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Agustín López, preso en un batallón de trabajos en Sigüenza

Agustín durante su estancia en Sigüenza (el segundo por la izquierda).

La historia de los campos de concentración y los batallones de trabajo es uno de los puntos oscuros de nuestra historia reciente que, a pesar de haber sido un fenómeno extraordinariamente extendido por toda la geografía española, sólo ahora empieza a ser estudiado.

En Sigüenza sabemos que hubo un campo de concentración durante los años de la guerra. Hay constancia de que desde 1937 se instaló, posiblemente en el castillo, un campo de concentración con capacidad para 2500 presos. Inicialmente recibió a prisioneros vascos, y estuvo operativo al menos hasta abril de 1939, pero poco más se sabe de él. También pasaron por aquí numerosos batallones de trabajo en los años posteriores.

Agustín López Montoro ha tenido una vida intensa. Nacido en Santa Cruz del Retamar (Toledo) el 16 de marzo de 1920, en 1938 fue llamado a filas para luchar en el bando republicano durante la guerra civil. Al finalizar el conflicto, recorrió varios campos de concentración y prisiones, para terminar recalando en 1942 en un batallón de trabajo que había en Sigüenza.

En el mes de abril de 2019, Agustín, de 99 años y acompañado por su hijo José María, tuvo la amabilidad de reunirse con Pablo López Calle y conmigo en una cafetería madrileña para contarnos cómo fue su experiencia en Sigüenza.

Agustín llegó a Sigüenza víctima de la llamada “mili de Franco”, según la cual aquellos quintos que eran reconocidos como afectos al régimen franquista ingresaban en el ejército regular, mientras que el resto eran enviados a batallones disciplinarios. A él en primer lugar lo recluyeron en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid, convertido entonces en campo de concentración. Desde allí fue trasladado a uno de los mayores campos instalados en España: el de Miranda de Ebro. Posteriormente, le enviaron al que sería su destino provisional: Sigüenza.

“Llegamos a Sigüenza el 17 de enero de 1942, y nada más llegar nos pusieron a subir leña para la cocina. El cuartel lo teníamos en el castillo, en la parte que no estaba en ruinas”. Su primer contacto con el pueblo seguntino no fue especialmente amable: “Ya llegando [al castillo], cuando se termina una calle, subiendo a la derecha, había unas casas corrientes, y de allí salieron unas cuantas, tres o cuatro mujeres, y como era el día de san Antón, nos decían felicidades, porque era el santo de los animales, y nos llamaban cerdos”.

La vida en el castillo en ruinas era durísima, con el frío del enero seguntino y durmiendo en el suelo: “A los pocos días nos llevaron a un caserón, que ahora es un colegio de frailes”, se refiere al hospicio, la actual SAFA. “Dormíamos en el suelo también. Teníamos unos trozos de esparto que los deshacíamos y nos los poníamos debajo para que hicieran de colchón”. Las condiciones higiénicas también eran lamentables: “Enfrente había una fuente, y ahí salíamos mucho a lavarnos, si nos dejaban, porque tenías que pedir permiso para salir. Allí no podías moverte, ni salir a la calle. Era un campo de concentración. Dentro había una fuentecita, como una pila alargada y allí había que hacer todo, y había un grifito para todos... es que no te podías ni lavar ni nada, como éramos tantos… éramos una compañía de 300, y no teníamos ni jabón, ni toalla, nos comían los piojos”.
Los cinco primeros meses que pasó en Sigüenza los recuerda como los más duros de su vida: “No nos daban de comer, que era una injusticia muy grande la que hacían con nosotros. Nos daban un cazo de caldo con cuatro algarrobas, pero cuatro algarrobas, y con tronchos de repollo, pero no de repollo bueno, lo que se tira. Y el café… era de unos árboles que hay que tienen como unas judías, pues con la simiente esa, tostada, ese era el café que nos daban”.

Además, todo esto amparado por un sistema basado en la corrupción: “El Estado daba por cada soldado 3,20 pesetas al día, y más 1,50 pesetas que daba la RENFE por nuestro trabajo en las vías. A nosotros nos daban dos reales (0,50 pesetas) para gastos, y el resto se lo quedaban, supuestamente, para mejora [del rancho] (…) los soldados que estaban en cocina se hacían ricos. Tenían un capitán en cocina, y con un mes que les tocara en cocina, ya se hacían ricos”.

En cuanto al trabajo que hicieron, nos cuenta que “casi todo el tiempo estuvimos arreglando las vías del tren que estaban estropeadas por la guerra. Es donde más estuvimos, aunque luego estuvimos una cuadrilla de 8 o 10 en el parque, limpiando el parque. También nos tocó subir las campanas, que estaban en el patio de la catedral. Nos llevaron para dar vueltas a la polea”.

Lo que más recuerda Agustín de nuestro pueblo era el frío: “Cuando llegamos al colegio Unamuno nos dieron ropa militar, pero lo único que estrenamos fue calzado y la camisa, lo demás era usado, una manta y un capote lleno de mugre de haber estado usado. Además de eso, un plato, cuchara y el gorro redondo que nos identificaba como prisioneros”. Con estos atuendos tuvieron que aguantar el invierno seguntino. “Con el paso de los meses, algunos llevaban trapos envueltos en los pies para ir a trabajar, estaban sin calzado”.

Las malas condiciones de hambre y frío llevaron a alguno de ellos a intentar la huida. De los que lo intentaron, recuerda Agustín, “no supimos más”. Supone que lo conseguirían pues de otro modo, piensa, les hubieran hecho saber su destino. En todo caso los estímulos para tratar de escapar eran tan fuertes como las escasas compensaciones que recibían por su trabajo. Lo cual implicaba poner en práctica métodos disciplinarios característicos de instituciones de confinamiento. Técnicas de control basadas en la arbitrariedad de los castigos físicos y morales orientados a la anulación de la personalidad.

Así, el maltrato y las vejaciones por parte de sus vigilantes eran continuos: “Había un catalán, un tal Martorell, que un día pilló a uno que había cogido una pescadilla al pasar el tren, que iba muy despacio. Nos formó a todos y le pegó una paliza que lo mandó al hospital, hasta le pisó la cabeza… Y a otro, había un kiosco, a orilla de la estación, y yo no sé cómo se apañaría, pero fue y lo robó. Le pegaron una paliza… y luego lo pusieron en la calle con una piedra en cada mano, y claro al pasar el tiempo el pobre ya se caía y todo… Otra vez uno de los escoltas venía con una garrafita de aceite y la soltó un momento para hacer algo. Llegó otro por allí y se la cogió para hacer una broma, y nos formaron a todos a pie quieto. Eso es lo peor que puede haber, estar mucho tiempo formado sin poder moverte, y al que ya no podía más y se caía, torta que se ganaba”.

“En las laderas que hay al cruzar las vías, allí hacíamos de vientre. Cuando venía el sargento levantábamos la mano para que nos dejara ir, y a algunos nos dejaba, pero a otros les decía que no, sólo por humillarlos. Y los escoltas que hacían guardia por la noche, porque claro, de allí no nos dejaban salir, cuando llegaba la hora de levantarse hacían un pasillo y nos molían a palos cuando salíamos”.

“Al que castigaban, le hacían ir cargando con un saco terrero durante 15 días. Se lo ataban al cuerpo con cuerdas y no se lo podían quitar ni para dormir. El saco no era muy grande, pero cuando llevabas quince días con él… cuando terminabas el castigo, estabas escacharrado. Allí iba uno, con el saquito a confesar y a comulgar, sin quitárselo”.

El afán reeducador llegaba incluso a un terreno tan íntimo como las creencias religiosas, usando la obligación de participar en ritos propios del cristianismo como un dispositivo disciplinario orientado a la demostración del poder de control: “También íbamos a misa, obligados, pero sólo nos llevaban a los que estábamos más presentables. El cura desde el púlpito nos llamaba de todo lo peor. Claro, pero es que allí mataron a muchos curas en la guerra (…) antes de tomar el café por la mañana nos hacían cantar el Cara al sol, luego al medio día y por la noche otra vez”.

Estas condiciones extremas pasaron factura: “…de 10 no bajan los entierros a los que fui de compañeros del batallón que morían de hambre o abandonados, porque el que se ponía enfermo no disponía ni de una aspirina ni de enfermeros… Mayormente eran de la quinta del 19, dos años más que yo, y eran casi todos andaluces o extremeños, estaban casados, tenían hijos y familia. Éstos lo pasaban muy mal porque la familia no les podía mandar nada para comer. A mí mi padre me podía enviar 5 duritos algunos meses, y había un recadero que iba a Madrid y mi hermana me enviaba una bolsita con algo, y con aquello iba tirando (…) A los que morían, la guardia civil enviaba un telegrama a las familias, pero nada más. Se les enterraba y punto. Sólo una vez vino una familia de un chico que murió”.

A los miembros del batallón les prohibían tener relación alguna con los habitantes seguntinos, aunque Agustín si conserva algún recuerdo: “Al único que conocí de Sigüenza fue a un churrero, de vista, porque churros no comprábamos, claro. En la calle que hay en frente de donde estábamos había un churrero... Yo lo recordaba como a un chaval, y cuando volví a Sigüenza muchos años después lo vi y lo saludé. Y me decía: ¿Tú eras de los que estaban aquí metidos?”. “En otra ocasión, vino el padre de un compañero. Cuando llegó y vio en las condiciones en las que estaba, se ganó al sargento y nos dejó ir a pasar el día en un bar que llamaban ‘La abuela’, junto a la estación”. “También había otro que trabajaba allí, frente a donde estábamos. Era un señor que tejía con una rueda grande, a mano, pero es que no sé lo que tejía, el material que usaba, quizá esparto, o haciendo cuerdas… tenía un chaval, y uno en una punta y otro en otra y deshacían algo, pero no sé qué”.

Afortunadamente para ellos, a los cinco meses de estar en Sigüenza cambiaron al jefe de la compañía y llegó un comandante que fue su salvación: “Cuando llegó a Sigüenza y vio cómo estábamos la mayoría, paró de inmediato los trabajos. Trajo una máquina de desinfección y nos dio ropas limpias, como se ve en la foto. Además nos dio un trozo de jabón a cada uno y una toallita. También nos dejaba bajar al río a lavarnos. La comida también mejoró, seguían siendo algarrobas, pero ahora sí llevaban repollo. También quitó lo de cantar el Cara al sol, y lo sustituyó por rezar un padre nuestro, lo que nos gustaba más”.

Poco después llegó el fin de la época seguntina para Agustín: “A mediados de julio de 1942 me mandaron 3 años de soldado a Tánger. ¡Y yo lo sentí! Ahora que estábamos mejor… hasta lloré cuando me tuve que ir porque dejaba allí a los compañeros, con los que había trabado muy buena amistad. Con alguno he mantenido relación hasta que murió”.

Agustín López (derecha), su hijo José María (en el centro) y el autor de la investigación, Manuel Lafuente (izquierda) en el día de la entrevista

Pero Agustín no tiene ningún espíritu de revancha. Cuando habla de las mujeres que les insultaron al llegar, nos dice que eso fue sólo una anécdota, que en general el poco trato con la gente del pueblo era bueno. También es comprensivo con el sacerdote que les insultaba desde el púlpito, e incluso con algunos de los escoltas que les maltrataban, porque “en la guerra les habría pasado alguna desgracia con algún familiar y estaban deseosos de vengarse”. Lo que Agustín quiere es que esto no se olvide: “Yo lo decía hace 30 o 40 años: ¿Cómo es que aquí no habla nadie de esto? Con lo malos que han sido los batallones de trabajadores…”.

A pesar del silencio que ha envuelto esta siniestra parte de nuestra historia, las huellas de estos batallones de trabajadores siguen presentes en Sigüenza: algunas de las nuevas canalizaciones de agua potable de San Roque, muchos cientos de metros de las vías del tren, determinados tramos de la barbacana de la alameda o numerosas partes restauradas de la catedral son fruto del trabajo y penalidades de Agustín y muchos otros trabajadores anónimos. Gracias en gran medida a la publicación del monumental libro de Carlos Hernández de Miguel, “Los campos de concentración de Franco”, muchas de estas historias están siendo por fin investigadas. Y esto debería alegrarnos a todos, más allá de la ideología que cada uno tengamos.