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Miedos

En medio de la pandemia y el consiguiente estado de alarma, hemos ido viviendo los cambios de fase en cada Comunidad Autónoma, como buenamente se ha podido. En Madrid, para que negarlo, bastante fastidiado. De manera que tampoco en esta ocasión, hay forma de que escriba algo de título más optimista.

Los negacionismos no son cosa de ahora. Que la tierra sea redonda, que haya existido el Holocausto o que tengamos encima una crisis climática, solo por nombrar algunos.

Ahí hemos tenido a nuestro querido Trump y sus peculiares recomendaciones. A Bolsonaro, anunciando su inmunidad al colonavirus  porque él es un atleta, al presidente de Méjico que animaba a salir a restaurantes y demás, a Boris Johnson que recomendaba para su país la “inmunidad colectiva”. Los resultados de esas ocurrencias son por todos conocidos. En el entorno de Europa y en España, las opiniones han sido para todos los gustos. Hace unos días, el presidente de la universidad católica de Murcia hacía unas declaraciones, hablando de esclavos de satanás y de conspiraciones.

En las redes sociales, han circulado distintas teorías sobre científicos que han soltado virus modificados en laboratorios para destruir la humanidad, y otras en esa línea. Han proliferado gurús de toda índole y visionarios que tenían la solución.

Imagen de la gripe española de 1918-1920.

Los sentimientos de angustia y ansiedad, al igual que el miedo, son respuestas posibles a situaciones de incertidumbre como la actual, ante algo que es vivido como un peligro. Miedo al contagio, a perder el empleo, a perder la vivienda. Lo paradójico del miedo es que también puede salvar.

El miedo guarda la viña, dice el refrán. Pero también puede ser vivido como cobardía moral. ¿Por qué habría que ocultar el miedo como algo vergonzoso?

La incertidumbre que nos acompaña en esta época de pandemia, en que epidemiólogos prestigiosos a nivel internacional, muestran sus dudas, propician que esta situación traumática colectiva, se viva individualmente de muy diferente forma. Están los que siguen sin salir de casa desde antes del mes de marzo, hasta los que son inmunes al miedo y, en el día a día, andan rivalizando con el virus y poniéndose en riesgo.

¿Cómo interpretar todos estos comportamientos? ¿Qué podemos aprender de lo que está ocurriendo?

Entre la reflexión y la ignorancia hay un amplio campo, y algunas investigaciones pueden ayudarnos.

Es la era de la globalización, los viajes largos duran horas, y es muy fácil la extensión de un contagio por el movimiento rápido y frecuente de unas zonas a otras. Pestes hubo siempre. Historiadores estudiosos de la Edad Antigua, al referirse a la peste antonina, sostienen que ya en el siglo I, la peste tuvo lugar por los desplazamientos que hacían las legiones romanas a las distintas provincias del imperio.

En ciencia, María  Blasco, doctora en Bioquímica y Biología Molecular, nos dice que el lenguaje bélico no es el adecuado, y afirma sin dudarlo, ¡no son guerras, son virus! Los ejércitos no van a parar el virus porque no se trata de una guerra, sino de una cuestión de salud. Poco después de los primeros casos, científicos chinos fueron los primeros en averiguar el material genético del virus. Y en cuestión de semanas se descubrió cómo infectaba este virus las células humanas. Un científico puede más que mil soldados, afirma.

Ester Pascua, investigadora medievalista, al tratar sobre la peste negra del siglo XIV, habla de las danzas de la muerte, pero también del miedo y del control social, del dolor, de la incertidumbre y de la inquietud sobre el futuro. De las consecuencias políticas, culturales, económicas y la caída demográfica. Dice que aceleró procesos que ya venían del siglo XIII, es decir que provocó cambios, como los que presumimos tendrán lugar en el siglo XXI actual.

Igualmente ocurrió con la pandemia de gripe de 1918 que mató a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Fue a partir de entonces, cuando se comenzó a ver la importancia de contar con unos buenos servicios de salud.

Estas cuestiones sobre lo sucedido en otras épocas, están vigentes en este momento,  y es algo que se repite en los planteamientos de los investigadores.

Es muy cierto que algunos cambios perdurarán, no otros. Incluso costumbres cotidianas en la mesa como usar cubiertos, platos y vaso propio, se implantaron después de epidemias.

Los brotes recientes en distintos países, el nuestro incluido (cuando escribo estas líneas hay once brotes en España), transmiten no sólo incertidumbres, sino inseguridad en cuestiones de salud, pero también en lo social y en lo económico.

La expresión “nueva normalidad”, se ha instalado en los últimos días, igual que hace no tanto se hablaba de ruedas de prensa diarias, estado de alarma o las fases tal o cual. Ahora se apela a la responsabilidad personal, cuando se ven playas abarrotadas o fiestas multitudinarias, sin protección y sin distancia. Actitudes que conviven con las de quienes, ante esas situaciones, temen los contagios. El personal sanitario declara tener miedo a que esos comportamientos tengan consecuencias. Parece por tanto, que estos temores no están fuera de lugar. Somos frágiles y vulnerables. Son frágiles no solo nuestros cuerpos, y los sentimientos de tristeza, angustia y preocupación están presentes porque la fragilidad emocional, que nos hace vulnerables, forma parte de la condición humana.

En lo individual, los recursos que cada uno tiene para afrontar situaciones graves, son siempre singulares, salir a una playa, aunque este año sean “playas vigiladas”, es la opción de algunos. El cine, la literatura, el humor, el arte..., son un bálsamo en cualquier circunstancia, en épocas de bonanza un placer, y gran ayuda en tiempos adversos.

Carmen Peces

Las buenas maneras

Escrito del Grupo Popular del Ayuntamiento de Sigüenza en relación con el Pleno municipal en el que se aprobó el presupuesto para el año 2020.

En los tiempos que corren, los colores, los emblemas y las ideologías no deberían estar enfrentadas, más bien, lo contrario. Trabajar juntos y alejarse de los protagonismos, de las fotografías huecas y de los anuncios publicitarios debería de ser el objetivo. La situación actual no conoce de ídolos, grandes estrellas y menos de políticas populistas y complacientes.

Pleno del 15 de junio.

El camino es la verdad, la transparencia, compartir, y sobre todo, respetar. Podría parecer que el respeto, y no digamos, tener un trato cercano y afable es secundario, pero creemos que son los cimientos sobre los que se construye la sociedad. Las estrategias políticas, los discursos grandilocuentes, el defender una posición descalificando a la otra parte, el quitar el uso de la palabra, los ataques personales y los matices autoritarios no son buenos compañeros de viaje. Como decía Gandhi: “No hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra.”

El pasado lunes 15 de junio se celebró pleno en el Ayuntamiento de Sigüenza de forma presencial. El pleno más importante del año, ya que se debatieron los Presupuestos del año 2020, en junio, casi 7 meses después de comenzar el año. Además de otros puntos, el equipo de gobierno aprobó los nuevos ‘logotipos’ e ‘imagotipos’. Finalmente, en el tiempo de ruegos y preguntas, planteamos alrededor de 40.

¿Por qué hemos votado no al Presupuesto de 2020? Se lo explicamos, sin tener en cuenta que llega tarde y que en algunas partidas está mal conformado y estructurado:

1. Los ingresos están sobreestimados. A modo de ejemplo: ¿Cómo se puede decir que la subida en la aportación del IBI es porque ha aumentado el empadronamiento? ¿Cómo se puede decir que se van a ingresar por casetas y barracas de fiestas 8.500 euros y de precios de los anuncios del programa de fiestas 10.000 euros si se han suspendido las fiestas? ¿Cómo se puede decir que van a aumentar los ingresos por consumo de agua potable si llevamos más de cuatro meses en los que la hostelería, que es una parte importante del consumo, desgraciadamente no ha podido estar abierta con normalidad? ¿Cómo pueden explicar que los ingresos de turismo solo disminuyen 8.000 euros cuando llevamos más de tres meses en los que la oficina de turismo no ha podido prestar servicio, y dentro de ese período ha estado la Semana Santa?

2. No han atendido a gran parte de nuestras propuestas presupuestarias (por cierto, nos entregaron la documentación del presupuesto “incompleta” un martes por la tarde, siendo el pleno el lunes siguiente). A modo de ejemplo: pedimos que este año dejara de cobrarse la tasa de terrazas, una medida sencilla que otros ayuntamientos han hecho derogando la ordenanza este año. Les dijimos que si no hay fiestas de San Roque para qué dejan una partida de 110.000 euros. Nuestra propuesta no es eliminarla, ni mucho menos, si no destinar una parte de la misma partida, a aumentar los servicios de bienestar sanitario; la asistencia social primaria; incrementar las ayudas a autónomos y Pymes de Sigüenza; y aumentar las subvenciones a Cruz Roja y Cáritas. Aprovechamos este punto para agradecer a todas las asociaciones, empresas, personas particulares y, muy especialmente, a la Peña Atlética Seguntina y Motoclub Alto Henares su solidaridad con la sociedad de nuestra ciudad y núcleos agregados. Además, en las reuniones por videoconferencia solicitábamos que se estudiaran los impuestos municipales “0” para autónomos y Pymes; la reducción de ciertos recibos para particulares en situaciones críticas; pero, nada de nada.

3. Se dice que es un presupuesto inversionista como nunca, pero la realidad es otra. En porcentajes, el año pasado las inversiones directas suponían el 10% del presupuesto y este año es el 4,9% (claro dirán que reales llegan cerca del millón), pero no se dice que gran parte de esa cantidad que intentan defender es lo obtenido por el anterior equipo de gobierno -es conveniente recordar el “Legado”-. Para el arreglo de la Alameda se consiguieron 350.000 euros, que aunque la Sra. Merino y el Sr. Page digan que son “parches”, ahora se va a destinar a otros fines para nuestra ciudad - también necesarios - como el Asfaltado del Camino Viejo, la Calle San Lázaro o un Parking de Caravanas. Por cierto, esa inversión no es del Ayuntamiento, y no puede estar en ese apartado porque nuestro Consistorio no tiene que aportar nada, la Diputación corre con el gasto.

4. Se dice que se ha incrementado la partida para nuestras pedanías en un 300%, sin embargo, el año pasado con la partida de Diputación para obras “Financieramente Sostenibles” se invirtieron más de 180.000 euros; y este año van a ser 56.000 euros - 2.000 por pedanía-.

5. No nos parece acertado que el Ayuntamiento de Sigüenza tenga que aportar 3.000 euros de su presupuesto, utilizando de intermediario a Recamder, para subvencionar a la Consejería de Sanidad de Castilla La Mancha. ¿No tendría que ser al contrario?

6. No estamos de acuerdo, que con la que está cayendo, los planes de empleo en nuestra ciudad hayan pasado de 20 contratados a 6, y se da por bueno. Desgraciadamente la cifra que nos indica el SEPE para Sigüenza en el mes de mayo es de unos 300 desocupados (18% de desempleo).

7. Ha pasado todo un año y “maldito Legado”, pero es así. Si quitamos la barredora (con un coste de 6.000 euros al mes), el cambio de maceteros, pintar líneas y, eso sí, mucha publicidad, fotos y “vender otras cosas”, no ha habido nada más. Y no queremos olvidarnos de esos grandes proyectos anunciados, donde el principal “padrino” era la Junta de Comunidades, que por cierto aprobó el Presupuesto de 2020 antes de la triste realidad que estamos viviendo, pero donde no figuran ni por asomo las “estrellas que iban a cambiar a Sigüenza”: un millón para la Alameda; la Depuradora, (siendo la primera que se iba a hacer en esta legislatura); el Centro de Día; el Paseo Fluvial… La Sra. Merino tendrá que aprender que “Las palabras poseen fuerza, pero nada les confiere tanto poder como el contacto con el papel”.

8. El endeudamiento de nuestro ayuntamiento, gracias a la gestión eficiente y activa de años anteriores, va bajando y esperemos que siga así (estaba alrededor del 80% en 2011 y, si todo se hace de forma adecuada, pasará en este año al 17%).

9. Por último, y no menos importante, este grupo rechaza la actitud mostrada en el pleno por María Jesús Merino a los concejales de la oposición con una postura más propia de otros foros políticos que de un pleno municipal, cuyo objetivo no es otro que el consenso común.
Sobre los nuevos ‘logotipos’ e ‘imagotipos’, no podemos apoyar el referente al escudo de la ciudad. Un escudo que no es de ningún partido ni de ninguna ideología; es de la vecinos de Sigüenza, y en él se simboliza su historia, su tradición y su cultura. Somos conocedores de que el escudo heráldico de Sigüenza continúa vigente, pero no entendemos que desde hace meses se está utilizando un “imagotipo” de manera frecuente por parte del Ayuntamiento para las comunicaciones como si del escudo heráldico se tratara. “El logotipo es solo para la publicidad”, decían, pero permítanos manifestarles que esto no se está cumpliendo. También sorprende que se lleve ahora a su aprobación, cuando se está usando desde febrero sin ninguna puesta en común previa.

Finalmente, nuestro grupo preguntó cuestiones importantes sobre el día a día de nuestra ciudad: el funcionamiento del Centro de Salud y la atención que se va a dispensar en el verano; sobre cómo está afectando la pandemia a nivel de personas infectadas y fallecidas; si se va a hacer y dedicar algún lugar público a las víctimas y héroes de lo que estamos viviendo; qué medidas se van a tomar para la apertura de edificios municipales, instalaciones deportivas y piscina; si se va a hacer una comisión de trabajo para afrontar la recuperación económica y para ayudar a las personas afectadas, incluyendo los autónomos y Pymes seguntinas; en qué consiste la propuesta que tiene este equipo de gobierno de externalizar la limpieza viaria de la Ciudad, entre otras.

Seguiremos defendiendo los intereses de los seguntinos, sabiendo escuchar a los vecinos, respetando las opiniones de cada uno y realizando una crítica constructiva para llegar al consenso. Porque, como decía Martin Luther King: “Un verdadero líder no busca el consenso, forja el consenso”.

Grupo Municipal Popular
del Ayuntamiento de Sigüenza

El sueño de un viaje por paisajes de silencio

De pronto, a mediados de marzo, Madrid se quedó en silencio. Un silencio apenas alterado por las sirenas de ambulancias y coches policiales. Con las calles vacías y los hospitales llenos. El maldito coronavirus nos arrinconó en nuestros domicilios, mientras se llevaba por delante a decenas de miles de ciudadanos, muchos de ellos atrapados en la soledad de una residencia, sin un familiar al que confesarle las últimas voluntades.

Han pasado ya casi tres meses desde la declaración del estado de alarma y las calles comienzan a recuperar su estado anterior, aunque con los rostros cubiertos con mascarillas y guardando algo más las distancias.
También se nos está acabando la primavera sin disfrutar de los olores del campo, sin ver los nidos de vencejos en las cornisas de las casas, ni poder escuchar el sonido del agua caída de las tormentas en los arroyos. Soñando con Sigüenza, como el que sueña con el paraíso, en medio del infierno.

Desde la distancia, pero siempre cerca, he tenido que llorar la pérdida de personas muy queridas, como el cura Don Daniel, y sentir el temor por lo que pudiera pasarle a mi hijo médico, del que nos separamos a finales de febrero, y a otros familiares que estaban y están dentro de ese grupo llamado “población de riesgo”.

En todo este tiempo, a pesar de ver siempre el mismo paisaje, el mismo jardín y las mismas caras de los vecinos de las casas de enfrente a la hora del aplauso, he viajado bastante más de lo que podía imaginar, pero siempre a través de los libros y de la nostalgia. Viajar es una necesidad y no sólo a lugares lejanos, sino a escenarios que te acompañan siempre, aunque estés a miles de kilómetros de ellos.

Hace unos días hablaba con un buen amigo, experto en expediciones y buen conocedor del sector turístico, y me decía que la necesidad de viajar es más fuerte que todos los obstáculos que puedan cruzarse en tu camino. ¡Claro que va a cambiar la forma de hacerlo!, pero siempre habrá destinos – me decía, como intentando animarme – tranquilos y acogedores en los que refugiarse en caso de que la pandemia siga amenazándonos. Hemos pasado demasiado tiempo viajando de la cocina al comedor, del comedor a la terraza o de la habitación al baño, pero pronto – me decía mi amigo – podremos hacerlo a lugares tranquilos, lugares del interior de España donde la afluencia de gente es moderada y donde se puede disfrutar del arte, de la naturaleza y de una excelente gastronomía.

En ese momento, con la mascarilla a la altura del mentón, le dije sin darle tiempo a terminar su exposición: “ese sitio se llama Sigüenza”. Tampoco tuve que darle demasiadas explicaciones, porque conoce nuestra ciudad y también algunos de los pueblos de la comarca, como La Cabrera, Pelegrina, Palazuelos, Carabias, Alcuneza o a mi pueblo, Riba de Santiuste.

Hay quien ya anuncia – con un optimismo quizá precipitado – que en unos años vamos a llenar la España vacía, como si los movimientos de población fueran una piscina. Pero lo que sí parece evidente es que en los próximos meses – y ojalá en los próximos años – mucha gente volverá a los pueblos, unos para conocerlos y otros porque tendrán que regresar a las vacaciones de su infancia, al lugar donde nacieron sus abuelos, y olvidarse de los viajes a lugares que implican mayores riesgos.

Durante este largo confinamiento, del que cada uno intentará sacar ahora las mejores enseñanzas, he soñado muchas veces con Sigüenza y con algunos de los paisajes que llevo en la memoria, desde la Fuente del Abanico a la Fuente del Tejar, desde la Fuente de los Cuatro Caños, en la calle Valencia, hasta la Fuente Picardas. Me he imaginadomuchas veces la Alameda sin gente, la calle Cardenal Mendoza con las tiendas cerradas, el atrio de la catedral sin turistas escuchando al guía Jorge Sopeña, la carreterilla del Conde o las pistas y caminos del Pinar, sin caminantes y con los corzos recortando la hierba de las cunetas.

He sentido, desde la distancia, la ciudad vacía en Semana Santa, cuando siempre ha estado llena de gente. Me he puesto en el lugar de los amigos y profesionales del sector hotelero y me he imaginado la esplanada del castillo-parador vacía de coches, con las puertas cerradas y con las murallas en silencio, esperando que vuelva ese turismo que tanta falta le hace a Sigüenza.

Después de ver en algún reportaje de televisión la Plaza Mayor desierta y a la periodista que lo presentaba recorrer el casco antiguo en el más absoluto silencio, también he pensado en que esa soledad será el preludio de una nueva etapa – lo de “la nueva normalidad” es otro desafortunado eufemismo de esta pandemia – y que el turismo volverá de una manera escalonada, y controlada, a ser de nuevo el principal motor de la economía seguntina.

Durante este encierro – además de echar decenas de partidas de guiñote con mi hijo mayor, al igual yo lo hacía con mi padre –, he aprendido a valorar las cosas pequeñas. La tranquilidad, sin ir más lejos, o la solidaridad de la buena gente. Además de la necesidad de volver a poner los pies en el suelo y comprender que somos bastante más débiles y vulnerables de lo que pensábamos…

O la importancia de esas caminatas diarias por el pinar, entre la Fuente del Tejar y las Praderas de Valdelagua, respirando el olor a pinocha, a tomillo o a cantueso, después de un día de lluvioso. Un olor agradable e intenso, que ni las mascarillas que ahora nos vemos obligados a llevar en Madrid serían capaces de mitigarlo.
Son muchas las razones para que Sigüenza vuelva a ser lo que era.

Javier del Castillo

Optimistas: ya estáis tardando, y mucho, en poneros a trabajar

La tarea consiste, lo primero, en buscar un resquicio por donde cruzar el muro de datos negativos que se van acumulando en los últimos meses. Después dibujar un camino transitable hacia un futuro que hay que construir. Todo esto sin ocultar que el proceso será muy duro y con la amenaza cierta que está más cerca cada día. Por eso necesitamos con urgencia una buena provisión de optimistas. ¿Cómo identificar esos perfiles? Es difícil dar una descripción fina y acabada. Pero si tuviera que resumirla en un dato diría que tienen que ser unas personas muy bien (in)formadas. La comprensión de los excepcionalmente duros y complicados momentos que están llegando es el punto de partida necesario, ineludible, para un plan de acción sensato.

La tarea propuesta, desde luego, no es nada fácil. Porque el problema no lo es. Además de una situación general muy compleja, van a tener en contra el peso muerto de la tradición y la inercia de tantos esquemas rancios y vacíos. Cuando desde tantos altavoces nos intentan animar con la llegada inminente de alguna “normalidad”, sea la vieja o la nueva, no están sino agitando la banderita de “los buenos viejos tiempos”. Lo cual no es cierto. Sobre todo, porque el pasado se inventa según haga falta. Estamos en medio de una pandemia que tiene enormes consecuencias de salud pública, sociales, económicas y políticas. La enfermedad ha puesto de manifiesto, en diferentes grados según dónde se mire, carencias graves en todos esos campos. Algunos achacables a la organización general de las sociedades. Otros inevitables, como el colapso de los sistemas sanitarios, si una parte significativa de la población necesita ser atendida al mismo tiempo. Y todos esos rotos no van a desaparecer con la extinción de la alarma sanitaria cuando sea que se produzca. Menos todavía si se abre y cierra de manera intermitente. Por eso, lo más importante es tratar de comprender en qué situación se encuentra la sociedad en el más amplio sentido de la palabra, con qué podemos contar, y a dónde se puede ir con los elementos disponibles. Hacen falta planes estructurados según criterios conocidos basados en conocimientos contrastables, revisables y evaluables. Desde luego no vamos a volver, nadie podrá, a ningún punto anterior a la pandemia. Esas llamadas a la normalidad, recobrada o inventada, son anuncios de crecepelo. Una nueva versión de “Puedes conseguir lo que quieras si lo deseas con todas tus fuerzas”. El deseo así, en seco, es fácil de levantar, pero nada efectivo. Recordemos que, a la larga, lo barato sale caro. Lo malo es que, en el caso del que estamos hablando, será tan inasumible que no tendremos con qué pagarlo. Dejémonos de consejos vacíos y frases huecas. Optimistas, poneos a trabajar. Contadnos vuestros planes e invitadnos al esfuerzo común. Recordad que para luego es tarde.

 

La Covid-19 es un problema ambiental, no bélico

Durante esta pandemia, muchos hemos pensado en que al fin los antivacunas estarían más convencidos de las bondades de vacunarse. Que habrían aprendido que esa es la mejor manera de proteger a quienes no pueden hacerlo por otras razones. Así se conseguiría la ya tan conocida “inmunidad de rebaño”. Nada más lejos de la realidad. Al parecer, este movimiento está reforzándose, en los EE. UU. por ejemplo, y tejiendo alianzas con otros grupos de ideología y fines similares. Los antivacunas son un clásico ejemplo en teoría económica de lo que se conoce como el “problema del polizón”. Es decir, personas que se aprovechan del bien común sin contribuir a él. Ellos apelan a su libertad personal y se sostienen en argumentos de dudosa solvencia científica. Pero con ello pierden la perspectiva de que vivimos en sociedad y de que debemos velar no sólo por nosotros, sino por los demás, mal que nos pese a quién votó cada cual en las últimas elecciones. En el otro extremo de esta visión están los sistemas que confían en el criterio de sus ciudadanos para velar por el bien común, en este caso, la inmunidad por aislamiento (a falta de vacuna, por el momento). Por ejemplo, en los Países Bajos han optado por lo que han denominado, no sin cierta soberbia, “confinamiento inteligente”. De ese modo apelan al criterio de sus habitantes para aislarse voluntariamente, sin normativa que obligue a ello, ni régimen sancionador para quien no lo cumpla.

El cuidado del bien común y el problema del polizón son fenómenos muy conocidos entre quienes trabajamos en medio ambiente. Si casi todos reciclamos, no pasa nada cuando alguien no lo hace; si casi nadie recicla, tenemos un problema. Lo mismo ocurrió cuando todos dejamos de emplear aerosoles con CFCs para proteger a una capa de ozono que ahora parece estar recuperándose. Sucede también con el cambio de actitud que se espera tengamos ante la crisis climática. La pandemia que ahora sufrimos, ya lo dice la palabra, es un problema común a toda la Humanidad y el bien que todos deseamos, es que el coronavirus desaparezca de nuestras vidas. Por ello creo que debemos abandonar el lenguaje bélico, que no deja de representar el enfrentamiento entre humanos. Propongo a cambio asumir los valores que se enarbolan en la protección de nuestro planeta, ese “pálido punto azul” que es “nuestra casa común”. Frases como “la batalla contra el virus” o “los héroes de bata blanca” tienen cierta lógica durante un tiempo pero caducan rápido, como los yogures. Esta retórica tiene fuerza sólo a corto plazo, en los momentos más dramáticos. Los propios sanitarios no piden aplausos ni ser llamados héroes. Quieren un sueldo digno, un contrato con ciertas garantías y, ante todo, equipos de protección individual. En cualquier caso, no cuestiono su carácter heroico, sino la vacuidad con la que los demás usamos el término. Hace poco leí en internet un comentario de alguien que reclamaba una recompensa por la “heroicidad” de estar confinado en su casa.

Esta pandemia no va a terminar como nos gustaría, con una catarsis colectiva llena de desfiles, vítores y baños de masas, a imagen y semejanza de las celebraciones del final de las grandes guerras en Europa. Más bien será una ola que muere lenta en la orilla al bajar la marea. Pero sí tendría que terminar haciéndonos más conscientes, empáticos y solidarios. Hemos de ser capaces de sacrificar ciertas partes de nuestra comodidad y bienestar, en aras de los demás. Siguiendo con el símil ambiental, reciclar es un esfuerzo: tengo que separar la basura, bajarla a la calle en engorrosos paquetes y depositarla en contenedores que no siempre están juntos. Este gesto, ya asumido por la mayoría de nosotros, requirió de una importante labor de concienciación en su momento y hasta los niños más pequeños saben cómo hacerlo. Hace unos meses se celebró la Cumbre de Cambio Climático en Madrid, con más pena que gloria y con la presencia de Greta Thunberg como aspecto más destacable. Se nos pedía entonces que actuáramos para frenar la crisis del clima: menos coches, menos viajes, consumo más consciente, etc. Todas ellas acciones individuales por el bien común, el clima, en este caso. Dado que ya ha quedado más que demostrado que el coronavirus ha aparecido entre los humanos por nuestra excesiva presión sobre el medio, haríamos bien en no olvidar esos mensajes. En tomarnos en serio el sacrificio de vivir, alimentarnos, vestirnos, consumir de otra forma. Pero yo iría más allá. Si algo estamos aprendiendo de esta situación es que no podemos conseguir hacerlo solos. Los humanos, tomados individualmente, somos bastante inútiles. Como civilización -nótese el singular-, en cambio, somos muy poderosos. La pandemia ha sacado muchas cosas buenas de nosotros: se han visto preciosos ejemplos de solidaridad, generosidad y empatía entre vecinos, de pequeñas empresas, asociaciones, etc. Individuos que apenas se saludaban por la escalera, pero que ahora se cuidan entre sí; las miradas y sonrisas que se cruzan durante los aplausos, la ya manida frase “espero que estéis bien” que encabeza cualquier mensaje…. Somos más que nunca conscientes de nuestra fragilidad. El virus está siendo un gran maestro, es tan misterioso en su comportamiento que todos nos sentimos vulnerables, nadie puede creerse a salvo de él ni, por tanto, superior a otros. El propio Boris Johnson ejemplificó como nadie el concepto de karma y ahora, que ha sido padre, ha agradecido a los médicos que le salvaron nombrando a su hijo como ellos. Preciosa lección de humildad y gratitud que también debemos sentir los que pasamos este confinamiento en condiciones más privilegiadas. Si unimos, pues, los valores hasta ahora individuales de nuestra (pre-)ocupación por el medio ambiente con aquellos que nos hacen más “civilizados” como humanos, tenemos el cóctel perfecto para construir un mundo mucho mejor. Sin esperar a que pase la pandemia, ahora. Para que no se nos olviden.