Adiós a la Casa de Guadalajara

El pasado 19 de enero se apagaba la luz, se cerraba la puerta y se devolvían las llaves al casero. La Casa de Guadalajara en Madrid, en el número 15 de la Plaza de Santa Ana, junto al Callejón del Gato y la calle Núñez de Arce, ponía fin a más de ochenta años de existencia, con algún que otro paréntesis provocado por las convulsiones propias de nuestra historia.

Se veía venir. Esta isla de nostalgias y recuerdos en pleno centro de Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol, llevaba tiempo amenazada por un terremoto de baja intensidad, pero que iba mermando paulatinamente su resistencia al cambio y también las posibilidades de mantenerla a flote.

Los nuevos tiempos han dejado en buena medida sin contenido lo que hasta los años ochenta era una interesante y eficaz embajada de nuestra provincia en Madrid. “Fomentar la amistad y la convivencia”, como rezan sus estatutos, siempre me pareció un objetivo elogiable, pero tampoco exclusivo de ese entrañable refugio que ha servido de acogedora referencia a varias generaciones de alcarreños –o si lo prefieren guadalajareños–, paisanos en definitiva que han vivido o siguen viviendo en Madrid.

Me hice socio de la Casa de Guadalajara a finales de los años setenta –guardo todavía el documento que lo acredita con el número 3.849– porque, entre otras cosas, podía leer gratis los periódicos provinciales en donde comenzaba a colaborar y libros de contenido local. También escribí en mi época de estudiante de Periodismo algunos artículos en la revista “Arriaca” que acababa de crearse y que ha venido publicándose y repartiéndose gratuitamente entre los socios hasta el mes de septiembre del año pasado.

Recuerdo todavía una curiosa reseña sobre la obra de nuestro buen amigo Mariano Canfranc, un artículo sobre la desaparición Alcorlo bajo las aguas del pantano y otro dedicado al pintor Fermín Santos.

Después se produjo un distanciamiento obligado por culpa de mis primeras ocupaciones laborales, pero sabía que volvería a encontrarme las puertas abiertas de esa Casa cuando quisiera. Que ese distanciamiento no sería un adiós definitivo. La Casa de Guadalajara me había dejado una huella profunda, un grato recuerdo y seguía estando siempre presente. Ese rincón de la Plaza de Santa Ana, adornado con azulejos, se había convertido casi sin pretenderlo en una apreciada reserva de los olores y colores del pueblo, en una especie de recreación de los escenarios de mi niñez. En sus salones he visto reunirse cada tarde a grupos de amigos, muchos de ellos ya jubilados, echando la partida como lo habían hecho de jóvenes en las tabernas de Milmarcos, Cifuentes, Sienes o Pozancos antes de empadronarse en la capital de España.

Casi treinta años después, a finales de 2005, me invitaron a dar el Pregón de Navidad en su salón de actos y tuve la sensación de que el tiempo se había detenido en aquellas dependencias. Veía los mismos rostros, aunque con más arrugas y canas, de Villalba, José Ramón, Marino, Manolo o Rafa. Los recuerdos se agolparon en mi mente, mientras observaba desde el atril colocado en el escenario a mi padre Julio en primera fila, emocionado, a punto de dejar escapar alguna lágrima. Fue un momento muy emotivo y entrañable que guardaré siempre en la memoria. En más de una ocasión, mi padre me trajo a colación aquella tarde de mediados de diciembre, rodeados de amigos y paisanos, haciendo patria, y me decía: “Qué bien nos trataron en la Casa de Guadalajara”. Le hubiera gustado volver de vez en cuando a contar sus batallitas del pueblo, pero su vida se estaba ya agotando.

A raíz de aquel inolvidable pregón navideño, recuperé de nuevo la condición de socio de la hasta hace muy poco embajada de Guadalajara en Madrid y acepté incluso formar parte de su Junta Directiva, empujado por el entusiasmo y la ilusión de su último presidente, José Ramón Pérez Acevedo. La Casa de Guadalajara volvió a ser mi casa y su boletín mensual, “Arriaca”, una estupenda excusa para reflexionar desde sus páginas sobre la vida y sus circunstancias. Pero, sobre todo, para conservar la vinculación a mi tierra y a mí pasado.

La vida es cambio, pero hay cosas que son inmutables: las raíces, la vinculación a la tierra en la que naces y la memoria que te permite recrear esos escenarios que te parecían cada vez más lejanos.

En la Plaza de Santa Ana, ahora sembrada de terrazas, frente al Teatro Real, donde algunas palomas pasean por los hombros labrados en bronce de Calderón de la Barca o de Federico García Lorca, muy cerca del remodelado Hotel Victoria, se asomaban hasta hace unas semanas los recuerdos y las nostalgias de muchos hombres y mujeres de esta Guadalajara a veces dura, pero también generosa y entrañable.

En ese primer piso ahora ya cerrado, presidido por el escudo de la provincia y por la figura de un melero alcarreño esculpido por Mariano Canfranc en el portal del inmueble, se han vivido pequeñas y grandes historias de muchos de nuestros paisanos. Allí se fraguaron parejas que luego se casaron y en su salón de actos alternaban emigrantes de distintos pueblos de nuestra geografía provincial para añorar juegos y tradiciones de su infancia.

Y allí actuaron el grupo de baile y la rondalla… Hasta que el devenir de los tiempos ha conseguido llevarse por delante el viejo y empinado escenario.

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