El espectáculo del periodismo

Siento admiración y respeto por Fernando Ónega desde hace muchos años. Desde que cerraba el programa “Hora 25” con su voz pausada e inconfundible en los años setenta. Fue a mediados de los ochenta mi director en el “Diario Ya”, aunque menos tiempo del que hubiera necesitado para enderezar la marcha del periódico, y volví a trabajar con él entre agosto del año 2000 y enero del 2002, durante su etapa como director general de Onda Cero. Discrepo en ocasiones de sus análisis de la realidad política, pero reconozco que están cargados de sensatez y de sentido común.

Pues bien, con motivo de la presentación de su libro “Puedo prometer y prometo”, en el que recuerda su relación con Adolfo Suárez, del que fue jefe de prensa, Fernando fue entrevistado recientemente en un programa de televisión de gran audiencia. En esa entrevista recordó momentos emotivos y algunas situaciones de gran trascendencia para el futuro de España, vividas al lado del expresidente del Gobierno.

Sin embargo, no le dieron tiempo para entrar en detalles. Ya estaba bien de hablar de cosas serias. Mejor pasar a la morralla y a la telebasura, como demandaba con insistenciael rotulo dela pantalla: “exclusiva, entrevista con la hija de Bárbara Rey”. Felizmente recuperada de su adicción a las drogas, parece que la niña le ha cogido gusto a traficar con sus historias a cambio de hacer caja.

Afortunadamente, la salud de Adolfo Suárez le impide darse cuenta de cómo están degenerando los medios de comunicación en España. “Le llamé en una ocasión - comentó Ónega -, antes de que se conociera su enfermedad, y me dijo que no podía comer  conmigo porque ¡quién iba a cuidar de Amparo, su mujer!, que había fallecido hacía un año. Se me cayó el teléfono de las manos. En aquel momento me percaté de que le estaba pasando algo”. Cuando más interesante estaba la entrevista, la presentadora le invitó a dejar el estudio, como si no quisiera acostumbrar mal a la audiencia.

Adolfo Suárez ni siquiera sabe que su amigo Ónega ha escrito un libro sobre él. Sin embargo, para quienes seguimos admirando su papel destacado en el tránsito hacia la democracia, estas cosas provocan auténtico bochorno. Es vergonzoso que ocupen más espacio en televisión la hija de Bárbara Rey, el hijo de Isabel Pantoja, la excuñada de Rocío Jurado o la remozada Belén Esteban, hinchada como un pollo, que uno de los personajes más importantes de la historia reciente española.

Cuando hace unas semanas Javier Davara, desde la experiencia y el magisterio que le avalan, me propuso hablar de “periodismo y espectáculo” en los próximos Cursos Universitarios de Primavera en Sigüenza, se me vinieron a la cabeza montones de ejemplos que colocan a nuestra profesión más cerca del circo que del rigor y de la seriedad en la información.

Por supuesto que hay muchos ejemplos que honran el oficio de informar, pero cada vez existen más casos que lo dejan en evidencia.

Es un espectáculo lamentable ver a periodistas deportivos ejercer de forofos de un equipo de fútbol, con camiseta y escudo incluidos. Sin olvidar al coro que les aplaude y les anima a pelearse o a dar exclusivas que son rumores sin fundamento.

Es un espectáculo asistir a ruedas de prensa de un presidente del Gobierno o de dirigentes políticos en las que no se admiten preguntas. Y, si las hay, solo contestan a lo que les interesa, mienten sin pudor y se niegan a dar explicacionessobre cuestiones que preocupan a la opinión pública.

Es un espectáculo que contumaces analfabetos y famosos sin oficio, aunque con beneficio, participen en tertulias y coloquios usurpando el puesto a cualificados periodistas.

Es un espectáculo que el programa informativo más veterano de TVE, “Informe Semanal”, pase a emitirse de madrugada, olvidando toda la historia que tiene detrás.

Es un espectáculo llevar a la portada de un periódico la noticia de la paternidad del hijo de alguien que quiere mantenerlo en secreto.Y es un espectáculo realmente bochornoso que un medio de comunicación se preste a la manipulación o se ponga al servicio de un delincuente.

Pero, mejor no sigo, para que en el próximo Curso de Periodismo no decaiga “el espectáculo”.

Javier del Castillo

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