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El ingenioso molinero de la Retuerta en el siglo XVIII

En mayo de 1783 Alfonso Benito, de oficio molinero, quiso hacer experimentos de hidraúlica e hidrostática, buscando una respuesta a los interrogantes que le sugerían los fenómenos del mundo físico.

Por entonces triunfaba la Ilustración, movimiento cultural difundido por los enciclopedistas franceses, base de las Sociedades Económicas de Amigos del País. En el año 1776 Sigüenza vio fundarse una Sociedad local, agregada a la de Madrid, correspondiéndole la presidencia a Juan Vigil de Quiñones, miembro de una de las más distinguidas familias seguntinas. La Sociedad tenía como lema “Socorre enseñando” y como objetivos la divulgación de conocimientos útiles para impulsar el desarrollo de la industria, la agricultura, la enseñanza y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En las reuniones que organizaba la Real Sociedad Económica de Sigüenza, se mostraban los nuevos inventos y sus aplicaciones a las actividades industriales y agrarias.

En este ambiente, el molinero, hombre de carácter emprendedor e inquieto, halló motivos suficientes para avivar su inclinación hacia la experimentación en física. Poco a poco, fue embebiéndose de la ideología ilustrada y de la necesidad de buscar una respuesta a los fenómenos de la naturaleza para aplicarlos al desarrollo y mejora de la industria molinera en la que llevaba varios años trabajando pues, junto a su hermano Francisco, de temple más pausado y sereno que él, explotaban un molino de trigo, propiedad del Cabildo, en la ribera del Henares.

Partiendo de sus conocimientos sobre la fuerza motriz del agua y de su experiencia profesional, el molinero decidió dar un paso más en sus experimentaciones basadas en las propiedades del agua y el aire. Para emprender su proyecto, no le servía el terreno que ocupaba su molino, necesitaba uno yermo, sin construcciones, donde primero poder observar y estudiar las fuerzas físicas en acción y después construir su invento.

Decidido a no perder más tiempo, salió a dar un paseo con la intención de localizar un suelo adecuado. Desde la puerta de su molino, siguiendo la ribera del río, caminó hasta llegar a las huertas que había junto al camino real que llevaba al Ojo junto al lavadero, donde lavaban las mujeres. Allí encontró lo que buscaba: Una parcela de tierra situada a orilla del río, próxima al batán, que no presentaba demasiados inconvenientes para el uso que demandaba: sin cultivo e inundada de agua, pero que a él le vendría bien para sus ensayos sobre la fuerza, el impulso y la resistencia del agua y también para examinar sus propiedades, presión y cambios de estado. Una vez realizadas las pruebas de hidraúlica e hidrostática, su intención era construir una nueva máquina de moler trigo que podría moverse aprovechando la energía de las mismas aguas que utilizaba el batán.

Finalizado el reconocimiento del terreno y entusiasmado con su hallazgo, volvió a casa para planificar su proyecto. Al día siguiente encargaría la redacción de una carta dirigida al Ayuntamiento de la Ciudad. Quería un documento escrito con toda la propiedad, el rigor y aparato necesarios para ser bien atendida su petición. Pero, al mismo tiempo, como estaba impregnado por la doctrina de la Ilustración, sabía la importancia de la claridad y la sencillez en la redacción de su escrito, por lo que cuidó que sus ideas fueran expresadas llanamente.

Fragmento de "El Jardín de las Delicias" de El Bosco.

Así, empezaría su carta con una frase protocolaria: poniéndose a los pies de sus señorías suplica…, para solicitar la concesión del sitio que pertenecía a los bienes propios de la ciudad, explicando con precisión la envergadura del proyecto que, sin duda, iba a contribuir al desarrollo y perfeccionamiento de la maquinaria industrial hasta entonces conocida y en el beneficio de la población seguntina, pues al aumentar considerablemente la producción de harina de trigo, mejoraban las necesidades alimenticias de la población. Lo tenía todo previsto, incluso se adelantaba a los posibles reparos que pudieran poner otros ciudadanos, sobre el potencial uso que se iba a hacer de las aguas y el probable perjuicio derivado de un aumento de su consumo y fuerza. El molinero aseguraba en su escrito que no era su intención molestar a nadie, ni causarle inconveniente, porque su ingenio para moler trigo, que no era otra cosa que un molino, se movería al ritmo de las aguas, siguiendo su natural movimiento y la dirección de la corriente.

Mediado el mes de mayo, en las casas consistoriales de la Plazuela de la Cárcel se reunieron los miembros del Concejo. Una vez leída la petición de Alfonso Benito, mientras deliberaban surgieron dudas sobre la ubicación exacta de la parcela en cuestión, por lo que antes de aceptar aquella propuesta, acordaron remitirle un escrito, solicitándole información más precisa. El diligente molinero no se desalentó por ello y volvió a casa del escribano, para escribir de nuevo su petición, indicando esta vez la ubicación exacta de la parcela, “...en la entrada de la Retuerta, donde hay una poza de cocer cáñamo, teniendo por linderos la huerta que cultiva Pascual de Álvaro y el camino real que lleva al ojo del lavadero”.

Convocados de nuevo en sesión capitular, leyeron la segunda petición del molinero y, de común acuerdo, antes de dar su aprobación definitiva, solicitaron un informe a la Junta de Propios. Para ello, los miembros de la Junta tuvieron que desplazarse hasta la entrada de La Retuerta. Una vez localizada la parcela exacta que solicitaba Benito, inspeccionaron la calidad del terreno, midieron la superficie y marcaron los linderos, para después proceder a la tasación económica del bien rústico que iban a vender al molinero. En 150 reales quedó fijado el precio, que pedía el Ayuntamiento por la concesión de aquella parcela de la ciudad.

Nada más sabemos del ingenioso molinero, amigo de experimentaciones, ni de los resultados de sus sondeos y ensayos en el terreno junto al rio Henares. Ignoramos si triunfó o fracasó o si su inquietud fue más allá buscando nuevos retos. En los albores del siglo XIX todavía ejercían su oficio los dos hermanos.

A partir de 1784 la Real Sociedad Económica de Sigüenza inició su decadencia. La falta de medios y el desinterés de los socios, llevó a su desaparición en el año 1808, siendo su último presidente el Obispo y Señor de la Ciudad, D. Pedro Inocencio Vejarano.

 

Amparo Donderis Guastavino

Archivera Municipal de Sigüenza