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Demasiado ruido y pocas nueces

Hace unas semanas cayó en mis manos un libro de viajes de Julio Llamazares, “El río del olvido”, que en su momento —principios de los noventa— debí dejar aparcado para mejor ocasión. En esta obra el escritor recorre el territorio y los paisajes de los veranos de su infancia, siguiendo el curso del río Curueño —“el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa”— con incursiones a los pueblos casi deshabitados que encuentra en sus inmediaciones. El silencio y la soledad se le aparecen en buena parte de su recorrido.

Aunque el reencuentro con este interesante relato viajero de Llamazares no fuera premeditado, llegó en el momento más oportuno. Cuando cualquier distracción es buena para contrarrestar el hastío que produce la actualidad política y el ruido que provocan las declaraciones de unos y de otros en las redes sociales. Especialmente, las idas y venidas del prófugo Puigdemont y los consiguientes debates que genera el problema catalán. Da mucha pereza tener que aguantar las últimas ocurrencias y estrategias del independentismo, mientras millones de ciudadanos siguen sin saber que va a pasar con lo suyo: cuándo se van a ocupar de los problemas y hasta cuándo durara este sinsentido.

“El río del olvido” de Julio Llamazares, como la última novela de Javier Marías, “Berta Isla” que estoy leyendo en estos momentos, no hacen ruido y puede que incluso tengan efectos terapéuticos para quienes vivimos pendientes de la actualidad. No es fácil desconectar, pero por intentarlo que no quede. Y  tampoco es incompatible la lectura sosegada y el silencio con el ruido y el enfrentamiento dialéctico.

Alguna vez me he preguntado, como se preguntaba el escritor y periodista de Palafrugell (Girona), Josep Pla, al verse sorprendido por la grandiosidad y la iluminación de la ciudad de Nueva York, lo siguiente: “¿Y quién paga todo esto?”. ¿Quién paga los gastos de esta endemoniada fiesta secesionista y los destrozos ocasionados durante la misma? ¿Y quién paga a los ciudadanos catalanes, víctimas colaterales que asisten a la fuga de empresas, al incremento del paro o a la crisis del turismo? O, si lo prefieren, ¿por qué la incertidumbre generada por el proceso independentista tenemos que sufrirla también el resto de los españoles en forma de un menor crecimiento económico? Son interrogantes que podrían extenderse a otras cuestiones políticas y sociales que están en la mente de todos.

No, no es fácil salir corriendo o mirar para otro lado. En cuanto bajas la guardia, ya estás de nuevo atrapado en este bucle que no parece tener fin. Por mucho que te quieras aislar, por mucho que intentes desconectar, apagando la radio o cambiando de canal, al menor descuido, te toparás con el “procés” y sus circunstancias.

Siempre habrá una emisora, una tele o un periódico —en papel o en versión online— que te recordará, como en el cuento de Augusto Monterroso, la misma pesadilla: “cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. Este es el problema. Que el conflicto no acaba, que han vuelto a colocar de nuevo las fichas en la casilla de salida y que la partida va para largo. Inasequibles al desaliento, los independentistas han conseguido con un esfuerzo digno de mejor causa deteriorar la imagen de España en el exterior. Han infringido un daño irreparable a nuestras instituciones democráticas, que tendremos que pagar todos los ciudadanos de este país, con una hipoteca incluida que se verán obligados a amortizar nuestros hijos. Un futuro nada halagüeño para las nuevas generaciones.
Otro de mis autores favoritos, Antonio Muñoz Molina, apuntaba recientemente,en un artículo publicado en “El País” otro de los males que aquejan a nuestra convivencia en democracia: el peligro que acarrean las declaraciones improvisadas, las incontinencias verbales, las reacciones inmediatas en redes sociales y la clamorosa falta de argumentos y debates sosegados en los que se intente recuperar el sentido común y se priorice el interés general sobre los intereses partidistas y electorales.

Mientras Julio Llamazares recuperaba la memoria de su infancia a orillas del Río Curueño, los que nos despertamos al mundo junto al Río Salado y pasamos después nuestra adolescencia y parte de la juventud a orillas del Río Henares, pensamos que ya va siendo hora de poner fin a esta espiral del “y tú más”. España no se merece este ruido, casi siempre innecesario, de nuestros dirigentes. En medio de las refriegas, y antes de que sea tarde, alguien tendrá que reflexionar y recapacitar. Si no queremos perder los logros conseguidos en cuarenta años de democracia, alguien tendrá que poner fin al espectáculo que estamos dando; alguien deberá reparar en la necesidad de recuperar la cordura para sacar esto adelante. Y dejar de echar la culpa al adversario…

Muchos lo agradeceríamos, hasta por adelantado. Aunque solo sea para poder disfrutar con un poco más de calma de las cosas pequeñas. Para disfrutar también en silencio de esos paisajes que permanecen en la memoria; de ese  silencio apenas alterado por el rumor de los ríosde nuestra infancia.

Como me ha hecho recordar recientemente la lectura de “El río del olvido”, de Julio Llamazares.

Una manita, que no es poco, y a por el 2018

Está claro que cada año tiene 365 días, salvo que sea bisiesto, pero convendrán conmigo en que hay años que se hacen más largos que otros, por mucho que tengan los mismos días. También los hay que llegan torcidos y no se enderezan en los doce meses restantes. Y el año que acaba de terminar —quizás por la matraca independentista o por contemplar el panorama político con un escepticismo e incredulidad desusada— pertenece al segundo grupo. Han pasado muchas cosas en España y en el mundo, todo está cambiando muy deprisa —para lo bueno y para lo malo— y nos asomamos al futuro sin tener una percepción clara de la transformación social que están generando las nuevas tecnologías.

En el 2017 se ha puesto de manifiesto que el terrorismo ya no actúa de forma selectiva y también hemos podido comprobar la fragilidad del sistema democrático y la vulnerabilidad de algunas de las estructuras que hasta hace algunos años nos parecían sólidas y resistentes a cualquier eventualidad. Prácticamente inamovibles. Ya no vale aquello que tantas veces escuchábamos en boca de nuestros progenitores y que venía a decir lo siguiente: “estas cosas siempre han sido así y lo serán toda la vida”.

Nunca hubieran imaginado que aquella leyenda del señor de las 365 narices que supuestamente se paseaba por el pueblo el día 31 de diciembre de cada año, pero al que nunca conseguimos localizar en nuestra más tierna infancia, perdería la credibilidad y el encanto por culpa de una nueva cultura dependiente de los móviles, las redes sociales, la inteligencia artificial olos algoritmos. Y que los Reyes Magos dejarían de tener como principal referencia y punto de encuentro la tienda de ultramarinos o el puesto de chucherías de la esquina. Hoy su atención se concentra en las tiendas de electrónica o en los servicios a domicilio de alguna distribuidora de videojuegos y artículos de alta tecnología.

Hay algunas cosas que permanecen, pero otras muchas han pasado a mejor vida y probablemente el uso que tenían ya nunca volverá a ser el mismo. Entre las cosas que permanecen, está la necesidad de contar historias y la demanda de información de los ciudadanos. Lo de menos es que ese derecho a estar informado se establezca a través de la prensa escrita, la radio, la televisión o Internet.

Hace ahora cinco años, concretamente en el número cero de “La Plazuela”, recordaba la importancia de contar con medios de comunicación que informen con rigor y honestidad de lo que está pasando. De medios dispuestos a confrontar distintos puntos de vista y a recoger en sus páginas las diferentes opiniones y sensibilidades de los ciudadanos. Pero también advertía —sin que tenga que cambiar ahora ni una coma— de la difícil situación que atraviesa la prensa escrita. “Cada día se cierran puertas y ventanas a la libertad de expresión y al derecho de los ciudadanos a estar informados. Son ya muy numerosos los amigos y compañeros que no pueden asomarse cada día a las páginas de importantes periódicos nacionales para explicar algunas de las cosas que están pasando. Y del panorama de la prensa nacional y provincial ni hablamos”.

La situación apenas ha mejorado. La recuperación económica es evidente, pero el daño es en muchos casos irreversible. Desde 2007 hasta hoy, se han quedado sin trabajo gran cantidad de profesionales excelentes y han dejado de visitar los kioscos de prensa millones de lectores. Aunque la influencia de los periódicos está por encima de la competencia “online”, ese valor añadido no ha impedido la caída continuada de las ventas durante la crisis de estos últimos años ni en los inicios de la recuperación económica.

Sin embargo, tampoco deberíamos enterrar el papel antes de tiempo. Los periódicos, por lo menos en mi caso, son aquellos que huelen a tinta, los que te manchan los dedos, los que te permiten releer o detenerte en el artículo que ha escrito uno de tus columnistas de referencia, aunque a veces te parezca pedante y rebuscado.

Recordando aquel primer artículo de bienvenida en “La Plazuela”, me parece obligado insistir en que sin medios de comunicación no hay democracia. O, si lo prefieren de otra manera, que sin una prensa libre los abusos quedan muchas veces impunes y no se dan las condiciones necesarias para el buen funcionamiento de una auténtica democracia. Por esta razón es tan importante la solvencia y la responsabilidad en el ejercicio del periodismo. Todos deberíamos de tomar nota y asumir la correspondiente dosis de autocrítica que a cada uno le corresponda.

Es verdad que la falta de profesionalidad de algunos y el sectarismo de otros han propiciado cierta desafección y descrédito en la opinión pública; pero no olvidemos tampoco que uno de los recursos más habituales de los poderes públicos y de sus representantes frente a las críticas es intentar matar al mensajero. O, como ya viene siendo habitual, utilizar las redes sociales para machacar al adversario. No voy a poner ejemplos, pero seguro que a todos nos vienen algunos nombres a la cabeza.

La transparencia que tanto pregonan algunos, y que rara vez ponen en práctica, tiene que dejar de ser la asignatura pendiente de nuestra democracia. La regeneración democrática —otra materia que sigue en suspenso desde hace algunos años— no se entendería sin unos medios de comunicación solventes y dispuestos a  explicar y a contar sin cortapisas a los ciudadanos la gestión que están llevando a cabo ministros, diputados, alcaldes y concejales.
De ahí la necesidad de que periódicos como “La Plazuela” sigan cumpliendo años.

Desigualdad

Voy a escribir este artículo para pensar un poco y concienciarme a mí mismo y a todas las personas que estén leyendo este artículo de lo mal que lo pasan los millones de niños y niñas que intentan sobrevivir en países en guerra o en la pobreza absoluta y mirar lo afortunado que soy de no vivir en las pésimas condiciones de vida en las que viven. A pesar de todos los baches que pasan son felices con lo poco que tienen y pienso que esa felicidad que no está en lo material es la que les hace salir adelante.

Me quiero centrar en los 300 mil niños soldado, que se alistan en el ejército para sobrevivir o son raptados e incluso vendidos por sus propios padres. También son utilizados como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales, para realizar ataques suicidas...

Estas barbaridades, por no llamarlo de otra forma, ocurren en los siguientes países: Sudán, Siria, Israel, Afganistán, India, Myanmar, Tailandia, Filipinas, Colombia, Mali, Nigeria, Irak, Yemen, Somalia, Sudán del sur, República Democrática del Congo y República Centroafricana.

Ahora os voy a poner el caso de Deng Adut, el inspirador abogado que fue niño soldado.

Adut nació en Sudán (África) y con solamente 6 años de edad fue separado de su familia y reclutado por el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán para ser un niño soldado. Durante esos años fue torturado de diferentes maneras, herido por una bala en la espalda, y tener tantos traumas psicológicos es un gran peso para un niño de tan solo 6 años hasta que con 15 años fue rescatado por la ONU y llegó como refugiado al país que hoy en día considera su hogar, Australia. Y después emigró a EEUU.

Con solo 16 años aprendió a leer en inglés por sí solo y aprovechó la oportunidad que le dieron de estudiar derecho. A pesar de la falta de recursos y vivir en un simple coche durante sus años de estudio consiguió trabajar de abogado en EEUU.

Y nosotros/as con tal cantidad de facilidades que tenemos hoy en día sabiendo que hay gente que lo pasa así de mal en el mundo.

No hablo sólo de los niños soldado sino también de los millones de personas que viven en países pobres que no tienen dinero ni para comer y se recorren muchísimos kilómetros para traer a su casa un poco de agua, en sus países no tienen colegios ni hospitales ni nada de nada y con pocos años algunos niños tienen que trabajar y van en busca de una vida más justa, ellos son los que de verdad se merecen una vida mucho mejor. A mí me impresiona que estas cosas ocurran todavía y que haya gente que no hace absolutamente nada por cambiarlo.

Ahora hay muchas maneras de ayudar donando dinero a organizaciones que se dedican a ayudar a estas personas como Unicef o Accem. A todos/as nos cuesta ponernos en la piel del pobre o en la de personas desafortunadas y pensar un poquito en esa gente que lo pasa tan mal.

Por favor, ayuda a los que lo necesitan más que tú y en un futuro las cosas cambiarán y esta gente tendrá una vida mejor si todo el mundo pone un poco de su parte.

Nacho Caballero Albacete
y Javier Rodrigo López

Nueva carta a los Reyes Magos

Después de un año tan convulso, podría parecer más oportuno recordar algunos de los acontecimientos que han conmocionado a la sociedad española durante 2017. Sin embargo, el hastío y el hartazgo que produce recrear historias y desgracias —con la tristeza añadida de incluir en el resumen a ilustres personajes que han pasado a mejor vida—, me ha hecho desistir. Mejor pasar página y confiar en que el 2018 nos ofrezca un panorama más despejado políticamente, especialmente por el noreste de la península.

Por lo tanto, una vez más, me he acordado de los Reyes Magos, guiados por esa estrella que ilusiona y que no guarda parecido alguno con la estrella Michelin que ya luce un conocido restaurante de la Ciudad del Doncel. Las peticiones que se han recibido hasta ahora, una vez filtradas convenientementelas solicitudes por cuestiones de espacio, son las que aparecen a continuación. Sus Majestades de Oriente es muy probable que reclamen el estatuto del refugiado antes de volver, pero antes dejarán estos regalitos —y también algunos recaditos— a los protagonistas de la política, la sociedad, la cultura y el deporte.

Felipe VI: Otra dosis de paciencia, las memorias del Conde de Godó en fascículos de “La Vanguardia” y los capítulos de la nueva temporada de “Juego de Tronos”.

Doña Letizia: Unas botellas de sidra “El Gaitero”, famosa en el mundo entero. El cava del Penedés le hace cada vez menos gracia.

Don Juan Carlos: La guía de los restaurantes españoles con nuevas estrellas Michelin y mención destacada al restaurante “El Doncel” de Sigüenza.

Mariano Rajoy: Algún producto estimulante, para que espabile y no se duerma. Y unas zapatillas deportivas para correr por los jardines de la Moncloa.

Soraya Sáenz de Santamaría: No ha tenido tiempo de escribir la carta a los Reyes por culpa precisamente de Mariano, que no para de ponerle deberes. Con cualquier detallito sería suficiente.

Pedro Sánchez: Deberían de traerle la última edición de “Tú vales más de lo que piensas”, para que no decaiga su autoestima. Ha vuelto a las andadas del “no es no” y llora cuando tiene que pactar acuerdos de Estado con el actual gobierno.

Albert Rivera: Con el cupo vasco ya aprobado, pide ahora unos juegos reunidos para Cataluña, aunque no consigue sentar en la misma mesa a los dirigentes de otros partidos.

Pablo Iglesias: Con el secretario general de Podemos tenemos un problema de principios. No quiere saber nada de los reyes —ni de los magos ni de los otros—, así que mejor que su regalo se lo den ustedes a Íñigo Errejón, que tiene más cara de niño.

Carles Puigdemont: Repetir 155 veces esta frase: “he sido muy malo, pero no volveré a pasarme las leyes por el arco del triunfo, ni llevaré a la ruina a Cataluña”. Otras 155 veces y en francés: “el que la hace la paga”.

Oriol Junqueras: Las obras completas de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz comentadas por la monja Sor Lucía Caram. Y un chándal para salir al patio.

Ada Colau: Una guía turística actualizada de Barcelona, pues la antigua no incluye las nuevas ofertas turísticas. Aunque tampoco sabe muy bien a qué carta quedarse. Empeñada en agradar, por la mañana dice una cosa y por la tarde otra.

Susana Díaz: Los “grandes éxitos” de Manolo Escobar y los “pequeños fracasos” del actual secretario general de su partido.

Artur Mas: Un cartel con la “estelada” y la siguiente inscripción: “más vale pedir que robar (que ya han robado bastante), háganme el favor de darme ‘argo’ para pagar la fianza y no ir a la trena”.

Gabriel Rufián: La zambomba, un ticket descuento en tiendas de disfraces y, de propina, algún libro sobre la prehistoria y la cultura neandertal en el que pueda sentirse retratado.

Emiliano García-Page: Una edición corregida del mapa de Guadalajara, en el que no aparezcan los molinos de viento ni los quesos de La Mancha.

María Dolores de Cospedal: Más soldaditos de plomo. Y varias tanquetas de chocolate en miniatura para asustar a Marta Rovira y a sus correligionarios.

José Luis Rodríguez Zapatero: Una guayabera, para lucirla cuando viaja a Venezuela para visitar a Nicolás Maduro.

Manuela Carmena: Señales de tráfico que prohíban el cambio de sentido de los peatones en el centro de Madrid y algún manual de buena conducta para repartir entre los miembros más ultras de la policía.

Cristiano Ronaldo: Dice que ya no le regalen más balones. Ahora, mejor pañales y ropita para sus criaturas.

Leo Messi: Este no se cansa nunca. Quiere más balones y un campo de fútbol para el solo.

Gerard Piqué: Una bandera española firmada por Sergio Ramos y una camiseta dedicada de Álvaro Arbeloa, con el dorsal 155.

Ignacio González: Un viaje “gratis total” por Colombia y otros países de Hispanoamérica, buscando inversiones y nuevas ideas para el Canal de Isabel  II.

Amancio Ortega: Nada, que ya tiene de todo. Si acaso, unos calcetines y unos tirantes.

Donald Trump: Un libro que tenga poco texto y muchas fotografías.Hay que vencer poco a poco su rechazo a la lectura. 

Nicolás Maduro: Un puzle de tan solo dos piezas, un megáfono rojo y un disco con la música de los caballitos.

Turull y Rull: Sardanas, un reportaje fotográfico sobre el penal de Estremera y la versión catalana de los temas “El miedo es libre” y “¿Quién pagará los destrozos?”.

De Riofrío al Capital. Luchas NIMB y ética de Occidente

El 16 de septiembre aconteció en La Miñosa el encuentro “Espora”, impulsado por la asamblea Unión de Pela. Allí se inició un debate, inconcluso, cómo no, que me gustaría retomar en estas páginas, ampliándolo y profundizándolo hasta sus últimas consecuencias, que son muchas.

Se nos reprochaba (cordial y educadamente, que conste) a los integrantes de la asamblea Unión de Pela no estar comprometidos con las luchas en torno a la paralización de la macro-granja de cerdos en Riofrío. Lo cierto es que varias integrantes de la asamblea asistimos a las primeras reuniones. No podía ser de otra manera ya que compartimos la creencia en los impactos profundamente negativos que este tipo de instalaciones ocasionan en el medio ambiente, y de manera muy significativa en el medio en el que se asientan, en este caso Riofrío del Llano y alrededores.  Así que allí fuimos con nuestros planteamientos claros: “no” a las macro-granjas de cerdos.

En esas reuniones iniciales nos encontramos con una curiosa perspectiva. Lo que en ellas se planteaba era una negativa rotunda a la instalación de la macro-granja en Riofrío; pero sin cuestionar la macro-granja en sí como modelo de producción y las consecuencias que tal afirmación conlleva en los hábitos individuales de consumo. Una de nuestras intervenciones apuntó dos hechos importantes. En primer lugar que no sólo era cuestión de que no pusiesen la granja aquí, sino que esas granjas no deberían estar, si es que nos creemos nuestros propios argumentos, en ningún sitio. Si la granja genera malos olores, contaminación de aguas subterráneas, un volumen de purines difícil de gestionar de manera sostenible, y consume ingentes cantidades de agua... no la queremos en el término municipal de Riofrío ni en ningún otro. No queremos la granja en sí, esté donde esté. No queremos ese modelo de producción. Y en segundo lugar, como corolario a lo anterior, planteábamos que esas granjas existen porque luego venden la carne de cerdo a bajo precio en macro-tiendas. Y que si estamos contra las macro-granjas de cerdos (y lo estamos) no debemos seguir comprando los productos que generan, porque en último término que nosotras compremos es la razón de su existencia. En buena lógica, posicionarse contra las macro-granjas implica un cambio responsable en los hábitos de consumo.

Estos planteamientos fueron recogidos con frialdad y escepticismo por la mayoría de los asistentes. Se dijo que eso era mezclar las cosas y que había que centrarse en que no pusieran AQUÍ la granja. El sentir generalizado era un “aquí no”, mientras que nosotras (integrantes de asamblea Unión de Pela) planteábamos un “así no”. No entendíamos que se luchase por una causa sin asumir responsablemente lo que esa lucha implicaba en la vida diaria.

Posteriormente nuestros argumentos se apartaron definitivamente hasta el punto de que alguna reunión de la Plataforma contra la macro-granja ha acabado con una suculenta barbacoa... de carne barata de cerdo proveniente de alguna macro-granja, suponemos que lejana, para que no nos lleguen los olores a nosotros.

En el mundo anglosajón se ha acuñado un término para denominar esas luchas sociales que pretenden que los impactos ambientales generados por la industria no nos afecten directamente, pero que no cuestionan esas maneras de hacer las cosas siempre que los impactos recaigan en otros. Se denominan luchas NIMB, “Not In My Backyard”, traduciendo literalmente, “no en mi patio trasero”. Es un término verdaderamente certero. Los que siguen este planteamiento no cuestionan la acelerada producción de residuos a las que nos aboca la sociedad del ultraconsumo que padecemos, por ejemplo, pero lucharán a muerte si les quieren poner una incineradora al lado de casa; no intentan revertir el creciente consumo energético, pero de instalaciones de generación eléctrica en nuestro término municipal ni hablamos; no quieren dejar de comprar carne de cerdo tirada de precio en el Mercadona y nunca van a cuestionar el modelo que hace posible que esa carne esté ahí y esté a ese precio, pero consideran un ultraje la instalación de las granjas que hacen todo eso posible... en su patio trasero. Contraviniendo los principios éticos comunes a las religiones y  a los principios filosóficos más ilustrados, desde Jesús hasta Kant, pareciera que no nos importa que nuestro prójimo sufra aquello que no queremos para nosotros mismos. Las luchas NIMB son sencillamente una estafa ética. Es un “sálvese quien pueda” disfrazado de moralidad. No se lucha contra la causa de los problemas sino que se intenta librar uno de ellos endosándoselos al vecino. Lo explicaba maravillosamente Miguel Ángel del Olmo, miembro de la Plataforma Pueblos, Valle  y Salinas del Salado, en una entrevista reciente: “En Europa se hartaron de este tipo de negocio, lo trajeron a los países del sur [de Europa] y ahora las Comunidades Autónomas que lo padecen tratan de quitárselo de encima con legislaciones duras. Los proyectos emigran entonces a regiones que no les ponen impedimentos”. ¿Y adivinan ustedes dónde acabarán instaladas las macro-granjas de cerdos si logramos impedir que se instalen aquí? Pues sí, en algún país africano o asiático con pocos remilgos medioambientales. Y he aquí el núcleo de la cuestión. Veamos.

Poco podemos reprocharle a la lucha NIMB contra la macro-granja de Riofrío. En realidad todas vivimos en un proyecto de sociedad, si podemos llamarlo así, que es una gran hipocresía NIMB. Son nuestros modos de vida, conducidos inexorablemente por el modelo económico que nos gobierna, los que generan industrias nocivas cada vez más grandes, cada vez más numerosas y cada vez más lejos, para apartar de nuestra mirada sus deletéreas consecuencias. Lo queremos todo limpio, pero también queremos siempre más: más bienes, más dinero, más propiedades, más objetos y más barato. Y eso no es posible. Si tuviésemos en nuestro patio trasero las escandalosas consecuencias ambientales y políticas que nuestro modo de vida basado en el consumo acarrea para el planeta nos indignaríamos de tanta indignidad. Y eso podría ralentizar la máquina, y la economía no se lo puede permitir.

Nosotros, como buenos siervos, vamos desplazando las industrias más perniciosas desde el rico norte al pobre sur. Riofrío está en la ruta pero pronto el flujo histórico seguirá su curso. Y las granjas contaminantes se situarán finalmente en el mismo sitio en el que se encuentran las industrias más nocivas del planeta y los gigantescos vertederos de Occidente, a saber, en los países “en vías de desarrollo”, que por cierto llevan desarrollándose varias décadas pero siguen en el mismo sitio. De ese modo Occidente ya no sufrirá los efectos de la salvaje minería que posibilita nuestros juguetes tecnológicos, los mares esquilmados y contaminados que sustentan el pescado de nuestros platos y el trabajo en deplorables condiciones que permite los precios irrisorios de nuestros productos fabricados en el otro extremo del mundo. Ojos que no ven, corazón que no siente, como se suele decir. Sólo cuando la normalidad en el Tercer Mundo se asoma a nuestros patios traseros nos hacemos conscientes de las monstruosas consecuencias ambientales y políticas del modo de vida que seguimos. ¿Y ante tamaño desatino no tenemos más que decir que un “aquí no”? Es para preocuparse.

Decir “así no” implica comprometerse con los mercados locales, sostenibles y con bajo impacto ambiental. Es comprometerse con la reducción, el decrecimiento en casi todos los ámbitos bajo la premisa de que mucho es siempre demasiado y con poco debe ser suficiente. Es asumir que la felicidad no consiste en consumir de modo creciente y que cada artículo comprado conlleva una carga humana y ambiental que es imprescindible conocer; no podemos mirar hacia otro lado. Es, en definitiva, plantear una enmienda a la totalidad de esta fantasía milenarista en la que vivimos llamada capitalismo. Un sistema verdaderamente utópico, pues ostenta como premisa la necesidad de crecer siempre en un planeta irremediablemente finito. Y que se pone de perfil mientras se acumulan las consecuencias ambientales de su funcionamiento, desde la reducción drástica de la biodiversidad en los ecosistemas hasta el calentamiento global que ya estamos sufriendo en primera persona. ¿Hasta dónde llegará la degradación antes de la toma de conciencia de que es imprescindible vivir en equilibrio con la biosfera que nos acoge y de la que en último término dependemos como especie? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que todo este tinglado criminal se basa en un mito, el del crecimiento acelerado y perpetuo, que nos llevará a la ruina ecológica en las próximas décadas? ¿Qué alternativas podemos poner sobre la mesa? En las respuestas a estas preguntas nos jugamos nuestro futuro y el de todas las personas que vengan después. Reflexiona, actúa, cultiva patatas por lo que pueda venir... Y, por favor, si no quieres macro-granjas de cerdos, empieza por dejar de consumir los productos envenenados que generan.