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¿Melón o sandía?

Hace tres siglos los científicos discutían si la forma de la Tierra era alargada (más estrecha por el ecuador), como un melón, o achatada por los polos, como una sandía. La disputa fue parca en avances científicos; sin embargo, fue determinante en la aceptación de las teorías de Isaac Newton allende las Islas Británicas; introdujo cambios en la filosofía de la ciencia, en la concepción del papel del experimento en el método científico, concienció a la comunidad científica sobre la necesidad de la unificación del sistema de pesas y medidas; e influyó en el desarrollo científico de varios países como Francia, España, Perú y Ecuador.

Nuestra crónica comienza en los primeros intentos de averiguar la forma de la Tierra y sus dimensiones, allá por la Grecia antigua. La forma aproximada fue determinada fácilmente, se trataba de un esferoide; pero su forma precisa y su tamaño se resistieron varios siglos. No fue hasta el año 1669, cuando el astrónomo francés Jean Picard (1620–1682) midió la longitud de un grado de meridiano entre Amiens y París, por el método tradicional de la triangulación: se mide muy exactamente una base y en cada extremo de ella se traza el ángulo que va del extremo contrario a un punto alejado, con esos tres datos (un lado y dos ángulos) se pueden calcular todas las demás dimensiones del triángulo. Concatenando nuevos triángulos basados en alguno de los lados del anterior se puede determinar la distancia entre dos puntos muy alejados y no visibles entre sí.

En 1700, el astrónomo francés de origen italiano, Giovanni Doménico Cassini (1625–1712), acompañado de su hijo Jacques Cassini y de otros ayudantes, consumó una triangulación entre París y Colliure en un proyecto para trazar el primer mapa moderno de Francia.

Tras fallecer Giovanni Cassini, se publicó en 1713 una memoria suya que afirmaba que la longitud del grado de meridiano crecía de norte a sur; es decir, que la longitud del grado en Colliure era mayor que en Amiens, lo que representa una Tierra alargada como un melón.

Sus observaciones entraban en trayectoria de colisión directa con las predicciones del físico inglés Isaac Newton (1642–1727) y del astrónomo holandés Christian Huyhens (1629–1695), quienes concluían que, al poner a girar una esfera de material elástico cohesionada por las fuerzas de la gravedad de Newton, debería alargarse por la dirección perpendicular al eje de giro (en el caso en la Tierra, el ecuador). Esto ya se había comprobado recurriendo a mediciones de la gravedad con péndulos en distintas latitudes del globo, que indicaban una menor gravedad en el ecuador, lo que, además, estaba en consonancia con la forma de Júpiter observada mediante telescopios, incluso por el propio Giovani Cassini.

El desacuerdo entre las mediciones de los astrónomos franceses y las observaciones de los físicos extranjeros hizo brotar inmediatamente el cáncer del nacionalismo del que quedaron contagiadas las dos partes: la Académie Royale des Sciences de París encontró una excusa para atacar la Ley de la Gravitación Universal de Newton y desempolvar las teorías de su más esclarecido pensador, René Descartes (que defendía que el movimiento de los astros se explicaba por una serie de torbellinos en el éter que “tiraban” de los planetas); mientras, en el Reino Unido, la polémica ayudó a orillar las diferencias científicas entre los miembros de la Royal Society en torno a las teorías de su compatriota.

Paradójicamente la Académie de París albergaba una minoría de defensores del inglés: el físico Pierre-Louis Maupertuis, líder del grupo los “jóvenes geómetras”, constituido por los nuevos académicos. Otros científicos franceses de valor también se alinearon en el bando de Newton, como Émilie du Châtelet, una de las primeras mujeres que hicieron matemática y física modernas, que tradujo las obras de Newton al francés e introdujo las ideas físicas y matemáticas de Leibniz en Francia, y Voltaire (que en aquella época era amante y pupilo de Émilie).

 

Expediciones extremas

La precisión de los aparatos de medida que se utilizaban en la época era menor que la diferencia que se debería apreciar entre la longitud de un grado en un lugar y otro, por lo que los estudios no eran concluyentes. Amiens y Collioure se encuentran separadas por la escasa distancia de 7° 22’ de latitud geográfica. Por consiguiente, la Académie concibió dilucidar el problema organizando un par de expediciones para medir la distancia de un grado de meridiano en dos lugares muy alejados entre sí: Laponia y Quito (Real Audiencia de Quito, Virreinato del Perú). La primera de ellas fue encargada al propio Maupertuis y la segunda al astrónomo Louis Godin (1704-1760).

El equipo de Maupertuis, al que se unió el sueco Anders Celsius (famoso su escala de temperatura), realizó su expedición entre 1736 y enero del año siguiente. Maupertuis publicó sus cálculos en noviembre de 1737 concluyendo que Newton tenía razón. La Académie recibió muy mal la noticia y Maupertuis tuvo que abandonar París, mientras se quemaban públicamente las Cartas Filosóficas de Voltaire.

La línea que une Amiens y Colliure es casi norte-sur y sus latitudes difieren solo 7º 22". Croquis del autor sobre un mapa de Francia.

 

La expedición a Quito

La expedición al ecuador había partido un año antes que su homóloga nórdica, después de recibir la aprobación del rey de España, Felipe V. En aquellos tiempos todos los extranjeros que viajaban a la América española necesitaban un permiso especial (por si se trataba de espías o contrabandistas), ya que el comercio con las provincias de ultramar era un monopolio del Imperio Español. El primer rey Borbón, Felipe V, defensor de la ciencia y empeñado en la modernización de España, accedió rápidamente tras la redacción de las oportunas condiciones políticas, administrativas y de derechos de publicación de los resultados.

Aparte del propio Godin, en la expedición se integraban el geógrafo Charles-Marie de La Condamine, el botánico Joseph Jussieu, el matemático Pierre Bouguer, el cartógrafo Verguin y Jean Godin des Odonais (joven primo de Godin); así como maestros artesanos de apoyo, el relojero e instrumentista Hugot, el cirujano Jean Seniergues, etc.

El ministro español José Patiño y Rosales solicitó al Presidente de la Casa de la Contratación que designara dos oficiales para acompañarlos, y controlar sus actividades; la Armada, al no disponer de oficiales a la altura científica de los expedicionarios, solicitó a la Real Compañía de Caballeros Cadetes Guardiamarinas de Cádiz dos jóvenes guardiamarinas que destacaran por su facilidad para las ciencias. Fueron seleccionados Jorge Juan Santacilia y José García del Postigo quien, por encontrase embarcado en aquel momento, tuvo que ser sustituido por Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral. Antes de partir hubieron de ser nombrados Tenientes de Navío.

Los nuevos oficiales no eran unos inexpertos, como pueda parecer. Jorge Juan, a sus 21 años, ya había estado en Malta como paje del Maestre de la Orden del mismo nombre, como guardiamarina había luchado cuatro veces contra los berberiscos, se había batido en la batalla de Orán y participado en la campaña de Nápoles. Por su parte, Antonio de Ulloa se había embarcado con trece años y había llegado a Cartagena de Indias, antes de ser aceptado en la academia de guardiamarinas y de incorporarse a la expedición a los 19 años.

Jussieu y Voltaire se burlaron de la juventud e inexperiencia de los españoles. La supuesta bisoñez de los jóvenes españoles creó algunos problemas de acatamiento de la autoridad que representaban en la expedición; sin embargo, la elección fue un auténtico acierto, ya que ambos supieron cumplir su papel dignamente y los dos llegaron a convertirse en sólidos científicos a lo largo de la expedición.

Los franceses tenían orden de tomar solo barcos franceses para la travesía del Atlántico, lo que les supuso llegar a Cartagena de Indias más de cuatro meses más tarde de lo que lo hicieran Juan y Ulloa. Estos dedicaron ese tiempo a cumplir sus otras obligaciones en el viaje (hacer observaciones para mejorar las rutas marítimas, estudiar la defensa de los lugares a los que llegaran y el estado de la administración colonial) y sus observaciones permitieron mejorar el derrotero de Santo Domingo a Cartagena, levantaron un muy exacto plano de la bahía de Cartagena y otro del Castillo de Santiago de la Gloria, y describieron el estado de sus murallas, fuertes y baluartes.

Si el origen de esta aventura estuvo fundado en el nacionalismo, la expedición estuvo marcada desde su inicio por el choque de egos. Muy pronto La Condamine y Bouguer mostraron una desavenencia continua con las decisiones del líder oficial de la expedición, Louis Godin, lo que condujo a la división de los estudios en dos investigaciones, complementarias unas veces, pero duplicadas otras. Juan y Ulloa debieron dividirse para acompañar a cada facción en sus aventuras paralelas por ríos, selvas y montañas.

A la llegada de los dos equipos a Quito les esperaba una gran decepción: la noticia de los cálculos de Maupertuis, que convertían la expedición en innecesaria. Decidieron continuar de todos modos para no perder la oportunidad de medir un grado de meridiano en el ecuador y cumplir el resto de los objetivos de la expedición, que incluían muchas e importantes cuestiones astronómicas, geográficas, etnográficas, botánicas, sanitarias, mineralógicas...

Jorge Juan

Una película cinematográfica no podría reflejar completas las aventuras y vicisitudes experimentadas por la expedición, sería necesaria toda una serie. Los franceses soportaron la penuria económica, cuando la sociedad francesa dejó de anhelar noticias suyas, la Académie les olvidó y cesó de enviarles dinero. Todos tuvieron que buscarse ocupaciones alternativas, cada uno según su carácter y conocimientos. El relojero puso su artesanía al servicio de las clases altas de Quito. El cirujano Seniergues y el biólogo Jessiue cobraban a los quiteños por sus consultas médicas. La Condamine, que había traído telas y joyas de París, organizó un mercadillo para las damas de la ciudad y fue acusado de contrabando; mientras que Godin fue contratado como Catedrático de Astronomía en la Universidad de San Marcos de Lima, cargo que llevaba aparejado el de Cosmógrafo del Virreinato del Perú, una de las más antiguas instituciones científicas modernas de América, creada por España en 1608 en sus provincias de ultramar para el desarrollo de la cartografía y la navegación.

Finalizadas las medidas geodésicas en julio de 1739, el cirujano Seniergues se desplazó a la cercana ciudad de Cuenca a atender a un enfermo grave. Tantos meses en el campo le llevaron no solo a ejercer sus tareas médicas, sino también alguna de carácter íntimo con una joven de la localidad. Dos semanas más tarde llegó a la ciudad el resto de su equipo, invitados a las fiestas patronales conquenses. Antes del comienzo de la corrida de toros, Seniergues acompañado de la bella local, tuvo un encuentro con un antiguo pretendiente de la joven, la discusión se complicó y parece que los rivales llegaron a las manos.

A la salida del espectáculo taurino, el vicario Juan Jiménez Crespo levantó a unos 200 lugareños contra la presencia extranjera con gritos de “Viva el rey, muera el mal gobierno” y “Maten a los gavachos”. En medio del tumulto el cirujano francés resultó muerto. Jorge Juan no se encontraba en la ciudad, sino con la otra parte de la expedición, la de Godin. Todo lleva a pensar que el incidente ocurrió en medio de un ambiente de pugna entre los grupos étnicos de la ciudad, los chapetones (españoles peninsulares recién llegados) y los criollos (familias de origen mixto y vieja implantación en el lugar).

En 1739 los ingleses decidieron arrebatar a España el imperio americano y enviaron al almirante Vernon a hacerse con las llaves del Caribe (Portobello y Cartagena de Indias). Este suceso es recordado por la derrota que infligió Blas de Lezo a la armada inglesa. Al mismo tiempo que se sucedían estos hechos, el almirante Anson con otra armada algo menor atacaba los puertos españoles del Pacífico, con el fin de distraer tropas para la defensa del Caribe y despojar a España de los puertos del Mar del Sur. La expedición hubo de suspender sus actividades, pues Juan y Ulloa debieron atender múltiples actividades militares en el frente del Pacífico (levantar mapas, reforzar baluartes y puertos, construir barcos, comandar navíos…).

Antonio de Ulloa

 

Los regresos

En el año 1745 Jorge Juan y Antonio de Ulloa regresaban a Europa en diferentes barcos franceses, cuando el navío de Antonio de Ulloa fue apresado por el inevitable corsario inglés. Ya en Londres, la Royal Society le confiscó todos sus papeles científicos, que además fueron copiados. Los científicos que analizaron estos documentos percibieron inmediatamente su valor científico y Ulloa fue nombrado miembro de la Royal Society, donde dio unas conferencias, aún en calidad de preso del Estado. Fue liberado al cabo de un año y regresó a la península.

La Condamine regresó con Jussieu a París y publicó sus propios cálculos. Narró a su manera el enfrentamiento con Godin, al que se despojó de su puesto en la Academie, y no fue rehabilitado sino once años después, cuando él mismo publicó sus cálculos y fue escuchado.

El joven Jean Godin des Odonais protagonizó una historia de amor dramática. Jean se enamoró de una joven criolla de la ciudad de Riobamba, Isabel Gramesón Pardo. De su matrimonio nacieron varios hijos, pero fallecieron todos. Quizá por esta razón, decidieron trasladarse a París. Jean se adelantó a su mujer y, en 1749, partió por el camino más corto y agreste, la cuenca del Amazonas, hacia el Atlántico. Extraviado por la selva, sin dinero y sin sus cartas de presentación le tomó dieciséis años llegar a su destino. En 1769 regresó a Cayenne (capital de la Guayana Francesa) para organizar el viaje de su mujer. Esta, al oír rumores de que seguía vivo, fue a buscarle por el mismo peligroso camino. Tras varios naufragios, todos sus acompañantes fallecieron y, después de nueve días sola y perdida en la selva, alcanzó un poblado y de allí pudo acceder a la costa. Al fin se reunió con su marido tras veinticuatro años de separación. Ambos, de nuevo juntos, alcanzaron París en 1773.

En los diez años que duró la Expedición Geodésica fallecieron dos de sus integrantes (uno de enfermedad, el otro linchado por la multitud), y aún hoy no se sabe cuál fue el paradero de otros tres.

 

Relevancia científica

La expedición fue una escuela científica para nuestros marinos. Jorge Juan llegó a ser el gran impulsor de la matemática, la astronomía copernicana y la física de Newton en España; conocido en Europa como “el sabio español”, consiguió poner de nuevo al país en la modernidad científica europea. Fue el promotor del Observatorio Astronómico de Cádiz y del Observatorio Astronómico y Meteorológico de Madrid.

En 1735, Antonio de Ulloa fue el primer europeo moderno en describir el Platino, al que llamó platina. Fue fundador del Estudio y Gabinete de Historia Natural (antecesor del Museo de Ciencias Naturales de Madrid), fundador del primer laboratorio español de metalurgia, participó en la fundación del astillero de Veracruz en Nueva España. Admirado en Europa, fue miembro de las Academias Británica, Sueca, Prusiana y Francesa.

Louis Godin, maltratado por su país, se convirtió en un científico español, Jorge Juan le recomendó para director de la Academia técnica anexa a la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz, cargo que ejerció con mucha dignidad hasta su fallecimiento en la ciudad andaluza.

Aparte de los muchos resultados científicos, la Expedición Geodésica a Quito supuso la aceptación de la Ley de Gravitación Universal de Newton por los físicos franceses, cincuenta años después de su publicación, lo que representa un hecho importante en la historia de la Ciencia, ya que la Academia Francesa era la institución científica más valiosa del mundo, muy por encima de la británica, que aún empezaba a dar sus primeros frutos. Supuso también el nacimiento de la ciencia moderna ecuatoriana. Por si fuera poco, gracias a la expedición, este país se hizo consciente de su singularidad, lo que le dio su nombre actual: República del Ecuador.

En la esfera científica se enfrentaron a problemas teóricos y prácticos no resueltos en la época y supieron derrotarlos, tuvieron que construir sus propios instrumentos, mejorando los que traían de Francia y España, pasaron calor en la selva y frío en los Andes, hicieron mapas, estudiaron a los indígenas, extrajeron sustancias medicinales de las plantas (la quina fue estudiada científicamente por primera vez por La Condamine y Jussieu), descubrieron el caucho, mejoraron el tratamiento de la viruela y la fiebre amarilla, observaron animales, descubrieron minerales, describieron metales…

La agria polémica sobre la forma de la Tierra se saldó con una importante reflexión metodológica de la Ciencia respecto a la relación entre teoría y experimento: al no contar los franceses con una teoría previa, no podían estimar el valor del efecto que pretendían evaluar, lo que les impidió saber el grado de precisión necesario para sus mediciones. Los cálculos de Picard y Cassini resultaron erróneos porque no fueron capaces de predecir que los instrumentos de la época no tenían la exactitud necesaria para apreciar las diferencias tan pequeñas que deseaban medir; y se vieron obligados a desplazarse hasta los extremos de la Tierra para aumentar el efecto.

Para saber más: Los caballeros del punto fijo, de Antonio Lafuente y Antonio Mazuecos.

Luis Montalvo Guitart

La que se lió en Sigüenza con los funerales de Felipe II

A veces ocurre que, cuando el autor decide que ese libro está hecho, le aparecen nuevos documentos o, si es un literato, nuevos versos y nuevas ideas. Y eso es lo que ha pasado con mi último volumen de Sigüenza entre las dos Castillas y Aragón que se ocupa de los obispos del siglo XVI. El postrero, que falleció ya en el siglo siguiente, me trajo la sorpresa de nuevos documentos en el Vaticano.

El señor en cuestión se llamaba fray Lorenzo de Figueroa y Córdoba y se había hecho dominico. Era hijo del conde de Feria y de la marquesa de Priego y lo reseño para que el lector se haga cargo de la mentalidad del obispo.  Fue muy buen religioso y un santa persona, pero acostumbrado a mandar y a mandar como si también los demás fueran religiosos.

Pero no, el clero diocesano no era religioso, el cabildo no era religioso y en aquellos tiempos los canónigos tenían sus derechos —que eran bastantes más que ahora— y los defendían frente quien fuera con los relativos procesos, que costaban mucho dinero, como ahora, pero lo que importaba era que el obispo los respetase.

He puesto estas líneas para que quien lea pueda darse cuenta del tema y considere que una persona puede ser un santo varón o una santa mujer pero, como leí siendo adolescente, en las vidas de los santos falta siempre un capitulo: De los defectos del santo.

El documento revelador se lo debo al nuncio en España que era Camilo Caetani, patriarca de Alejandría, quien escribió al Secretario de Estado, Aldobrandini, desde Valencia el 14 de Febrero de 1599 para ponerle al corriente. Y esto es lo que decía:

En Sigüenza el obispo y el cabildo habían anunciado que se habrían hecho las honras fúnebres del rey Felipe II el domingo 24 y al día siguiente, 25 de Octubre, y que el obispo personalmente habría hecho la celebración y pronunciado la oración fúnebre. El sábado fray Lorenzo mandó decir al cabildo que se retrasase todo al miércoles, fiesta de los Santos Simón y Judas; y, hay que saber, que el gasto del túmulo, de la cera y de otras cosas necesarias lo hacían el obispo y la ciudad. El cabildo por medio de dos capitulares hizo saber al obispo que no pensaban retrasar el funeral, —porque en la catedral mandaba el cabildo—. Enseguida el obispo mandó presentar a los capitulares un monitorio con censuras —un aviso con amenaza de castigos— para que hasta el miércoles no celebraran el funeral. Pero el cabildo también se puso farruco y, no obstante las censuras, estableció que no se obedeciera, y los capitulares comenzaron el funeral sin luces y otras cosas necesarias para las exequias de tan gran personaje y, después de haber sido declarados descomulgados por el provisor del obispo a causa de su desobediencia, prosiguieron con el oficio con grandísimo escándalo del pueblo y, al día siguiente, los mismos públicamente descomulgados cantaron la misa de la misma manera y rezaron el oficio con escándalo grande, pues no faltaron mujeres y personas sencillas que se preguntaran si esos consagraban estando descomulgados, o sea si valía la misa.

El obispo no se salió con la suya porque los canónigos pretendían estar exentos de su jurisdicción en casos semejantes, y lo estaban realmente en virtud de una concordia confirmada por la Sede Apostólica, sobre la cual tenían una sentencia y ejecutoria de la Rota. Por eso consideraban no estar obligados a obedecerle y habían apelado a tal exención no dando peso alguno a la excomunión; después de la misa, para que el obispo no pudiese volver a celebrar el funeral querían romper el túmulo, pero el obispo había puesto en el coro un alguacil para que lo custodiara, aunque seis capitulares cerrando las puertas del coro para que nadie pudiera entrar a prestar auxilio al alguacil lo cogieron y lo sacaron del coro a la fuerza y aunque él gritó ¡Ah del Rey! —o sea apeló a su autoridad— y se lamentó de tal manera que un hermano del alguacil mismo estando fuera del coro echó mano a la espada y trató de entrar a la fuerza, aunque lo empujaron fuera a patadas y con palabras insolentes contra la autoridad real, creando no poco escándalo. El alcalde seguntino fue enseguida a lamentarse con el nuncio, junto al agente del obispo, diciendo que el prelado no quería acudir al Consejo Real para que no se entrometiese en este asunto, pero que teniendo las manos atadas con eso de la exención y no pudiendo castigar a los capitulares, que convocase a estos Caetani, como juez de los exentos, y pusiese remedio a tal desobediencia, diciendo que, de otra manera, el obispo no podía medirse con loro.

Razonó el nuncio que, como el mismo obispo lo pedía dando como razón no solo la exención sino que, además, se trataba de una injuria a su misma persona, por lo que no parecía bien la juzgase él mismo y, considerando que no era justo que por el hecho de haber sido declarados exentos por la Sede Apostólica, quedaran sin castigo semejantes delitos y que el cabildo a quien tocaba hacer el proceso era el mismo que había delinquido y dudando también de que el Consejo Real no metiese la mano como ya había hecho en otra ocasión en un caso semejante, decidió el nuncio mandar a un doctor en leyes, español y protonotario, con orden de tratar, sobre todo, de aquietar a los capitulares con el obispo y que se volviese a hacer el funeral. Pero encontró a los capitulares tan ajenos a la concordia y tan rebeldes que juzgó no ser posible volver a hacer el funeral sin encerrar a una parte de ellos en tres distintas casas y así fue repetido el funeral por el obispo con mucha solemnidad, e hizo también la oración fúnebre con gran aceptación.

Pero claro el enviado del nuncio, fue otro bruto en este tema y del hecho de haberlos encarcelado y del modo de proceder de dicho juez, “bastante más áspero de lo que yo hubiera querido y de lo por mi ordenado” —informaba Caetani a Roma—, hizo que los capitulares se disgustaran y rechazaran la jurisdicción de ese juez enviado y, sin avisar al nuncio, recurrieron al Consejo Real por la vía de fuerza tomando, como pretexto haber apelado del primer mandato hecho por el obispo de Sigüenza, apelación que se veía claramente nula y frívola según el nuncio.

Y de esa manera un problema eclesiástico se convirtió en un problema político y el nuncio entreviendo lo que podía pasar ordenó que el juez enviado volviera a Madrid después de haberse retirado oficialmente de la causa. Fue tratado el negocio en el Consejo y como estaban llenos de desdén por haber hecho Caetani tanta oposición en el negocio de los Inquisidores de Sevilla y en otras cosas en las que se pasaban, sobre las cuales había dado un memorial al rey, establecieron que el juez había hecho fuerza en la gestión, mandando que otorgase y repusiera lo que había hecho —o sea dejase todo como antes— y cuando presentaron dicho mandato al juez, respondió éste que por orden del nuncio, ocho días antes se había retirado del proceso y por tanto no tenía nada que ver con el negocio.
Y por eso comienza la negociación política pues, viendo el mal camino que tomaba el asunto, el nuncio habló con el Presidente proponiéndole, para resolver el tema y conservar la autoridad del tribunal de la nunciatura, que el nuncio Caetani  convocase a tres o cuatro de los más culpables entre los capitulares y una vez hecha una buena fraterna corrección los remitiese con los demás a su obispo para que acabase el negocio con benevolencia, sobre todo porque los canónigos habían mostrado poco respeto tanto al obispo como a él haciendo tocar las campanas en Sigüenza, y otras cosas impertinentes cuando les llegó la noticia del decreto del Consejo.

El nuncio pensó que el presidente del Consejo Real, o sea el presidente del Gobierno de la época, estaba de acuerdo con lo que le había dicho y llamó a tres del cabildo, haciéndoles una buena amonestación y un decreto de remisión al obispo, encomendando la causa al prelado en lo que fuera necesario. O sea que la cosa volvía al obispo, pero a los llamados les pareció que quedaban señalados como aquellos que habrían querido que todo el negocio se resolviese bajo cuerda y cayese en el olvido, y pretendieron que, como establecía el derecho, entonces el juicio lo hicieran el juez designado por el obispo junto con el juez designado por el cabildo como establecido en el concilio de Trento, algo que no se podía hacer por dos razones: La primera porque estando ambas partes implicadas en el asunto, solo podía resolverlo la Sede Apostólica y la otra porque en este caso el mismo cabildo era el delincuente, de manera que no podían los jueces adjuntos entrometerse en conocer su propio proceso; pero, no considerando estas razones, los del cabildo apelaron a Su Santidad de dicha remisión y comisión y presentaron recurso de fuerza. Ya ve el lector que ni el nuncio logró achantar a los del cabildo de Sigüenza y al nuncio no le pareció verdad que apelaran, porque así se quitaba el problema de encima y enseguida admitió la apelación, pues así el Consejo Real no podría entrometerse, o eso creía Caetani, pues aún así los capitulares siguieron por el mal camino de llevar la cosa al Consejo y el Consejo de llevar adelante su decisión, porque declararon que el nuncio, al mandar venir a los capitulares y al remitir y dar en comisión la causa, como se ha dicho, había hecho fuerza y no pasaron adelante en ello decidiendo que se otorgase y repusiese, porque no había qué otorgar ni reponer, pero como el perro que, no pudiendo morder la mano que tira, muerde la piedra, se dirigieron al juez anteriormente enviado por Caetani mandándole bajo pena de las temporalidades (los sueldos) que, no obstante se hubiese retirado del proceso, como se ha dicho, y no tuviese jurisdicción alguna otorgase y repusiese y además restituyese los salarios tomados en el plazo de tres días.

O eso o un choque de trenes, como se dice ahora, y por esta razón informaba a Roma de que no había podido impedir esa ceremonia de simples palabras, pues en caso contrario dicho juez habría tenido que marchar desterrado y arruinado; además en tal ceremonia se descubriría tanto más la impertinencia de tal decreto que no podía razonablemente producir efecto alguno, pero en el otro tema, el de los salarios, e incluso sobre el entero negocio se quejó el nuncio con Felipe III por medio de un billete, dándole a conocer cuán necesario era que pusiese remedio, y antes de que el nuncio abandonase Madrid para ir a Valencia había tenido palabra firme del Presidente de que no permitiría se procediese ulteriormente contra dicho juez.

Los tres del cabildo que había llamado Caetani se volvieron a Sigüenza sin que les hubiera dado licencia el nuncio, y eso que les había mandado, bajo pena de excomunión, que tuviesen la residencia en Madrid como cárcel, y aunque le habían pedido dicha licencia se la había negado, pues habían apelado al Papa y la había aceptado, de manera que la licencia fueran a pedírsela a Su Santidad. Sin cuidarse del nuncio llegaron a la ciudad siendo recibidos por los demás capitulares de modo complacido, como si hubiesen obtenido alguna victoria e hicieron fiesta oyéndose públicamente por Sigüenza.

De manera que pluri descomulgados y sin absolución fueron a la catedral y no pensaban obedecer al obispo, diciendo que no podía proceder contra ellos sin los jueces adjuntos del cabildo, de manera que nuevamente habían apelado y recurrido al Consejo Real sobre ciertos decretos interlocutorios del obispo para que declarasen —los del Consejo Real claro— si el obispo hacía fuerza —o sea se pasaba en su autoridad— procediendo sin los adjuntos. Las causas de la contumacia y rebelión de dicho cabildo eran dos, según el nuncio Caetani: Una la exención que tienen de la Sede Apostólica con la cual no estiman a su obispo. La otra la osadía que les da el Consejo Real por la vía de fuerza, con la cual osaban también, como podía ver el cardenal Aldobrandini, oponerse al nuncio mismo, en lo que tanta menos excusa merecen habiendo prometido en los años pasados con sus cartas a mons. de Grassi, -nuncio anterior-, que en el futuro no habrían apelado y ahora lo hacían tan familiarmente como si esos fueran los verdaderos y propios jueces de las apelaciones. Eso era lo que ha sucedido con motivo del funeral de Felipe II y eso era lo que contaba al Secretario de Estado con tan largo escrito, que nos revela como fray Lorenzo de Figueroa no tenía la mínima mano izquierda al tratar con el cabildo y como estos tenía ya quejas almacenadas respondieron como quien estaba harto de aguantar. Y otro que fue de político por la vida fue el nuncio, como si la política resolviera todo. ¡Cosas que pasaban y que pasan!

Por si algún lector está interesado, el documento está en el Archivo Secreto Vaticano, Segreteria di Stato Spagna, vol. 50, f. 75-80.

Sigüenza 19 de Julio de 2019
Pedro A. Olea Álvarez

Agustín López, preso en un batallón de trabajos en Sigüenza

Agustín durante su estancia en Sigüenza (el segundo por la izquierda).

La historia de los campos de concentración y los batallones de trabajo es uno de los puntos oscuros de nuestra historia reciente que, a pesar de haber sido un fenómeno extraordinariamente extendido por toda la geografía española, sólo ahora empieza a ser estudiado.

En Sigüenza sabemos que hubo un campo de concentración durante los años de la guerra. Hay constancia de que desde 1937 se instaló, posiblemente en el castillo, un campo de concentración con capacidad para 2500 presos. Inicialmente recibió a prisioneros vascos, y estuvo operativo al menos hasta abril de 1939, pero poco más se sabe de él. También pasaron por aquí numerosos batallones de trabajo en los años posteriores.

Agustín López Montoro ha tenido una vida intensa. Nacido en Santa Cruz del Retamar (Toledo) el 16 de marzo de 1920, en 1938 fue llamado a filas para luchar en el bando republicano durante la guerra civil. Al finalizar el conflicto, recorrió varios campos de concentración y prisiones, para terminar recalando en 1942 en un batallón de trabajo que había en Sigüenza.

En el mes de abril de 2019, Agustín, de 99 años y acompañado por su hijo José María, tuvo la amabilidad de reunirse con Pablo López Calle y conmigo en una cafetería madrileña para contarnos cómo fue su experiencia en Sigüenza.

Agustín llegó a Sigüenza víctima de la llamada “mili de Franco”, según la cual aquellos quintos que eran reconocidos como afectos al régimen franquista ingresaban en el ejército regular, mientras que el resto eran enviados a batallones disciplinarios. A él en primer lugar lo recluyeron en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid, convertido entonces en campo de concentración. Desde allí fue trasladado a uno de los mayores campos instalados en España: el de Miranda de Ebro. Posteriormente, le enviaron al que sería su destino provisional: Sigüenza.

“Llegamos a Sigüenza el 17 de enero de 1942, y nada más llegar nos pusieron a subir leña para la cocina. El cuartel lo teníamos en el castillo, en la parte que no estaba en ruinas”. Su primer contacto con el pueblo seguntino no fue especialmente amable: “Ya llegando [al castillo], cuando se termina una calle, subiendo a la derecha, había unas casas corrientes, y de allí salieron unas cuantas, tres o cuatro mujeres, y como era el día de san Antón, nos decían felicidades, porque era el santo de los animales, y nos llamaban cerdos”.

La vida en el castillo en ruinas era durísima, con el frío del enero seguntino y durmiendo en el suelo: “A los pocos días nos llevaron a un caserón, que ahora es un colegio de frailes”, se refiere al hospicio, la actual SAFA. “Dormíamos en el suelo también. Teníamos unos trozos de esparto que los deshacíamos y nos los poníamos debajo para que hicieran de colchón”. Las condiciones higiénicas también eran lamentables: “Enfrente había una fuente, y ahí salíamos mucho a lavarnos, si nos dejaban, porque tenías que pedir permiso para salir. Allí no podías moverte, ni salir a la calle. Era un campo de concentración. Dentro había una fuentecita, como una pila alargada y allí había que hacer todo, y había un grifito para todos... es que no te podías ni lavar ni nada, como éramos tantos… éramos una compañía de 300, y no teníamos ni jabón, ni toalla, nos comían los piojos”.
Los cinco primeros meses que pasó en Sigüenza los recuerda como los más duros de su vida: “No nos daban de comer, que era una injusticia muy grande la que hacían con nosotros. Nos daban un cazo de caldo con cuatro algarrobas, pero cuatro algarrobas, y con tronchos de repollo, pero no de repollo bueno, lo que se tira. Y el café… era de unos árboles que hay que tienen como unas judías, pues con la simiente esa, tostada, ese era el café que nos daban”.

Además, todo esto amparado por un sistema basado en la corrupción: “El Estado daba por cada soldado 3,20 pesetas al día, y más 1,50 pesetas que daba la RENFE por nuestro trabajo en las vías. A nosotros nos daban dos reales (0,50 pesetas) para gastos, y el resto se lo quedaban, supuestamente, para mejora [del rancho] (…) los soldados que estaban en cocina se hacían ricos. Tenían un capitán en cocina, y con un mes que les tocara en cocina, ya se hacían ricos”.

En cuanto al trabajo que hicieron, nos cuenta que “casi todo el tiempo estuvimos arreglando las vías del tren que estaban estropeadas por la guerra. Es donde más estuvimos, aunque luego estuvimos una cuadrilla de 8 o 10 en el parque, limpiando el parque. También nos tocó subir las campanas, que estaban en el patio de la catedral. Nos llevaron para dar vueltas a la polea”.

Lo que más recuerda Agustín de nuestro pueblo era el frío: “Cuando llegamos al colegio Unamuno nos dieron ropa militar, pero lo único que estrenamos fue calzado y la camisa, lo demás era usado, una manta y un capote lleno de mugre de haber estado usado. Además de eso, un plato, cuchara y el gorro redondo que nos identificaba como prisioneros”. Con estos atuendos tuvieron que aguantar el invierno seguntino. “Con el paso de los meses, algunos llevaban trapos envueltos en los pies para ir a trabajar, estaban sin calzado”.

Las malas condiciones de hambre y frío llevaron a alguno de ellos a intentar la huida. De los que lo intentaron, recuerda Agustín, “no supimos más”. Supone que lo conseguirían pues de otro modo, piensa, les hubieran hecho saber su destino. En todo caso los estímulos para tratar de escapar eran tan fuertes como las escasas compensaciones que recibían por su trabajo. Lo cual implicaba poner en práctica métodos disciplinarios característicos de instituciones de confinamiento. Técnicas de control basadas en la arbitrariedad de los castigos físicos y morales orientados a la anulación de la personalidad.

Así, el maltrato y las vejaciones por parte de sus vigilantes eran continuos: “Había un catalán, un tal Martorell, que un día pilló a uno que había cogido una pescadilla al pasar el tren, que iba muy despacio. Nos formó a todos y le pegó una paliza que lo mandó al hospital, hasta le pisó la cabeza… Y a otro, había un kiosco, a orilla de la estación, y yo no sé cómo se apañaría, pero fue y lo robó. Le pegaron una paliza… y luego lo pusieron en la calle con una piedra en cada mano, y claro al pasar el tiempo el pobre ya se caía y todo… Otra vez uno de los escoltas venía con una garrafita de aceite y la soltó un momento para hacer algo. Llegó otro por allí y se la cogió para hacer una broma, y nos formaron a todos a pie quieto. Eso es lo peor que puede haber, estar mucho tiempo formado sin poder moverte, y al que ya no podía más y se caía, torta que se ganaba”.

“En las laderas que hay al cruzar las vías, allí hacíamos de vientre. Cuando venía el sargento levantábamos la mano para que nos dejara ir, y a algunos nos dejaba, pero a otros les decía que no, sólo por humillarlos. Y los escoltas que hacían guardia por la noche, porque claro, de allí no nos dejaban salir, cuando llegaba la hora de levantarse hacían un pasillo y nos molían a palos cuando salíamos”.

“Al que castigaban, le hacían ir cargando con un saco terrero durante 15 días. Se lo ataban al cuerpo con cuerdas y no se lo podían quitar ni para dormir. El saco no era muy grande, pero cuando llevabas quince días con él… cuando terminabas el castigo, estabas escacharrado. Allí iba uno, con el saquito a confesar y a comulgar, sin quitárselo”.

El afán reeducador llegaba incluso a un terreno tan íntimo como las creencias religiosas, usando la obligación de participar en ritos propios del cristianismo como un dispositivo disciplinario orientado a la demostración del poder de control: “También íbamos a misa, obligados, pero sólo nos llevaban a los que estábamos más presentables. El cura desde el púlpito nos llamaba de todo lo peor. Claro, pero es que allí mataron a muchos curas en la guerra (…) antes de tomar el café por la mañana nos hacían cantar el Cara al sol, luego al medio día y por la noche otra vez”.

Estas condiciones extremas pasaron factura: “…de 10 no bajan los entierros a los que fui de compañeros del batallón que morían de hambre o abandonados, porque el que se ponía enfermo no disponía ni de una aspirina ni de enfermeros… Mayormente eran de la quinta del 19, dos años más que yo, y eran casi todos andaluces o extremeños, estaban casados, tenían hijos y familia. Éstos lo pasaban muy mal porque la familia no les podía mandar nada para comer. A mí mi padre me podía enviar 5 duritos algunos meses, y había un recadero que iba a Madrid y mi hermana me enviaba una bolsita con algo, y con aquello iba tirando (…) A los que morían, la guardia civil enviaba un telegrama a las familias, pero nada más. Se les enterraba y punto. Sólo una vez vino una familia de un chico que murió”.

A los miembros del batallón les prohibían tener relación alguna con los habitantes seguntinos, aunque Agustín si conserva algún recuerdo: “Al único que conocí de Sigüenza fue a un churrero, de vista, porque churros no comprábamos, claro. En la calle que hay en frente de donde estábamos había un churrero... Yo lo recordaba como a un chaval, y cuando volví a Sigüenza muchos años después lo vi y lo saludé. Y me decía: ¿Tú eras de los que estaban aquí metidos?”. “En otra ocasión, vino el padre de un compañero. Cuando llegó y vio en las condiciones en las que estaba, se ganó al sargento y nos dejó ir a pasar el día en un bar que llamaban ‘La abuela’, junto a la estación”. “También había otro que trabajaba allí, frente a donde estábamos. Era un señor que tejía con una rueda grande, a mano, pero es que no sé lo que tejía, el material que usaba, quizá esparto, o haciendo cuerdas… tenía un chaval, y uno en una punta y otro en otra y deshacían algo, pero no sé qué”.

Afortunadamente para ellos, a los cinco meses de estar en Sigüenza cambiaron al jefe de la compañía y llegó un comandante que fue su salvación: “Cuando llegó a Sigüenza y vio cómo estábamos la mayoría, paró de inmediato los trabajos. Trajo una máquina de desinfección y nos dio ropas limpias, como se ve en la foto. Además nos dio un trozo de jabón a cada uno y una toallita. También nos dejaba bajar al río a lavarnos. La comida también mejoró, seguían siendo algarrobas, pero ahora sí llevaban repollo. También quitó lo de cantar el Cara al sol, y lo sustituyó por rezar un padre nuestro, lo que nos gustaba más”.

Poco después llegó el fin de la época seguntina para Agustín: “A mediados de julio de 1942 me mandaron 3 años de soldado a Tánger. ¡Y yo lo sentí! Ahora que estábamos mejor… hasta lloré cuando me tuve que ir porque dejaba allí a los compañeros, con los que había trabado muy buena amistad. Con alguno he mantenido relación hasta que murió”.

Agustín López (derecha), su hijo José María (en el centro) y el autor de la investigación, Manuel Lafuente (izquierda) en el día de la entrevista

Pero Agustín no tiene ningún espíritu de revancha. Cuando habla de las mujeres que les insultaron al llegar, nos dice que eso fue sólo una anécdota, que en general el poco trato con la gente del pueblo era bueno. También es comprensivo con el sacerdote que les insultaba desde el púlpito, e incluso con algunos de los escoltas que les maltrataban, porque “en la guerra les habría pasado alguna desgracia con algún familiar y estaban deseosos de vengarse”. Lo que Agustín quiere es que esto no se olvide: “Yo lo decía hace 30 o 40 años: ¿Cómo es que aquí no habla nadie de esto? Con lo malos que han sido los batallones de trabajadores…”.

A pesar del silencio que ha envuelto esta siniestra parte de nuestra historia, las huellas de estos batallones de trabajadores siguen presentes en Sigüenza: algunas de las nuevas canalizaciones de agua potable de San Roque, muchos cientos de metros de las vías del tren, determinados tramos de la barbacana de la alameda o numerosas partes restauradas de la catedral son fruto del trabajo y penalidades de Agustín y muchos otros trabajadores anónimos. Gracias en gran medida a la publicación del monumental libro de Carlos Hernández de Miguel, “Los campos de concentración de Franco”, muchas de estas historias están siendo por fin investigadas. Y esto debería alegrarnos a todos, más allá de la ideología que cada uno tengamos.

 

El fin de los Románov: magnicidio imperial

Cuando aún alcanzamos oír, no tan lejanos en el tiempo, los ecos de la celebración del I centenario de la Revolución Rusa, escuchamos las pompas fúnebres apurando el final del I Centenario del Magnicidio de la Familia Imperial rusa y tanto en las conferencia dada el pasado 15 de mayo, como en este articulo pretendo no tanto un análisis exhaustivo de acontecimientos históricos, políticos o sociales, de fechas y lugares donde se produjeron los mismos, como una mirada humana, cercana y alternativa a esos monolíticos enfoques geopolíticos. La visión de los documentales del periodo leninista, espacio y tiempo en el que se desarrollaron las investigaciones de mi tesis doctoral, me sorprendieron por su empeño manifiesto en dejar, no solo a Nicolás II sino a toda la familia, en una posición histórica y personal lamentable.1 Aquello animó mi curiosidad y gracias no solo a las imágenes fílmicas, sino a los cientos, miles de fotografías que la familia hizo y se hizo, documentos privados: cartas, diarios, correspondencia…etc. pude trazar un mapa mucho más personal y compasivo de los últimos Románov. Nicolás vivió una época de innovaciones técnicas que permitieron no solo que instalara el primer ascensor en el “Palacio de Invierno”, sino calefacción, teléfonos, luz eléctrica, etc. así como que él y su familia, aprovecharon la invención de la bicicleta tal como hoy las conocemos, del automóvil, del cine, la popularización del tenis, los baños playeros… de igual modo fue un gran aficionado a la fotografía y llegó a tener una colección de cámaras jugosa e inculcó esa afición a todos los suyos, animándoles a fotografiar/se y a crear sus propios álbumes, cuya visión compartían como una actividad familiar más. El hoy tan usual selfie, tuvo en Anastasia Romanovna, que se fotografió frente al espejo de su habitación, una de sus primeras hacedoras.2 De igual modo los primeros camarógrafos de los Lumière, fueron enviados a los actos de coronación del Zar Nicolás II.3

Eloísa Zamorano, DEA (Diploma de Estudios Avanzados) en Historia del Cine, en la conferencia de Sigüenza Universitaria.

Esta ingente, maravillosa, familiar y personal cantidad de documentos me permite un método de estudio innovador, haciendo no solo un análisis exhaustivo de fechas y acontecimientos sociopolíticos, sino de, con una ardua catalogación documental, establecer el puzle seguramente muy cercano a la realidad, de una familia que en su aspecto publico fue denostada, vituperada y condenada, pero que en lo privado se nos muestra como lo hacemos cualquier familia en el ámbito más cotidiano.

El 17 de Julio de 1918, el llamado “bautismo de sangre” del gobierno bolchevique, iniciado brusca y revolucionariamente apenas unos meses antes, marcó real y físicamente el final de un modelo político que llevaba siglos instaurado. La Revolución Soviética se produjo a efectos académicos en octubre de 1917 marcando la historia de occidente y del mundo entero uniéndose estrechamente en la línea del tiempo de las grandes revoluciones sociales, a la Revolución Francesa4, pero los movimientos revolucionarios, socialdemócratas, socialrevolucionarios, populistas, los que trataban de construir una nueva Europa, llevaban años sembrando en algunos ciudadanos del Imperio Ruso la semilla de la igualdad y de la necesidad de renovar el poder político y los estamentos de poder.

Esto es algo que uno de los protagonistas de nuestra historia: Nicolás Alexandrovic Románov, aprendió aún niño, cuando siguiendo el protocolo cortesano, tuvo que vivir la espantosa agonía de su abuelo Alejandro II, el Zar cuyas reformas y aperturas sociales, permitieron la creación no solo de partidos políticos sino, con ellos, de grupos rebeldes que buscando mayor apertura atentaron contra varios miembros del gobierno y que finalmente, tras cinco intentos, consiguieron asesinar al Zar reformador. Aquel aperturismo finalizó con la misma bomba que acabó con la vida de Alejandro II, ya que al ascender al trono su hijo: Alejandro III, el miedo a sufrir atentados y revueltas le decidió a vivir prácticamente atrincherado en el palacio de Gatchina y a dar marcha atrás en la política de reformas. Se acabaron las concesiones, cambios y aperturismos que solo provocaban dolor y distancia en la mítica relación entre los siervos y su zar. En la Rusia imperial, los súbditos estaban centenariamente acostumbrados a ver a sus zares de una forma tan sublime como cercana, como a una especie de padre. El zar no era solo “El Zar”, era su Batiushka, literalmente, una figura paternal que llevaba y así debía ser, siglos cuidando de ellos.5 En una carta que escribió Alejandra a su abuela la Reina Victoria, le explica contundente qué distinto es todo en Rusia, donde el pueblo reverencia a sus zares como seres divinos, de los que deriva todo bienestar y fortuna. (Figes, 2010: 59)

En el ambiente de retroceso “justificado” no solo por sus temores personales sino por la incapacidad de los súbditos para hacer buen uso de las dádivas reformadoras, se movió el reinado de Alejandro III, y la vida de la familia imperial, con Nicolás como zarévich. De forma natural le correspondía ascender al trono pasados muchos años, por lo que se dedicó a su formación como un heredero al uso. Lo que sucedió fue que el destino y la afición al licor de su padre no permitieron que aquello fuera como esperaban. El Zar Alejandro III creció lleno de rencores hacia su padre reformador e infiel. Alejandro II no ocultó sus relaciones extramaritales, de hecho, apenas un mes después de la muerte de la Zarina, María de Hesse-Darmstad, contrajo matrimonio morganático con una de sus amantes, con la que ya tenía cuatro hijos. Aquello distanció al rey de hijo y a éste de los suyos. El zarévich, el que tendría que haber el verdadero Nicolás II, era un joven enfermo que fallecía a los 21 años obligando a su hermano, el futuro Alejandro III a aceptar la sucesión al trono, también le dejó a su novia ”como herencia”.

Entre Alejandro III, resentido y bebedor, y su hijo Nicolás II al que consideraba débil y un tanto imbécil nunca hubo buena sintonía. Él era un gigante de casi dos metros, que presumía por igual de doblar cubiertos con un par de dedos como de atravesar puertas cerradas, pero vivía aterrado no solo por los atentados. Para Nicolás, de apenas 1’70, el pavor que su padre tenía, por ejemplo a montar a caballo, carecía de sentido, adoraba su paso por el ejército imperial, la relación con sus compañeros, la camaradería y fue un excelente jinete. La formación militar le dejó buenos y hondos recuerdos. Hasta el punto de mantener, contra toda norma militar, su grado de Coronel de la Guardia de Preobrazhensky, cuando en 1914 decidió ponerse al frente de todos los ejércitos. Y, para terminar de demostrar a su padre que no estaba preparado en el arte de gobernar, el joven zarévich se enamoraba de una bailarina de los ballets imperiales. Con apenas 21 años, Alejandro III alejó al muchacho de la corte con un viaje cuya finalidad formativa no se cumplió por la inadecuada compañía elegida y porque, en Japón, Nicolás II, sufría un atentado que le produjo entre otras, una herida que le dejó dolores de cabeza, una marca en el cráneo y un odio a los japonés de por vida, forzando su regreso.6

El siguiente disgusto amoroso del joven se producía cuando elegía como prometida, a la hermana de su tía política: Isabel de Hesse casada con el Gran Duque Sergio Alexandrovich, hermano de su padre y preceptor suyo. Durante el viaje realizado, en abril de 1894 para la boda del hermano de ambas en Inglaterra, Alice y Nicolás que ya habían iniciado su inquebrantable relación amorosa en una visita familiar, unos años antes, se anunciaba el compromiso oficial. Ni Alejandro III ni su esposa Maria Fiodorovna, querían una alemana como futura zarina, pero un Nicolás tajante se negó a dejar a la joven. Sería una de las pocas veces que se atrevió a imponer su voluntad. El resto lo hizo la fatalidad, el vicio del Zar y su mala salud renal. Alejandro III fallecía prematuramente a los 49 años. Ni Nicolás ni Alix, como la llamaba privadamente, estaban preparados para ascender al trono. Ella con 22 años y él con 26, apenas seis meses después de prometerse públicamente se enfrentaban a un matrimonio precipitado y al gobierno de un imperio de casi 23 millones de Km, más de 100 etnias, cientos de idiomas y casi 125 millones de súbditos.

Este era el bagaje geopolítico y familiar con el que ascendía el Zarévich al trono. En mitad del cortejo fúnebre, Nicolás II admitía entre sollozos que no se sentía preparado para gobernar aquel imperio (ídem: 51). Se había preparado como lo habría hecho cualquier heredero europeo. Su primo Jorge V de Inglaterra no era más listo que él y hubiera sido un buen monarca constitucional: hablaba idiomas, sabía bailar, pintaba, tenía buenas maneras y sentido del decoro... Pero a él, la tradición familiar, la presión histórica y cortesana le obligabarían no solo a reinar sino a gobernar y había que hacerlo como autócrata y emperador de todas las Rusias, porque ni él ni, no nos engañemos, los miembros del Consejo Imperial ni creían en los cambios sociales ni jamás pretendieron la igualdad real entre súbditos y realeza. Las reformas, esbozadas y teatralizadas, llevadas a cabo tras las inevitables revueltas de finales del XIX y sobre todo las de enero de 1905, especialmente la del llamado Domingo Sangriento, fueron un gesto forzado para aplacar lo que tanto Nicolás como su esposa creían fruto de unos cuantos bárbaros, a quienes les hacía falta sentir “el picor del látigo” tal y como la propia zarina carteó a Nicolás. Alix, rebautizada Alejandra Fiodorovna, aceptó las ideas medievales y el despotismo bizantino, con la misma vehemencia con que tras su negativa a apostatar de su luteranismo, entró en la mística ortodoxa. La idea dinástica, la herencia de un modelo autócrata que había funcionado durante cientos de años y la creencia firme en las trasmisión de ese innegable poder a su propio y futuro heredero, convencieron tanto a una como a otro de que había que mantener la tradición de Zares autocráticos y súbditos sojuzgados.

Los zares debían ocuparse de sus cometidos: Nicolás gobernar con mano dura un vasto imperio y controlar como el Zar paternal, que era y se sentía a sus hijos/súbditos y encomendados divinos; la zarina, acompañar a su esposo y, sobre todas las cosas, dar al imperio el heredero forzoso. La emperatriz empleó todas sus fuerzas en tener ese varón. Nicolás que tenía varios hermanos varones, había visto morir a dos de ellos, Alejandro, con apenas 10 meses y Jorge, confidente y amigo, fallecía a los 28 años, tras salir a pasear en motocicleta, desparecer unas horas y ser hallado por una campesina en cuyos brazos acabó muriendo. Miguel, el pequeño decidía casarse morganáticamente en contra de todos, obligando a Nicolás a ejecutar la norma hereditaria y exiliarlo, alejando de su entorno todo apoyo personal y familiar y la posibilidad de que hubiera herederos en caso de extrema necesidad.7 Y así fue que la presión ejercida sobre Alejandra aumentó casi hasta la coacción a medida que empezaron a nacer Grandes Duquesas, todo ello lo vivía la Zarina como un añadido al rechazo manifiesto de los súbditos imperiales que la trataron siempre como “alemana”, advenediza e incluso como espía cuando su procedencia la colocaba a ojos de sus adversarios del lado enemigo. Olga nacía en 1895, Tatiana en 1897, Maria en 1899… entre el nacimiento de ésta y la siguiente hija, La Emperatriz llegó a tal grado de obsesión y ofuscación por tener el varón que se sometió a toda clase de supercherías, entre ellas las de un pseudo-médico francés que solo le provocó un embarazo psicológico. Su salud mental y física se fueron deteriorando y su obsesión familiar se acrecentó hasta el punto de que apenas aparecía en público. Sólo se sentía cómoda entre sus hijas y junto a su esposo. Para desquiciar más el espíritu de la emperatriz, aún nació otra hija más, la divertida y mítica Anastasia en 1901. En 1904, en medio de la frustrante guerra Ruso-Japonesa, tambaleándose ya la paz imperial, por fin nacía el ansiado zarévich: Alekxei Nickolaevich Románov.

Las alegrías duraron lo justo, apenas pasadas unas semanas, una hemorragia en el cordón umbilical, descubría que Alejandra, nieta de la reina Victoria I del Reino Unido, era portadora inevitable de la hemofilia, que transmitió a su hijo.8 El golpe fue tan definitivo que no solo los diarios y las cartas angustiadas a su familia muestran la trasformación de la zarina, las fotografías testimonian una vejez prematura y el desvarío emocional de la madre. Ella que había sufrido la muerte y el padecimiento de familiares directos, hermanos, tío, primos, sintió tal carga con la enfermedad de Alekxei que la aparición de Rasputín resultó una liberación, toda vez que los médicos de palacio no conseguían que las terribles crisis del niño remitieran. El poder físico, mental o espiritual del monje místico conseguía lo que hoy la ciencia sigue sin explicarse. Pero sus poderes debieron ser extraordinarios porque no solo la zarina era testigo de cómo el dolor y las hemorragias remitían, aquel ser que ella consideraba enviado por Dios gracias a sus intensas y sinceras plegarias encandiló a miles de personas que visitaban y seguían a Rasputín para que les ayudara en sus debilidades físicas o mentales. Lo que sucedió fue que el monje de excedida soberbia no supo administrar el poder extraordinario que le fue entregado, no solo por la zarina, Nicolás se negó a escuchar toda advertencia y toda recomendación contra el santón, y se dedicó a (mal)tratar despóticamente a amigos y enemigos. La confianza depositada por una madre desesperada, la proximidad/intimidad con la familia, fue utilizada por los enemigos del modelo imperial y por los posteriores revolucionarios para desprestigiar esta relación y con ella la institución.9 Tan desmedido fue todo que se gestó una trama oficial para asesinar al santón, creando y promoviendo la leyenda de Rasputín con su chapucera ejecución.

Una guerra perdida con deshonra contra Japón; la innegable semilla de cambios y libertades germinada en las revueltas del resto de Europa y del propio imperio, ingobernable en su diversidad; el inicio de la Gran Guerra, en la que Rusia se incluyó por fraternidad serbia, junto a los desmanes y francachelas del monje Rasputín, enconaron a los súbditos imperiales dirigidos ya por los diferentes partidos, oficiales y subversivos, hacía una revolución social tan inevitable como necesaria.10 Y es en ese momento decisivo y terrible, de cambios obligados cuando Nicolás una vez más se enrocó en su autoritarismo, decide ir al frente a tratar de reorganizar el desastre estratégico y militar en el que las tropas habían caído bajo un mando militar obsoleto y deja a su mujer como regente en San Petersburgo ahora Petrogrado. Una zarina que imbuida de su posición terrenal y divina sin más razones que su “instinto personal”, fundamentado en simpatías, más bien antipatías encarnizadas, se dedicó a cambiar en poco más de un año a once ministros, mostrándose incapaz de gobernar, en un período feroz y decisivo de la historia de la humanidad, un estado que se desmoronaba como lo estaba haciendo el resto del mundo. Y es en medio de esa locura cuando varios miembros del gobierno piensan incluso en tomar el poder, encerrar a la emperatriz en un manicomio y llamar a capitulo al Zar.

Pero de todos es sabido que el momento histórico favoreció que los revolucionarios exiliados pudieran hacerse con la suficiente fuerza como para recoger el desvarío y el desconsuelo de millones de mujeres y hombres que no solo morían en una guerra descontrolada y cruenta, sino de hambre, violencia, desesperación… la inevitable llegada al poder de los bolcheviques fue impelida por el interregno de un pactado gobierno provisional inmerso en locura de una guerra mundial y de su propia estructuración, una vez convencido el zar de la necesaria abdicación, primero en el zarévich y finalmente en su hermano Miguel, Miguel II durante unas horas, las que tardaron en convencerle de la necesidad de renunciar a un modelo de gobierno innegablemente desaparecido y de que su integridad física no estaba garantizada, Lenin y los socialistas revolucionarios, enconados, llevaban demasiado tiempo ansiando el cambio de poder y la revolución proletaria. Un abdicado Nicolás, con su peso histórico entre el pueblo campesino e innegablemente, entre muchos proletarios, resultaba un símbolo del pasado demasiado molesto como para mantenerlo vivo. Los bolcheviques asentados ya en el gobierno debatían, lo justo, qué hacer con el zar y el resto de su familia.11

Confinados en el familiar palacio de Tsarkoye Selo pasaron unos meses tratados por los atareados revolucionarios como la familia imperial que habían sido. El ascenso al poder en medio de la Gran Guerra, desangrándose el imperio, ocupaba en cuestiones urgentes al Comité Central Bolchevique. Se mantuvo a la gran mayoría de su séquito y se designó un grupo de vigilantes entre los que se seleccionaron empleados propios de palacio que habían abrazado la revolución. Avanzando el invierno y las ideas revolucionarias, asentado el gobierno bolchevique, buscando un modo honroso de salir de la guerra, lo que no consiguieron declarada la humillante paz de Brest-litovsk, Lenin y su gobierno podían empezar a pensar en las acciones de futuro y retomar qué hacer con la familia imperial. Hoy sabemos que no eran tantos los que tenían claro que el zar debía ser ejecutado, y desde luego la familia con él, pero sí que se les dejó en manos de los más enconados y eficaces revolucionarios. Con Lenin a la cabeza y Yakov Sverdlov como alto cargo del partido, la idea de asesinar al Zar fue tomando fuerza, lo que junto a la evolución político-militar culminaría en el fatídico magnicidio. La innegable pasividad diplomática de aquellos países con los que los zares tenían parentesco de sangre; una más que vergonzosa ausencia de interés real, personal o familiar de prácticamente nadie ¡nadie! junto al empeño eficaz de Sverdlov de neutralizar cualquiera de estas acciones, llevaron a la familia imperial al rincón de su destino mortal que terminó siendo la única salida que un gobierno, iniciado el comunismo de guerra y el terror, encontraba en la furia de su propia concreción.

Mientras el zar (re)descubría su verdadero destino como hombre: ser padre y esposo, en Tsarkoye Selo una vez agrupada la familia, sintió junto a la zarina que una nueva vida se abría ante ellos, que no serían abandonados por sus parientes ingleses y alemanes y que, en cualquier caso, en el Palacio de Livadia en la (codiciada) Crimea, podrían vivir como exiliados en su propio imperio. Allí se habían refugiado su madre y hermana, a quienes el rey Jorge V del Reino Unido sí ayudaría a salir en un buque de guerra, y allí esperaban ser enviados los zares. Lo que sucedió es tan conocido como espantoso. La revolución fue cerrando el grillete en torno a la familia y a una solución, que hoy llamaríamos humanitaria, para salvar si no al zar, al menos a los niños. Pero es cierto que Alexandra estaba tan convencida ¡tanto! que mantener la unidad familiar era su salvoconducto y sentía tan profundamente su amor maternal y de esposa que jamás se convenció, ni la convencieron, de una posible separación. Cuando ya estaban en Tobolsk y se recibió la orden del traslado a Ekaterimburgo, se planteó enviar solo a Nicolás, los informadores del Comité Local revolucionario tuvieron que explicar y justificarse ante el Comité Central que la zarina tuvo tal ataque, organizó tal escándalo de gritos y forcejeó agarrada al cuello de su esposo con tal fuerza que era imposible, estando en la casa del gobernador en medio del pueblo, separarlos sin haberla matado y sin que se enteraran los vecinos de la localidad con la consiguiente revuelta popular. La mayoría de las niñas y el propio zarévich, llevaban tiempo enfermos de varicela y fue necesario dejar a Olga, Anastasia y Alekxei en Tobolsk, Tatiana y parte del escaso séquito ya, se quedaba al cargo de aquella desmebrada familia, Olga no estaba, como veremos en condiciones de detentar el papel de primogénita. El matrimonio viajaría con Maria hacía su destino último. Decidieron llevársela, porque recién cumplidos 16 años había entablado, en su obligado, carcelario y cada vez más restrictivo confinamiento, una relación adolescente con uno de los jóvenes guardias rojos del destacamento que fue asignado a su custodia. Aquella natural, temprana, ingenua y seguramente apenas atisbada relación supuso un castigo feroz para el joven guardia, enviado al frente, y un escándalo familiar. No solo la zarina, las hermanas reprocharon a Maria tal confraternización con los ahora ya claramente enemigos.

El edificio en cuyo sótano fue asesinada la familia del zar en Ekaterinburg  (hoy en este lugar hay una iglesia)

La permisividad, la blandura del primer “confinamiento” fue transformándose en actitud agresiva y aumentando hasta convertirse en un arresto carcelario absoluto. En la casa de Ypatiev, a los pocos días de llegar la pequeña comitiva familiar con la gran comitiva guardiana, se realizó con maderas cortadas por el propio Zar y su, ya amigo, el preceptor suizo de sus hijos, Pierre Guillard, un vallado a media altura. Después se subió un tramo más la altura de las vallas, para impedir todo contacto. Y por si quedaba algún resquicio se acabó pitando los cristales de las ventanas, impidiendo no solo el contacto visual exterior, sino negando la visión desde dentro. A aislamiento físico y psíquico se añadió la orden de rebajar cualquier trato humano con los, ahora ya, prisioneros de la revolución. Los pocos privilegios que podían quedarles desaparecieron. La Zarina no respiró hasta la llegada, en mayo del resto de la familia. Olga, “la mayor”, 22 años cumplidos ya en cautiverio, era la más consciente de la situación, llegaba en unas condiciones emocionales lamentables, pero no es difícil imaginar cómo debieron sentirse todos cuando estrechaban el círculo en el que apenas ya respiraban. Los escritos recogidos de esos días demuestran la enorme tensión, la depresión y el temor a un final que se presentía cada vez más extraño e inevitable. Ya no disponían de tiempo libre para salir a pasear, eran vigilados estrecha y ofensivamente incluso cuando necesitaban intimidad física. En los cuartos de baño, compartidos si era necesario con sus carceleros, las niñas se quejaban de soportar alusiones humillantes y ya no comían ni tanto, ni tantas veces... Que la idea de una ejecución, al menos del zar e inevitablemente su heredero, estaba ya tomada entre los altos mandos del comité central, quedó clara cuando el tutor suizo, que había permanecido con la familia por voluntad propia fue conminado a partir de la casa.12

La proximidad del ejército blanco, el ejército contrarrevolucionario, la necesidad de acabar con un símbolo vivo del pasado tan inmediato como peligroso: los súbditos del antiguo imperio podían entender el necesario cambio político, pero aceptaban a regañadientes que la figura milenaria del zar desapareciera. La incomprensión creció a medida que la revolución pedía excesivos sacrificios personales y se hacía violenta y cruelmente represiva. La decisión compartida por miembros del Comité Territorial y sin la más mínima duda del Comité Central, sancionada por Severdlov y, por supuesto, por Lenin de acabar con la molesta y monolítica familia, aunque ello conllevara la ejecución de todos los miembros de su séquito, trabajadores y camaradas al fin, se tomo a lo largo de las últimas semanas y se hizo realidad la madrugada del 18 de julio de 1918. Encontrar un batallón que aceptara la ejecución, fue mucho más complicado de lo esperado y para no errar, se decidió que hubiera tanto ejecutantes como ejecutados. 11 camaradas rojos, frente a los 11 miembros de la familia y acompañantes, agolpados en una habitación del sótano. A los ejecutores se les facilitó gran cantidad de alcohol para sobrellevar el momento de la carga. Con escopetas y pistolas y a tiro limpio, entre la lógica cantidad de humo que el tiroteo organizó, hubo un momento en que los soldados que ya no veían ni a quien, ni como, cuando el humo desapareció lo suficiente, desgraciadamente, hubo que rematar a varios con las bayonetas… el gobierno bolchevique ocultó la matanza durante meses y solo cuando fue inevitable su certeza confirmó, exclusivamente, la ejecución del zar. Con ello no solo se limpiaba la conciencia estatal, sino que ganaba el tiempo necesario para preparar el aparato de propaganda que justificara no solo este magnicidio sino todo el terror que posteriormente alcanzo a todos, todos, los ciudadanos de la recién nacida República Socialista Federativa Rusa.

1 Padenie dinastii Romanovykh (La caída de la Dinastía Romanov) Esfir Shub. 1927.

2 NIKOLAEVNA ROMANOV, Anastasia, 2017. The First Selfie: The Autobiography of Grand Anastasia of Russia, Tsakoe books. La portada del libro muestra la fotografía a la que me refiero. El libro es un compendio de lo que la Gran Duquesa y millones de personas durante los comienzos del siglo XX, escribían en sus diarios, para solaz de los investigadores posteriores.

3 TALENS, Jenaro, ZUNZUNEGUI, Santos. 1998. Historia General del Cine: Vol. I, Madrid: Cátedra. Jacques Doublier y Charles Moisson, fueron enviados por los Lumière desde Berlín para grabar el acontecimiento histórico de la coronación del Zar Nicolás II, dando así a la historia del cine uno de sus primeros documentales. Los 1’:40” que quedan de aquel documento fílmico pueden verse con solo hacer la petición en YouTube.

4 FIGES, Orlando, 2010. La revolución Rusa 1891-1918, Barcelona: EDHASA, p. 403. El modelo revolucionario francés llegó a ser algo tan propio para los primeros revolucionarios, que la Marsellesa llegó a instaurarse como “el himno” entre los camaradas en los primeros años de la revolución. Desde que los soldados habían llegado hasta Paris, empujando a las tropas napoleónicas, se había contado y cantado las maravillas de la sociedad europea: igualitaria, fraternal y libre y estosjóvenes del siglo XIX, “abuelos” de “los padres” de la revolución era usual, admirado y cotidiano todo lo francés. Las grandes novelas tolstoianas, nos muestran una vida pública rusa tan afrancesada que hablar, comer, vestir o pensar a la francesa, casi acabó con lo ruso, entre las clases pudientes especialmente.

5 El Zar Batiushka es un símbolo de poder investido de una cualidad paternal. Un modelo tradicional tan asentado en el sentir popular ruso, incluso actualmente, que ni Lenin, ni Stalin, ni otros se sustrajeron a ser considerados no solo como dirigentes del pueblo, sino como padres comprometidos con las emociones más domésticas y personales, tan era así, que el rincón sagrado que toda casa rusa, por modesta que fuera, tenía, podía compartir un icono, un retrato del zar o del gran timonel. Tanto de Lenin como de Stalin, se realizaron millones de copias del retrato oficial que eran entregados en los colegios, en los comités locales, regionales…etc.

6 ALZOGARAY, Raúl, 2004. Una tumba para los Romanov, Buenos Aires: Siglo XXI, p. 97. La camisa ensangrentada del Zar, conservada en el Hermitage de San Petersburgo, sirvió para realizar pruebas sanguíneas casi un siglo después y confirmar los restos óseos del Nicolás.

7 El excéntrico Zar Pablo I, promulgó unas leyes sucesorias que exigían la primogenitura dinástica, que no podían ser modificadas por sus sucesores y que impedían que el zar nombrara a su sucesor a su voluntad. Así como que los Zarevich debían ser hijos y nietos de Zares. El matrimonio morganático eliminaba de la línea sucesoria no solo a los cónyuges sino a los hijos tenidos. De ahí que el mencionado matrimonio de Miguel Alekxandrovich dejaba a la pareja imperial la responsabilidad absoluta de dar herederos al trono.

8 Todos sabemos que es esta misma ascendencia inglesa la que causa la hemofilia del rey emérito, Juan Carlos I, las diferencias con Alekxei son sólo temporales, de avances médicos y el grado de la propia enfermedad. Desgraciadamente el zarévich padecía una hemofilia severa que le provocaba fuertes dolores y graves hemorragias internas.

9 Como vemos en el apéndice documental las fotografías del monje en los aposentos privados de la familia imperial, incluso de las niñas, cuando a la hora de dormir recibían las bendiciones de sus padres y del monje, fue considerado por el resto de miembros de la corte algo inapropiado y puso en bandeja a los enemigos de la zarina las criticas más mordaces e incluso soeces.

10 MACMEEKIN, Sean, 2001. The russián origin of the First World War, Cambridge: Belknap press of Harvard. Para comprender por qué entró Rusia en la Gran Guerra, tenemos este más que interesante estudio que aporta ideas novedosas de las causas territoriales y políticas que implican al imperio y sus gobernantes mucho más de lo que tradicionalmente se ha investigado.

11 FIGES, Orlando, Ibídem, p. 696. Trotski, como Comisario de guerra y Presidente del Consejo superior, planeaba un gran proceso público que transmitido por radio a toda la nación, demostrara a los súbditos imperiales, la calaña de su zar. Pero un juicio público implicaba, inevitablemente, una defensa falsa a la que Lenin no quiso prestarse de ningún modo.

12 Pierre Guilliard, vivió 18 años con la familia imperial, como tutor de todas sus hijas y del zarévich. Junto con otros profesores llegó a tener y a recibir una intimidad y cariño excepcional. Pidió expresamente permanecer con ellos, conscientes de que la presencia de un extranjero sería un testimonio demasiado veraz para realizar cualquier acto violento. Pero cuando fue amenazado él mismo, con enorme pesar y presionado por Nicolás y la zarina, decidió salir de la casa/cárcel. De aquella maravillosa relación familiar quedaron cientos de fotografías, cartas y un libro en el que contó su relación con la última familia de zares.

Este artículo refleja la conferencia que dictó Eloísa Zamorano en los cursos de Sigüenza Universitaria organizados por la Universidad de Alcalá en la ciudad de Sigüenza durante el mes de junio de 2019.

El ingenioso molinero de la Retuerta en el siglo XVIII

En mayo de 1783 Alfonso Benito, de oficio molinero, quiso hacer experimentos de hidraúlica e hidrostática, buscando una respuesta a los interrogantes que le sugerían los fenómenos del mundo físico.

Por entonces triunfaba la Ilustración, movimiento cultural difundido por los enciclopedistas franceses, base de las Sociedades Económicas de Amigos del País. En el año 1776 Sigüenza vio fundarse una Sociedad local, agregada a la de Madrid, correspondiéndole la presidencia a Juan Vigil de Quiñones, miembro de una de las más distinguidas familias seguntinas. La Sociedad tenía como lema “Socorre enseñando” y como objetivos la divulgación de conocimientos útiles para impulsar el desarrollo de la industria, la agricultura, la enseñanza y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En las reuniones que organizaba la Real Sociedad Económica de Sigüenza, se mostraban los nuevos inventos y sus aplicaciones a las actividades industriales y agrarias.

En este ambiente, el molinero, hombre de carácter emprendedor e inquieto, halló motivos suficientes para avivar su inclinación hacia la experimentación en física. Poco a poco, fue embebiéndose de la ideología ilustrada y de la necesidad de buscar una respuesta a los fenómenos de la naturaleza para aplicarlos al desarrollo y mejora de la industria molinera en la que llevaba varios años trabajando pues, junto a su hermano Francisco, de temple más pausado y sereno que él, explotaban un molino de trigo, propiedad del Cabildo, en la ribera del Henares.

Partiendo de sus conocimientos sobre la fuerza motriz del agua y de su experiencia profesional, el molinero decidió dar un paso más en sus experimentaciones basadas en las propiedades del agua y el aire. Para emprender su proyecto, no le servía el terreno que ocupaba su molino, necesitaba uno yermo, sin construcciones, donde primero poder observar y estudiar las fuerzas físicas en acción y después construir su invento.

Decidido a no perder más tiempo, salió a dar un paseo con la intención de localizar un suelo adecuado. Desde la puerta de su molino, siguiendo la ribera del río, caminó hasta llegar a las huertas que había junto al camino real que llevaba al Ojo junto al lavadero, donde lavaban las mujeres. Allí encontró lo que buscaba: Una parcela de tierra situada a orilla del río, próxima al batán, que no presentaba demasiados inconvenientes para el uso que demandaba: sin cultivo e inundada de agua, pero que a él le vendría bien para sus ensayos sobre la fuerza, el impulso y la resistencia del agua y también para examinar sus propiedades, presión y cambios de estado. Una vez realizadas las pruebas de hidraúlica e hidrostática, su intención era construir una nueva máquina de moler trigo que podría moverse aprovechando la energía de las mismas aguas que utilizaba el batán.

Finalizado el reconocimiento del terreno y entusiasmado con su hallazgo, volvió a casa para planificar su proyecto. Al día siguiente encargaría la redacción de una carta dirigida al Ayuntamiento de la Ciudad. Quería un documento escrito con toda la propiedad, el rigor y aparato necesarios para ser bien atendida su petición. Pero, al mismo tiempo, como estaba impregnado por la doctrina de la Ilustración, sabía la importancia de la claridad y la sencillez en la redacción de su escrito, por lo que cuidó que sus ideas fueran expresadas llanamente.

Fragmento de "El Jardín de las Delicias" de El Bosco.

Así, empezaría su carta con una frase protocolaria: poniéndose a los pies de sus señorías suplica…, para solicitar la concesión del sitio que pertenecía a los bienes propios de la ciudad, explicando con precisión la envergadura del proyecto que, sin duda, iba a contribuir al desarrollo y perfeccionamiento de la maquinaria industrial hasta entonces conocida y en el beneficio de la población seguntina, pues al aumentar considerablemente la producción de harina de trigo, mejoraban las necesidades alimenticias de la población. Lo tenía todo previsto, incluso se adelantaba a los posibles reparos que pudieran poner otros ciudadanos, sobre el potencial uso que se iba a hacer de las aguas y el probable perjuicio derivado de un aumento de su consumo y fuerza. El molinero aseguraba en su escrito que no era su intención molestar a nadie, ni causarle inconveniente, porque su ingenio para moler trigo, que no era otra cosa que un molino, se movería al ritmo de las aguas, siguiendo su natural movimiento y la dirección de la corriente.

Mediado el mes de mayo, en las casas consistoriales de la Plazuela de la Cárcel se reunieron los miembros del Concejo. Una vez leída la petición de Alfonso Benito, mientras deliberaban surgieron dudas sobre la ubicación exacta de la parcela en cuestión, por lo que antes de aceptar aquella propuesta, acordaron remitirle un escrito, solicitándole información más precisa. El diligente molinero no se desalentó por ello y volvió a casa del escribano, para escribir de nuevo su petición, indicando esta vez la ubicación exacta de la parcela, “...en la entrada de la Retuerta, donde hay una poza de cocer cáñamo, teniendo por linderos la huerta que cultiva Pascual de Álvaro y el camino real que lleva al ojo del lavadero”.

Convocados de nuevo en sesión capitular, leyeron la segunda petición del molinero y, de común acuerdo, antes de dar su aprobación definitiva, solicitaron un informe a la Junta de Propios. Para ello, los miembros de la Junta tuvieron que desplazarse hasta la entrada de La Retuerta. Una vez localizada la parcela exacta que solicitaba Benito, inspeccionaron la calidad del terreno, midieron la superficie y marcaron los linderos, para después proceder a la tasación económica del bien rústico que iban a vender al molinero. En 150 reales quedó fijado el precio, que pedía el Ayuntamiento por la concesión de aquella parcela de la ciudad.

Nada más sabemos del ingenioso molinero, amigo de experimentaciones, ni de los resultados de sus sondeos y ensayos en el terreno junto al rio Henares. Ignoramos si triunfó o fracasó o si su inquietud fue más allá buscando nuevos retos. En los albores del siglo XIX todavía ejercían su oficio los dos hermanos.

A partir de 1784 la Real Sociedad Económica de Sigüenza inició su decadencia. La falta de medios y el desinterés de los socios, llevó a su desaparición en el año 1808, siendo su último presidente el Obispo y Señor de la Ciudad, D. Pedro Inocencio Vejarano.

 

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza