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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

eufemismos

Una finalidad: la expresión de un deseo, una necesidad, etc. y el lenguaje que la articula revela nuestra actitud ante el mensaje comunicativo o ante nuestro interlocutor, poniendo de manifiesto nuestro deseo de agradar o de herir o bien de ser fieles a la realidad u ocultarla. Para agradar, los seres humanos hemos creado los eufemismos, es decir, palabras que nos permiten expresar sin rudeza hechos o situaciones difíciles de asumir, -éste es el sentido del título de la película de Manuel Gómez Pereira-; para herir, hemos creado la ironía o el sarcasmo; para ser objetivos, utilizamos un lenguaje franco y directo y para ocultar, es preferible no hablar o utilizar, también aquí, eufemismos.

Inmersos en la presente crisis económica, es patente la ironía, e incluso la sátira, que subyace en la situación social actual, pues los que más sufrieron los excesos en la época de bonanza económica, obligados a pagar precios abusivos por bienes de primera necesidad tales como la vivienda, ahora tienen que asumir las pérdidas, provenientes de la especulación, de quienes se los impusieron y enriquecieron a su costa. Era la época de las transacciones bancarias “preferentes” –he aquí el primer eufemismo de la crisis, cuando ésta todavía nos acechaba. Como hemos podido comprobar, el término “preferentes” ha venido a designar a los “preferentemente timados”: todo se permitía e incluso favorecía para propiciar el “crecimiento”, es decir, el enriquecimiento aun sin sostenibilidad, especialmente el de bancos, cajas de ahorros y grandes empresas.Ante tamaña injusticia, no es de extrañar que quienes nos imponen las asfixiantes medidas que supuestamente solucionarán la crisis utilicen eufemismos para enmascarar su crudeza. Es sintomático su uso cada vez más frecuente por parte de los poderes públicos -político, económico y la prensa que los secunda-: no en vano los eufemismos se llaman también “palabras políticamente correctas”. Veamos algunos ejemplos que ilustran este fenómeno.

Gracias a los bienintencionados eufemismos, valga la redundancia irónica, la crisis económica no es tal, sino una “coyuntura económica negativa” o bien una “desaceleración acelerada”, (esto es rizar el rizo); tampoco tenemos recesión económica, sino un  “crecimiento negativo”; no estamos sufriendo recortes en los servicios públicos y prestaciones sociales, sino que se trata de “ajustes”, que conforme se ha ido agravando la crisis han pasado de ser “coyunturales”, -es decir, temporales- a ser “estructurales”, -es decir, permanentes-. Como el estado no tiene “liquidez”, o sea dinero, se quiere recurrir a la “externalización” de los servicios públicos, esto es, a la privatización –así se seguirán enriqueciendo los que más recursos tienen en detrimento de los que menos tienen-. Como el aumento del paro se ha vuelto imparable, muchos de los que no tienen posibilidades de conseguir un empleo han decido recurrir a la emigración, -perdón, a la “movilidad exterior”-.

De estos ejemplos tan elocuentes, aunque podrían ser otros y muchos más, se puede deducir que el uso de estas expresiones “políticamente correctas”, no tiene otra finalidad que la del ocultamiento de insidias y la protección de los que las cometen, perpetuando con ello su status quo, sólo el suyo, –es obvio, pues, quién está dictando las medidas “anti-crisis”-. Pensarán que oscureciendo el lenguaje muchos no entenderán qué está pasando; ignoran que es imposible ocultar una realidad tan rotunda y que conocemos otras medidas más efectivas para paliar la crisis, pero en contra de sus privilegios, como son la persecución de la corrupción, la evasión de capital, la eliminación de los paraísos fiscales o la subida del I.V.A. de los artículos de lujo, por ejemplo. La información veraz es uno de los derechos fundamentales de las democracias, pero, además, creo que si estamos asumiendo unas restricciones y medidas tan duras por el bien común, quienes las imponen están obligados, al menos, a llamar a las cosas por su nombre e informarnos con honradez y valentía.

 

Inmaculada González Blanco

Poesía en libertad (Con Francisco García Marquina)

Presenta su libro de poemas, “Esto no es una pipa” (Premio Internacional Gerardo Diego) Francisco García Marquina en la calle Libertad, paralela a Barbieri, donde yo habité un apartamento en los primeros años ochenta. Entre poetas – le presentaron Francisco Caro y Rafael Soler -, familiares y amigos de Madrid y de Guadalajara, Paco impregnó el ambiente de versos, de humor y de ese extraño y misterioso “elixir de la inspiración”, que guarda en frascos diminutos. Una pócima elaborada en su casa de El Cañal, junto al Henares, con jalea real y plantas aromáticas. Un original brebaje, cuya receta solo comparte con las abejas viudas que supuestamente colaboran en su elaboración.

El escritor y biólogo Francisco García Marquina – él prefiere que le llamen “un hombre que escribe” – dejó de impartir clases en un instituto de Madrid, donde tuvo alumnos aventajados como el hoy ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, para irse a un molino de Caspueñas, junto al Río Ungría, a criar truchas. Y, por supuesto, para poder escribir sin agobios todo aquello que le apetecía.

Al contrario de su biografiado y admirado Camilo José Cela, el reciente ganador del premio de poesía Gerardo Diego y anteriormente Premio Blas de Otero por “El equipaje del náufrago” (2003), no viajó a Guadalajara con la intención de contarlo en un libro a la vuelta, sino con el convencimiento de quedarse a vivir entre nosotros, cambiandolos atascos de la calle Alcalá por las puestas de sol de nuestra campiña. Dando clases a los peces del Río Ungría.

Como le he escuchado decir en más de una ocasión, el lugar de nacimiento es casi siempre accidental, mientras que elegir el lugar de residencia, como ha sido su caso, es decisión libre de uno mismo. A Paco García Marquina seguramente le hubiera gustado ser protagonista del “Libro de Buen Amor” por esas tierras de Hita o incluso monje bibliotecario, montaraz y algo libertino en el antiguo monasterio benedictino de Sopetrán. Sin embargo, le ha tocado adaptarse, con gran sentido del humor y no poca dosis de paciencia, en una época muy distinta, donde sobrevive contando historias, uniendo palabras y buscando adjetivos. O, como es el caso, escribiendo libros de poesía, en forma de diarios.

Entre los 59 poemas de “Esto no es una pipa”, me detengo en el del 6 de diciembre, porque queda entre mi santo y mi cumpleaños, y porque invita a reflexionar un rato sobre nuestras vidas. En estos versos, como en tantos otros, te encuentras con García Marquina en estado puro.

“Si al doblar una esquina
pudiera tropezar con quien yo era,
él pasaría de largo sin reconocerme
y yo me guardaría la pregunta
de cómo ha conseguido llegar a lo que soy.
Fui audaz en el ensueño y noble por escrito,
pero, al roce cruel de un mundo inexplicable,
fui bajando las manos y perdiendo el valor
y hasta la cobardía.
Aunque la madrugada no se anuncia
mejor que fue la víspera,
camino alegremente. Y me sonrío
de no saber por qué”.

Irónico, rápido, con gran sentido del humor, Paco García Marquina tiene ya escritos veintidós libros de poesía, es autor de una voluminosa biografía sobre el Nobel Camilo José Cela – yo diría que la mejor y más trabajada –, de media docena de novelas, además de cuentos y ensayos, pero vive fuera del escaparate. Sonríe desde la distancia, alejado de las grandes citas literarias, al margen de la feria de las vanidades. Pero eso sí, dejando en el papel, con esa letra rotunda y precisa, poemas como este:

“No me salen las cuentas,
porque al llegar a término voy a morirmemucho,
después de haber vivido escasamente.
Yo fui nacido en blanco y sin merecimiento,
y luego vino Dios a hacerse cargo.
Y me dejó el temor, prendido entre las ropas de la casa,
de que al final el cielo
fuera a pedirme cuentas de todo lo vivido”.

Cuando me lo encuentro, inevitablemente recuerdo su trabajo impagable, aunque impagado, de  colaborador y estudioso de Camilo José Cela. Pero le tocó torear con Marina Castaño y fue empitonado, como tantos otros, para borrar infructuosamente huellas de la Alcarria que sobreviven en los libros y artículos de Cela y de Marquina. Antes de recomendarles la lectura del poemario de Francisco García Marquina – recuerden, “Esto no es una pipa”, Editorial El Desvelo -, les dejo con este breve pero bello poema, escrito un 7 de julio.

“Tengo miedo de hacer asunto público
de este amor que guardamos.
A nadie voy a hablar de tu sonrisa,
por si alguien te la roba,
ni de tu paso alegre, por si alguno
quisiera darte alcance”.

Lo dicho, un gran poeta, un estupendo narrador, cultivado en los clásicos, pero también en la soledad y en los atardeceres de la campiña.

¿Volvemos a la piedra?

¿Volvemos a la piedra?

Por Antonio Lucena

Últimamente se habla de la nueva ley que se desea aprobar en sustitución de la Ley de Costas del año 1988; se llamará, haciendo honor al eufemismo, Ley de Protección y Uso Sostenible del Litoral. De acuerdo con la práctica actual y según juristas, las enmiendas “esconden en cada palabra un juego”; el árbitro en este juego seria el ayuntamiento del lugar.
Consecuencia de la nueva ley será el que la zona de dominio marítimo a proteger de edificaciones baje de 100 m a 20 m; en esta zona por el mal cumplimiento de las normas anteriores hay viviendas, pero en las que la vigilancia se extremaba para evitar la menor modificación de ellas. Con la nueva ley, las construcciones anteriores a 1988 con distancia al mar de más de 20 m pueden legalizarse y como complemento, la posibilidad de completar el cerco de cemento alrededor de las playas será una auténtica realidad.
Además, la casi segura futura Ley de Protección del Litoral amnistía 12 núcleos de población que invaden dominio público, pese a presumir de tolerancia cero. Al mismo tiempo, otorga 75 años de concesión de terrenos a viviendas construidas en suelo público como seguridad jurídica a sus ya propietarios; esta excepción afecta a unas 10.000 viviendas que deberían, según normas anteriores, comenzar a demolerse en el año 2018. Supone una amnistía tan sería como la que significó la regularización con Hacienda de años pasados, y que tanta gracia causó a algunos.
Abel Matutes, ex Ministro de Exteriores, por el que numerosos miembros del PP pondrían la mano en el fuego, asegura que él ha trabajado mucho en esta ley; no tiene nada de extraño puesto que quiere empezar de inmediato “un plan de excelencia” en una playa de Ibiza que puede ser comparado, según indica, al de Eurovegas ya que incluye cinco hoteles, campo de golf y otras maravillas tales como un enorme centro comercial.
Gran parte de la culpa de estar en el presente hoyo es de la borrachera de ladrillo que sacudió las mentes en los noventa y principios de este siglo; hay tres millones de viviendas cerradas y, sean propiedad de particulares o bancos, se están deteriorando; en ellas están enterradas cantidades ingentes de dinero que no presta servicio alguno. Con leyes del estilo de la que se está comentando quizás se pretenda reactivar la construcción que, no cabe la menor duda, ocupó a juan español, pero que ya mostró un infame paso a la historia.
Quizás habría que pensar en nuevos cauces por los que llevar el carro de esta España; en el presente está en manos de gente absolutamente ajena, a la que nadie ha votado, gente que conforma el FMI, BM, y Alemania.
El tema de hoy se enlaza con la nueva Ley de Patrimonio, sobre la que es posible que hablemos en próximos números.

Vamos a ver muchas cosas

Pancarta

Esta pancarta estuvo todo el curso pasado a la entrada del IES Martín Vázquez de Arce de Sigüenza. Se trataba de recordar que los recortes en educación de Castilla-La Mancha se ceban especialmente con las zonas rurales, sobre todo en las escuelas y en la sanidad. El 25 de mayo, al enterarnos de la venida de varios representantes políticos al acto de la clausura de la Primavera Universitaria, sentimos la imperiosa necesidad de recordarles que nos están ahogando, y al mismo tiempo queríamos respetar el acto, puesto que había mucho esfuerzo y trabajo de muchas personas invertido allí. Así que echamos mano de la pancarta que, por casualidades de la vida, o no, yo llevaba en el coche. El resto fue el sentir y la valentía de los que nos ayudaron.
En estos últimos dos años se han sucedido muchos eventos políticos a los que asiste la Coordinadora de los Servicios Periféricos de Educación de Castilla-La Mancha en Guadalajara y en todos esos actos expone sus personales esfuerzos para conseguir traer a Sigüenza toda suerte de cursos universitarios, congresos y demás. En esas oratorias no habla de lo que nos han quitado: el CPR, la Escuela de Adultos, módulos de formación profesional públicos, profesores, maestros y lectores de inglés, o de lo que quita o no da a otros pueblos para traerlo a Sigüenza. Por ejemplo, para que la Escuela Oficial de Idiomas exista en Sigüenza es necesario que no exista en otros lugares con mayor población, y conseguir mucha matrícula. Para ello la Coordinadora no tiene reparo en interrumpir las clases de secundaria para decir a los chavales que necesitan un título oficial de la Escuela Oficial de Idiomas si quieren conseguir un trabajo. Y digo yo: ¿cómo puede alguien pedir a chavales de 16 años que asistan por la tarde a clases extra para aprender inglés? ¿No es esa una utilización política de los niños? Los alumnos asisten seis horas diarias a clase por la mañana, en las que está incluida la asignatura de inglés. ¿No sería más conveniente reforzar esta asignatura con más profesores, con nuevas metodologías o con más horas, por ejemplo, y que los adolescentes utilicen las tardes para estudiar, para cultivar hobbies, hacer deporte, aprender música o simplemente descansar o estar con la familia y los amigos? Pero claro, ella necesita matrícula suficiente para justificar una extensión de la Escuela Oficial de Idiomas en Sigüenza; y el resto callamos porque en el fondo, aunque sea injusto, nos conviene.
Lo mismo está ocurriendo con las escuelas de los pueblos. Las quitan en los pueblos pequeños y hacen que los niños vayan a localidades más grandes y a éstos últimos los intentan convencer de que para el pueblo grande (es decir, con más votantes) eso es una buena cosa, y no lo es, porque poco a poco esos pueblos pequeños van desapareciendo y con ellos la esencia de esta tierra.
Aviso a navegantes: los recortes han desmantelado toda una red de servicios sociales, prevención de incendios, transportes, escuelas y centros de salud y para reponerlos vamos a necesitar varias décadas, si es que alguna vez lo conseguimos. Y mientras vamos a ver muchas cosas, cosas que nos contaron nuestros abuelos y que parecían del siglo pasado, y no estoy hablando de dulzainas y rosquillas, qué más quisiera yo.
Y otra posibilidad es que haya intereses muy grandes en la despoblación rural para tener vía libre para el Fracking y demás barrabasadas medioambientales como los cementerios nucleares.

Luto en el Alto Tajo

El espíritu de Sampedro

Lo decía José Luis Sampedro, con esa lucidez que le acompañó hasta el día de su reciente despedida, con 96 años y después de tomarse un Campary con hielo,  como ha contado su viuda Olga Lucas: “Somos naturaleza. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe”.
La discreta muerte del escritor y economista –pidió a los suyos no comunicar su fallecimiento hasta haber sido incinerado–, no es más que la confirmación de la reflexión con la que arranca la novela “El río que nos lleva” (1961) y que dice lo siguiente: “Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera, porque la vida no avisa”.
Seguramente, “El río que nos lleva” no sea la mejor novela de Sampedro ni la más conocida –“La sonrisa etrusca” y “La vieja sirena” tuvieron mayor impacto popular–, pero tiene algo especial que la distingue del resto de su bibliografía: transcurre en tierras de Guadalajara y sus protagonistas son gancheros que bajaban las maderadas desde Peralejos de las Truchas hasta Aranjuez, con la única ayuda que les prestaba la corriente del Río Tajo.
“El río que nos lleva”, como “El viaje a la Alcarria” de Camilo José Cela, tiene el valor añadido de pasear al lector por unos parajes cercanos y muy queridos. En el primero de los libros de una manera más libre y figurada y en el segundo haciendo un retrato mucho más auténtico –aunque en ocasiones también exagerado– de los habitantes de La Alcarria en los duros años de la posguerra. No tienen nada que ver el uno con el otro, ni tampoco tienen nada que ver sus autores, aunque hayan sido coetáneos y ocuparan ambos escaños de senadores por Designación Real.
La humanidad y el talento de José Luis Sampedro lo descubrí cuando el director de cine Antonio del Real consiguió la financiación suficiente para llevar al cine en 1989 la novela “El río que nos lleva”, con un reparto en el que figuraban Alfredo Landa, Fernando Fernán Gómez, Eulalia Román, Toni Peck (hijo de Gregory Peck), Santiago Ramos y Mario Pardo, entre otros. Me faltó tiempo para proponer un reportaje sobre los viejos gancheros que pudieran quedar en Zaorejas o Huertapelayo y de los que probablemente se hablaría mucho con motivo del rodaje de la película.
Gracias a este proyecto cinematográfico, tuve en aquella primavera de finales de los ochenta la oportunidad de descubrir la personalidad de un José Luis Sampedro poco reconocido hasta entonces en nuestra provincia, y también tuve la ocasión de disfrutar de la belleza de los paisajes que rodean al Monasterio de Buenafuente del Sistal, después de hacer noche en una pensión de Peralejos de las Truchas. Unos días después nos fuimos el fotógrafo y yo a Aranjuez para entrevistar al director Antonio del Real y al actor Alfredo Landa, que nos hizo una demostración de destreza y equilibrio sobre unos maderos lanzados al agua.
A José Luis Sampedro le hacía ilusión que su novela, casi olvidada hasta entonces, fuera llevada al cine, pero tomaba precauciones para que no se distorsionara el argumento. En su casa de Argüelles, casi esquina a Cea Bermúdez, me llamaron la atención un año después las distintas tablas sobre las que ponía los cuadernos y escribía sus manuscritos, los muebles antiguos de madera y la ausencia de un televisor en el salón. Sampedro, que acababa de publicar “La sirena varada”, se sentía orgulloso de ello y me insistió mucho en los efectos perniciosos del aparatito, a pesar de que la telebasura todavía no estaba en su actual apogeo.
Le conté que el padre Ángel me había dicho que utilizaba párrafos de la novela “El río que nos lleva” en las misas del monasterio de Buenafuente y le propuse coger de nuevo la mochila para recorrer el Alto Tajo. Lo haría encantado, me dijo, pero tendría que esperar a que se recuperara de la delicada operación a corazón abierto que le había realizado el doctor Valentín Fuster en el Hospital Monte Sinaí de Nueva York.
José Luis Sampedro se ha ido en silencio –entre el ruido de los funerales de Sara Montiel y de Margaret Thatcher–, pero nos queda su espíritu y la enorme humanidad  que ya mostraba en “El río que nos lleva”.
Javier del Castillo