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Opinión

La Covid-19 es un problema ambiental, no bélico

Durante esta pandemia, muchos hemos pensado en que al fin los antivacunas estarían más convencidos de las bondades de vacunarse. Que habrían aprendido que esa es la mejor manera de proteger a quienes no pueden hacerlo por otras razones. Así se conseguiría la ya tan conocida “inmunidad de rebaño”. Nada más lejos de la realidad. Al parecer, este movimiento está reforzándose, en los EE. UU. por ejemplo, y tejiendo alianzas con otros grupos de ideología y fines similares. Los antivacunas son un clásico ejemplo en teoría económica de lo que se conoce como el “problema del polizón”. Es decir, personas que se aprovechan del bien común sin contribuir a él. Ellos apelan a su libertad personal y se sostienen en argumentos de dudosa solvencia científica. Pero con ello pierden la perspectiva de que vivimos en sociedad y de que debemos velar no sólo por nosotros, sino por los demás, mal que nos pese a quién votó cada cual en las últimas elecciones. En el otro extremo de esta visión están los sistemas que confían en el criterio de sus ciudadanos para velar por el bien común, en este caso, la inmunidad por aislamiento (a falta de vacuna, por el momento). Por ejemplo, en los Países Bajos han optado por lo que han denominado, no sin cierta soberbia, “confinamiento inteligente”. De ese modo apelan al criterio de sus habitantes para aislarse voluntariamente, sin normativa que obligue a ello, ni régimen sancionador para quien no lo cumpla.

El cuidado del bien común y el problema del polizón son fenómenos muy conocidos entre quienes trabajamos en medio ambiente. Si casi todos reciclamos, no pasa nada cuando alguien no lo hace; si casi nadie recicla, tenemos un problema. Lo mismo ocurrió cuando todos dejamos de emplear aerosoles con CFCs para proteger a una capa de ozono que ahora parece estar recuperándose. Sucede también con el cambio de actitud que se espera tengamos ante la crisis climática. La pandemia que ahora sufrimos, ya lo dice la palabra, es un problema común a toda la Humanidad y el bien que todos deseamos, es que el coronavirus desaparezca de nuestras vidas. Por ello creo que debemos abandonar el lenguaje bélico, que no deja de representar el enfrentamiento entre humanos. Propongo a cambio asumir los valores que se enarbolan en la protección de nuestro planeta, ese “pálido punto azul” que es “nuestra casa común”. Frases como “la batalla contra el virus” o “los héroes de bata blanca” tienen cierta lógica durante un tiempo pero caducan rápido, como los yogures. Esta retórica tiene fuerza sólo a corto plazo, en los momentos más dramáticos. Los propios sanitarios no piden aplausos ni ser llamados héroes. Quieren un sueldo digno, un contrato con ciertas garantías y, ante todo, equipos de protección individual. En cualquier caso, no cuestiono su carácter heroico, sino la vacuidad con la que los demás usamos el término. Hace poco leí en internet un comentario de alguien que reclamaba una recompensa por la “heroicidad” de estar confinado en su casa.

Esta pandemia no va a terminar como nos gustaría, con una catarsis colectiva llena de desfiles, vítores y baños de masas, a imagen y semejanza de las celebraciones del final de las grandes guerras en Europa. Más bien será una ola que muere lenta en la orilla al bajar la marea. Pero sí tendría que terminar haciéndonos más conscientes, empáticos y solidarios. Hemos de ser capaces de sacrificar ciertas partes de nuestra comodidad y bienestar, en aras de los demás. Siguiendo con el símil ambiental, reciclar es un esfuerzo: tengo que separar la basura, bajarla a la calle en engorrosos paquetes y depositarla en contenedores que no siempre están juntos. Este gesto, ya asumido por la mayoría de nosotros, requirió de una importante labor de concienciación en su momento y hasta los niños más pequeños saben cómo hacerlo. Hace unos meses se celebró la Cumbre de Cambio Climático en Madrid, con más pena que gloria y con la presencia de Greta Thunberg como aspecto más destacable. Se nos pedía entonces que actuáramos para frenar la crisis del clima: menos coches, menos viajes, consumo más consciente, etc. Todas ellas acciones individuales por el bien común, el clima, en este caso. Dado que ya ha quedado más que demostrado que el coronavirus ha aparecido entre los humanos por nuestra excesiva presión sobre el medio, haríamos bien en no olvidar esos mensajes. En tomarnos en serio el sacrificio de vivir, alimentarnos, vestirnos, consumir de otra forma. Pero yo iría más allá. Si algo estamos aprendiendo de esta situación es que no podemos conseguir hacerlo solos. Los humanos, tomados individualmente, somos bastante inútiles. Como civilización -nótese el singular-, en cambio, somos muy poderosos. La pandemia ha sacado muchas cosas buenas de nosotros: se han visto preciosos ejemplos de solidaridad, generosidad y empatía entre vecinos, de pequeñas empresas, asociaciones, etc. Individuos que apenas se saludaban por la escalera, pero que ahora se cuidan entre sí; las miradas y sonrisas que se cruzan durante los aplausos, la ya manida frase “espero que estéis bien” que encabeza cualquier mensaje…. Somos más que nunca conscientes de nuestra fragilidad. El virus está siendo un gran maestro, es tan misterioso en su comportamiento que todos nos sentimos vulnerables, nadie puede creerse a salvo de él ni, por tanto, superior a otros. El propio Boris Johnson ejemplificó como nadie el concepto de karma y ahora, que ha sido padre, ha agradecido a los médicos que le salvaron nombrando a su hijo como ellos. Preciosa lección de humildad y gratitud que también debemos sentir los que pasamos este confinamiento en condiciones más privilegiadas. Si unimos, pues, los valores hasta ahora individuales de nuestra (pre-)ocupación por el medio ambiente con aquellos que nos hacen más “civilizados” como humanos, tenemos el cóctel perfecto para construir un mundo mucho mejor. Sin esperar a que pase la pandemia, ahora. Para que no se nos olviden.