertenecen: español, francés, alemán, inglés, italiano, cada uno con su forma característica. Además, atendiendo a la condición del titular del escudo, se denominan: eclesiásticos, doncellas o viudas o armas matrimoniales, cada uno con su forma característica

Regla II.- Campo y Particiones. Se denomina campo del escudo al espacio comprendido dentro de las líneas que limitan el mismo y también se denomina campo al fondo de cada una de las particiones en que se divida el escudo. Éste puede ser simple o compuesto en función del número de divisiones o particiones que contenga. Los más comunes son: partido, cortado, tronchado, tajado, terciado, cuartelado, jironado, cortinado, mantelado, calzado, embrazado, contraembrazado, encajado, enclavado, adiestrado, siniestrado, flechado... y las combinaciones que de ellos se hagan.

Regla III.- Esmaltes. Se denomina esmaltes a los colores con que se pintan tanto el campo como las figuras del escudo y se dividen en metales y colores. Son metales el oro y la plata, que en la práctica pueden ser sustituidos por amarillo y por blanco. Colores son: gules (rojo), azur (azul), sinople (verde), púrpura (morado), y sable (negro). Además de éstos, que son los básicos, pueden usarse todos los colores naturales de animales, plantas, construcciones y el color de la piel humana para las personas (carnación).

Regla IV. Figuras

Se denominan Figuras o Piezas a todos los objetos que se colocan en el campo del escudo. Los heraldistas distinguen cuatro clases de figuras:

Heráldicas, como el jefe, el palo, la banda, la faja, la cruz, el aspa o sotuer y la bordura;

Naturales, como las figuras humanas, los animales, las plantas, los astros y meteoros;

Artificiales, como coronas, castillos, torres, cadenas, herramientas y

Quiméricas, como dragones, grifos, sirenas, etc.

Aunque en la actualidad las excepciones en la Heráldica van camino de convertirse en norma —especial y desgraciadamente en la Heráldica Municipal española— hay que dejar muy claro que existen ciertas Leyes fundamentales que deben tenerse muy en cuenta a la hora de disponer los elementos de un escudo.

Ley Primera.- Jamás debe ponerse metal sobre metal ni color sobre color.

Ley Segunda.- Las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde.

Ley Tercera.- Los escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas, si aparecen varias de estas figuras, pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo.

Ley Cuarta.- En los casos de las figuras que no son piezas honorables y existen en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta.

Ley Quinta.- Los adornos exteriores del escudo reciben el nombre de timbres. Originariamente los timbres no formaban parte del blasón y podían variar a voluntad del titular. Los más usados son: coronas, yelmos, bureletes, cimeras, lambrequines, tenantes y soportes; mantos, banderas, cordones y palmas, encomiendas y collares de las Ordenes Militares, pabellones, divisas, y la voz de guerra. Las coronas se representaron a partir del siglo XVII. La posición y la decoración de coronas y yelmos indican los grados en la jerarquía de los títulos. Los timbres eclesiásticos son la tiara pontificia, capelos, mitras, báculos, cruces, sombreros, rosarios y borlas. Los soportes son las figuras que sostienen el escudo y pueden ser figuras humanas o semihumanas (tenantes) y animales u objetos inanimados (soportes propiamente dichos). Los lambrequines han de ser siempre de los esmaltes del campo y de las figuras del escudo.

Ley Sexta.- En armería debe usarse siempre de los términos propios del arte.

Ley Séptima.- Todas las cimeras que son humanas, de animales y de aves, deben ponerse de lado, mirando a la diestra.

Regla V. Forma de blasonar

Blasonar es disponer convenientemente el escudo de armas de una ciudad o familia según la regla del arte. Para interpretar correctamente un escudo hay que tener en cuenta que este se personifica, es decir que la derecha del escudo se corresponde con la izquierda del observador y viceversa y que, longitudinalmente, de arriba abajo, el escudo se divide en jefe, centro y punta

 

Esta disertación podría alargarse durante horas, pero como de lo que aquí se trata es de dejar constancia de que la Heráldica dista mucho de ser un pasatiempo banal, quiero dejar meridianamente claro que nadie debiera utilizarla sin rigor científico para alterar caprichosamente las piezas o los esmaltes de ningún escudo, especialmente si se trata del escudo municipal de Sigüenza que ha venido representando a esta ciudad secular y a sus gentes desde sus remotos orígenes, porque según la clasificación de Vicente de Cadenas y Vicent (Fundamentos de Heráldica, Ciencia del Blasón, Hidalguía, Madrid, 1975), el blasón de Sigüenza pertenece a las llamadas armas remotas cuyo origen se pierde en el tiempo. Es decir, que nadie sabe por qué ni cuándo empezaron a ser usadas. Pero sí se sabe que el primer testimonio documental de las armas de Sigüenza que ha llegado hasta nosotros es un sello de doble impronta del año 1252 que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional. Su anverso está irreconocible pero en su reverso se distingue claramente un castillo de tres torres, lo que hace deducir que parece poco probable que las figuras del blasón de Sigüenza sean las armas de los dos primeros obispos y señores de la ciudad porque cuando estos clérigos fallecieron (Don Bernardo de Agén en 1143 y Don Pedro de Leucata en 1156) todavía no se había extendido en Castilla el uso de los Escudos de Armas entre los más importantes guerreros, por lo tanto, con menos razón los iban a usar los clérigos.

Un segundo testimonio documental del blasón seguntino se encuentra en la Historia de la Diócesis de Sigüenza y de sus obispos, de Fr. Toribio Minguella y Arnedo, de donde lo toma Adrián Blázquez Garbajosa al narrar la pleitesía que rinde el Concejo al obispo D. Juan II, Abad de Salas, en su toma de posesión de la diócesis el 26 de diciembre de 1361, mediante un escrito firmado por todo el Concejo y legalizada por [...] su seello redondo de dicho concejo en cera blanca [...] en el cual seello avia figuras de castiello e de águila.

Los primeros escudos labrados en piedra aparecen en Sigüenza a finales del siglo XV o comienzos del XVI, época en la que Castilla gozaba de gran prosperidad. Fue por aquel entonces cuando ocuparon la sede episcopal seguntina de forma sucesiva Don Pedro González de Mendoza (el Cardenal Mendoza, desde 1467 a 1495) y el Cardenal Bernardino López de Carvajal y Sande (desde 1495 a 1519). Durante el pontificado de este último fue construida la Casa del Concejo (el Ayuntamiento Viejo), edificio en cuya fachada se encuentra el mayor y mejor conjunto de escudos en piedra de Sigüenza.

Figura 1

En uno de ellos, español y partido, situado a la izquierda del escudo de los Reyes Católicos (f1) y que, a mi entender, es el más hermoso de todos ellos, aparecen las armas de la ciudad. Y recalco “ciudad" porque en su cuartel derecho, sobre unas rocas, aparecen tres torres cercadas por una muralla símbolo heráldico de ciudad y, a la izquierda, el águila más bellamente esculpida del conjunto. Es esta la única representación de la ciudad amurallada que encontraremos porque, en los restantes escudos, aparece un castillo y, más tarde, sin duda por ignorancia del cantero o del mecenas, el castillo aparece convertido en una simple torre, inexplicable degradación heráldica y arquitectónica que llega hasta nuestros días, fenómeno que debió ser contagioso porque otro tanto sucedió con la figura del águila ya que, con el paso del tiempo, aparece convertida en ave indefinida y escuálida.

Figura 2

Otro de estos escudos se encuentra en la fachada del edificio que fue utilizado como archivo (La Torrecilla) (f2). Sus características escultóricas hacen pensar a los eruditos que este escudo, español y partido, fue esculpido por Martín de Vandoma en la segunda mitad del siglo XVI. En él se aprecian los mismos elementos y con similar disposición que en el resto de los escudos sin que quede vestigio alguno de sus esmaltes originales: a la derecha un robusto castillo calado (puerta y ventanas abiertas) asentado sobre rocas. A la izquierda una magnífica águila pasmada (a punto de levantar el vuelo) y coronada de oro a la antigua.

Quiero hacer notar que en otros escudos municipales seguntinos labrados en piedra —portada de El Pósito, fuente de la Plaza de Don Bernardo, arquería superior de la antigua Sede de los Deanes Capitulares, (actual ayuntamiento)— aparecen algunas figuras novedosas, concretamente la de un hueso humano o un bastón sujetos por el águila y la de una cartela más o menos barroca, de las que se desconoce su razón de ser.

Como dije antes, en las calles de la Sigüenza medieval se pueden encontrar hasta ocho representaciones en piedra del blasón seguntino claramente visibles que constituyen una verdadera exposición escultórica al aire libre y que, a mi entender, son documentos insuficientemente protegidos de la intemperie seguntina y de otras inclemencias, corriendo grave riesgo de resultar dañadas o, incluso, de desaparecer. De ellas se puede obtener información suficiente para conocer las figuras pero no sus esmaltes que ya se han perdido.

Las reproducciones del blasón seguntino en las que, además de sus figuras, aparecen sus esmaltes, se hallan en soportes más delicados y mejor custodiados que los anteriores, como son:

En el libro “Rasgo Heróico. Declaración de las empresas, Armas y Blasones con que se ilustran muchas ciudades y villas de España” (Antonio Moya, 1756) en el que el autor lo describe así:

en primero, de Azur, Castillo de Oro; en segundo, de Gules, Águila de Sable, con las alas baxadas, coronada a la antigua, y un Hueso principal del cuerpo humano en las garras.

Figura 3

En la Biblioteca Nacional de España (publicación de Francisco Piferrer, 1860), cuyo autor lo describe como sigue: (f3)

Escudo partido; en el primero un castillo sobre peñas, y en el segundo un águila de sable esplayada y coronada, con un hueso asido en el pié derecho.

En la publicación “VIII Centenario de la Reconquista de Sigüenza” (Julián Moreno, 1924), cuya descripción es más detallada que las anteriores:

Trae por armas la ciudad de Sigüenza escudo partido en dos cuarteles: en el de la derecha, [...] castillo de oro en campo azur; y en el de la izquierda, águila pasmada en sable, con corona y sosteniendo con sus garras un hueso humano (el fémur) todo en campo de gules.

Figura 4

En los archivos municipales seguntinos, donde se custodia la correspondencia oficial mantenida entre el Excmo. Ayuntamiento y el Ministerio de Gobernación por la que este requirió al ayuntamiento la remisión de un diseño del escudo municipal y la documentación de índole histórico-tradicional que lo avalara, correspondencia que culminó con la aprobación de dicho escudo por parte del ministerio con fecha 19-julio-1965. Este es el diseño del escudo que hasta la actualidad viene utilizándose oficialmente y en el que se puede comprobar que el castillo roqueño aparece transformado en una humilde torre de oro en campo de azur y el águila real en una famélica avecilla de sable en campo de gules, arropados ambos por una innecesaria cartela decorativa y en el que aparece al timbre una corona ducal cuando debiera ser una Corona Real cerrada (f4).

Yo estoy convencido de que el blasón municipal seguntino ha tenido mala suerte y que el paso del tiempo le ha sentado fatal porque sus figuras han venido perdiendo entidad y sufriendo variaciones inexplicables. Basta con subir a la Plazuela de la Cárcel —que para los efectos es como remontarse a los siglos XV-XVI— para comprobar que, en aquel remoto entonces, el blasón seguntino era un blasón en toda regla, y nunca mejor dicho.

Figura 5

Finalmente, y aun resultándome penoso, me siento obligado a dedicar unas palabras al diseño más reciente (f5) del blasón municipal con el que estoy en total desacuerdo. En mi opinión no es más que un pésimo remedo sin sentido del aprobado en el año 1965 en el que, además de cometer los mismos errores que el primero, esquematiza y simplifica sus elementos heráldicos sin pudor introduciendo como novedad la falta de respeto a sus esmaltes —a excepción del campo izquierdo de gules— y jugando, eso sí, con los colores del escudo oficial de la JCC Castilla La Mancha (D.132/1983, 5-jul y D.115/1983, 12-nov) situándolos en cuarteles cambiados, es decir, utilizando un lenguaje heráldico desconocido que conduce a la confusión y que despierta no pocas susceptibilidades. La mayoría de las veces lo he visto publicado en documentos municipales digitales acompañado de las palabras “Ayuntamiento de Sigüenza” cuando la realidad es que, heráldicamente, su imagen no es representativa de nada ni de nadie. En definitiva, creo que se ha perpetrado una modificación del blasón municipal al margen de lo legislado para tales menesteres y sin consultarlo con los seguntinos a quienes, desde luego, tampoco representa.

Y por si sirviera de utilidad, quiero terminar citando a la Real Academia Española cuando define la palabra diseño como “Concepción original de un objeto u obra destinados a la producción en serie”, definición que me induce a reflexionar y a concluir lo siguiente: si la concepción del objeto ha de ser original, no hay mejor originalidad que la de volver al ORIGEN.

Ernesto A. Alcolea Jiménez

 

Apuntes de la historia de la miel (V y último)

Desde América llegan a España cantidades importantes de azúcar producidas en las Indias, lo que hizo caer un tercio el precio de la miel, y en los países del norte de Europa la cerveza hizo que desapareciera la hidromiel como bebida preferente. La reforma protestante redujo de forma importante la demanda de cera para la iluminación y culto en las iglesias. Lo que más llamó la atención de los descubridores de América fue que las abejas americanas carecían de aguijón, pertenecen a la subfamilia Meliponinae, con cinco géneros, siendo Melipona y Trigona los más abundantes, también les sorprendió el sabor agridulce de la miel, muy diferente de la española.

Representación de una colmena y una abeja en un código maya.

En las largas travesías marítimas, la miel era un producto fundamental para nutrir a los marineros, aparte de servir de obsequio a los nativos, nos cuenta Cristobal Colón que a los indios: “les mandé dar de comer pan y miel”. No hubo mucho interés en llevar hasta América las abejas españolas, por la dificultad del traslado de las colmenas que no garantizaba su supervivencia. No se sabe con certeza cuando llegó la abeja española a América, posiblemente fue sobre el año 1525, los mayas, más cercanos a los conquistadores, fueron los primeros que adoptaron a la abeja española, que formaba colonias más populosas que las meliponas y producía más cantidad de miel, por ello los mayas las consideraban las diosas de sus meliponas o Xuna’an Ka’ab. La miel era usada por los nativos de forma muy parecida a como hacían los médicos españoles, los conquistadores les enseñaron a fabricar velas, uso que desconocían de la cera. Los mayas daban a la apicultura una gran importancia, la tenían dedicado el mes de Zodz, septiembre, donde se aparejaban los señores de los colmenares para celebrar su fiesta en Tzec, octubre. Una leyenda del Amazonas nos dice que al principio de los tiempos los hombres se alimentaban de forma única con miel de abeja y, en América del Norte, los indios Cheyennes decían que en el inicio de la humanidad esta se alimentaba de miel y frutos silvestres, desconociendo lo que era el hambre.

Existen muchas historias entre los mayas afirmando que el inicio de la civilización tiene lugar con el descubrimiento de las abejas y la pérdida de este insecto nos llevará de nuevo a la barbarie, les llamaba la atención la armonía de los enjambres, su vida en paz, orden y justicia. La miel es el mayor don gratuito que la Madre Tierra da al hombre, signo de la fecundidad del sol, es un producto divino creado por los dioses para disfrute de la humanidad, por ello no hay que abusar en su empleo, y tomar de la colmena, como decían los mayas, sólo la cantidad de miel estrictamente necesaria. A los dioses nada les es más agradable que las ofrendas con miel, la usaban en los sacrificios propiciatorios, de modo que cuando Hernán Cortés llegó a Tayasal dejó su caballo al soberano de la ciudad, fue alojado en el templo y adorado como un dios, agasajado con miel y flores.

Terminamos citando a fray Diego de Landa, nació en 1524, Cifuentes (Guadalajara), franciscano, en 1547 llegó a Yucatán como misionero. Atendió con esmero y dedicación a los jóvenes nativos, lo que no era bien visto por los encomenderos, en estas discrepancias Landa siempre apoyó a sus indios, aunque destruyó toda la documentación maya que tuviera relación con la idolatría. Publicó un libro extraordinario sobre la cultura maya, quizás para compensar esta destrucción, “Relación de las cosas de Yucatán”, donde destaca la descripción del calendario precolombino, comentarios sobre la escritura jeroglífica maya, así como la sección titulada “De las abejas y su miel y su cera”.

Antonio Nicolás Ochaíta

Asociación de Amigos del Centro y Museo Apícola de Sigüenza


El sitio histórico de la batalla del Rebollar

Desde la autovía A-2, faltando tres kilómetros para llegar a Sigüenza por la carretera CM-1101, se encuentra el campo donde se desarrolló la batalla del Rebollar.

En estos parajes durante la Guerra de la Independencia Española 1808 – 1814, tuvo lugar el 6 y 7 de Febrero de 1812 un combate entre las tropas francesas que mandaba el General Guy, Marqués de Riomilano y el Brigadier Juan Martín “ el Empecinado”.

Las fuerzas francesas, procedentes de Guadalajara, estaban compuestas por 3000 infantes y unos 700 soldados de caballería. Pertenecían a los regimientos de Dragones, Guardia Real y Westfalianos. Más los Cazadores de Guadalajara soldados juramentados, fieles a José I, mandados por Nicolás Villagarcía.

El ejército francés estaba compuesto no sólo por franceses, en el había también: polacos, holandeses, austriacos , alemanes , italianos e incluso españoles que ya por convencimiento o por circunstancias estaban a las órdenes de José I.

Por parte española, el ejército lo formaban los regimientos de Tiradores de Sigüenza , Voluntarios de Guadalajara y Voluntarios de Madrid. Cada regimiento contaba con aproximadamente con unos 500 efectivos.

La caballería de los patriotas contaba con un tercio de sus fuerzas, ya que anteriormente habían salido patrullas para hostigar a los franceses. En total estaba formada por unos 300 efectivos.

La táctica del Brigadier Juan Martín, hasta entonces, siempre había sido la guerrilla. Consistía en desencadenar un ataque brutal y despiadado, cogiendo por sorpresa al enemigo, generalmente superior en número, y una retirada por varios puntos con un lugar de reunión. Lo que dejaba al enemigo ante la duda de por donde perseguir a los atacantes, si es que les quedaban fuerzas para hacerlo.

Sin embargo, “El Empecinado” en la Batalla del Rebollar decidió, ya que tenía ocasión de elegir, plantar batalla en campo abierto.

Formación de combate de la época. Recreación histórica.

La formación de combate era una doble fila de soldados con dos de fondo de cara al enemigo (un regimiento de 500 hombres ofrecía un frente de unos 250 metros). La primera fila, una vez posicionados, combatía rodilla en tierra con el arma cargada y presta a hacer fuego a la voz de mando; y otra fila detrás en píe, que era la que cargaba el arma, ya que esta era la única forma de hacerlo porque rodilla en tierra no se podía cargar. Una vez cargada el arma, ya en pie, se adoptaba la posición de armas al hombro, para que el mando pudiera ver que ya estaban cargadas las armas.

A la voz de “ fuego” la primera fila disparaba, mientras la fila de atrás se ponía delante tomando la posición de rodilla en tierra y esperaba a que la otra fila, ahora de pie cargara. Así iban disparando por secciones. Normalmente sólo disparaban ambas filas al unísono cuando estaban muy cerca del enemigo, para hacer una descarga cerrada. El tiempo que tardaba en cargar el mosquete un soldado avezado era de unos 20 segundos, por lo que el promedio de disparo era de menos de unos tres disparos por minuto y hombre.

En consecuencia, el frente de batalla español tendría aproximadamente unos 700 - 800 metros.

La formación de combate en acción. Recreación histórica.

El día 6 de Febrero los franceses inician una descubierta con más de 200 soldados de caballería, para ver si el brigadier decide quedarse en Sigüenza o retirarse cómo otras veces. Hay varias versiones, en una de ella la caballería del “Empecinado” les salió al encuentro ya llegando a Sigüenza y les hace retroceder hasta Mandayona . Otro autor dice que se enfrentaron a la infantería en El Rebollar, que ya estaba situada en línea.

Para mí las dos son una exageración pero me parece más lógico el primer relato, aparte de que les hicieran retroceder hasta “llegar a Mirabueno”.

El 7 de febrero, bien de mañana, en un día nevado, salieron las tropas del “Empecinado” de Sigüenza y se encaminaron al Rebollar lugar elegido para la batalla. Llegaron sobre las nueve y se formó la línea de combate.

Siguiendo el criterio de la época, el ejército español situó su mejor regimiento (los Tiradores de Sigüenza) en el ala derecha de la formación, en el centro se situaron los Voluntarios de Madrid y en el ala izquierda los Voluntarios de Guadalajara junto con la caballería de reserva.

Sobre las once de la mañana vieron llegar a al contingente francés y quedaron ya en línea de combate. En aquella época se avanzaba a paso lento y no se hacía fuego hasta llegar aproximadamente a sesenta o setenta metros de distancia. (Se decía por aquel entonces “no disparar hasta ver el blanco de los ojos del enemigo).

En ésta ocasión los franceses no iniciaron la aproximación ante el asombro de los españoles que por fin rompieron fuego desde el Alto de la Vascona en el ala derecha de la formación.

El motivo de la tardanza de los franceses en atacar fue que quisieron dar tiempo a que su caballería diera un rodeo desde El Prado por Navazuela, La Tobilla , fuera de la vista de los españoles. Aparecieron por El Rebollar por la izquierda de la formación española cómo si vinieran del camino de la Buitrera y les cogieron por sorpresa, en una maniobra envolvente. Cortada la retirada sólo quedaba rendirse o arrojarse por los cantiles del Henares, cosa que hizo el “Empecinado” que se tiró con su caballo según se cuenta, cuya caída resultó amortiguada por la nieve acumulada. Pasado el tiempo, unos tres meses, llegaron noticias de que el “Empecinado” había sido visto por los pueblos de Montuega , Almajuez y Arcos de Jalón.


Mapa de la batalla. En elipse la posición de las tropas del "Empecinado", en estrella las del ejército francés. Del libro Sigüenza 1808-1815 de Manuel Lafuente y Diego Moreno.

Según las fuentes consultadas, no existen grandes divergencias en cuanto al desarrollo de los acontecimientos. Cassinello Pérez no determina el lugar exacto de la batalla. Manuel Lafuente y Diego Moreno en su libro * (cuya versión comparto casi en su totalidad) si hacen una descripción bastante lógica. Afirman que los franceses causaron a las tropas patriotas varias decenas de bajas e hicieron unos 1200 prisioneros. No obstante, su versión contradice en alguna cuestión lo escrito por don Benito Pérez Galdós, que por ejemplo consideraba que en la batalla eran los franceses lo que estaban en Sigüenza y el “Empecinado” quien llegaba de Guadalajara.

Napoleón se refería a la guerra de España como “ la úlcera Española “. Uno de los que más contribuyó a esa úlcera fue, sin duda, el brigadier Juan Martin “el Empecinado”. Siendo el “Rebollar de Sigüenza” una de las batalla más importantes dentro de su trayectoria que en esta ocasión terminó en derrota.

De los generales franceses que tuvimos la desgracia que pasaran por Sigüenza tenemos a: Leopoldo Hugo (Primer duque de Sigüenza y padre del escritor Victor Hugo), el general Vichery, el general Roquet, el general Guy, y el tristemente conocido general Dombrowsky.

La batalla del Rebollar de Sigüenza y el lugar en el se llevó acabo el combate, deberían estar en nuestra memoria y en la de todos aquellos que nos visitan. La mayoría de los que entran a Sigüenza desde la C112 (antes de llegar a la rotonda del Polígono Industrial) desconocen que en aquellos campos tuvo lugar una batalla el 7 de Febrero de 1812. Un reconocimiento a escenarios en los que tuvieron lugar batallas se ha hecho en otros municipios, donde se han erigido monumentos como en: Los Arapiles (también llamada batalla de Salamanca), la batalla de La Albuera en Badajoz, la batalla de Somosierra y la batalla de Bailén, entre otras.

Con estas líneas quisiera llamar la atención de la importancia que tendría para Sigüenza el recuerdo de la importante batalla del Rebollar, lugar en el que se podría colocar algún monolito o placa conmemorativa en el que se narren los hechos.

 * Sigüenza, 1808-1815. El manuscrito que narra la guerra de la Independencia en Sigüenza. Manuel Lafuente y Diego Moreno. Ed. La Plazuela.

Manuel Sevilla

Miembro de FEHME (Foro para el Estudio de la Historia Militar Española)

 

Fray José de Sigüenza: un seguntino adelantado a su época

El día 22 de mayo se cumplen 476 años del fallecimiento en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial de fray José de Sigüenza, monje jerónimo de una calidad intelectual sorprendente. Dentro de su amplia obra sobre la Historia de la Orden de San Jerónimo hay un capítulo sobre el coste de una obra tan impresionante como el Monasterio de El Escorial, que me llamó mucho la atención. Fray José de Sigüenza dedica el Discurso XXI de la Tercera Parte de la Historia al “dinero que se ha gastado en esta fábrica…y las tasaciones de las más principales cosas de ella”. Se nota cierto disgusto en la redacción de este texto, debido a las críticas que en la época se realizaron por la construcción de tan magno edificio lleno de obras de arte como nunca se habían visto en España.

Lo primero que hay que decir es que fray José de Sigüenza fue un “gran limosnero, era muy caritativo y de entrañas muy tiernas para con los pobres y necesitados, hacía muchas limosnas, y las más dellas muy secretas”, así lo relata fray Bartolomé de Santiago. Efectivamente, a su muerte, fue muchísimo el duelo entre los pobres y más necesitados habitantes de El Escorial y poblaciones cercanas, también fue muy generoso con padres y madres de religiosos a quienes mantenía en su pobreza. Era costumbre en el Monasterio de El Escorial dar un dinero al monje que predicaba el sermón, cosa no del agrado de fray José, aunque era obligado aceptarlo para no desairar a reyes y cortesanos, fray José predicó muchísimos sermones, además, a su celda, acudían a pedir consejo, orientación y confesión muchísimas personas de buena renta y, como de bien nacidos es ser agradecidos, dejarían sus limosnas al fraile. Todo ello, como nos relatan sus contemporáneos, iba a parar a manos de los más necesitados.

Las críticas a la construcción del Monasterio son las mismas que podemos escuchar hoy en día, por parte de algunos, ante los grandes monumentos de nuestra Patria: ¿No es mejor haber destinado todo el dinero de su construcción y obras de arte que atesora a repartirlo entre el pueblo? La respuesta de fray José no deja lugar a dudas, veamos un extracto de su discurso:

Este discurso y relación creo es el más deseado de cuantos hemos escrito. La primera cosa que en llegando preguntan los hombres de cortos marcos es cuánto habrá costado esta casa y lo que hay en ella...

Fray José al redactar este texto tenía delante todos los libros y cuentas con las entradas y salidas del coste de la obra, incluyendo las obras de arte y decoración, por lo alto, calcula en seis millones de ducados el total.

Pues repartamos estos seis millones (sean seis y abundemos en la imaginación de muchos) en treinta y ocho años que duró esta insigne fábrica, honra de los Reyes de España, y con que salió toda nuestra nación de infinitas rustiqueces, viene a caberle a cada año ciento sesenta mil ducados…cuán poca razón y apariencia lleva decir que sacar cada año ciento sesenta mil ducados tiene pobre a España y empeñado el reino…Mas yo quiero preguntar ahora a mis españoles: si es tan rica esta provincia de Castilla y Andalucía que solas ellas osan ofrecer a Su Majestad en seis años dieciocho millones, sólo con echar una azumbre de sisa en cada cántara de vino y una libra de aceite en cada arroba, ¿cómo es posible que tan pequeña cantidad cómo ciento sesenta mil ducados cada año, en treinta y ocho años, los hayan sentido tanto y puesto en tan estrecha necesidad como dicen?…

Si este pío Monarca, desde que comenzó esta fábrica hasta que le dio fin, llamara a la puerta de su palacio cada día cuatro mil pobres, gente honrada, y les diera dos reales de limosna para que se sustentaran, siquiera honestamente, aunque se pasearan por Madrid, ¿no dijeran que era esta una obra heroica y nunca oída? ¿No le besaran la ropa por santo? Pues esto mismo ha hecho con mejor orden, con más prudencia y de mayores provechos; porque con aquella primera limosna no hiciera más de sustentar gente ociosa, holgazana, criar carnes y vicios, y con esta se ha hecho un efecto tan admirable, tan hermoso y de tan buenos usos, frutos y fines; hanse criado en España tantos y tan buenos artífices, arquitectos, trazadores, canteros, carpinteros, ensambladores, albañiles, pintores, bordadores y otras cien artes y oficios e ingenios, que se saben y ejercitan con tanto primor en ella como en todo el mundo, por el uso y maestría que aquí ha habido de ellos, y todo con la limosna que el Rey hizo estos treinta y ocho años. Y lo que es de mayor consideración, que no sólo se quedan aquí las obras, los ingenios y los modelos vivos; más aún: se queda la misma limosna viva. Aquella primera que se hizo a gente ociosa, en acabando se muriera; esta comenzó cuando se hizo, dura ahora y vivirá mil siglos, que ciento cuarenta religiosos que aquí se mantendrán en tan santa vida, perpetuos capellanes de los Reyes y del mundo, cuarenta niños que se crían en tanta santidad, hijos son de españoles, que aquí o en otra parte habían de vivir y comer, y esto para todos es; tantos oficiales y mozos de servicio bien ocupados, españoles son, y en ellos vive la limosna y la renta, pues en ellos o en otros como ellos se había de gastar aquí o en otra parte.

Mas no tratemos sino de aquel dinero de la fábrica que ya pasó, y de aquellos cinco millones y medio (sean seis en buena hora, de verdad que no lo son) pregunto: ¿qué se hicieron? ¿Consumiéronse entre estas piedras? ¿Están metidos en estas paredes? ¿Resolviéronse en humo o lleváronselos fuera de España? No, que el oficial de Toledo llevó su parte, y allí mantiene su casa y sus hijos con ello; el de Madrid, el de Segovia y el de Ávila, lo mismo; y el labrador de Galapagar, el de Robledo, el de Valdemorillo, porque picaba una piedra, traía unos cantos, hacía unos ladrillos, cavaba un terreno, se lo llevaron; y de esta suerte quedó esparcido y aprovechado lo que, estando junto y en poder del Rey, o no servía de nada o saliera fuera de España y nos dejara pobres, y nos hiciera guerra, como la otra inmensidad de oro y plata que ha salido… No pretendo verdaderamente hacer apologéticos ni defensiones para esta casa ni su fundador, sino desarraigar la ignorancia de la gente que está engañada, mal persuadida o menos considerada; ni tampoco pienso ablandar los ánimos de los envidiosos o malintencionados, porque sé cuán mal se curan estas dolencias, sino sólo decir lo que la verdad y la razón de esta historia pide, y porque si hubiere algún Eróstrato tan malo que por ganar nombre con destruir este templo, no de la vana Diana de Éfeso, sino del glorioso mártir San Lorenzo de España, quede memoria de lo que ha sido”.

Una edición facsimil de la Historia del Monasterio del Escorial de Fray José de Sigüenza.

No se puede explicar mejor ni más claro la prosperidad que a lo largo de los siglos han generado estos grandes monumentos de los que hoy nos sentimos tan orgullosos, ¡cuántos talentos salieron de ellos!, ¡cuántas familias salieron de la pobreza!, ¡cuántos jóvenes aprendieron un oficio que luego desarrollaron en sus lugares de origen!, lo mejor para salir de la pobreza es enseñar a crear riqueza.

Las antiguas escuelas rurales de la comarca seguntina

Los inicios de prácticamente todas las escuelas rurales de los valles del Henares, el Dulce, el Vadillo y el Salado se remontan a los años cuarenta del siglo XIX. En el siempre socorrido Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España, de Pascual Madoz, se puede rastrear el número aproximado de niñas y niños que empezaron a asistir a las primeras escuelas mixtas de la mayoría de esos municipios de la comarca seguntina. Desde los más pequeños, como Mojares, Jodra o Cubillas, que no pasaban de los seis alumnos y alumnas; hasta los más grandes, como La Olmeda, Pelegrina y Bujarrabal, con una media de 28 escolares, o Palazuelos, con 58; pasando por otros de un tamaño mediano, como Horna y Carabias, con unos 20 niños y niñas, todos abrieron su escuela de instrucción primaria, que permaneció activa durante décadas. En esos años, la escasa retribución de los maestros corría a cargo generalmente de las familias, que solían pagarles en grano: una fanega o tres celemines de trigo cada una; o, más raramente, en moneda, como en el caso de Pelegrina, donde el maestro cobraba unos 25 reales por cada escolar.

Mapa físico y agrícola de España y Portugal, de finales del siglo XIX, utilizado en la escuela de Bujarrabal. La información de este mapa es muy básica, por lo que debió estar destinado a los niveles iniciales de la enseñanza primaria elemental.

A partir de la importante Ley de Instrucción Pública de 1857, más conocida como Ley Moyano, la enseñanza primaria elemental fue obligatoria para todos los niños y las niñas desde los seis hasta los nueve años. En pueblos con menos de 500 habitantes, y que no pudieran unirse a otros municipios, tenía que haber al menos una “escuela elemental incompleta”, llamada así porque no se impartían todos los cursos de la enseñanza primaria elemental. Además, solamente en ese tipo de centros de instrucción pública se permitían las escuelas mixtas, en previsión de que no se pudiera contratar a un maestro y a una maestra para dividir al alumnado por sexos.

La Ley Moyano también estableció que los ayuntamientos asumieran los gastos que generaba la escolarización: el sueldo del maestro o la maestra, el alquiler de la casa-habitación que estos ocupaban y la compra del material escolar. Ello supuso un gran esfuerzo económico por parte de los pequeños municipios, ya de por sí menguados de recursos. Por ejemplo, Bujarrabal, con unos 275 habitantes, destinaba a la educación primaria nada menos que la cuarta parte de su presupuesto anual.

Esta fotografía, tomada a mediados de los años cuarenta, podría inducir a pensar que la enseñanza escolar en aquel momento era mixta, cuando en realidad se trata de una alumna y un alumno que eran hermanos pero estudiaban en aulas separadas por sexos.

Aun así, de los aproximadamente 20.000 maestros y maestras que había en España a principios del siglo XX, más de la mitad seguía obteniendo por su trabajo una remuneración casi equivalente al sueldo de un bracero. Este fue, sin duda, uno de los motivos por los que las escuelas rurales eran consideradas como un destino “de paso” hacia plazas menos precarias en municipios con mayor población y mayores recursos económicos. En el futuro, ese continuo traslado de maestros y maestras se convertiría en un mal endémico.

De todas las asignaturas que se estudiaban en los diferentes cursos, las que se consideraban más importantes en estos años eran Lectura y Escritura, Geografía, Gramática, Aritmética, y Agricultura, Comercio e Industria. Pero cuando había una maestra al frente de una escuela mixta, a las niñas no se les impartía esa última materia ni otras como Física e Historia natural, para ser instruidas a cambio en Labores y nociones de Higiene personal. Por ejemplo, en Bujarrabal, en 1911, se le reconocía a la recién llegada maestra Juliana Romero López “que desde el mes y medio que lleva la expresada profesora, las niñas se nota que han aprendido bastante en Labores”. Por otro lado, en la medida en que los pequeños ayuntamientos pudieron ir construyendo edificios nuevos o ampliando los que ya se utilizaban como centro escolar, se fue separando a los niños de las niñas y, lamentablemente, se impuso la enseñanza diferenciada por sexos. Eso sucedió en Bujarrabal en 1929, a costa de un gran esfuerzo del municipio para aportar el dinero necesario y de las familias, que se vieron obligadas a ayudar en los trabajos de albañilería.

Interior de una cartilla de escolaridad de los años cincuenta, donde se recogían las notas de las materias: Lectura, Escritura, Dibujo, Cálculo, Religión, Geografía e Historia, Formación del espíritu nacional, Ciencias naturales… y, en el caso de las niñas, Formación para el hogar; así como las notas de Conducta, Puntualidad o Aseo.

Todo ello, sumado a la ralentización en la incorporación masiva de las niñas a las escuelas del país, generó una gran desigualdad en el proceso de alfabetización de las mujeres. Hacia 1930, mientras que el analfabetismo se había reducido a la cuarta parte en el caso de la población masculina, seguía afectando a casi la mitad del total de la población femenina. La equiparación entre sexos en materia de alfabetización tardaría aún varias décadas en producirse.

Al iniciarse el año 1967 se anunció una partida económica importante para el transporte del alumnado de diecinueve pueblos de la comarca seguntina que iban a cerrar para siempre sus escuelas, en teoría, al terminar el curso, aunque en realidad aquel plan se materializaría por completo algo más tarde. No obstante, se había dictado la sentencia de muerte de las escuelas de Alboreca, Alcuneza, Barbatona, Bujarrabal, Carabias, Cubillas, Estriégana, Guijosa, Horna, Jodra, La Cabrera, La Olmeda de Jadraque, el caserío de Los Heros, Mojares, Moratilla de Henares, Palazuelos, Pelegrina, Pozancos y Ures. Los 192 niños y niñas que procedían de todos esos lugares iban a ser trasladados diariamente en autocar a Sigüenza. “Aquí no será preciso crear escuelas nuevas, ya que las actuales son capaces de acoger a todos estos niños y niñas”, según se informaba en el periódico Nueva Alcarria de Guadalajara.

Ese mismo proceso de concentración del alumnado y traslado diario en autocar se estaba repitiendo en otras poblaciones próximas, como Algora, donde sí tuvieron que construirse dos edificios con el fin de acoger a los 104 estudiantes que completaban la matrícula de las escuelas de Almadrones, Fuensaviñán, Torresaviñán, Laranueva y Torremocha del Campo, que también fueron clausuradas. Antes de eso, cuando a Mirabueno le llegó el turno de enviar a 28 niños y niñas a la escuela de Algora, sus habitantes se rebelaron. De la noticia se hizo eco el ABC: “Por rencillas tradicionales entre los dos pueblos alcarrenses los vecinos de Mirabueno se niegan a enviar a sus hijos a la escuela comarcal de Algora”. Aquel titular, sin duda tendencioso, pretendía ocultar razones de mayor calado, como la resistencia a perder un derecho históricamente consolidado.

El pupitre o mesa-banco bipersonal perduró en algunas aulas españolas hasta los años sesenta y setenta del siglo XX. Este modelo tiene asientos movibles, respaldo, tablero inclinado, agujeros para los tinteros, estante, y rejilla fija para aislar los pies del suelo.

Paradójicamente, en pleno desarrollismo franquista, antes de que algunas de aquellas escuelas rurales cerraran sus puertas, los alumnos y alumnas de diferentes edades fueron reunidos de nuevo en una sola aula, a cuyo cargo estaba un maestro o una maestra. Esta sobrevenida enseñanza mixta volvía a recordar los orígenes, allá por el siglo XIX, de las escuelas en los pequeños municipios de la comarca.

El cierre de las escuelas fue, en realidad, uno más de los eslabones de una debacle largamente anunciada. La emigración masiva de los jóvenes a las ciudades y la consiguiente pérdida de población en los pueblos, el desplome de los ingresos en las arcas municipales, el desgobierno de los pequeños ayuntamientos… y, como origen de todo ello, el desinterés del Estado dictatorial por salvar las zonas rurales del descalabro tuvieron consecuencias nefastas. En los años setenta, en medio de aquella espiral, más de veinte municipios también pasaron a ser literalmente engullidos por el Ayuntamiento de Sigüenza con el compromiso de ofrecer en contrapartida los servicios necesarios. Sin embargo, esto se convirtió, por regla general, en promesas incumplidas que durante décadas han permanecido enquistadas.

Con el desmantelamiento de las diecinueve escuelas de la comarca seguntina se ponía fin a más de 130 años de enseñanza de estudios básicos en aquel medio rural. Y, aunque no se puede mitificar ese modelo de escolarización, porque tuvo sombras que oscurecen su eficacia plena, lo cierto es que gozó de ventajas. Entre ellas cabe destacar los beneficios que proporcionaba la proximidad de las escuelas y el papel que estas desempeñaron en la alfabetización del país, sin olvidar la importancia que tiene la pequeña escala para el desarrollo personal y colectivo.