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Opinión

Ocho de marzo en las calles de Sigüenza

Se detuvo el tráfico. Se paró el aire. Mientras los nombres de las mujeres asesinadas rasgaban el silencio como saetas uno tras otro y nos herían el alma. Las siluetas inertes, sin vida quedan recortadas sobre el asfalto.

Ocho de marzo, Sigüenza. Nos juntamos en la plaza. El reloj da las doce y las mujeres tomamos la voz

Queremos que se nos vea, que se nos tenga en cuenta, que estamos, que somos y lo gritamos por las calles. Porque no partimos con las mismas posibilidades, porque no vivimos en igualdad de condiciones, porque nuestros derechos llegan más tarde y más pequeños, porque no disponemos de la misma cuota de poder, porque en algún momento siempre hay alguien que decide por nosotras.

Tenemos la necesidad de pedir que se nos crea y lo pedimos recorriendo las calles con nuestras pancartas.

Tenemos la obligación de exigir nuestra mitad del mundo y de la vida. No la mitad peor, ni la más trabajosa, ni la peor pagada. Y la exigimos también en las calles con nuestros manifiestos, nuestras poesías, nuestras citas.

Y en este deseo de avanzar hacia la igualdad nos unimos, nos dimos las manos realmente mujeres venidas de Villaseca y Castejón de Henares, Atienza, Albendiego, Riosalido, Ujados, La Olmeda de Jadraque, Cañamares, Bujarrabal, Pozancos, Santamera, Sigüenza, Ures, Alcolea del Pinar, Cogolludo… y metafóricamente fundidas en un abrazo que recorre el planeta de parte a parte, mujer a mujer desde Asia a África, desde América hasta Oceanía, haciéndonos más fuertes y más valientes. Cadena humana de calor y empatía en la que nos faltó el eslabón que forma parte de nuestro ayuntamiento desde la concejalía de economía y hacienda, Eva Guadalupe Plaza Ávila. Como mujer y como representante de todas que es, la invitamos a unirse en próximas ocasiones. Igualmente, como hombre solidario invitamos a nuestro alcalde, José Manuel Latre, a que apoye la vida y las justas aspiraciones de las mujeres.

Pero las mujeres no somos ni queremos ser oscuras, ni tristes. Somos vitalistas, alegres, divertidas, optimistas, festivas y también quisimos compartir nuestro entusiasmo, nuestra animación y nuestro contento. De manera que ya en la tarde, echamos a rodar nuestras risas desde la Plazuela de la Cárcel que bajaron tropezando en los empedrados, parándose en cada esquina para fundirse con jotas y canciones en una zarabanda de voces, palmas e instrumentos hasta llegar a la Alameda.

Allí, juntas de nuevo, soñamos el mundo que queremos: un mundo igualitario, un mundo de mujeres sin miedo y sin abusos, un mundo en el que vayamos todas y todos de la mano.

Pero bien sabemos que los sueños no los regalan, los sueños se conquistan luchando.

No pararemos hasta tener el mundo soñado.

¡Que viva la lucha de las mujeres!