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La otra vida que podría tener en el pueblo

Enfilo la carretera de Almazán hacia el sur. En 40 km solo me encuentro con un jabalí que cruza tranquilo la carretera y tres majestuosos buitres que alzan el vuelo al aproximarme a su ribazo con mi coche. Tras un giro a la derecha, se abre ante mi izquierda un inmenso valle que me resulta familiar hasta lo incomprensible: nunca antes he transitado esta vía ni he pasado por Valdelcubo, aunque haya escuchado su nombre cientos de veces. La pendiente medida de las lomas, la combinación de verdes y arcillas, y la apertura luminosa de un horizonte con árboles contados no deja lugar a dudas: he llegado al valle sin nombre en el que según Wikipedia está el pueblo de mi madre y con el que sueño tan a menudo.

En esta época del año se pueden ver algunos almendros en flor desperdigados por el paisaje. Todavía estamos en febrero, pero la primavera cada año se adelanta más. Un comentario que compartiré con lugareños los próximos días y que casi siempre concluye con un “solo esperemos que no vengan en marzo o abril heladas que arruinen el fruto”. Como la egoísta urbanita que soy (solo en cierta medida), pienso que gracias a esta nueva temperatura invernal puede alguien como yo venir a pasar unos días a este rincón preciado, pero tambien duro, del mundo. En la ciudad, algunas cosas son más fáciles. Allí, subo el termostato y una caldera, en cuya compleja instalación nada tengo que ver gracias al sistema de compraventa de servicios que hoy sustenta la economía, empieza a calentar los radiadores de mi hogar. Pero aquí estoy en el pueblo, en Riosalido, son más de las 18h y tengo que encender el fuego de la chimenea si no quiero morir de congelación esta noche.

Nada parecido a morirse. Todo lo que aquí me sucederá en los días sucesivos solo tiene que ver con la vida. No daré ningún nombre de las personas que conoceré para preservar una privacidad no solicitada por ellas pero para mí aún valiosa, como persona que aún cree que puede sacar algo bueno del individualismo que aprendió en la gran ciudad.

Vista de Santamera.

Sigüenza me recibe en un día laborable sin turistas a la vista y con el ajetreo moderado de su día a día. Una ciudad engrandecida por la historia pero que aún no ocupa el lugar que le corresponde en la memoria del país. Apenas he leído todavía sobre ella, pero ya he podido descubrir el valor paradigmático de algunos de sus episodios. Desde su papel en la Guerra de la Independencia, hasta el proceso de migración campo-ciudad que sufrieron sus pedanías en los años 60 y 70, pasando por la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX (fue un punto importante de la primera línea de la península, que realizaba el recorrido Madrid – París) o por la intrincada Batalla de Sigüenza, que ni tan siquiera aparece en los manuales de historia de la Guerra Civil Española; y, por supuesto, el ya conocido legado medieval y eclesiástico que envuelve la villa en una atmósfera sagrada.

Las coordenadas geográficas tienen probablemente mucho que ver en la singularidad de este territorio. Cada territorio tiene las suyas, las que le hacen único. Una triple frontera dibuja el contorno. Aupado entre montañas que unen el Sistema Ibérico con el Sistema Central (Sierra Ministra, la llaman), entre lo que administrativamente llamamos las dos Castillas y Aragón, este territorio se pierde fácilmente en los milenios de la historia. Todavía quedan abundantes vestigios celtíberos y romanos en sus cerros y caminos. Señales de las otras vidas que vivimos a través de otros nosotros. La vida de los labradores, principales pobladores de estas tierras, sus fiestas y rituales de organización social, se mantuvieron vigentes durante siglos hasta hace un puñado de décadas. Y seguramente aún se celebren de algún modo que desde la miopía urbana no sepa percibir.

El castillo de Sigüenza visto desde el pinar.

Me preguntarán varias veces qué me trae por aquí. Y creeré entrever en esa pregunta la sana curiosidad de quien espera que nuevos habitantes se decidan a asentarse en estos pueblos. Yo diré cualquier cosa que me venga a la cabeza en ese momento -claro que me gustaría quedarme-. Ahora, mientras escribo estas líneas, puedo decir que todo se resume en la grandeza de la conciencia histórica que aquí soy capaz de adquirir. Madrid, Berlín y Nueva York aportarán otros puntos de vista, ninguno de ellos desdeñable, pero no podrán nunca explicar quiénes eran mis antepasados ni cómo lograron colectivamente empujarse hacia la supervivencia en estos parajes. Nada de esto pasa por mi mente cuando leo un libro junto al fuego, pero ahí está, sosteniendo la experiencia.

Las puertas que aquí se abren no lo hacen solamente a quienes revelan cercanía a través de sus apellidos. Santamera es un buen ejemplo de ello. Allí tengo la oportunidad de conocer a nuevos pobladores que rescatan viejas formas de vida. Y a viejos pobladores que ahora vuelven, jubilados ya, a disfrutar del rincón de cielo en la tierra que les ha sido regalado en ese meandro del río Salado. Todos abren su sonrisa y su mirada para entender mejor lo que les une con los otros. Así son los ratos de felicidad en estos pueblos: gratis y sentidos.

Es hora de ir recogiendo. Las obligaciones de la ciudad no dejarán de esperarme aunque alargue mi estancia un día más aquí. Solo espero que haya muchas visitas más, todas las veladas musicales que sean posibles, tantas lecturas junto al fuego como queramos, más rebaños que cierran el día con el sonido de sus cencerros, que el agua y el aire sigan circulando puros en estos parajes por mucho tiempo... ¡Y que lo disfrutemos!

Sigüenza, Ciudad Patrimonio de la Humanidad, ¿va en serio?

El pasado 17 de enero, el Presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, D. Emiliano García Page, en la presentación del IX Centenario de la Reconquista de la ciudad, aportó una atractiva iniciativa añadida para Sigüenza, empezar los trámites para conseguir la declaración de Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Una gran noticia, que hace sentirnos orgullosos de nuestro patrimonio y optimistas de cara al futuro, si es que se consigue, y si no se consigue, el efecto de promoción ya ha comenzado.

Fortalezas.

Debilidades.

Es curioso, que en el último número de La Plazuela, hay visiones diferentes al respecto, unas totalmente positivas y otra totalmente negativa. ¿Cuál de ellas lleva la razón?, pues también es curioso, que las dos llevan la razón. Sigüenza, tiene fortalezas suficientes para aspirar a Patrimonio de la Humanidad y debilidades, también suficientes, para no serlo.

Para prevalecer en las fortalezas, hay que superar las debilidades. Y esto se soluciona de una forma muy fácil: INVERSIONES. Todos sabemos cuáles son estas debilidades, cualquiera de ellas sería un grave obstáculo para pasar el primer filtro, luego, antes de iniciar el expediente, hay que hacer los máximos deberes, y no importa el tiempo en que se tengan que hacer, lo que importa es que con estas INVERSIONES se cubran las necesidades básicas para presentar una ciudad con un patrimonio notable, con una puesta en valor del casco histórico, con una capacidad para admitir un turismo sostenible, con un expediente que marque las diferencias de una forma exclusiva, y eso también es aplicable al patrimonio inmaterial, ¡claro que Sigüenza tiene un importante patrimonio inmaterial! pero no hay ningún concepto exclusivo y único, como exige la UNESCO, para que pueda optar a patrimonio inmaterial, ¿qué ciudad no tiene procesiones, cofradías, hogueras, gastronomía propia, fiestas patronales, etc.?, las nuestras serán mejores o peores, pero repito, no hay ni un solo elemento que sea único y simbólico en la exclusividad.

Una Ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad, es igual que un restaurante declarado Estrella Michelin, ¿qué ha hecho el restaurante para conseguirla?, primero hacer los deberes, han tenido que arriesgar con grandes inversiones para tener un buen local, con las mejores instalaciones, con el mejor utillaje, con el mejor mobiliario y decoración, etc., trabajar con una gastronomía de exclusividad, que pueda ofrecer platos únicos con la mejor materia prima, con el mejor aprovechamiento de los productos de la zona, con estudios de investigación e innovación, etc., con una gran inversión en formación de personal para tener el mejor servicio de mesa, inversión en imagen y promoción, etc., todo ello unido, y también con suerte, ¡Estrella Michelin! Y además de todo esto, trabajar cada año lo mejor posible para mantenerla, estar muy alerta en su oferta para evitar que se la puedan quitar.

Pues lo mismo sucede con una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad. Ya se puede dar publicidad, salir en TVs, hacer videos, imágenes, consejos rectores, asesores, colaboradores, etc., si no hay, desde el origen un COMPROMISO PRESUPUESTARIO, AL MENOS POR CUATRO AÑOS, será un esfuerzo en vano. No voy a detallar lo que está mal, a simple vista está nuestro casco histórico y nuestras pedanías, porque también es una declaración de municipio, de territorio y hay varios BIC como la muralla de Palazuelos y las Salinas de Imón, que en la primera visita de los inspectores de la UNESCO, lo más que pueden dar es un apercibimiento por no haber actuado en ellos.

Luego, la noticia, de por si ya es buena, será efectiva y esperanzadora, cuando venga el anuncio de un COMPROMISO DE INVERSIÓN importante, para los cuatro próximos años. Sigüenza tiene un gran déficit de inversiones respecto a Toledo y Cuenca, ciudades con las que nos comparan, y que por parte de la Junta e instituciones oficiales mantienen anualmente con sus respectivos Consorcios y sus importantes dotaciones para tener sus cascos históricos impecables. Sigüenza es el tercer destino en cuanto a patrimonio y turismo, pero no es el tercer destino en inversiones, ¡ni muchísimo menos!

Y nunca mejor dicho, ¡OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES!, ¡se ha comenzado a pensar, ahora toca lo difícil, pero nadie dijo que lo difícil fuera imposible!

Gloria de las Heras
Fundación Ciudad de Sigüenza

Felices con un balón y dos piedras de portería

Era una de las grandes ventajas que teníamos los niños de la España rural – entonces no tan vacía– a mediados de los años sesenta. Cualquier escenario de nuestra infancia podía servir como improvisado campo de fútbol. En la plaza del pueblo, en la era o en la misma puerta de casa montábamos un partido. Y, si sólo nos juntábamos unos cuantos, poníamos en práctica la versión “bonsay” del “gol regateado”, precedente de lo que ahora es el Fútbol 7.

Ahora los niños entrenan y juegan en campos de césped artificial, pero lo nuestro era todo natural. Y más improvisado. De portería poníamos un par de piedras colocadas a una distancia de tres o cuatro metros, que luego se iba reduciendo, en cuanto no te veía el contrario. Eso sí, para poder disputar el encuentro era condición obligatoria llevarse bien con el niño propietario de la pelota. De lo contrario, te tocaba chupar banquillo, “porque el balón es mío y tú no juegas”.

Los partidos duraban lo que tuvieran que durar, porque no había prisas, ni horarios establecidos. Además, perdía, aunque fuera ganando en ese momento por goleada, el equipo que abandonaba primero el terreno de juego, o mejor dicho la calzada. Nadie podía rendirse. Las actividades extraescolares nos las inventábamos cada día al salir del colegio y a nuestros padres, salvo raras excepciones, les preocupaba muy poco que estuviéramos todo el día en la calle. Yo creo que cuando comenzaban a preocuparse era cuando te veían mucho tiempo en casa.

Así que cogíamos la merienda y a correr. En la mayoría de los casos, sin parar hasta la caída de la tarde o incluso ya entrada la noche. Recuerdo que ya apenas se veía, pero seguíamos persiguiendo el balón y dando patadas a las espinillas del contrario. También guardo en la memoria aquellos finales de partido no aptos para cardíacos, que diría José María García. Recuerdo cuando Juanjo, que era el menos técnico, pero el más fuerte,nos decía: “pasármela a mí, que emprendo la recta y no hay quien me pare”. Y, efectivamente, no había quién le parara, aunque en su carrera dejara maltrechos y por los suelos a unos cuantos jugadores rivales.

“Ha sido falta y penalti”. “¿Cómo que falta y penalti?” “Eso no te lo crees ni tú”. “Es que tú eres un guarro”. “Y tú un tramposo que no sabe perder”. “Como te pongas chulo, cojo el balón y me voy a casa”. Al final, como en la propia vida, se imponía la ley del más fuerte o la dictadura del propietario de aquella maldita pelota, tan difícil de controlar, debido a las irregularidades del terreno de juego.

En el fútbol de mi infancia no había escuelas deportivas, entrenadores con pizarra, ni padres tan pesados como los de ahora. Improvisábamos las tácticas y regates entre el polvo o el barro, dependiendo de la época del año. Tampoco disputábamos torneos infantiles, ni sabíamos lo que era un árbitro con silbato. Éramos versos sueltos, genios improvisados y casi siempre incomprendidos. Aunque, eso sí, felices de hacer lo que nos daba la gana, y casi todo el día dándolo todo por la calle.

En mi memoria de niño de pueblo se me han quedado grabadas algunas imágenes de cómo vivíamos el fútbol los chavales, antes de que se convirtiera en un espectáculo de masas. La primera de ellas tiene que ver con un aparato de radio metido en una funda negra de cuero, que nos trajo a casa un pariente que estaba haciendo la mili en Melilla. Creo que era uno de los primeros transistores de mano, todavía grandecito, con cuatro pilas gordas,en el que escuchábamos los partidos de la Copa de Europa.

Aquella competición, a la que ya estaba abonado el Real Madrid, tuvo la culpa de que me decantara por los colores del equipo de Chamartín. También conservo en la retina las inevitables “diferencias” y disparidad de criterio que mantenía con mi hermano mayor, que se hizo del Atlético de Madrid y tratabade convencerme – sin conseguirlo – de que su equipo, con Gárate a la cabeza, era mejor que el mío. Las comparaciones suelen ser odiosas y a veces provocan conflictos, aunque sin llegar a mayores.

Yo insistía en que el Madrid había ganado ya cinco o seis Copas de Europa y ellos seguían intentando conseguir la primera. Le recordaba que Di Stefano, Gento, Amancio o Pirri le daban cien vueltas a cualquiera de los jugadores del Atleti, pero no había manera de hacerle entrar en razones. Era su Atleti del alma y punto pelota.

No recuerdo bien la gota que colmó el vaso, ni de quién fue la culpa, pero sí recuerdo que, en cierta ocasión, después de una derrota importante del su Atleti, casi llegamos a las manos. Me reprochaba, cosa que dudo bastante, que yo me reía de la desgracia ajena y lo estaba celebrando.

Yo podía recitar de memoria la alineación titular del Real Madrid de aquellos años, mientras mi hermano hacía lo propio con la del equipo rojiblanco. Él guardaba en su armario un cuaderno con fotos de periódico recortadas de los jugadores del Atleti y yo en el mío algunos cromos de los jugadores del Real Madrid y alguna foto de Di Stéfano. La pasión por el fútbol, la rivalidad y la alegría de ver ganar a tu equipo, aunque fuera en blanco y negro, formó parte de nuestra infancia.
Éramos niños en libertad. Niños de la calle, capaces de divertirnos con tan solo un balón,dos porterías de piedra y una radio.

 

Un libro sobre despoblación que no es más de lo mismo

Hae unas semanas apareció un libro muy interesante. Se trata de ¿Lugares que no importan? La despoblación de la España rural desde 1900 hasta el presente, de Fernando Collantes y Vicente Pinilla. Ambos, expertos en el tema y con investigaciones desarrolladas desde hace años. Está editado por las Prensas Universitarias de Zaragoza y se trata de la traducción de Peaceful Surrender. The Depopulation of Rural Spain in the Twentieth Century, de los mismos autores, publicado en 2011 por Cambridge Scholars Publishing.

En las casi doscientas cuarenta páginas de que consta el volumen, los autores construyen un esquema teórico que dé sustento a la descripción, análisis y explicación del fenómeno de la despoblación rural en Europa y ahí insertan el caso de España que es la razón del estudio. Comparar los datos de Inglaterra, Francia, Italia, Polonia y Rumanía, distintas sociedades y diferentes momentos a lo largo del siglo XX, con el caso español ayuda a poner en contexto, y entender, estas complejas situaciones.

Porque la despoblación rural en España tiene características propias, pero es coherente con lo sucedido en otros lugares de Europa. En unos sitios antes y en otros después. Libro muy recomendable para cualquiera que tenga interés en conocer las causas de la despoblación rural en España en el siglo XX (para el XIX ya había alguna brillante referencia) y quiera saber los orígenes de la situación actual. Una lectura que a algunos nos parece es el paso previo para proponer acciones pero que no es la tendencia con más seguidores.

En la edición española se han incluido un prólogo, La eclosión del debate público sobre la despoblación, y un posfacio, Los mitos del debate público sobre la despoblación. Altamente recomendables y que se podrían haber puesto bajo el título de Resumen ejecutivo. En el prólogo, después de dar fe de la presencia del tema en los medios de comunicación en los últimos años, apuntan en la página 13: “Una vez posicionada la despoblación rural como tema de debate público, la cuestión clave es que dicho debate gravite en torno a datos rigurosos, argumentaciones fiables y propuestas útiles. En nuestra opinión, esto por ahora no está ocurriendo. Lo que encontramos, más bien, es una serie de mitos, frecuentemente repetidos por periodistas y comentaristas pero que no, por ello, se corresponden con la realidad”. En el posfacio, como reza el título, entran a comentar los mitos. Son cuatro:

— Caminamos hacia el desastre. Dentro de poco estará todo perdido.
— Otras partes de Europa han logrado mejores resultados gracias a una mayor sensibilidad política ante los problemas rurales.
— La “España vacía” es una “España vaciada” por culpa de políticas públicas.
— La despoblación sólo puede revertirse con nuevas políticas.

Este es un libro que, supongo, se usará en el mundo académico porque es una fuente de conocimiento útil en el momento y base para seguir investigando. Pero no se queda ahí, con ser mucho, su potencial. Por el tema que trata, el enfoque y la claridad con la que está escrita es una obra que puede (y debe, en mi opinión) llegar a más amplios círculos sociales. Me parece de obligada lectura para agentes políticos y sociales de todos los ámbitos. Eso sí, muchos prejuicios, asentados en el imaginario colectivo, temblarán tras el desmontaje de los mitos citados más arriba. Pero si se lee con atención hay valiosas lecciones que aprender. Las dudas, como siempre, es si se hará y por quién. Pero eso ya depende de cada cual.

El trobador de la floresta

Cualquiera que se haya levantado antes del amanecer en los meses de enero, febrero y también en este mes de marzo habrá podido disfrutar del melodioso canto de nuestro protagonista en plena fría noche. Y supongo que muchos de los madrugadores os preguntareis que ave canta de noche de invierno.

Mirlo común macho.

Sobre nuestro protagonista Joaquín Araujo escribió:

“Febrerea el bosque, preludio primaveral mirleando tenaz.

Cuando se asusta lo suyo son estampidas sonoras”

Creo que queda claro que nuestro cantarín nocturno es el Mirlo común (Turdus merula). Su nombre científico proviene del latín “turdus” nombre que le puso Carlos Linneo a la familia de los mirlos y zorzales, y “merula” que es el nombre que utilizaban Plinio, Ovidio, Cicerón y otros autores para nombrar a este pájaro. Aunque según Isidoro de Sevilla en sus Etimologías, Libro 12: El mirlo “merula” se llamaba medula en tiempos antiguos, porque baila. Algunos dicen que es nombrado así porque vuela solo, “mera”.

Supongo que es un ave muy conocida por todos ya que son muy fáciles de observar en los parques y jardines que pueblos y ciudades donde permiten que nos acerquemos bastante, en el bosque la cosa ya cambia y son mas huidizos. Pero aún así hagamos una breve descripción. El mirlo común macho se caracteriza por su plumaje totalmente negro que contrasta fuertemente con el anillo ocular de color amarillo o amarillo-naranja y con un pico también amarillo, en invierno el círculo alrededor del ojo se vuelve más marrón y el pico ligeramente más oscuro. La hembra tiene un plumaje marrón y no tiene el pico, ni el anillo orbital de color amarillo si no marrón. Los juveniles tienen un plumaje marrón grisáceo similar al de las hembras.

Los mirlos buscan sus presas principalmente en tierra ya que son grandes consumidores de gusanos, sobre todo lombrices y escolopendras, que capturan rebuscando por el suelo y la hojarasca en descomposición, no dudan en explorar en los árboles y arbustos para alimentarse de los insectos que se posan en ellos, sobre todo de orugas. Aunque normalmente, cuando visita las ramas de árboles y arbustos para alimentarse, lo hace principalmente en busca de pequeños frutos carnosos: bayas o drupas. Son aficionados a las bayas que pueden coger y llevar en sus picos, pero no desdeñan picotear frutas más grandes como las manzanas o las frutas caídas en el suelo, por lo que a muchos fruticultores los mirlos no les caen nada bien y se olvidan del bien que hacen al consumir miles de insectos y gusanos. Este tipo de alimentación hace de los mirlos, al igual que otros muchos pájaros, un aliado para la regeneración y formación de bosques y matorrales, ya que michas semillas son depositadas en los excrementos de los mirlos y esto favorece la germinación de estas semillas. En las ciudades, además, picaran ganchitos, migas del pan, galletas, etc. Cabe resaltar que durante la temporada de anidación predominan las presas de animales, mientras que las frutas o bayas son más importantes en el otoño y el invierno.

Mirlo común hembra en la Alameda de Sigüenza.

Estos cantos en invierno son el empeño de los mirlos jóvenes que buscan un nuevo territorio para criar y por ese motivo pueden comenzar a cantar en el mes de enero y febrero. Los machos adultos que ya han ocupado su territorio suelen comenzar a cantar durante el mes de marzo. El canto del mirlo común es flautado y melódico y está considerado como uno de los más bellos cantos de las aves de Europa. Para el escritor y naturalista Ignacio Abella el canto del mirlo suena a quietud y flauta dulce. La riqueza de su repertorio, sus variaciones melódicas y la capacidad de improvisar distinguen al mirlo común de la mayoría de las demás aves. Son capaces de imitar a otras especies de aves, también gatos, seres humanos o alarmas.

El hábitat del mirlo común son las zonas boscosas y tienen preferencia por los bosques caducifolios. Aunque la adaptación de esta ave a distintos entornos entre ellos los urbanos hace que la podamos disfrutar en parques y jardines. También se puede encontrar en setos, zonas de arbustos, al borde de los bosques o en los cultivos.

Los principales depredadores del mirlo son el gato doméstico, el zorro, la garduña, el armiño y rapaces como los halcones. Pero lo que más ha mermado sus poblaciones ha sido la caza con escopeta, cepos, redes, liga y en la zona del Levante con el sucio y miserable arte del “parany” que es un atentado contra la naturaleza y la diversidad. Si además de las técnicas agrícolas que eliminan los setos que se formaban entre las distintas parcelas que proporcionan cobijo y alimento a los mirlos, el drenar las praderas húmedas y el incremento del uso de pesticidas.

Pero supongo que muchos de los lectores os estaréis preguntando:

¿Por qué cantan de noche los mirlos?

Parece increíble pero la inteligencia de las aves nos sorprende cada día y en realidad el canto nocturno es una las adaptaciones al ámbito urbano de estas aves, en el bosque no canta de noche. Y esto es debido a que en las ciudades y pueblos el ruido del tráfico evita que las hembras oigan el canto de los machos a larga distancia para atraerlas a su territorio y por ese motivo los mirlos machos han decido cantar durante la noche que es cuando el nivel de decibelios desciende considerablemente y su canto puede ser escuchado más lejos. Además, de noche los parques y aceras suelen estar vacíos y eso les permite alimentarse con mayor facilidad.

Mirlo común juvenil en un cerezo.

El mirlo común es un ave muy conocida desde tiempos remotos, ya se menciona y describe por Aristóteles en el décimo octavo capítulo del noveno “Libro de los animales”. Y es muy normal encontrárnoslo en muchos libros y poemas, como ejemplo citar que aparece en el poema “La Dama de Shalott”, de Lord Tennyson o en el famoso poema “Trece maneras de mirar un mirlo” del poeta norteamericano Wallace Stevens, ganador del Premio Pulitzer de Literatura en 1955.

Es también protagonista de algunas leyendas del rey Arturo, como las “Aves de Rhiannon” o “Culhwch ac Olwen”. Al mismo tiempo, se cree que el nombre del mago Merlín proviene de la palabra francesa “Merle” que es el nombre del mirlo en francés.

Asimismo, aparece en la vida de dos Santos de forma contrapuesta. En la vida del santo irlandés San Kevin, nos cuentan que un día que estaba orando y un mirlo puso un huevo en su mano y tal era su amor por los animales, que el santo no cambió de postura hasta que el pájaro rompió el cascarón; en cambio en la de San Benito, el demonio se le presento para tentarlo en forma de mirlo.

Pero como comentábamos antes lo más característico de nuestro mirlo es su bello canto y por ese motivo esta unido a la música popular y muchos autores lo han utilizado en sus composiciones:

Aparece en una canción popular infantil alemana titulada “Ein Vogel wollte Hochzeit machen”, la traducción es “Un ave quería casarse” que relata el matrimonio de un mirlo y un zorzal. La versión más antigua de la letra se fecha en Viena en 1470. Y es protagonista también de una canción popular vasca "Xoxo Beltza", traducido mirlo negro, que trata sobre la muerte de un mirlo que estaba enjaulado.

El mirlo negro (Le merle noir) es el nombre de una breve composición musical para flauta y piano del compositor y ornitólogo Olivier Messiaen, inspirada por el canto de los pájaros.

Pero probablemente la canción con el mirlo como protagonista más conocida sea "Blackbird", en castellano mirlo, canción del álbum doble de “The Beatles”, conocido como “The White Album”. “Blackbird” fue escrita por Paul McCartney mientras estaba en Escocia, inspirado por las tensiones raciales que se intensificaban en los Estados Unidos en la primavera de 1968. En ella además se oye el canto de un mirlo en el último verso.

Para finalizar una curiosidad, el polígrafo Álvaro Fajardo Hernández en sus investigaciones sobre el Drago milenario de Icod de los Vinos (Tenerife) ha encontrado indicios sobre la posibilidad que el nacimiento de tan simbólico árbol se produjera de una semilla que comió un mirlo y que germinó después de haber pasado por el tracto intestinal del ave.