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Opinión

El sueño de un viaje por paisajes de silencio

De pronto, a mediados de marzo, Madrid se quedó en silencio. Un silencio apenas alterado por las sirenas de ambulancias y coches policiales. Con las calles vacías y los hospitales llenos. El maldito coronavirus nos arrinconó en nuestros domicilios, mientras se llevaba por delante a decenas de miles de ciudadanos, muchos de ellos atrapados en la soledad de una residencia, sin un familiar al que confesarle las últimas voluntades.

Han pasado ya casi tres meses desde la declaración del estado de alarma y las calles comienzan a recuperar su estado anterior, aunque con los rostros cubiertos con mascarillas y guardando algo más las distancias.
También se nos está acabando la primavera sin disfrutar de los olores del campo, sin ver los nidos de vencejos en las cornisas de las casas, ni poder escuchar el sonido del agua caída de las tormentas en los arroyos. Soñando con Sigüenza, como el que sueña con el paraíso, en medio del infierno.

Desde la distancia, pero siempre cerca, he tenido que llorar la pérdida de personas muy queridas, como el cura Don Daniel, y sentir el temor por lo que pudiera pasarle a mi hijo médico, del que nos separamos a finales de febrero, y a otros familiares que estaban y están dentro de ese grupo llamado “población de riesgo”.

En todo este tiempo, a pesar de ver siempre el mismo paisaje, el mismo jardín y las mismas caras de los vecinos de las casas de enfrente a la hora del aplauso, he viajado bastante más de lo que podía imaginar, pero siempre a través de los libros y de la nostalgia. Viajar es una necesidad y no sólo a lugares lejanos, sino a escenarios que te acompañan siempre, aunque estés a miles de kilómetros de ellos.

Hace unos días hablaba con un buen amigo, experto en expediciones y buen conocedor del sector turístico, y me decía que la necesidad de viajar es más fuerte que todos los obstáculos que puedan cruzarse en tu camino. ¡Claro que va a cambiar la forma de hacerlo!, pero siempre habrá destinos – me decía, como intentando animarme – tranquilos y acogedores en los que refugiarse en caso de que la pandemia siga amenazándonos. Hemos pasado demasiado tiempo viajando de la cocina al comedor, del comedor a la terraza o de la habitación al baño, pero pronto – me decía mi amigo – podremos hacerlo a lugares tranquilos, lugares del interior de España donde la afluencia de gente es moderada y donde se puede disfrutar del arte, de la naturaleza y de una excelente gastronomía.

En ese momento, con la mascarilla a la altura del mentón, le dije sin darle tiempo a terminar su exposición: “ese sitio se llama Sigüenza”. Tampoco tuve que darle demasiadas explicaciones, porque conoce nuestra ciudad y también algunos de los pueblos de la comarca, como La Cabrera, Pelegrina, Palazuelos, Carabias, Alcuneza o a mi pueblo, Riba de Santiuste.

Hay quien ya anuncia – con un optimismo quizá precipitado – que en unos años vamos a llenar la España vacía, como si los movimientos de población fueran una piscina. Pero lo que sí parece evidente es que en los próximos meses – y ojalá en los próximos años – mucha gente volverá a los pueblos, unos para conocerlos y otros porque tendrán que regresar a las vacaciones de su infancia, al lugar donde nacieron sus abuelos, y olvidarse de los viajes a lugares que implican mayores riesgos.

Durante este largo confinamiento, del que cada uno intentará sacar ahora las mejores enseñanzas, he soñado muchas veces con Sigüenza y con algunos de los paisajes que llevo en la memoria, desde la Fuente del Abanico a la Fuente del Tejar, desde la Fuente de los Cuatro Caños, en la calle Valencia, hasta la Fuente Picardas. Me he imaginadomuchas veces la Alameda sin gente, la calle Cardenal Mendoza con las tiendas cerradas, el atrio de la catedral sin turistas escuchando al guía Jorge Sopeña, la carreterilla del Conde o las pistas y caminos del Pinar, sin caminantes y con los corzos recortando la hierba de las cunetas.

He sentido, desde la distancia, la ciudad vacía en Semana Santa, cuando siempre ha estado llena de gente. Me he puesto en el lugar de los amigos y profesionales del sector hotelero y me he imaginado la esplanada del castillo-parador vacía de coches, con las puertas cerradas y con las murallas en silencio, esperando que vuelva ese turismo que tanta falta le hace a Sigüenza.

Después de ver en algún reportaje de televisión la Plaza Mayor desierta y a la periodista que lo presentaba recorrer el casco antiguo en el más absoluto silencio, también he pensado en que esa soledad será el preludio de una nueva etapa – lo de “la nueva normalidad” es otro desafortunado eufemismo de esta pandemia – y que el turismo volverá de una manera escalonada, y controlada, a ser de nuevo el principal motor de la economía seguntina.

Durante este encierro – además de echar decenas de partidas de guiñote con mi hijo mayor, al igual yo lo hacía con mi padre –, he aprendido a valorar las cosas pequeñas. La tranquilidad, sin ir más lejos, o la solidaridad de la buena gente. Además de la necesidad de volver a poner los pies en el suelo y comprender que somos bastante más débiles y vulnerables de lo que pensábamos…

O la importancia de esas caminatas diarias por el pinar, entre la Fuente del Tejar y las Praderas de Valdelagua, respirando el olor a pinocha, a tomillo o a cantueso, después de un día de lluvioso. Un olor agradable e intenso, que ni las mascarillas que ahora nos vemos obligados a llevar en Madrid serían capaces de mitigarlo.
Son muchas las razones para que Sigüenza vuelva a ser lo que era.

Javier del Castillo