Las previsiones las carga el diablo

Cada vez resulta más difícil hacer previsiones. Cada vez resulta más arriesgado pronosticar lo que puede ocurrir en nuestras vidas el próximo verano. Decía ya hace algunos años el que fuera entrenador del Real Madrid, Vujadin Boskov, (o al menos a él se le atribuye la frase) una verdad incuestionable: “el fútbol es impredecible porque todos los partidos empiezan 0-0”. También decía aquello de “fútbol es fútbol”, otra afirmación irrebatible y muy celebrada del ocurrente técnico serbio.

No obstante, siempre aparecerá alguien por la puerta dispuesto a convencernos de que él ya sabía que podía ocurrir lo que nos está pasando. Todavía quedan ventajistas dispuestos a colgarse medallas a toro pasado. Me parece mucho más meritorio y elegante reconocer – como Vujadin Boscov – que casi todo es impredecible, incluso en una sociedad moderna que presumía hasta hace muy poco de tenerlo todo controlado. Los que ya vamos teniendo cierta edad todavía recordamos la aventurada previsión del “está todo atado y bien atado” que realizó el dictador en las postrimerías del franquismo. El deseo de Franco iba por un lado, el suyo; y la realidad por otro, el de una sociedad que seguía privada de libertad y democracia.

Hacer previsiones, con la que está cayendo, siempre es arriesgado, y a los hechos me remito. En la primavera del año pasado estábamos ya a punto de lograr la “nueva normalidad” y podríamos salvar el verano, pero, a la vuelta del estío, dábamos definitivamente por perdido también el otoño y nos planteábamos a continuación cómo evitar que la campaña de Navidad fuera un fracaso. Y después de las Navidades, sin poder brindar por el nuevo año con toda la familia, el siguiente objetivo era el de afrontar con algunas esperanzas la Semana Santa, cosa que tampoco fue posible.

Así que, olvidada la segunda Semana Santa sin procesiones, es el momento de confiar un año después que todo cambie este verano. En definitiva, que la vacunación masiva contra el coronavirus nos permita recuperar dentro de unos meses, al menos, una parte del tiempo perdido. Lo que ya no vamos a recuperar son las vidas humanas y las pérdidas económicas que llevamos acumuladas en esta devastadora pandemia.

Viñeta de La estrella misteriosa. Las Aventuras de Tintín. Hergé.

Las previsiones – como me contaba en una entrevista Mariano Medina, el primer hombre del tiempo que tuvo RTVE – son siempre muy jodidas. Y no sólo las atmosféricas. Padre de diez hijos, y pluriempleado para poder sacarlos adelante, intentaba acertar en los pronósticos valiéndose de los métodos casi artesanales que se manejaban entonces en el Instituto Nacional de Meteorología. “Contra la naturaleza no hay quien pueda”, me confesaba en aquella entrevista de los años 80, encajando con mucho sentido del humor y bastante retranca las bromas y los chascarrillos que se hacían a su costa cada vez que las borrascas se desviaban, volviéndose en muchas ocasiones “imprevisibles”.

Como imprevisible era hace poco más de un año que tuviéramos que vivir durante meses confinados en nuestros domicilios, o que tuviéramos que prescindir de nuestros habituales abrazos, apretones de manos y palmadas en la espalda para acabar saludando a los amigos a codazos. Inimaginable e impredecible fue también asumir la renuncia a las visitas familiares y el no poder salir de Madrid para disfrutar en Sigüenza, como hacíamos otros años, de las Fiestas Navideñas y de las procesiones de Semana Santa.

Difícil ha sido, por otra parte, asimilar el dolor y la frustración de ver cómo decenas de miles de ciudadanos españoles perdían la vida, en muchas ocasiones en las residencias de mayores, sin que nadie pudiera tenderles una mano o despedirles con unas palabras de agradecimiento.

Recuerdo que en mi infancia de niño de pueblo todo me parecía más previsible y razonable. Cada vez que ocurría un desgraciado accidente o cuando el sonido de las campanas de la iglesia anunciaba el fallecimiento de algún vecino, una de las expresiones más usadas y recurrentes que yo escuchaba era la siguiente: “no somos nadie”. Es una frase manida, una obviedad, que sigue teniendo vigencia. También era frecuente contemplar en los velatorios a los comparecientes dirigirse a la familia del finado expresándole el deseo de que pudieran rezarle durante muchos años. Pero en este segundo deseo no existía tanta unanimidad como en el primero. Había un tercer deseo, bastante compartido, que era el de “que nos espere muchos años”.

La pandemia está cambiando nuestras vidas y nos recuerda cada día que somos mucho más frágiles y vulnerables de lo que pensamos. Esta fragilidad y vulnerabilidad están perfectamente reflejadas en el espejo del “no somos nadie”. La sabiduría popular – esa sabiduría que se aprende a través del contacto con la naturaleza – avisaba de los peligros que estábamos corriendo al intentar explotar de forma incontrolada los recursos naturales. Pero de poco sirve ahora lamentarse.

Bastante haríamos con aprender de los errores de esta crisis sanitaria y de sus consecuencias. Porque, de lo contrario, será impredecible lo que pueda volver a ocurrirnos en el futuro; en cuanto nos confiemos y lleguemos a la conclusión de que ya está todo de nuevo controlado.

Tan impredecible como quién será el ganador de la Liga en esta temporada. Es bastante probable que ni siquiera lo sepa el director del CIS, José Félix Tezanos. Las previsiones, a veces, las carga el diablo.

Javier del Castillo

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