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Opinión

Las cosas del destino

Hace poco recordaba con un amigo las prospecciones petrolíferas que se llevaron a  cabo en Torremocha del Campo y Torrecuadrada a principios de los noventa por parte de una multinacional inglesa. Todavía guardo en la retina las caras de algunos vecinos, expectantes e inquietos, siguiendo de cerca los trabajos de los técnicos, soñando con que en lo más profundo de aquellas tierras apenas productivas pudiera esconderse una fortuna. El sueño se fue desvaneciendo poco a poco. Unos meses después, desmontaron las torres, se llevaron las máquinas y adiós al cuento de la lechera.

El destino tiene estas cosas. Y soñar es gratis. Pero ni se encontró petróleo en Torremocha, ni tampoco en el pueblo vecino de Torrecuadra, donde un paisano entrado en años se lamentaba de que no hubieran puesto las  máquinas en una finca perdida que él tenía en lo alto del cerro. ¡Qué le vamos a hacer! Es muy probable, decía otro vecino entrado en años, que haya  petróleo debajo de estas tierras, pero no en la cantidad suficiente para hacer viable y rentable su extracción.

La fortuna fue mucho más esquiva diez años antes con los vecinos de Alcorlo, pueblecito cercano a Cogolludo, al norte de la Vega del Henares, cuando el Ministerio de Obras Públicas aprobó unos expedientes de expropiación forzosa que significaban su desaparición. Ni más ni menos. El pueblo iba a quedar unos años después sumergido en las aguas de un pantano, previo traslado de los restos de su antiguo cementerio a uno nuevo, y después de echar de sus casas a los últimos pobladores. No había resistencia posible. La suerte estaba echada y les había tocado ganar la partida a los regantes de la Vega del Henares (Yunquera, Humanes y Fontanar).

La guardia civil vigilaba las calles del pequeño Alcorlo e impedía el acceso a  los periodistas. Yo fui testigo de aquel desalojo y no olvidaré nunca el rostro de aquellas personas que abandonaban lo que hasta entonces era su vida, mientras las máquinas se apresuraban a destruir sus humildes viviendas, para así evitar el regreso. Como las desgracias no vienen solas, varias familias del pueblo habían sido por aquel tiempo víctimas del aceite de colza. Cada vez que paso por la carretera que bordea el embalse, pienso en qué habrá sido de los hijos de Ángel, el alcalde, con los que mantuve durante algunos meses una estrecha relación, mientras ejercían de portavoces de la Plataforma de Damnificados por el Pantano de Alcorlo. Algunos sé que buscaron alojamiento en el pueblo vecino de Congostrina y otros se marcharon a vivir con sus hijos a Guadalajara y Alcalá de Henares.  

Aquel precioso valle, bañado por las aguas del Río Bornoba, ya no existe, salvo en el recuerdo de los descendientes de Alcorlo, que aún se reúnen cada primavera a orillas del embalse y visitan el Día de Todos los Santos el cementerio para poner flores en la tumba de sus seres queridos. Es la cara y la cruz de un destino, que unas veces lo marca la suerte – una balsa de petróleo o una autovía – o la desgracia de haber nacido en un enclave apropiado para levantar una presa y sepultar bajo las aguas las historias y los recuerdos de medio centenar de personas.

Recordar estas cosas, cuando el calor del verano se sigue prolongando en otoño y la ausencia de precipitaciones anuncia una mala temporada de setas, puede conducirnos a la tristeza y a la melancolía. Pero no es el caso. Casi es peor mirar adelante, con la que está cayendo. Hay que ser un optimista compulsivo para ilusionarse con el futuro más inmediato, entre la duda de celebrar las Navidades en familia o conformarse con otras elecciones y una nueva investidura fallida. 

El verano ha sido largo y caluroso, pero el otoño se nos puede hacer interminable. Con este panorama político y económico tan “apasionante”, es comprensible y disculpable que uno retroceda con nostalgia a veranos que parecían olvidados y que cualquier circunstancia imprevista los vuelve a sacar del baúl de los recuerdos. Nunca es tarde para recrearse en aquellas vivencias que te dejaron huella. Y lo que para unos es una alegría – que te digan que puede hallarse petróleo en el subsuelo de tu pueblo -, para otros es la tristeza que genera saber que tu pueblo ya  no existe. He puesto los ejemplos de Torremocha, Torrecuadrada o Alcorlo, pero podría haber puesto otros muchos. 

El verano se pierde en el horizonte de las pequeñas emociones, pero nos deja siempre una bonita postal y algunos agradables recuerdos. La fuerza del sol parece que por fin se agota. Como se agota también la paciencia de los ciudadanos españoles con quienes no se ponen de acuerdo para formar gobierno.

Dicen los meteorólogos que este año también tendremos otoño caliente – tan recurrente como “la pertinaz sequía”  en  tiempos del Caudillo -, con los mismos conflictos de siempre, aunque agravados por la ingobernabilidad que nos hemos fabricado nosotros mismos. La situación no está para bromas, y menos para tirar cohetes, pero tampoco vamos a estar repitiendo a cada momento del día que “los ciudadanos españoles no nos merecemos esto” o que lleguemos a la conclusión de que “no tenemos arreglo”.
Está el patio jodido, que diría mi paisano Vicente. Encima, no llueve como lo hacía hace algunos años.  Y, si no llueve, mal vamos a disfrutar del entretenido y relajante ejercicio de cortar con la navaja algunas setas de cardo.