Luto en el Alto Tajo

El espíritu de Sampedro

Lo decía José Luis Sampedro, con esa lucidez que le acompañó hasta el día de su reciente despedida, con 96 años y después de tomarse un Campary con hielo,  como ha contado su viuda Olga Lucas: “Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”.
La discreta muerte del escritor y economista –pidió a los suyos no comunicar su fallecimiento hasta haber sido incinerado–, no es más que la confirmación de la reflexión con la que arranca la novela “El río que nos lleva” (1961) y que dice lo siguiente: “Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera, porque la vida no avisa”.
Seguramente, “El río que nos lleva” no sea la mejor novela de Sampedro ni la más conocida –“La sonrisa etrusca” y “La vieja sirena” tuvieron mayor impacto popular–, pero tiene algo especial que la distingue del resto de su bibliografía: transcurre en tierras de Guadalajara y sus protagonistas son gancheros que bajaban las maderadas desde Peralejos de las Truchas hasta Aranjuez, con la única ayuda que les prestaba la corriente del Río Tajo.
“El río que nos lleva”, como “El viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela, tiene el valor añadido de pasear al lector por unos parajes cercanos y muy queridos. En el primero de los libros de una manera más libre y figurada y en el segundo haciendo un retrato mucho más auténtico –aunque en ocasiones también exagerado– de los habitantes de La Alcarria en los duros años de la posguerra. No tienen nada que ver el uno con el otro, ni tampoco tienen nada que ver sus autores, aunque hayan sido coetáneos y ocuparan ambos escaños de senadores por Designación Real.
La humanidad y el talento de José Luis Sampedro lo descubrí cuando el director de cine Antonio del Real consiguió la financiación suficiente para llevar al cine en 1989 la novela “El río que nos lleva”, con un reparto en el que figuraban Alfredo Landa, Fernando Fernán Gómez, Eulalia Román, Toni Peck (hijo de Gregory Peck), Santiago Ramos y Mario Pardo, entre otros. Me faltó tiempo para proponer un reportaje sobre los viejos gancheros que pudieran quedar en Zaorejas o Huertapelayo y de los que probablemente se hablaría mucho con motivo del rodaje de la película.
Gracias a este proyecto cinematográfico, tuve en aquella primavera de finales de los ochenta la oportunidad de descubrir la personalidad de un José Luis Sampedro poco reconocido hasta entonces en nuestra provincia, y también tuve la ocasión de disfrutar de la belleza de los paisajes que rodean al Monasterio de Buenafuente del Sistal, después de hacer noche en una pensión de Peralejos de las Truchas. Unos días después nos fuimos el fotógrafo y yo a Aranjuez para entrevistar al director Antonio del Real y al actor Alfredo Landa, que nos hizo una demostración de destreza y equilibrio sobre unos maderos lanzados al agua.
A José Luis Sampedro le hacía ilusión que su novela, casi olvidada hasta entonces, fuera llevada al cine, pero tomaba precauciones para que no se distorsionara el argumento. En su casa de Argüelles, casi esquina a Cea Bermúdez, me llamaron la atención un año después las distintas tablas sobre las que ponía los cuadernos y escribía sus manuscritos, los muebles antiguos de madera y la ausencia de un televisor en el salón. Sampedro, que acababa de publicar “La sirena varada”, se sentía orgulloso de ello y me insistió mucho en los efectos perniciosos del aparatito, a pesar de que la telebasura todavía no estaba en su actual apogeo.
Le conté que el padre Ángel me había dicho que utilizaba párrafos de la novela “El río que nos lleva” en las misas del monasterio de Buenafuente y le propuse coger de nuevo la mochila para recorrer el Alto Tajo. Lo haría encantado, me dijo, pero tendría que esperar a que se recuperara de la delicada operación a corazón abierto que le había realizado el doctor Valentín Fuster en el Hospital Monte Sinaí de Nueva York.
José Luis Sampedro se ha ido en silencio –entre el ruido de los funerales de Sara Montiel y de Margaret Thatcher–, pero nos queda su espíritu y la enorme humanidad  que ya mostraba en “El río que nos lleva”.
Javier del Castillo

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