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Opinión

El problema es suyo

Juan Antonio López García publicó en estas páginas (nº 46, octubre de 2016) el artículo “No sólo un problema semántico” en el que arremete contra todos aquellos que defendemos el matrimonio entre personas del mismo sexo con inusitada vehemencia.

Para ello, usa los tres argumentos clásicos en contra de este tipo de matrimonio, a saber:

• El semántico: sólo se puede usar la palabra matrimonio para la unión entre hombre y mujer. No obstante, Juan Antonio parece olvidar que la RAE y las 22 academias de lengua española, máximas autoridades en materiasemántica en nuestro idioma, ya desde 2012 incluyen la “unión de dos personas del mismo sexo” como una de las acepciones del término.

• El procreativo: sólo un hombre y una mujer pueden procrear. Si bien es un argumento biológicamente incontestable, lo que es discutible es la inexorable relación de la procreación con el matrimonio. ¿Qué hay de esas parejas de hombre y mujer que contraen matrimonio y no pueden o quieren tener hijos? ¿Dejan de ser matrimonios? Yo mismo tuve dos preciosas criaturas sin estar casado, ¿sugiere que no somos una familia?

• El tradicionalista: durante miles de años el matrimonio se ha ceñido a personas de distinto sexo. Pero este argumento es tan endeble que casi ruboriza tener que desmontarlo. Afortunadamente, los humanos hemos ido progresando en el respeto a los demás. Hasta hace poco las personas de raza negra eran consideradas inferiores, la pena de muerte se consideraba un castigo natural a ciertos comportamientos, el desacuerdo con cierta creencia religiosa era suficiente para enviarte a la hoguera… Pero miren, progresamos y hemos creado sociedades más justas en las que la diferencia, mientras no se dañe a nadie, ha dejado de ser delito o causa de exclusión.

Pero no queda ahí la cosa. Juan Antonio arroga la exclusividad de ciertos valores a los defensores del matrimonio tradicional, véase: creer en el amor para toda la vida, deber social y felicidad dual de crear una familia, el respeto a la vida que se deteriora con la edad o la enfermedad… Pues no. Las parejas homosexuales son tan capaces de defender estos valores como las heterosexuales. ¿Con qué derecho niega estas capacidades a las parejas del mismo sexo? ¿En qué estudio se basa? Y sí, incluyo aquí la de crear una familia porque, aunque biológicamente no puedan tener hijos, soy un firme defensor del derecho de adopción por parte de estas parejas.

Los estudios indican que las relaciones heterosexuales y homosexuales no se diferencian en sus dimensiones psicológicas fundamentales; que la orientación sexual de un progenitor no tiene relación con su habilidad para proporcionar un entorno familiar sano y cultivado. No lo digo yo, lo dice Gregory M. Herek, del Departamento de Psicología de la Universidad de California. O Judith Stacey, catedrática de la Universidad de Nueva York, quien no duda en señalar que: “en escasas ocasiones existe un consenso tan amplio en cualquier área de las ciencias sociales como en el caso de las familias con progenitores homosexuales, por lo que la American Academy of Pediatrics y todas las grandes organizaciones profesionales con experiencia en el bienestar de los menores han emitido informes y resoluciones apoyando sus derechos como progenitores”.

Y es que se trata de eso, de una total igualdad de derechos, independientemente de la orientación sexual de cada uno. Hasta la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos considera que el matrimonio es un derecho que asiste a todas las personas con independencia de su orientación sexual. ¿Por qué cercenar este derecho?

Como dice el filósofo Javier Ugarte, la única tradición que sostiene actualmente la discriminación es la religiosa, ya que todas las ideologías políticas parten del principio de igualdad ante la ley. Pero aquí no estamos hablando de Derecho Canónico, sino de Derecho Civil, y nadie debería ser capaz de privar el acceso a unos derechos legítimos (aquellos que proporciona el estar casado) por lo que cada uno haga en la privacidad de su alcoba.