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Sin la mínima cortesía entre eclesiásticos

El cardenal Espinosa en su servicio en Madrid a Felipe II se circundó de personas de gran calidad, pero no tuvo la misma perspicacia en lo relativo a Sigüenza; su primer provisor duró poquísimo y el segundo, el licenciado Yáñez de Valmaseda no fue un lince. Pero el tercero, el licenciado Llamos fue un auténtico bruto, una persona recurrente siempre al extremismo, que por ello creó notables problemas siendo visitador del obispado, en Berlanga de Duero, en Medinaceli y en Molina de Aragón.

El caso es que  cuando Espinosa fue a Sigüenza en Abril de 1571 se encontró con un memorial del cabildo acusando al provisor de haber quebrado el concilio de Trento en las cosas que habían sucedido a los beneficiados y pedían un oportuno desagravio.

La acusaban de haber prendido al dr. Quexo y al licenciado Armendariz, dos canónigos de relieve, por ciertas palabras de muy poca importancia que  habían ocurrido dentro del cabildo; para el enjuiciamiento de ello compelió y forzó al procurador general del cabildo y a otros convenidos para que con censuras y juramento declararan lo que allí dentro había pasado, haciéndoles actuar así contra el juramento general, que tenían en cabildo, de guardar el secreto del desarrollo de las reuniones.

Había prendido también al canónigo Pedro de Torres, llevándole el fiscal por toda la ciudad a mediodía, públicamente, con harto escándalo y le había puesto en la cárcel pública, tratándole el fiscal con más libertad de lo que hubiera podido tratar a cualquier clérigo mercenario.

Otro encarcelado había sido el canónigo Francisco de Valdivieso por una orden ignominiosa, que el cardenal ya sabía, de la cual, por no darle pena, no le habían contado las circunstancias y para que no hubiese nueva indignación, porque no la pretendían, sino que solo querían la enmienda por ser tan exorbitante el negocio en la forma de la prisión, y no haberse juntado con los jueces del cabildo, lo habían dejado todo. Y es que a los miembros del cabildo que hubieran cometido algún delito, los habían de juzgar conjuntamente un juez del obispo con otro del cabildo.

Un encarcelado más había sido García de Torres, el canónigo más antiguo, por una palabra que dijo, por la cual el fiscal le había llevado públicamente preso, en presencia de todo el pueblo echándole una cadena, la cual tuvo muchos días y padeciendo harto detrimento en su salud por ser de edad y enfermo; le había aprisionado el lic. Llamos y la condena había sido tener que pagar 800 maravedíes, que era una moneda de entonces.

Al canónigo Jerónimo de Caravantes le había hecho firmar que no pasaría por cierta calle de la ciudad, bajo pena de la tercera parte de todos los frutos y rentas, no habiendo decreto en todo el concilio que tal mandase contra algún beneficiado de Iglesia Catedral y eso le había impulsado a abandonar el obispado para no incurrir en la pena, estando por tanto fuera del consorcio y hermandad del cabildo.

También había sido detenido el racionero Falcón a quien había tenido más de dos meses en la fortaleza con grillos y cadena sin dejarle ver, ni meter lumbre ni servicio en muchos días, en un invierno tan malo como el ya pasado y dilatando más de veinte días el tomarle declaración; luego en el memorial sigue una frase tachada que dice: no teniendo probanza más que la que quiso inventar la parte delatora y testigo, siendo tan ocasionada y sospechosa como podía pensar el cardenal y fue preso por la orden al arcediano de Sigüenza, viniendo con su hábito a la iglesia.

El arcediano de Almazán se había visto en la cárcel por unas palabras muy ligeras que había tenido con el alcalde mayor que haciendo la cala y cata en su casa para saber el trigo que había, le había dicho que le mostrase la provisión que tenía para ello, y le llevó preso de su casa por toda la plaza y a pesar de la procesión que a la sazón se hacía en la catedral y sin permitirle hacer oración al Sacramento cuando pasó por delante; le metieron en la capilla del abad y, echándole unos grillos allí había estado ocho días con ellos.

De todos los procesos a las personas indicadas harían constar los prebendados, los agravios, excesos y malos tratos que les hacía el provisor y lo que más les molestaba y sentían era la forma de prenderlos y ponerlos en la cárcel, algo tan fuera de la actitud debida a la autoridad del cardenal y una cosa tan nueva para  ellos y para los que en todo el reino recibían noticias de la diócesis que, de todo ello, les venía una afrenta que habían padecido por saber de quién eran devotos servidores, confiando en la palabra que les tenía dada de otorgarles satisfacción por los agravios pasados y poner orden para el porvenir. Pedían desagravio y sabiendo que entendería la honestidad de su iglesia les había de hacer muy grandes mercedes y quedarían con entera satisfacción. En Sigüenza el 21 de Abril de 1571, el secretario Mateo Vázquez —que años después sería secretario de Felipe II—, habiendo visto el cardenal los agravios presentados, decía que siempre había sido su voluntad que en las causas criminales se guardase el concilio y así lo tenía mandado a su provisor  (el bruto Llamos), decía que lo hecho le había desplacido y que en cuanto a las capturas y prisiones era su voluntad que se hicieran con decencia y moderación y que así lo dejaba dicho, advertido y ordenado a su provisor. De manera que el cardenal trató de desagraviarlos, pero el secretario capitular Martín de Contreras, el tesorero y el dr. Caballero, volvieron a escribir pidiendo que las cosas se hicieran de manera tal que sus sucesores no pudieran usarlo como precedente y que “en el prender y en la cárcel y buen tratamiento seamos de otra manera tratados que hasta aquí, de suerte que por ser súbditos y ministros de su iglesia de V. Sría. Ilustrísima se entienda en todas las iglesias de España la merced que por este respecto en todo se nos hace” y en lo de la concordia presentaron protestas en los casos que de aquí en adelante se pudieren presentar, para que en adelante las cosas no les redundasen en perjuicio con los sucesores del cardenal.

Como se puede ver los políticos con poco escrúpulo ya existían entonces y también en el siglo XVI existía la pena de telediario: te llevo encadenado por toda Sigüenza y luego ya veremos.