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Agustín López, preso en un batallón de trabajos en Sigüenza

Agustín durante su estancia en Sigüenza (el segundo por la izquierda).

La historia de los campos de concentración y los batallones de trabajo es uno de los puntos oscuros de nuestra historia reciente que, a pesar de haber sido un fenómeno extraordinariamente extendido por toda la geografía española, sólo ahora empieza a ser estudiado.

En Sigüenza sabemos que hubo un campo de concentración durante los años de la guerra. Hay constancia de que desde 1937 se instaló, posiblemente en el castillo, un campo de concentración con capacidad para 2500 presos. Inicialmente recibió a prisioneros vascos, y estuvo operativo al menos hasta abril de 1939, pero poco más se sabe de él. También pasaron por aquí numerosos batallones de trabajo en los años posteriores.

Agustín López Montoro ha tenido una vida intensa. Nacido en Santa Cruz del Retamar (Toledo) el 16 de marzo de 1920, en 1938 fue llamado a filas para luchar en el bando republicano durante la guerra civil. Al finalizar el conflicto, recorrió varios campos de concentración y prisiones, para terminar recalando en 1942 en un batallón de trabajo que había en Sigüenza.

En el mes de abril de 2019, Agustín, de 99 años y acompañado por su hijo José María, tuvo la amabilidad de reunirse con Pablo López Calle y conmigo en una cafetería madrileña para contarnos cómo fue su experiencia en Sigüenza.

Agustín llegó a Sigüenza víctima de la llamada “mili de Franco”, según la cual aquellos quintos que eran reconocidos como afectos al régimen franquista ingresaban en el ejército regular, mientras que el resto eran enviados a batallones disciplinarios. A él en primer lugar lo recluyeron en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid, convertido entonces en campo de concentración. Desde allí fue trasladado a uno de los mayores campos instalados en España: el de Miranda de Ebro. Posteriormente, le enviaron al que sería su destino provisional: Sigüenza.

“Llegamos a Sigüenza el 17 de enero de 1942, y nada más llegar nos pusieron a subir leña para la cocina. El cuartel lo teníamos en el castillo, en la parte que no estaba en ruinas”. Su primer contacto con el pueblo seguntino no fue especialmente amable: “Ya llegando [al castillo], cuando se termina una calle, subiendo a la derecha, había unas casas corrientes, y de allí salieron unas cuantas, tres o cuatro mujeres, y como era el día de san Antón, nos decían felicidades, porque era el santo de los animales, y nos llamaban cerdos”.

La vida en el castillo en ruinas era durísima, con el frío del enero seguntino y durmiendo en el suelo: “A los pocos días nos llevaron a un caserón, que ahora es un colegio de frailes”, se refiere al hospicio, la actual SAFA. “Dormíamos en el suelo también. Teníamos unos trozos de esparto que los deshacíamos y nos los poníamos debajo para que hicieran de colchón”. Las condiciones higiénicas también eran lamentables: “Enfrente había una fuente, y ahí salíamos mucho a lavarnos, si nos dejaban, porque tenías que pedir permiso para salir. Allí no podías moverte, ni salir a la calle. Era un campo de concentración. Dentro había una fuentecita, como una pila alargada y allí había que hacer todo, y había un grifito para todos... es que no te podías ni lavar ni nada, como éramos tantos… éramos una compañía de 300, y no teníamos ni jabón, ni toalla, nos comían los piojos”.
Los cinco primeros meses que pasó en Sigüenza los recuerda como los más duros de su vida: “No nos daban de comer, que era una injusticia muy grande la que hacían con nosotros. Nos daban un cazo de caldo con cuatro algarrobas, pero cuatro algarrobas, y con tronchos de repollo, pero no de repollo bueno, lo que se tira. Y el café… era de unos árboles que hay que tienen como unas judías, pues con la simiente esa, tostada, ese era el café que nos daban”.

Además, todo esto amparado por un sistema basado en la corrupción: “El Estado daba por cada soldado 3,20 pesetas al día, y más 1,50 pesetas que daba la RENFE por nuestro trabajo en las vías. A nosotros nos daban dos reales (0,50 pesetas) para gastos, y el resto se lo quedaban, supuestamente, para mejora [del rancho] (…) los soldados que estaban en cocina se hacían ricos. Tenían un capitán en cocina, y con un mes que les tocara en cocina, ya se hacían ricos”.

En cuanto al trabajo que hicieron, nos cuenta que “casi todo el tiempo estuvimos arreglando las vías del tren que estaban estropeadas por la guerra. Es donde más estuvimos, aunque luego estuvimos una cuadrilla de 8 o 10 en el parque, limpiando el parque. También nos tocó subir las campanas, que estaban en el patio de la catedral. Nos llevaron para dar vueltas a la polea”.

Lo que más recuerda Agustín de nuestro pueblo era el frío: “Cuando llegamos al colegio Unamuno nos dieron ropa militar, pero lo único que estrenamos fue calzado y la camisa, lo demás era usado, una manta y un capote lleno de mugre de haber estado usado. Además de eso, un plato, cuchara y el gorro redondo que nos identificaba como prisioneros”. Con estos atuendos tuvieron que aguantar el invierno seguntino. “Con el paso de los meses, algunos llevaban trapos envueltos en los pies para ir a trabajar, estaban sin calzado”.

Las malas condiciones de hambre y frío llevaron a alguno de ellos a intentar la huida. De los que lo intentaron, recuerda Agustín, “no supimos más”. Supone que lo conseguirían pues de otro modo, piensa, les hubieran hecho saber su destino. En todo caso los estímulos para tratar de escapar eran tan fuertes como las escasas compensaciones que recibían por su trabajo. Lo cual implicaba poner en práctica métodos disciplinarios característicos de instituciones de confinamiento. Técnicas de control basadas en la arbitrariedad de los castigos físicos y morales orientados a la anulación de la personalidad.

Así, el maltrato y las vejaciones por parte de sus vigilantes eran continuos: “Había un catalán, un tal Martorell, que un día pilló a uno que había cogido una pescadilla al pasar el tren, que iba muy despacio. Nos formó a todos y le pegó una paliza que lo mandó al hospital, hasta le pisó la cabeza… Y a otro, había un kiosco, a orilla de la estación, y yo no sé cómo se apañaría, pero fue y lo robó. Le pegaron una paliza… y luego lo pusieron en la calle con una piedra en cada mano, y claro al pasar el tiempo el pobre ya se caía y todo… Otra vez uno de los escoltas venía con una garrafita de aceite y la soltó un momento para hacer algo. Llegó otro por allí y se la cogió para hacer una broma, y nos formaron a todos a pie quieto. Eso es lo peor que puede haber, estar mucho tiempo formado sin poder moverte, y al que ya no podía más y se caía, torta que se ganaba”.

“En las laderas que hay al cruzar las vías, allí hacíamos de vientre. Cuando venía el sargento levantábamos la mano para que nos dejara ir, y a algunos nos dejaba, pero a otros les decía que no, sólo por humillarlos. Y los escoltas que hacían guardia por la noche, porque claro, de allí no nos dejaban salir, cuando llegaba la hora de levantarse hacían un pasillo y nos molían a palos cuando salíamos”.

“Al que castigaban, le hacían ir cargando con un saco terrero durante 15 días. Se lo ataban al cuerpo con cuerdas y no se lo podían quitar ni para dormir. El saco no era muy grande, pero cuando llevabas quince días con él… cuando terminabas el castigo, estabas escacharrado. Allí iba uno, con el saquito a confesar y a comulgar, sin quitárselo”.

El afán reeducador llegaba incluso a un terreno tan íntimo como las creencias religiosas, usando la obligación de participar en ritos propios del cristianismo como un dispositivo disciplinario orientado a la demostración del poder de control: “También íbamos a misa, obligados, pero sólo nos llevaban a los que estábamos más presentables. El cura desde el púlpito nos llamaba de todo lo peor. Claro, pero es que allí mataron a muchos curas en la guerra (…) antes de tomar el café por la mañana nos hacían cantar el Cara al sol, luego al medio día y por la noche otra vez”.

Estas condiciones extremas pasaron factura: “…de 10 no bajan los entierros a los que fui de compañeros del batallón que morían de hambre o abandonados, porque el que se ponía enfermo no disponía ni de una aspirina ni de enfermeros… Mayormente eran de la quinta del 19, dos años más que yo, y eran casi todos andaluces o extremeños, estaban casados, tenían hijos y familia. Éstos lo pasaban muy mal porque la familia no les podía mandar nada para comer. A mí mi padre me podía enviar 5 duritos algunos meses, y había un recadero que iba a Madrid y mi hermana me enviaba una bolsita con algo, y con aquello iba tirando (…) A los que morían, la guardia civil enviaba un telegrama a las familias, pero nada más. Se les enterraba y punto. Sólo una vez vino una familia de un chico que murió”.

A los miembros del batallón les prohibían tener relación alguna con los habitantes seguntinos, aunque Agustín si conserva algún recuerdo: “Al único que conocí de Sigüenza fue a un churrero, de vista, porque churros no comprábamos, claro. En la calle que hay en frente de donde estábamos había un churrero... Yo lo recordaba como a un chaval, y cuando volví a Sigüenza muchos años después lo vi y lo saludé. Y me decía: ¿Tú eras de los que estaban aquí metidos?”. “En otra ocasión, vino el padre de un compañero. Cuando llegó y vio en las condiciones en las que estaba, se ganó al sargento y nos dejó ir a pasar el día en un bar que llamaban ‘La abuela’, junto a la estación”. “También había otro que trabajaba allí, frente a donde estábamos. Era un señor que tejía con una rueda grande, a mano, pero es que no sé lo que tejía, el material que usaba, quizá esparto, o haciendo cuerdas… tenía un chaval, y uno en una punta y otro en otra y deshacían algo, pero no sé qué”.

Afortunadamente para ellos, a los cinco meses de estar en Sigüenza cambiaron al jefe de la compañía y llegó un comandante que fue su salvación: “Cuando llegó a Sigüenza y vio cómo estábamos la mayoría, paró de inmediato los trabajos. Trajo una máquina de desinfección y nos dio ropas limpias, como se ve en la foto. Además nos dio un trozo de jabón a cada uno y una toallita. También nos dejaba bajar al río a lavarnos. La comida también mejoró, seguían siendo algarrobas, pero ahora sí llevaban repollo. También quitó lo de cantar el Cara al sol, y lo sustituyó por rezar un padre nuestro, lo que nos gustaba más”.

Poco después llegó el fin de la época seguntina para Agustín: “A mediados de julio de 1942 me mandaron 3 años de soldado a Tánger. ¡Y yo lo sentí! Ahora que estábamos mejor… hasta lloré cuando me tuve que ir porque dejaba allí a los compañeros, con los que había trabado muy buena amistad. Con alguno he mantenido relación hasta que murió”.

Agustín López (derecha), su hijo José María (en el centro) y el autor de la investigación, Manuel Lafuente (izquierda) en el día de la entrevista

Pero Agustín no tiene ningún espíritu de revancha. Cuando habla de las mujeres que les insultaron al llegar, nos dice que eso fue sólo una anécdota, que en general el poco trato con la gente del pueblo era bueno. También es comprensivo con el sacerdote que les insultaba desde el púlpito, e incluso con algunos de los escoltas que les maltrataban, porque “en la guerra les habría pasado alguna desgracia con algún familiar y estaban deseosos de vengarse”. Lo que Agustín quiere es que esto no se olvide: “Yo lo decía hace 30 o 40 años: ¿Cómo es que aquí no habla nadie de esto? Con lo malos que han sido los batallones de trabajadores…”.

A pesar del silencio que ha envuelto esta siniestra parte de nuestra historia, las huellas de estos batallones de trabajadores siguen presentes en Sigüenza: algunas de las nuevas canalizaciones de agua potable de San Roque, muchos cientos de metros de las vías del tren, determinados tramos de la barbacana de la alameda o numerosas partes restauradas de la catedral son fruto del trabajo y penalidades de Agustín y muchos otros trabajadores anónimos. Gracias en gran medida a la publicación del monumental libro de Carlos Hernández de Miguel, “Los campos de concentración de Franco”, muchas de estas historias están siendo por fin investigadas. Y esto debería alegrarnos a todos, más allá de la ideología que cada uno tengamos.

 

El ingenioso molinero de la Retuerta en el siglo XVIII

En mayo de 1783 Alfonso Benito, de oficio molinero, quiso hacer experimentos de hidraúlica e hidrostática, buscando una respuesta a los interrogantes que le sugerían los fenómenos del mundo físico.

Por entonces triunfaba la Ilustración, movimiento cultural difundido por los enciclopedistas franceses, base de las Sociedades Económicas de Amigos del País. En el año 1776 Sigüenza vio fundarse una Sociedad local, agregada a la de Madrid, correspondiéndole la presidencia a Juan Vigil de Quiñones, miembro de una de las más distinguidas familias seguntinas. La Sociedad tenía como lema “Socorre enseñando” y como objetivos la divulgación de conocimientos útiles para impulsar el desarrollo de la industria, la agricultura, la enseñanza y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En las reuniones que organizaba la Real Sociedad Económica de Sigüenza, se mostraban los nuevos inventos y sus aplicaciones a las actividades industriales y agrarias.

En este ambiente, el molinero, hombre de carácter emprendedor e inquieto, halló motivos suficientes para avivar su inclinación hacia la experimentación en física. Poco a poco, fue embebiéndose de la ideología ilustrada y de la necesidad de buscar una respuesta a los fenómenos de la naturaleza para aplicarlos al desarrollo y mejora de la industria molinera en la que llevaba varios años trabajando pues, junto a su hermano Francisco, de temple más pausado y sereno que él, explotaban un molino de trigo, propiedad del Cabildo, en la ribera del Henares.

Partiendo de sus conocimientos sobre la fuerza motriz del agua y de su experiencia profesional, el molinero decidió dar un paso más en sus experimentaciones basadas en las propiedades del agua y el aire. Para emprender su proyecto, no le servía el terreno que ocupaba su molino, necesitaba uno yermo, sin construcciones, donde primero poder observar y estudiar las fuerzas físicas en acción y después construir su invento.

Decidido a no perder más tiempo, salió a dar un paseo con la intención de localizar un suelo adecuado. Desde la puerta de su molino, siguiendo la ribera del río, caminó hasta llegar a las huertas que había junto al camino real que llevaba al Ojo junto al lavadero, donde lavaban las mujeres. Allí encontró lo que buscaba: Una parcela de tierra situada a orilla del río, próxima al batán, que no presentaba demasiados inconvenientes para el uso que demandaba: sin cultivo e inundada de agua, pero que a él le vendría bien para sus ensayos sobre la fuerza, el impulso y la resistencia del agua y también para examinar sus propiedades, presión y cambios de estado. Una vez realizadas las pruebas de hidraúlica e hidrostática, su intención era construir una nueva máquina de moler trigo que podría moverse aprovechando la energía de las mismas aguas que utilizaba el batán.

Finalizado el reconocimiento del terreno y entusiasmado con su hallazgo, volvió a casa para planificar su proyecto. Al día siguiente encargaría la redacción de una carta dirigida al Ayuntamiento de la Ciudad. Quería un documento escrito con toda la propiedad, el rigor y aparato necesarios para ser bien atendida su petición. Pero, al mismo tiempo, como estaba impregnado por la doctrina de la Ilustración, sabía la importancia de la claridad y la sencillez en la redacción de su escrito, por lo que cuidó que sus ideas fueran expresadas llanamente.

Fragmento de "El Jardín de las Delicias" de El Bosco.

Así, empezaría su carta con una frase protocolaria: poniéndose a los pies de sus señorías suplica…, para solicitar la concesión del sitio que pertenecía a los bienes propios de la ciudad, explicando con precisión la envergadura del proyecto que, sin duda, iba a contribuir al desarrollo y perfeccionamiento de la maquinaria industrial hasta entonces conocida y en el beneficio de la población seguntina, pues al aumentar considerablemente la producción de harina de trigo, mejoraban las necesidades alimenticias de la población. Lo tenía todo previsto, incluso se adelantaba a los posibles reparos que pudieran poner otros ciudadanos, sobre el potencial uso que se iba a hacer de las aguas y el probable perjuicio derivado de un aumento de su consumo y fuerza. El molinero aseguraba en su escrito que no era su intención molestar a nadie, ni causarle inconveniente, porque su ingenio para moler trigo, que no era otra cosa que un molino, se movería al ritmo de las aguas, siguiendo su natural movimiento y la dirección de la corriente.

Mediado el mes de mayo, en las casas consistoriales de la Plazuela de la Cárcel se reunieron los miembros del Concejo. Una vez leída la petición de Alfonso Benito, mientras deliberaban surgieron dudas sobre la ubicación exacta de la parcela en cuestión, por lo que antes de aceptar aquella propuesta, acordaron remitirle un escrito, solicitándole información más precisa. El diligente molinero no se desalentó por ello y volvió a casa del escribano, para escribir de nuevo su petición, indicando esta vez la ubicación exacta de la parcela, “...en la entrada de la Retuerta, donde hay una poza de cocer cáñamo, teniendo por linderos la huerta que cultiva Pascual de Álvaro y el camino real que lleva al ojo del lavadero”.

Convocados de nuevo en sesión capitular, leyeron la segunda petición del molinero y, de común acuerdo, antes de dar su aprobación definitiva, solicitaron un informe a la Junta de Propios. Para ello, los miembros de la Junta tuvieron que desplazarse hasta la entrada de La Retuerta. Una vez localizada la parcela exacta que solicitaba Benito, inspeccionaron la calidad del terreno, midieron la superficie y marcaron los linderos, para después proceder a la tasación económica del bien rústico que iban a vender al molinero. En 150 reales quedó fijado el precio, que pedía el Ayuntamiento por la concesión de aquella parcela de la ciudad.

Nada más sabemos del ingenioso molinero, amigo de experimentaciones, ni de los resultados de sus sondeos y ensayos en el terreno junto al rio Henares. Ignoramos si triunfó o fracasó o si su inquietud fue más allá buscando nuevos retos. En los albores del siglo XIX todavía ejercían su oficio los dos hermanos.

A partir de 1784 la Real Sociedad Económica de Sigüenza inició su decadencia. La falta de medios y el desinterés de los socios, llevó a su desaparición en el año 1808, siendo su último presidente el Obispo y Señor de la Ciudad, D. Pedro Inocencio Vejarano.

 

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza

Españoles de ambos hemisferios: la hispanidad, España y América

El próximo mes de junio tendrán lugar, en nuestra querida Sigüenza, unas jornadas centradas en desterrar del imaginario colectivo la manida Leyenda Negra que cubre la Historia de España.

En los últimos tiempos, ha surgido una pléyade de intelectuales, entre los que pueden contarse, por ejemplo, María Elvira Roca Barea, Javier Esparza, Javier Santamarta, Iván Vélez, Pedro Insúa, Alberto G. Ibáñez o Agustín Rodríguez, dedicados a desentrañar los claros y sombras de nuestra Historia, para desterrar ese manido mito de que la Historia de España es una Historia llena de oscurantismo, atraso y culpa.

Resultan de imprescindible consulta libros como “Imperiofobia y Leyenda Negra”, en la que Roca Barea desentraña magníficamente el origen y consecuencias de la Leyenda Negra, y que fue tratado en este periódico por Flanagan, en su reseña en el número de octubre de 2018.
Javier Santamarta ha escrito, por su parte, dos obras imprescindibles para conocer a los héroes y heroínas de la Historia de España, titulados significativamente “Siempre tuvimos héroes” y “Siempre estuvieron ellas”, en el que nos cuenta las peripecias (en muchos casos no demasiado conocidas) de hombres y mujeres como Fidel Pagés, inventor de la anestesia epidural; el papel humanitario de Alfonso XIII durante la Primera Guerra Mundial, salvando a varios cientos de personas (lo que le valió entrar en las quinielas para el Premio Nobel de la Paz), o la de los médicos españoles que ayudaron a paliar las consecuencias de la Guerra del Vietnam (a través del denominado MASH); o el impagable papel de la Escuela de Traductores de Toledo, responsable de la conservación y recuperación del legado cultural, científico y filosófico de más de dos mil años; Ángel Sanz Briz, diplomático español que salvó la vida a miles de judíos durante el terrible Holocausto nazi; mientras que en “Siempre estuvieron ellas” resalta el papel de españolas de todas las épocas tan destacadas como la maestra Ángela Ruiz Robles (maestra e inventora del primer prototipo del libro electrónico), Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Mercedes Fórmica, Doña Urraca o Subh Umm Walad.

Iván Vélez se ha destacado por el estudio detallado de la Leyenda Negra, en un libro con título homónimo (y que junto con el de María Elvira Roca ya citado y el de Alberto G. Ibáñez, titulado “Historia del odio a España”, estructurado de forma muy didáctica y que es un manual de historia comparada con las de Francia e Inglaterra, resultan una trilogía muy completa sobre este tema), y sobre todo, por el estudio sobre Hernán Cortés y la conquista de México, hoy tan discutido, en el que analiza a los pobladores de México antes de la llegada de Cortés, cómo fue la conquista (y las alianzas que estableció Cortés con algunos pueblos indígenas perseguidos) y la posterior evolución, siendo ya tierras de la Corona española.

Un tema que se ha tratado en este periódico (ver artículo “El primer viaje alrededor de la Tierra”, de Luis Montalvo Guitart, número 73) es el de Circunnavegación del mundo comandada por Magallanes y Elcano, de la que se están cumpliendo 500 años sin demasiado lucimiento, y del cual realizan un estupendo estudio Pedro Insúa, con un libro que se va a publicar el próximo 7 de mayo, y Agustín Rodríguez en “La primera vuelta al mundo”, un estudio en detalle de los pormenores del viaje, desde su gestación hasta su culminación, en el que además de desmontar la falacia de la primera vuelta al mundo del corsario Drake, nos aporta datos sobre la “Expedición Filantrópica de la Vacuna”, o de los buques escuela de la Armada “Nautilus” y “Juan Sebastián Elcano”, hoy en uso.

No menos interesante es el libro recientemente aparecido, “San Quintín”, de Javier Esparza, que novela la batalla de San Quintín que consolidó el poder de Felipe II, y que dio origen a una de las joyas de la arquitectura española, el Monasterio de El Escorial. En este libro se focaliza la atención en la vida de los soldados de los Tercios Españoles y en sus peripecias durante la batalla de San Quintín de agosto de 1557, capitaneados por Julián Romero, que es el narrador de la historia. El autor aspira a una saga a la manera del capitán Alatriste de Pérez Reverte, y vuelve sobre un tema que ya trató en su monografía “Tercios de España”, si bien esta vez en forma de novela didáctica, amena y no exenta de reconocimiento para los soldados rivales.
Nuestra querida Sigüenza no puede permanecer impávida ante este resurgir intelectual, que, superando las etiquetas de izquierda y derecha, nos muestra que España puede ser un país que recuerde con gratitud a sus mejores, y que pueda hacer gala de sus hitos culturales y científicos, como todos los países a los que tan merecidamente admiramos (Francia, Alemania, EEUU, etc).

Por ello, dentro del marco de Sigüenza Universitaria, con la colaboración de Javier Santamarta, Javier Bussons y este servidor estamos organizando unas jornadas que llevarán por titulo “Españoles de ambos hemisferios: la Hispanidad, España y América”, en la que algunos de los estudiosos cuyas obras he tratado, nos brindarán sus conocimientos y su sabiduría para que las piedras y calles de Sigüenza recuerden aquellos tiempos, no tan lejanos, en que fueron la expresión viva de una España atareada, tolerante y que abrazó a nuestros hermanos de Hispanoamérica, configurando una entidad, la Hispanidad, que debemos cuidar, proteger y promocionar, como naciones hermanas que somos.

Dentro de estas jornadas, estamos preparando distintas mesas de debate, acompañadas de actos como una exhibición de esgrima histórica, a cargo de la escuela de Madrid, y una exposición sobre instrumentos científicos en la que participarán alumnos del Colegio Episcopal Sagrada Familia.
En el próximo número ofreceremos la programación de las jornadas, con las fechas y actividades definitivas, una vez concretado el contenido final con los participantes.

¡Seguntinos, os esperamos!

Alberto López Núñez

Las aguas de El Atance

Por Carabias sale el sol,
por Palazuelos, la luna,
por las calles de El Atance
sale toda la hermosura.

“El pueblo de Latance se abastece de agua de la fuente construida poco tiempo hace en la plaza pública…”. Al pilón redondo se arrimaban las mujeres, apoyando sus cántaros en el sillar, para recibir el aguafresca que generosamente chorreaba de cada uno de sus cuatro caños. Crisanta, Gregoria, Francisca, María y Librada recogían el agua necesaria para cubrir las necesidades higiénicas y alimenticias de sus familias. A su lado, las niñas se distraían chapoteando con sus manos, salpicándose las caras, mientras las mujeres, con la mirada puesta en el chorro, comentaban con pesadumbre sus dudas sobre las condiciones de potabilidad de aquellas aguas —que si la semana pasada estuvieron en casa aquejados de dolor de estómago, que si el agua producía calenturas a los pequeños...— Todas coincidían en lamentarse también de lo difícil que era cocer las legumbres con el agua de la fuente, siempre quedaban algo duras y sus familias les protestaban, como el labrador que cultivaba garbanzos en sus tierras y anhelaba disfrutar de un buen cocido en la mesa. Raro era el día que no se quejaba: “Francisca, no sabes cocerlos ¡están duros!”. Entonces, al escuchar su lamento, algunas de ellas recordaban aquello que tantas veces había oído decir a D. José, médico del pueblo durante muchos años: “Estas aguas son duras por tener mucho yeso en disolución.”

La fuente de la plaza, también conocida como la de arriba, había sido construida en el año 1874, al realizarse la primera traída de aguas al centro del pueblo.Fue la obra de utilidad pública más importante de la localidad, todo un acontecimiento social y religioso que siempre recordarían aquellos que lo presenciaron. El 24 de agosto de aquel año, se señaló festivo en el calendario atancino y hasta los labradores dejaron de cosechar para asistir al que, sin duda, iba a ser un hito en la historia de El Atance o Latance, como decían elllos: la inauguración de la fuente pública en la plaza que por primera vez traía el agua hasta el pueblo para uso doméstico, un avance notable, un rasgo de modernidad, que contribuía a mejorar la higiene y calidad de vida de sus casi 175 habitantes. El día se inició con un acto oficial en el ayuntamiento, donde se firmó el acta de recepción de la obra de la fuente, entre la corporación municipal atancina y el arquitecto diocesano. El acto contó con la presencia de seis niños de corta edad a los que se les había enseñado a firmar para que con sus rúbricas actuaron como testigos de aquel momento histórico de la llegada del agua hasta el pueblo. Al finalizar, se acercaron hasta la iglesia parroquial, donde esperaba un nutrido grupo de vecinos, la inmensa mayoría para, desde allí, salir en una procesión cívica en acción de gracias por el inmenso beneficio que suponía el poder abastecerse de agua en el centro del pueblo. Al llegar a la fuente, las aguas que chorreaban desde los caños fueron bendecidas por el párroco Don Juan Pascual.

El Atance en el Archivo Municipal de Sigüenza.

Pero con el tiempo, la fuente perdió salubridad, dejando de tener las condiciones sanitarias adecuadas para el consumo humano. La dureza de sus aguas,provocada por un exceso de yeso y óxido de sodio en su composición, tampoco eran adecuadas para abrevadero de ganado. En los días de lluvia, el agua de la fuente perdía su aspecto cristalino, volviéndose tan turbia que daba cierto reparo acercarse a beberla. Los atancinos o escarabajos, como también eran conocidos, hicieron zanjas y atarjeas para recoger agua de filtraciones y conducirla hasta la fuente. Algunos, preferían tomar el camino de La Olmeda, para llegar hasta la Fuente Perdices, cuyas aguas procedentes de la colina, gozaban de buenas condiciones de salubridad, a pesar de su proximidad al río Salado, origen de las salinas de Imón y La Olmeda.

La Fuente Perdices tenía buena fama entre las gentes, sus aguas además de limpias y cristalinas, eran recomendables para cocer las legumbres y disolvían bien el jabón en las manos. Las óptimas condiciones de aquel manantial natural y la necesidad de poder disfrutar de agua potable cerca de las viviendas, fue el motivo por el que en el año 1883 se llevó a cabo un nuevo proyecto de conducción de agua desde la Fuente Perdices hasta el pueblo de Atance, canalizándola hasta una nueva pila en el lugar denominado Las cuatro calles, bajo la veguilla de los baldíos, a unos 200 metros del municipio.

De la ejecución de la obra de la fuente se encargó Serafín Caramés y Caramés, un gallego cantero de profesión que había llegado hasta Palazuelos, para trabajar en las canteras de piedra caliza y al asentarse definitivamente en la villa amurallada, buscó trabajo por los alrededores. En el Atance obró un pilón rectangular de sillería de piedra labrada, adosado a la pared con una columna de un único caño del que salía agua fresca para surtir al vecindario. Hasta allí también se acercaban forasteros y caballerías que hacían un alto en el camino para beber y refrescarse. Por detrás del caño salía un tubo de desagüe que llegaba hasta una balsa rectangular que era aprovechada como lavadero.

Hasta el lavadero acudían a lavar la ropa las vecinas.Lavar era una de las faenas más duras que realizaban, pero también era un motivo más para salir de casa y juntarse con las demás, porque el lavadero era un espacio social que pertenecía a la identidad femenina. Allí podían hablar y reír con soltura y sin recato alguno. Lavar en silencio era aburrido, por eso el mutismo estaba prohibido. Chascarrillos, parloteos, carcajadas… A todas les gustaba el palique y las coplas que hacían más llevadero su trabajo. Con la espalda curvada sobre la tabla que apoyaban en el borde de la balsa, movían los brazos con energía para remojar, enjabonar, restregar, golpear y aclarar la ropa, que finalmente, para secarse se extendía allí mismo al sol sobre las plantas.

Estas estampas de la vida cotidiana y otras más, desaparecieron en la segunda mitad del siglo XX. El éxodo rural a las ciudades y la construcción de la presa que embebió al pueblo, apenas dejaron testimonios de su pasado. El Ayuntamiento de Sigüenza, en el año 1995, recogió la fuente de abajo, piedra a piedra, para reconstruirla en las eras altas al pie del castillo. De la fuente redonda de la plaza se ignora su paradero. El lavadero, como muchas casas, quedó sumergido bajo las aguas de El Atance.

Amparo Donderis Guastavino, Archivera Municipal de Sigüenza

Sucedió hace 300 años: el paso del Príncipe de Gales en el año 1719

Al abrir el portón de su casa en la Puerta Nueva, D. Joseph Olier y Serantes, recibió de golpe en su rostro el frio húmedo de un amanecer al que no estaba acostumbrado. Aquel día había decidido madrugar para atender unas cuestiones de la hacienda agrícola familiar antes de dirigirse a la Plazuela de la Cárcel, para asistir al Concejo municipal del 30 de marzo. Poco más tarde también saldría de su casa en la Calle Nueva * D. Francisco Lagúnez y Pacheco, poseedor de dos apellidos ilustres que habían hecho buena fortuna con la ganadería. Era dueño de numerosos bienes rústicos y urbanos y al igual que los Olier, sus familias eran hidalgas desde el siglo anterior y formaban parte del gobierno municipal.

Como era costumbre habitual, la víspera de la celebración de la sesión, el Portero pasaba por los domicilios convocando personalmentea los asistentes más habituales, que eran los denominados oficios mayores del Concejo: el Alcalde ordinario D. Joseph Olier; el Regidor D.  Lope de Ulloa; el Procurador general D. Pedro Arredondo y los ocho Diputados: D. Joseph de Olier y Rodríguez, D. Francisco Lagúnez y Pacheco, etc. Con puntualidad, uno a uno, fueron entrando en la sala capitular ocupando el lugar asignado para escuchar del escribano la lectura de los asuntos que debían tratar en aquella sesión, de la que habían sido informados previamente. Entre ellos se dio cuenta de la llegada de una orden del rey Felipe V anunciando el paso de su invitado y amigo, Jacobo III de Inglaterra, Príncipe de Gales, por Alcolea del Pinar hacia Madrid, cuyos gastos de hospedaje debían costear las arcas municipales.

El Príncipe de Gales, conocido como “el viejo pretendiente” por sus aspiraciones a la corona británica, viajaba acompañado por un amplio séquito compuesto por nobles y su servicio personal. Su llegada estaba prevista para el 27 de marzo, por lo que unos días antes se había encargado la organización de la jornada a D. Pedro Arredondo, Procurador general, que solía actuar en calidad de representante oficial del Concejo en diferentes asuntos. En pocos días tuvo que reunir todo lo necesario para proporcionar un descanso adecuado al príncipe y su séquito: un buen número de camas, mesas y bancos de madera, lámparas con aceite para la iluminación, leña para calentarse y preparar comidas, tinajas para el agua, sábanas, manteles y colchones, alimentos para el séquito y paja para las caballerías. Una vez incorporado todo el material en carros fue transportado hasta Alcolea, para montar el campamento. Seis días se invirtió en la preparación y posterior recogida y limpieza del espacio ocupado, seis días que generaron un gasto de alrededor de doscientos sesenta reales, incluido el salario del procurador y las tiendas concejiles donde se habían adquirido alimentos y enseres.

Una hoja del Libro de Actas municipales. Resumen del acuerdo del acta de sesiones del 30 de Marzo de 1719 sobre “Paso del Sr. Príncipe de Gales Rey de Inglaterra”.

Mientras en Sigüenza el concejo miraba con preocupación el estado de las arcas municipales, en Madrid el monarca se mostraba satisfecho con las noticias que le llegaban sobre el paso de su amigo por tierras castellanas, así como los halagos y muestras de respeto que recibía en cada parada que realizaba. Era tan grande la amistad que unía a ambos monarcas, nacida durante su infancia en Francia, como enorme el pesar que sentía Felipe V por la lastimosa situación que atravesaba el príncipe inglés, abandonado y perseguido por sus enemigos.

Jacobo Estuardo era hijo de Jacobo  II, el último rey católico de Inglaterra. Educado en Francia, el fallecimiento de su padre lo convirtió con tan sólo 13 años en el rey Jacobo III. Aunque pronto fue excluido de la sucesión al trono, nunca perdió la esperanza de recuperarlo y se instaló en Roma, uno de sus principales apoyos. El Caballero de San Jorge, como también era conocido internacionalmente, al cumplir los 30 años decidió iniciar un viaje por Europa solicitando ayuda para recuperar el poder a los pocos amigos que aún le quedaban, entre ellos Felipe V de España.

El 11 de marzo de 1719 inició el viaje a bordo de una pequeña embarcación francesa. Sufrió una difícil travesía entre las costas italianas y españolas, con el viento en su contra, como el destino en su propia vida. Al llegar al puerto de Rosas el 18 de marzo, miembros y oficiales de la Casa real española, le esperaban al pie del barco, con una carroza para llevarle hasta Madrid. Mientras accedía a su interior, Jacobo se deseaba a sí mismo un viaje mejor que el anterior. Pero las dificultades no habían terminado. No sabía que los caminos españoles eran inseguros por la presencia de bandoleros; incómodos, en mal estado de conservación, sin pavimentar y especialmente embarazosos con la lluvia y el barro. Por lo que, en más de una ocasión, tuvo que bajar de la carroza y realizar el trayecto a caballo. Durante el viaje realizó varias paradas de descanso: del 21 al 23 en Zaragoza, el 27 en Alcolea del Pinar y la última en Torrejón de Ardoz, donde le esperaba el cardenal Alberoni, principal consejero del monarca español, encargado de acompañarle en su última etapa. El 28 de marzo llegó al Palacio del Buen Retiro, para disfrutar de unos días de ocio y jornadas de caza con Felipe V y su familia. Cuentan las crónicas que finalizó su estancia en España, peregrinando a Santiago de Compostela, para encomendarse al Santo antes de embarcarse en la expedición que pretendió sin éxito recuperar el trono inglés.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera Municipal de Sigüenza

*La calle Nueva corresponde con la actual calle del Seminario