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La (des)población y la agenda política

Es probable que una de las palabras más pronunciadas, y escritas, en el último año y medio en España haya sido “despoblación”. Desde conversaciones particulares a reuniones más formales de diverso carácter, raro era el día queuno no se tropezaba con el término. Se publicaron varios libros, de enfoque literario o periodístico, eso sí, que han sido ampliamente reseñados, comentados y vendidos. Incluso han dado pie para que sus autores sean llamados a intervenir en foros especializados sobre el tema.

Tan intensa y extensa presencia mediática ha reintroducido el asunto en la denominada “agenda política”. El 17 de enero, en la VI Conferencia de Presidentes, se creó el Comisionado del Gobierno frente al Reto Demográfico (R. D. 40/2017, de 27 de enero) y el pasado 5 de septiembre se celebró la tercera reunión del grupo creado para proveer de contenido a la estrategia que se pretende desarrollar de cara a dicho reto.No he encontrado detalles de los temas tratados en esas tres reuniones; ni orden del día ni actas posteriores. No sé si están disponibles, ni si lo estarán, o si se publicará un documento cuando eleven sus propuestas. En este momento, sin embargo, eso no me preocupa.

Sí me gustaría compartir mi inquietud sobre las razones que, según la letra del real decreto, justifican la existencia del Comisionado y de la denominada estrategia frente al reto demográfico. En el preámbulo de la citada norma se cita el “desequilibrio de la pirámide de población” como una justificación de lo pertinente que es la creación de dicho comisionado. Unas líneas más abajo aclara la dirección de dicho desequilibrio: se prevé una disminución de la población, hay un alto grado de envejecimiento, hay zonas del territorio poco habitadas… Más concretamente, en el primer artículo dice: Se crea el Comisionado del Gobierno frente al Reto Demográfico, al que corresponde la elaboración y el desarrollo de una estrategia nacional frente al reto demográfico y aquellas tareas que contribuyan a dar respuesta a la problemática del progresivo envejecimiento poblacional, del despoblamiento territorial y de los efectos de la población flotante. Vamos por partes.

Sería muy conveniente que quien inspiró el real decreto aclarara qué entiende por una pirámide equilibrada. Probablemente una en la que la base fuera muy amplia por la abundancia de nacimientos y la subsiguiente población infantil. Sin embargo, ese tipo de población corresponde a una sociedad que no es la europea y española actuales, y sería origen de otros inconvenientes, por lo menos, tan graves como los que se pretenden enfrentar con este real decreto. Por otro lado, al señalar, el “envejecimiento poblacional”, el “despoblamiento territorial” y, algo misterioso, “los efectos de la población flotante”, sin referirlos a unas circunstancias concretas (p. ej.: grupos de edad, lugares donde se presentan dichos problemas y población en conjunto), es no decir nada útil. Pero sí introducir ruido y confusión en el planteamiento de los verdaderos problemas. El error, en esta y otras aproximaciones al tema (en eso son iguales grupos que dicen afrontar el problema desde posiciones diferentes y aún enfrentadas), es suponer, contra toda evidencia, que la población es homogénea, en cuanto a su distribución por sexo y edad, y está equitativamente repartida por todo el territorio que se use de referencia. Da lo mismo si se trata de una ciudad, una provincia o un continente, se divide el número de habitantes por la extensión del espacio elegido y se obtiene una cifra. Después se decide si esos son muchos o pocos habitantes y ya está. Pero no es esa la forma de conocer y comprender cómo es una población concreta, cómo ha llegado ahí y qué hacer (si es que se puede hacer algo) después de comprender lo que está pasando.

Permítame, quien lea estas líneas, que cite a una autoridad en demografía, Julio Pérez Díaz, que deja claro el sinsentido de la propuesta1. Lo primero que le llama la atención es la mezcla, en tan poco espacio, de asuntos tan variopintos como los que aparecen en el citado artículo primero del real decreto. Lo cual hace que se pregunte por quién proporciona el marco teórico al gobierno en estos asuntos demográficos y concluya que los profesionales están ausentes de tan importante cometido. Apostilla sobre ese artículo: Cada punto de la trilogía es falaz, juntos son un monumento al sin sentido legislativo. Así que, una vez visto el vacío técnico de la norma legal, estaría bien saber la preparación de quienes forman el grupo de trabajo, y qué propondrán, si esas son las condiciones de partida.

Aunque reconozco que mi curiosidad por conocer los documentos que surjan de esas reuniones aumenta. Sobre todo por poder compararlos con las recomendaciones que, sobre despoblación, ya hicieron desde el Senado el pasado año 20152. Acerca del contenido de estos dos documentos, que tienen mucho material opinable, podremos hablar otro día. De todas formas, lo que de verdad es preocupante, por la gravedad del asunto y por la frecuencia con la que se presenta, es la conducta retratada por el profesor Pérez Díaz en la siguiente frase: Mal vamos si un problema real es erróneamente diagnosticado y se mezcla con cosas no relacionadas haciéndolo incomprensible. Efectivamente, muchos de los problemas que percibimos a nuestro alrededor, algunos de los cuales consideramos enquistados, incluso irresolubles, tienen su origen en un error de diagnóstico. Desde mi punto de vista, en los últimos tiempos, uno es el campeón indiscutible: el que se oculta tras el término “despoblación”.

1. https://apuntesdedemografia.com/2017/02/06/comisionado-frente-al-reto-demografico/

2. El informe de la Ponencia de estudio para la adopción de medidas en relación con la despoblación rural
   en España: https://www.senado.es/legis10/publicaciones/pdf/senado/bocg/BOCG_D_10_505_3392.PDF
   El de la Comisión Especial de Estudio sobre las medidas a desarrollar para evitar la despoblación de las zonas de
   montaña, aquí: https://www.senado.es/legis10/publicaciones/pdf/senado/bocg/BOCG_D_10_550_3678.PDF

Calixto y la pasión catalana

Mi primo Calixto nunca fue para nosotros un “polaco”, ni un “catalino” cerrado y excluyente. Llegaba cada verano al pueblo de su mujer, Luisa, tan feliz y contento, dispuesto a disfrutar de sus vacaciones y receptivo a la hora de emprender su inmersión en la Castilla profunda, sin dejar por ello de sorprenderse de las tareas que algunos de sus parientes desarrollaban por esas fechas en el campo. Pintor de brocha gorda, orgulloso de sus raíces, amable y simpático, lo recuerdo siempre con su inconfundible acento catalán, empapelando las paredes de nuestra casa de la Plaza o retocando los marcos de algunas puertas.

Sólo en ocasiones, cuando le recordabas las seis Copas de Europa del Real Madrid de entonces, o lo mal que estaba el Barça, cambiaba el semblante, se le escapaba la palabra collons –pronúnciese  cuyons arrastrando la “s”, por favor– y se defendía echando mano de una lista bien aprendida de las “supuestas” ayudas que recibía el equipo blanco por ser el equipo del “régimen”. Culé hasta la médula, barcelonés de nacimiento y por vocación, Calixto era un ser entrañable y querido. Nuestro “catalán” de los veranos. Yerno de Maximina, había nacido en un barrio castizo y humilde de Barcelona, ciudad en la que conoció a Luisa, una hija de emigrantes, con la que se casó algo mayor y con la que no tuvo descendencia.

Supongo que el perfil de este hombre vuelve ahora a mi memoria de adolescente como si fuera una especie de bote salvavidas o como el alivio necesario para salir de la locura secesionista en la estamos. A Calixto le gustaba el pueblo. Le hacía gracia ver como mi padre le daba unos toquecitos con el dedo a la sandía, todavía agarrada a la mata, y le decía: “vamos a coger esta que ya está madura”. Mientras la abría por la mitad con una navaja cabritera, no le quitaba ojo y luego, cuando la ofrecía una raja, se inclinaba hacia adelante para no mancharse.

En la era, durante la trilla o mientras se aventaba la paja para separarla del grano, buscaba cualquier excusa para hacer los deberes y examinarse. Pese a las reticencias del patrón, intentaba poner a prueba sus habilidades con escasa fortuna. Era encomiable su predisposición, su fuerza de voluntad y sus enormes ganas de aprender, aunque los resultados no fueran los deseados. Calixto preguntaba una y otra vez si no sería mejor colocar los sacos de esta otra manera o qué sentido tenía madrugar tanto para ir a segar las cebadas o a acarrear paja. Escuchaba las explicaciones y después se quedaba pensativo, tratando de entenderlas y asimilarlas.

Pero, lo que más me gustaba de Calixto era su interés por aprender y sus ganas de participar e integrarse. Era un catalán aparentemente cerrado, pero simpático y deseoso de hacer amigos y de encontrar respuestas a cuestiones y preguntas que jamás se hubiera hecho de no haberse casado con Luisa, la hija mayor de Maximina. Si ella no hubiera aparecido en su vida quizás tampoco hubiera conocido nunca la dura realidad de un pueblo pequeño en plena meseta castellana.

En lo suyo, la pintura, era un maestro, un profesional serio y cualificado. Sin embargo,  aceptaba también de buen grado su papel de aprendiz en las tareas del campo. Sus veranos en Riba de Santiuste le permitieron conocer un mundo totalmente alejado del suyo, asimilar costumbres, pescar cangrejos con reteles y sorprenderse con historias que parecían increíbles en una España felizmente superada. A Calixto le acabó gustando el pueblo, aunque no llegara a explicarse muy bien cómo su familia política habría podido sobrevivir en casas sin baño ni agua corriente, compartiendo la vivienda con los animales.

Las sorpresas que le depararon a Calixto aquellas vacaciones en su provisional refugio castellano podrían equipararse a las que les deparaban a las familias de emigrantes castellanos que se trasladaron en los años cincuenta y sesenta a los extrarradios de Barcelona o a ciudades cercanas, como El Prat de Llobregat, Blanes, Canovellas, Hospitalet de Llobregat, Mataró o Manresa. A muchos de ellos les costó también integrarse, pero no había marcha atrás. Era cuestión de supervivencia. 

Dentro de este flujo migratorio en cualquiera de las dos direcciones, cuesta explicar y no digamos ya entender algunas de las cosas que están ocurriendo en Cataluña en estos momentos. Si el bueno de Calixto levantara la cabeza –pese a su pasión por los colores blaugranas, su defensa del idioma catalán o el respeto por algunas tradiciones como la sardana–, probablemente soltaría con toda su fuerza y con toda su alma un collons que se escucharía en toda la comarca. Luego, le pondría una vela a la virgen de “la moreneta” y seguidamente pediría explicaciones a quienes se pasan el ordenamiento jurídico por el arco del triunfo y a quienes están empeñados en destruir la convivencia y tirar por tierra lo construido durante siglos.

Los veranos de Calixto en un pequeño pueblo de Castilla le permitieron descubrir no sólo el alma castellana, sino la necesidad de aprender y compartir otras costumbres y otras culturas. Pero como decía Josep Plá, ahora otro facha denostado, “el catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo un español 100% y le han dicho que tiene que hacer otra cosa”.

Pues ellos se lo pierden.

Lecturas recomendables y víctimas inocentes

Repaso las lecturas de este verano y me doy cuenta de que he pasado buena parte de mi tiempo libre sumergido en tres historias ambientadas en la Guerra Civil. Entre la realidad y la ficción, con visiones y perspectivas distintas, entre héroes y villanos, pero, eso sí, teniendo siempre como hilo conductor el enfrentamiento de las dos Españas. En cada uno de esos tres libros –“El monarca de las sombras”, “Recordarán tu nombre” y “Banderas en la niebla”– de los que hablaré a continuación hay argumentos suficientes para dejar clara la sinrazón de aquel enfrentamiento. Elementos que desembocan en la frustración de ver a tantos jóvenes perder la vida en campos de batalla, sin saber muy bien por qué luchaban.

Comencé las vacaciones leyendo “El monarca de las sombras” (Editorial Random House) de Javier Cercas, que me habían regalado mis hijos el Día Padre. Después de haber disfrutado con la lectura de “Soldados de Salamina”, quería conocer esta nueva novela, donde Javier Cercas afronta la asignatura pendiente de contar la historia de su tío abuelo, Manuel Mena, voluntario requeté, que falleció a los 21 años en la batalla del Ebro.

La memoria familiar de Javier Cercas y las circunstancias que se vivieron hace ochenta años en un pequeño pueblo de Cáceres, sobre las que se había extendido una especie de pacto de silencio, me hicieron recordar una historia similar que marcó la vida de la familia de mi madre. El Manuel de “El monarca de las sombras” se llamaba en este caso Victoriano, un joven alegre y despierto que también se fue voluntario con los requetés y que ya nunca volvió. Tenía 19 años y murió en Belchite (Teruel), sin que pudiéramos saber dónde estaba enterrado para recuperar su cadáver.

La foto de mi tío, hermano de mi madre, permaneció durante muchos años en el comedor de la casa del pueblo, enmarcada en negro, el mismo color que desde su muerte llevaría la abuela Dionisia. Mi madre, en algunos momentos señalados, me hablaba del “tío Victoriano”, de lo trabajador que era y de lo mucho que le gustaba ir de caza. Dentro de su tristeza, con el recuerdo siempre presente del hermano abatido y a modo de consuelo, se alegraba de que yo fuera portador de algunos rasgos de su carácter. Cuando volvía a casa con algún conejo o unos kilos de cangrejos del río, recuerdo que mi madre le decía a la abuela: “Mira, este chico es igual que era su tío Victoriano”.

Por supuesto, como ocurrió con Manuel Mena y tantos “victorianos” que lucharon en uno y otro bando, apenas sabían cuáles eran los objetivos y los ideales por los que luchaban. Vidas truncadas en el campo de batalla, con madres y hermanos intentando recordar a sus héroes caídos sin levantar la voz, sufriendo en silencio o incluso ocultando a las nuevas generaciones los desastres de esa guerra entre españoles.

La siguiente novela que he leído este pasado verano ha sido “Recordarán tu nombre” (Editorial Destino), de Lorenzo Silva, otro de mis autores favoritos. La historia que narra el escritor tiene como protagonista al general Aranguren, máximo responsable de la Guardia Civil en Barcelona, durante la Guerra Civil. Nacido en Ferrol y bien relacionado con la familia de Franco, al que conoció además en las guerras de África, decidió permanecer leal al gobierno de la República, aunque ello le costara después de la contienda la muerte, previo juicio militar, con la sentencia ya firmada de antemano.

La recreación de la vida del general Aranguren, otro de tantos héroes olvidados, ayuda a conocer mejor el carácter de este militar, adscrito luego a la Guardia Civil, y su concepto de la lealtad. Lorenzo Silva aporta una extensa documentación sobre el general republicano, así como testimonios de sus nietos y de personas que le conocieron desde principios de siglo hasta el levantamiento militar.

El tercer libro leído este verano, durante las postrimerías vacacionales, ha sido “Banderas en la niebla” (Editorial Plaza&Janés), de Javier Reverte. Aunque haya sido el último de esta trilogía “guerracivilista”, no tiene nada que envidiar a los dos anteriores. Es más, consigue captar mejor la atención desde las primeras líneas y mantiene el interés hasta la última página.

En lugar de centrarse en la historia de un solo personaje, como hacen Javier Cercas y Lorenzo Silva, el periodista y escritor Javier Reverte elige a dos jóvenes combatientes en la Guerra Civil: uno por cada bando y de orígenes y perfiles claramente opuestos, aunque acaben luego unidos por la misma suerte. O mejor dicho, por la misma desgracia.

José García Carranza, “El Algabeño”, es un torero andaluz, triunfador en el ruedo y en las alcobas de la nobleza, que se alista en el bando nacional y que disfruta matando campesinos, lo mismo que si fueran animales en una plaza de toros. Nada que ver con el perfil del otro protagonista de “Banderas en la niebla”, John Cornford: buen estudiante, nieto de Charles Darwin, que abandona la universidad de Cambridge para apuntarse a las Brigadas Internacionales. Cruza la frontera y apenas tiene tiempo, entre los disparos, de darse cuenta de la realidad española de entonces.

Lucha y sufre por defender sus ideales de democracia y libertad, desde una posición de izquierdas, y convencido de que la victoria en la guerra española acabaría con los movimientos nazis y fascistas en Alemania e Italia. Antagónicos, claramente opuestos en ideas y conceptos vitales, a los dos les espera el mismo destino en las sierras jienenses de Lopera.

La reflexión que se me ocurre después de recorrer los senderos de las tres novelas es la siguiente: la guerra civil terminó hace casi ochenta años y apenas quedan ya testigos directos de esa lamentable contienda. Entonces, ¿por qué no somos capaces de recordar lo que pasó sin buscar culpables entre sus herederos, entre quienes hemos pagado, de una o de otra manera, sus terribles consecuencias?

¿Hasta cuando?

Llevaba años pensando escribir este artículo, pero este agosto, después de visitar dos veces el cuartel de la Guardia Civil para interponer sendas denuncias, me he decidido: de este año no pasa. Me hierve la sangre, advierto.

Comenzaré explicando los motivos inmediatos de esta ira que me corroe. Miércoles, 16 de agosto, diez de la mañana: al salir de casa advierto que en la fachada sur de mi vivienda algún artista ha realizado una pintada en varios colores que ocupa dos de las paredes del patio anexo y cuyo significado he sido incapaz de descifrar. Me voy directamente al cuartel.

Jueves 17 de agosto, nueve y media de la mañana: me asomo al balcón y descubro que el mástil de hierro de una de las dos papeleras instaladas en un pequeño espacio de suelo municipal ha sido partido, la papelera ha desaparecido y su contenido esparcido por toda la calle. Me voy directamente al cuartel.
En ambos casos, ante la pregunta del agente “¿sospecha usted de alguien?” no he tenido el menor remilgo en contestar que yo no he visto nada pero que sospecho de los componentes de alguna de las peñas ubicadas en mi barrio; si los veo orinar en cualquier parte, hacer barbacoas en plena calle y vociferar como posesos a altas horas de la noche, los considero perfectamente capaces de ser autores de los hechos mencionados.

Jueves 17 de agosto, una y media de la tarde: me informa mi suegro que durante las fiestas han roto los espejos retrovisores de los coches estacionados en la calle Villegas. Otro clásico del verano. 

Viernes, 18 de agosto: a doscientos metros de mi casa, ante la puerta de una de las peñas, tirada en el suelo, descubro la papelera rota y robada llena de botellas de refresco vacías. Sospecha confirmada. Me voy directamente al cuartel.

Hasta aquí los hechos delictivos. Pasemos a otras consideraciones.

Las peñas. Quien conozca La Rioja, Navarra o el País Vasco sabrá que en esas tierras las peñas funcionan durante todo el año, tienen unos atractivos locales donde celebran certámenes gastronómicos, promueven actividades deportivas y culturales y organizan viajes y excursiones. Aquí, salvo honrosas excepciones, los locales parecen competir en fealdad, no disponen de servicios higiénicos –mucho menos para minusválidos– ni cocina equipada con los servicios que requiere un establecimiento de hostelería; su único objetivo parece ser armar mucho ruido a todas horas, especialmente durante la noche, ensuciar las calles con orines, vomitonas y bebidas derramadas y consumir alcohol masivamente. Me pregunto si es que durante todo el año no beben y esperan a estos días para saciarse o, por el contrario, es un hábito muy arraigado durante los fines de semana que alcanza su culmen en estas fechas festivas. En cualquier caso es un grave problema que apenas se ha abordado, ni en el seno de las familias, ni en los colegios ni desde el Ayuntamiento.

Continúo con las peñas. Todos los veranos escucho o leo en los medios de comunicación aquello de que “las peñas son el alma de las fiestas”. Discrepo radicalmente: la palabra ALMA, que procede del verbo latino alo, alere (alimentar, nutrir) significa “alimentador, nutricio”; por tanto, el alma de las fiestas somos los ciudadanos que con nuestros impuestos alimentamos el presupuesto municipal para estos festejos. A ver si nos aclaramos. Sinceramente, no le veo gran mérito a barrer un local –habitualmente cochambroso–, llenarlo de burdas pintadas, desfilar ebrios y vociferantes por las calles y acudir a contemplar por la tarde la ejecución pública de unas reses.

Supongo que a estas alturas del artículo más de uno estará diciendo: “Pues si no te gustan las fiestas, te largas; eres un bicho raro, un excéntrico y un snob”. Pero, ¿por qué me tengo yo que ir si vivo aquí, aquí están mi casa y mi familia y en Sigüenza se está divinamente en verano?
Los toros. No voy a entrar en el debate de si deben celebrarse o no festejos taurinos; a lo que voy es a su financiación: ¿por qué hemos de asumir todos los ciudadanos los gastos –los más abultados de todo el programa festivo– de unas celebraciones que no a todos les placen? Con el presupuesto de los toros podrían mejorarse –y mucho– las actuaciones musicales, las representaciones de teatro, las competiciones deportivas.... Quien quiera toros, que los pague.

Que una comisión de las peñas se constituya en empresa taurina, alquile la plaza al Ayuntamiento, organice los servicios sanitarios y de seguridad y asuma la responsabilidad de organizar el cartel. Y punto.

La cabalgata de fiestas. Nunca he entendido el derroche que suponen los desfiles, aunque debo reconocer que los hay muy vistosos. Pero organizar un desfile con carrozas supone dinero, tiempo y arte. Nada de eso se aprecia en el de aquí, que me parece, sencillamente, grotesco; un quiero y no puedo, una paletada.

La reina y sus damas. Me resulta sexista, desfasado y propio de los tiempos del tardofranquismo. Propongo sustituir el acto de presentación por un homenaje a las personas que más se hallan distinguido por una labor social, cultural o deportiva.

Las actuaciones musicales. Mientras toda España bulle de festivales de música, de cine, de teatro... que dejan sus buenos ingresos al municipio organizador, aquí seguimos con la charanga a todas horas y actuaciones de viejas glorias del siglo pasado. No estoy criticando a las charangas ni a las viejas glorias, lo que quiero decir es que podría haber actuaciones musicales de un nivel acorde con nuestra noble y distinguida ciudad.

Por todo lo expuesto, me pregunto, emulando a Cicerón: ¿Hasta cuándo la corporación municipal abusará de nuestra paciencia, del mal gusto y de nuestro dinero?

Lo mejor, sin duda, los fuegos artificiales; propongo espectáculos pirotécnicos para todas las noches de fiestas. Sin duda, son más baratos que los toros, más bellos y no se derrama sangre.

Sugiero a LA PLAZUELA la organización de un debate acerca de estos y otros aspectos en torno a las fiestas patronales en el que estuvieran representados las peñas, la corporación municipal y, por supuesto, cualquier ciudadano que lo desee. A su disposición queda la Ludoteca-Bar Arévacon para su celebración.

Dixi (he dicho)

Alberto Olmeda

Catedrático de Latín

Solicitud de peatonalización del casco medieval de Sigüenza

Los regentes del restaurante Gurugú de la Plazuela están recogiendo firmas solicitando la peatonalización del casco medieval de Sigüenza. El desencadenante de esta acción ha sido la denegación por parte del Ayuntamiento de Sigüenza del permiso de montar una terraza alegando el peligro por el paso de los coches. Considerarn que la viabilidad del negocio y de sus trabajadores depende de ello y no entienden que se haya denegado el permiso para una terraza que llevaba mucho tiempo abierta en las temporadas veraniegas.

En un escrito señalan que "la prohibición de la instalación de la terraza de verano a la Taberna Gurugú de la Plazuela, alegando que es una terraza peligrosa al ser una zona de circulación de vehículos, nos ha hecho programar una serie de acciones reivindicativas para poder lograr hacer ver al Ayuntamiento de Sigüenza la necesidad urgente de la peatonalización del casco medieval. Esta prohibición supone un grave riesgo a nuestro negocio y un grave peligro para los trabajadores. La falta de ingresos de la terraza, puede hacer inviable este negocio, un establecimiento gastronómico y cultural, que en estos 10 años ha dado una imagen de calidad a cualquier visitante. Son solamente 16 sillas, con 8 mesas junto al muro de la Plazuela. No entendemos la respuesta del Ayuntamiento a una terraza que venía instalándose en los últimos 10 años de existencia de Gurugu de la Plazuela y en otros tantos con los anteriores propietarios. Parece que la ayuda a los emprendedores no es el objetivo de nuestro Alcalde. Además no entendemos como en años anteriores dio el visto bueno y en éste, sin ningún cambio, la prohíbe.  Toda esta falta de diálogo nos ha llevado a realizar una campaña por la peatonalización del casco medieval, en donde los coches no sean los prioritarios y lo prioritario sean los peatones (seguntinos o visitantes), los vecinos (proponiendo alternativas) y los negocios. Llevamos incidiendo sobre este tema desde hace ya 10 años y a esta fecha no se ha hecho ninguna acción para intentar solucionarlo. No lo entiende nadie y menos los turistas que ven nuestro casco medieval con coches y teniendo que subirse a los portales para evitar atropellos. Ya está bien, Sr. Alcalde. Por ello, esta primera acción, la recogida de firmas. Nuestro objetivo son 5000 firmas, los habitantes de Sigüenza. Nos gustaría que tras esta iniciativa, recibamos otros apoyos de instituciones, asociaciones y particulares. Iremos informando a cada colectivo nuestra posición y esperamos su apoyo. Creemos que sólo así nuestro Ayuntamiento se hará eco de esta situación penosa. Muchas gracias a todos los que nos apoyan y esperamos que con estas acciones entiendan que no es algo personal contra nadie, sino una reivindicación que creemos justa y con la que solo hemos recibido negativas por parte del equipo de gobierno, dirigido por el Sr. Latre".


Finalizan el escrito con un fragmento de un poema dedicado al Semáforo del escritor Manuel Enríquez (Premio TIFLOS ONCE):

Y cenar tranquilamente
disfrutando la ciudad
a la luz de las estrellas
en la parte medieval
de esta ciudad que es tan bella
escuchando solamente
el correr de los chiquillos
viniendo desde el pinar
el canto alegre de un grillo.

Aquellos que estén de acuerdo con esta petición pueden firmar en el propio establecimiento o en la página www.change.org