Lun10142019

Last updateDom, 13 Oct 2019 8am

Back Está aquí: Home dopnion Invierno de niños y nostalgias

Opinión

Invierno de niños y nostalgias

Los rayos de sol de aquel frío invierno eran incapaces de romper la gruesa capa de hielo que cubría el cauce del río, justo al lado del puente viejo. Los chavales lanzaban piedras gruesas desde arriba, pero apenas conseguían agrietar la superficie helada. Varios días después, las piedras seguían en el mismo sitio, formando parte del paisaje fluvial; incrustadas en el hielo hasta que terminaban cayendo al fondo del río, por la ley de la gravedad, algunas semanas más tarde.

En una de aquellas mañanas que las escarchas vestían de blanco, uno de los chavales se asomó al puente y observó en el fondo del río una mancha oscura en movimiento. La formaban centenares de peces, apretujados, protegiéndose de las heladas de los últimos días. El chaval no había visto nunca tantos peces juntos. Sin decir nada a nadie, volvió a casa, cogió un cubo de cinc y el retel más grande que tenía de pescar cangrejos, con su red metálica incluida, y comenzó a ver emocionado cómo lo llenaba una y otra vez de peces. Era algo sorprendente. En apenas media hora, había conseguido sacar de aquellas aguas heladas una hermosura de peces.

Orgulloso de su hazaña, con el cubo a rebosar, tenía prisa por llegar a casa y compartir la alegría con su madre. - “Mira, mira, lo que he pescado junto al puente”, gritaba, mientras la buena señora seguía sin comprender lo que estaba viendo. A partir de esa histórica y helada mañana de enero, cada vez que el muchacho escuchaba cantar el villancico de “Los peces en el río” se le venía a la cabeza la siguiente secuencia: el retel descendiendo al río, la dificultad para subirlo luego cargado y la contemplación de tantos peces revoloteando dentro del cubo de cinc.

Una historia como ésta parece imposible que pueda repetirse ahora. Por varias razones. En primer lugar, porque por aquel río apenas baja ya agua, en segundo lugar, porque la poca que baja se esconde entre juncos, aneas y carrizos, y en tercer lugar, porque los peces – como los cangrejos o las ranas – han desaparecido de nuestras cuencas fluviales.

Aquel mismo crío que lanzaba piedras contra el río helado y lograba capturar con el retel un cubo de peces en menos que canta un gallo, tenía un tío en el pueblo que repetía con mucha frecuencia expresiones como “bueno, hombre, bueno” y “hay que joderse”. Era un buen hombre, una bella persona, que perdió en la guerra a su hermano más pequeño y que, sin embargo, nunca tuvo gestos ni palabras de odio o rencor hacia quienes lucharon en el otro bando.

Además de trabajar de sol a sol en el campo, cosa muy habitual antes de que la agricultura se mecanizara, era un buen aficionado a la caza. Pero a la caza con perro, sin otras armas que la de la intuición y el conocimiento del terreno. Tenía dos “perrillas”, como él las llamaba, y le gustaba invitar a veces al sobrino a dar una vuelta por el monte, para que pudiera sorprenderse de la destreza y la habilidad que tenían aquellos dos pequeños animalitos para capturar al primer gazapo que se cruzara en su camino.

El chaval tuvo un buen maestro y se aficionó a la caza, primero con cepos y más tarde, cuando alcanzó la mayoría de edad, lo intentó con escopeta pero no tardó mucho en dejarlo. No tenía vocación y además al tío le preocupaba seriamente la mala puntería del muchacho, que en cualquier descuido podía poner en peligro la integridad física de sus dos “perrillas”. En más de una ocasión le pidió incluso no disparar, dejando que fueran los propios canes quienes persiguieran y capturaran al conejo o la liebre. Aquella dejación de funciones y la desconfianza provocaron la renuncia a la licencia de caza.

Antes de que el rapaz emigrara con la familia a la ciudad, apenas existía en el pueblo comunicación con el mundo exterior. Las noticias llegaban a través del cartero – cuando escribían los tíos y primos que vivían fuera – y de la radio. Recuerda el chaval como gran acontecimiento familiar, como lo sería después la aparición de las primeras televisiones y teléfonos de manivela, la presencia de un nuevo aparato de radio a pilas, con funda de cuero negro, encima de la mesa camilla. El artilugio, en el que era obligado escuchar “El Parte” de Radio Nacional, permanecer en silencio cuando hablaba el Papa y seguir en grupo las retransmisiones de los partidos de la Copa de Europa, que como ahora, casi siempre la ganaba el Real Madrid, se convirtió en el rey de la casa.

En los inviernos de nuestro joven protagonista también era muy celebrada la llegada de la matanza, con todo el ritual que acompañaba a la muerte y despiece del cerdo, así como a la elaboración de los chorizos y morcillas. El muchacho disfrutaba como un enano – que me perdone si hay algún enano que pueda sentirse ofendido – sentado junto a la lumbre, esperando que le cayera alguna castaña asada, algún somarro o un buen torreznillo. Al igual que disfrutaba luego con la familia – incluidos abuelos, tíos y primos – en largas sobremesas de parchís o baraja española.

Tenía además la suerte de que otro tío suyo era el dueño de la taberna, donde también se despachaban artículos de primera necesidad y era bastante fácil distraer algunas chucherías. Los Reyes Magos en aquella casa sin niños eran siempre generosos con los sobrinos.