Lun04222019

Last updateLun, 22 Abr 2019 9am

Back Está aquí: Home dopnion

Los recreos de mi instituo

Nacho y yo no sabíammos muy bien de qué escribir este mes, pero al final decidimos cambiar un poco el hilo que llevábamos. Hoy vamos a mostrar un poquito de lo que vemos nosotros dos en los recreos del IES Martín Vázquez de Arce, donde vamos a estudiar y donde muchos estudiantes pasan una gran parte de su vida como adolescentes, convirtiendo un centro de estudios en un centro social bastante importante.

Hasta hace poco, no nos habíamos parado a pensar en las personas que nos rodean allí. Es cierto que tenemos amigos y amigas, compañeras y compañeros, pero aquellas personas que nos cruzamos siempre, que conocemos de vista pero nunca entablamos conversación, no sabemos realmente nada de ellas.

Por eso, hemos pensado que, más fácil que conocer a todas las personas de forma individual, lo mejor sería analizar los grupos sociales que se han formado en el instituto durante los recreos, teniendo en cuenta las actividades que se desarrollen en ellos, las personas que lo integran, las relaciones entre los grupos, etc.

Primero veremos los grupos donde se practican deportes, pero pasaremos también por los grupos de amistad y hasta por los grupos de la biblioteca.

Intentaremos hacerlo lo más completo posible. A lo mejor os podéis hacer una idea de cómo se vive el instituto en estos tiempos modernos (probablemente las cosas tampoco hayan cambiado tanto).

Si entráramos al instituto justo a la mitad del recreo veríamos, además de las personas que están en la puerta (estudiantes de bachillerato y profesores), diferenciaríamos dos grupos bastante claros, los grupos del ping pong. Originalmente, solo había una mesa disponible, pero el número de personas que querían jugar aumentó, dando lugar a alguna que otra discusión. En vez de quitar la mesa, se instaló otra nueva. Así, resultaron dos grupos de juego y se terminaron las discusiones. En la primera mesa se encuentran principalmente chicos de 1º y 2º de la ESO, mientras que en la otra se encuentran grupos de 3º para arriba. Se nota una clara falta de chicas.

También existe otro grupo bastante diferenciable, que usa la mitad de la cancha de baloncesto, donde juegan a algún que otro juego de fútbol. Suele estar formado también por chicos de los cursos bajos. En la canasta juegan grupos que varían casi siempre. De todas las edades, tanto chicos como chicas, juegan al baloncesto de forma esporádica.

Siguiendo por los lugares orientados al deporte, pasamos al gimnasio, donde hay un poco de todo, aunque vemos que los chicos más mayores suelen habituar esa zona en especial. No suelo pasar mucho tiempo allí, la verdad. No puedo hablar demasiado de lo que ocurre dentro.

Como último lugar de deportes, tenemos las pistas de fútbol posteriores al gimnasio. También suele variar, pues el día que fuimos a observar, estaba casi vacío. De todas formas, la gente suele jugar partidos de fútbol, hacer grupos sentados en el césped o hablar al final, pegados a la valla. De todas formas, estos grupos varían cuando hay torneos deportivos.

Del mismo modo, encontramos otros espacios en el instituto como la Biblioteca, donde se forman grupos de estudio solo en época de exámenes, aunque siempre suele haber algún grupito casi permanente, son los que pasan los recreos allí. Como es de esperar, se agrupan por cursos, pero se comparte el espacio con chicos y chicas de todas las edades.

De estos espacios de deportes pasamos a otros muy distintos: los pasillos. En los pasillos del edificio principal podemos encontrar variados grupos de amigos y amigas, más o menos de forma similar a los bancos del exterior. En el pasillo de la cafetería encontramos un cúmulo importante de personas. El futbolín atrae principalmente a los chicos, pero alrededor vemos otros grupos que se dedican a hablar y pasar el rato. Además, un poco más metido en el edificio, se encuentra el grupo que yo suelo frecuentar y que, cuando alguien lo ve desde fuera, lo primero en que se fija es en el ukelele naranja chillón que toco mientras algunas chicas cantan (un ukelele, para quien no lo sepa, es un instrumento de cuerda pulsada parecido a la guitarra, pero más pequeño y de solo cuatro cuerdas). A decir verdad, a mí me conocen como “El del ukelele”, algo que me ha resultado siempre muy gracioso.

Bueno, más allá de esta vista por encima, queremos recalcar algunas cosillas.

Hemos notado que hay quien usa el móvil a escondidas, pero esto se puede ver desde dos puntos de vista distintos. Por un lado, están quienes usan el móvil para aislarse casi completamente de los demás y convertir lo que habría sido un momento agradable de socialización en una experiencia muy solitaria y triste, provocada por esa adicción a las nuevas tecnologías. Pero por otra parte, hay personas que usan sus móviles como herramientas para socializar de forma más completa en el instituto. Por ejemplo, cuando alguien dice “¡Oye, escucha esta nueva canción!” está aprovechando el momento del recreo para mostrar algo que solo podría enseñarle si le envía un mensaje desde su casa. Teniendo en cuenta que una gran parte de los estudiantes somos de fuera de Sigüenza, los recreos son los únicos momentos que podemos ver a nuestros amigos. Además, el IES es donde los jóvenes socializamos día a día, por eso consideramos que deberíamos aprender a vivir al igual que haríamos fuera, cuando nos hagamos mayores y tengamos que vivir de forma independiente en la sociedad, donde los móviles tendrán un lugar importante. Aunque ahora se está intentando ignorar su existencia para que no causen problemas, en vez de enfrentarnos a ellos.

Otra cosa que queremos aclarar es que no suele haber personas excluidas que no estén nunca en ningún grupo, pero sí que nos preocupa que hay personas no hispanohablantes que sí que notarán esta discriminación, mejor definida como “vacío”. Queremos reflejar la idea de que el hecho de que una persona forme parte de uno de estos grupos, no conlleva siempre su adecuada integración. Esto puede generar un sentimiento de soledad incluso estando rodeados de gente.

Sobre el tema de la limpieza de las instalaciones, pensamos que existe un sobreesfuerzo del personal. Esto se debe al poco cuidado de las mismas. Cada vez que doy un paso, me sorprende de forma extraordinaria el poco respeto que los y las estudiantes tienen por el mantenimiento del instituto. Pero por otro lado, considero la solución que se aportó desde el centro muy poco resolutiva. Para evitar ensuciar los pasillos y las aulas, se ha prohibido comer y beber en el pabellón de aulas. Sin embargo, también han quitado las papeleras de los pasillos. Creo que es un poco paradójico que la solución al problema de la basura sea retirar todas las papeleras.

Esto más que una crítica es una vista general de nuestra vida en los recreos. Esto puede servir para poder hacernos una idea de lo que vivimos los jóvenes diariamente y de lo que podríamos mejorar. Hacemos un llamamiento a estudiantes y profesores para intentar mejorar nuestra convivencia en cualquiera de estos aspectos y cambiar la educación hacia mejor.

Nacho Caballero Albacete
y Javier Rodrigo López

Demasiado ruido y pocas nueces

Hace unas semanas cayó en mis manos un libro de viajes de Julio Llamazares, “El río del olvido”, que en su momento —principios de los noventa— debí dejar aparcado para mejor ocasión. En esta obra el escritor recorre el territorio y los paisajes de los veranos de su infancia, siguiendo el curso del río Curueño —“el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa”— con incursiones a los pueblos casi deshabitados que encuentra en sus inmediaciones. El silencio y la soledad se le aparecen en buena parte de su recorrido.

Aunque el reencuentro con este interesante relato viajero de Llamazares no fuera premeditado, llegó en el momento más oportuno. Cuando cualquier distracción es buena para contrarrestar el hastío que produce la actualidad política y el ruido que provocan las declaraciones de unos y de otros en las redes sociales. Especialmente, las idas y venidas del prófugo Puigdemont y los consiguientes debates que genera el problema catalán. Da mucha pereza tener que aguantar las últimas ocurrencias y estrategias del independentismo, mientras millones de ciudadanos siguen sin saber que va a pasar con lo suyo: cuándo se van a ocupar de los problemas y hasta cuándo durara este sinsentido.

“El río del olvido” de Julio Llamazares, como la última novela de Javier Marías, “Berta Isla” que estoy leyendo en estos momentos, no hacen ruido y puede que incluso tengan efectos terapéuticos para quienes vivimos pendientes de la actualidad. No es fácil desconectar, pero por intentarlo que no quede. Y  tampoco es incompatible la lectura sosegada y el silencio con el ruido y el enfrentamiento dialéctico.

Alguna vez me he preguntado, como se preguntaba el escritor y periodista de Palafrugell (Girona), Josep Pla, al verse sorprendido por la grandiosidad y la iluminación de la ciudad de Nueva York, lo siguiente: “¿Y quién paga todo esto?”. ¿Quién paga los gastos de esta endemoniada fiesta secesionista y los destrozos ocasionados durante la misma? ¿Y quién paga a los ciudadanos catalanes, víctimas colaterales que asisten a la fuga de empresas, al incremento del paro o a la crisis del turismo? O, si lo prefieren, ¿por qué la incertidumbre generada por el proceso independentista tenemos que sufrirla también el resto de los españoles en forma de un menor crecimiento económico? Son interrogantes que podrían extenderse a otras cuestiones políticas y sociales que están en la mente de todos.

No, no es fácil salir corriendo o mirar para otro lado. En cuanto bajas la guardia, ya estás de nuevo atrapado en este bucle que no parece tener fin. Por mucho que te quieras aislar, por mucho que intentes desconectar, apagando la radio o cambiando de canal, al menor descuido, te toparás con el “procés” y sus circunstancias.

Siempre habrá una emisora, una tele o un periódico —en papel o en versión online— que te recordará, como en el cuento de Augusto Monterroso, la misma pesadilla: “cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. Este es el problema. Que el conflicto no acaba, que han vuelto a colocar de nuevo las fichas en la casilla de salida y que la partida va para largo. Inasequibles al desaliento, los independentistas han conseguido con un esfuerzo digno de mejor causa deteriorar la imagen de España en el exterior. Han infringido un daño irreparable a nuestras instituciones democráticas, que tendremos que pagar todos los ciudadanos de este país, con una hipoteca incluida que se verán obligados a amortizar nuestros hijos. Un futuro nada halagüeño para las nuevas generaciones.
Otro de mis autores favoritos, Antonio Muñoz Molina, apuntaba recientemente,en un artículo publicado en “El País” otro de los males que aquejan a nuestra convivencia en democracia: el peligro que acarrean las declaraciones improvisadas, las incontinencias verbales, las reacciones inmediatas en redes sociales y la clamorosa falta de argumentos y debates sosegados en los que se intente recuperar el sentido común y se priorice el interés general sobre los intereses partidistas y electorales.

Mientras Julio Llamazares recuperaba la memoria de su infancia a orillas del Río Curueño, los que nos despertamos al mundo junto al Río Salado y pasamos después nuestra adolescencia y parte de la juventud a orillas del Río Henares, pensamos que ya va siendo hora de poner fin a esta espiral del “y tú más”. España no se merece este ruido, casi siempre innecesario, de nuestros dirigentes. En medio de las refriegas, y antes de que sea tarde, alguien tendrá que reflexionar y recapacitar. Si no queremos perder los logros conseguidos en cuarenta años de democracia, alguien tendrá que poner fin al espectáculo que estamos dando; alguien deberá reparar en la necesidad de recuperar la cordura para sacar esto adelante. Y dejar de echar la culpa al adversario…

Muchos lo agradeceríamos, hasta por adelantado. Aunque solo sea para poder disfrutar con un poco más de calma de las cosas pequeñas. Para disfrutar también en silencio de esos paisajes que permanecen en la memoria; de ese  silencio apenas alterado por el rumor de los ríosde nuestra infancia.

Como me ha hecho recordar recientemente la lectura de “El río del olvido”, de Julio Llamazares.

Nueva carta a los Reyes Magos

Después de un año tan convulso, podría parecer más oportuno recordar algunos de los acontecimientos que han conmocionado a la sociedad española durante 2017. Sin embargo, el hastío y el hartazgo que produce recrear historias y desgracias —con la tristeza añadida de incluir en el resumen a ilustres personajes que han pasado a mejor vida—, me ha hecho desistir. Mejor pasar página y confiar en que el 2018 nos ofrezca un panorama más despejado políticamente, especialmente por el noreste de la península.

Por lo tanto, una vez más, me he acordado de los Reyes Magos, guiados por esa estrella que ilusiona y que no guarda parecido alguno con la estrella Michelin que ya luce un conocido restaurante de la Ciudad del Doncel. Las peticiones que se han recibido hasta ahora, una vez filtradas convenientementelas solicitudes por cuestiones de espacio, son las que aparecen a continuación. Sus Majestades de Oriente es muy probable que reclamen el estatuto del refugiado antes de volver, pero antes dejarán estos regalitos —y también algunos recaditos— a los protagonistas de la política, la sociedad, la cultura y el deporte.

Felipe VI: Otra dosis de paciencia, las memorias del Conde de Godó en fascículos de “La Vanguardia” y los capítulos de la nueva temporada de “Juego de Tronos”.

Doña Letizia: Unas botellas de sidra “El Gaitero”, famosa en el mundo entero. El cava del Penedés le hace cada vez menos gracia.

Don Juan Carlos: La guía de los restaurantes españoles con nuevas estrellas Michelin y mención destacada al restaurante “El Doncel” de Sigüenza.

Mariano Rajoy: Algún producto estimulante, para que espabile y no se duerma. Y unas zapatillas deportivas para correr por los jardines de la Moncloa.

Soraya Sáenz de Santamaría: No ha tenido tiempo de escribir la carta a los Reyes por culpa precisamente de Mariano, que no para de ponerle deberes. Con cualquier detallito sería suficiente.

Pedro Sánchez: Deberían de traerle la última edición de “Tú vales más de lo que piensas”, para que no decaiga su autoestima. Ha vuelto a las andadas del “no es no” y llora cuando tiene que pactar acuerdos de Estado con el actual gobierno.

Albert Rivera: Con el cupo vasco ya aprobado, pide ahora unos juegos reunidos para Cataluña, aunque no consigue sentar en la misma mesa a los dirigentes de otros partidos.

Pablo Iglesias: Con el secretario general de Podemos tenemos un problema de principios. No quiere saber nada de los reyes —ni de los magos ni de los otros—, así que mejor que su regalo se lo den ustedes a Íñigo Errejón, que tiene más cara de niño.

Carles Puigdemont: Repetir 155 veces esta frase: “he sido muy malo, pero no volveré a pasarme las leyes por el arco del triunfo, ni llevaré a la ruina a Cataluña”. Otras 155 veces y en francés: “el que la hace la paga”.

Oriol Junqueras: Las obras completas de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz comentadas por la monja Sor Lucía Caram. Y un chándal para salir al patio.

Ada Colau: Una guía turística actualizada de Barcelona, pues la antigua no incluye las nuevas ofertas turísticas. Aunque tampoco sabe muy bien a qué carta quedarse. Empeñada en agradar, por la mañana dice una cosa y por la tarde otra.

Susana Díaz: Los “grandes éxitos” de Manolo Escobar y los “pequeños fracasos” del actual secretario general de su partido.

Artur Mas: Un cartel con la “estelada” y la siguiente inscripción: “más vale pedir que robar (que ya han robado bastante), háganme el favor de darme ‘argo’ para pagar la fianza y no ir a la trena”.

Gabriel Rufián: La zambomba, un ticket descuento en tiendas de disfraces y, de propina, algún libro sobre la prehistoria y la cultura neandertal en el que pueda sentirse retratado.

Emiliano García-Page: Una edición corregida del mapa de Guadalajara, en el que no aparezcan los molinos de viento ni los quesos de La Mancha.

María Dolores de Cospedal: Más soldaditos de plomo. Y varias tanquetas de chocolate en miniatura para asustar a Marta Rovira y a sus correligionarios.

José Luis Rodríguez Zapatero: Una guayabera, para lucirla cuando viaja a Venezuela para visitar a Nicolás Maduro.

Manuela Carmena: Señales de tráfico que prohíban el cambio de sentido de los peatones en el centro de Madrid y algún manual de buena conducta para repartir entre los miembros más ultras de la policía.

Cristiano Ronaldo: Dice que ya no le regalen más balones. Ahora, mejor pañales y ropita para sus criaturas.

Leo Messi: Este no se cansa nunca. Quiere más balones y un campo de fútbol para el solo.

Gerard Piqué: Una bandera española firmada por Sergio Ramos y una camiseta dedicada de Álvaro Arbeloa, con el dorsal 155.

Ignacio González: Un viaje “gratis total” por Colombia y otros países de Hispanoamérica, buscando inversiones y nuevas ideas para el Canal de Isabel  II.

Amancio Ortega: Nada, que ya tiene de todo. Si acaso, unos calcetines y unos tirantes.

Donald Trump: Un libro que tenga poco texto y muchas fotografías.Hay que vencer poco a poco su rechazo a la lectura. 

Nicolás Maduro: Un puzle de tan solo dos piezas, un megáfono rojo y un disco con la música de los caballitos.

Turull y Rull: Sardanas, un reportaje fotográfico sobre el penal de Estremera y la versión catalana de los temas “El miedo es libre” y “¿Quién pagará los destrozos?”.

Una manita, que no es poco, y a por el 2018

Está claro que cada año tiene 365 días, salvo que sea bisiesto, pero convendrán conmigo en que hay años que se hacen más largos que otros, por mucho que tengan los mismos días. También los hay que llegan torcidos y no se enderezan en los doce meses restantes. Y el año que acaba de terminar —quizás por la matraca independentista o por contemplar el panorama político con un escepticismo e incredulidad desusada— pertenece al segundo grupo. Han pasado muchas cosas en España y en el mundo, todo está cambiando muy deprisa —para lo bueno y para lo malo— y nos asomamos al futuro sin tener una percepción clara de la transformación social que están generando las nuevas tecnologías.

En el 2017 se ha puesto de manifiesto que el terrorismo ya no actúa de forma selectiva y también hemos podido comprobar la fragilidad del sistema democrático y la vulnerabilidad de algunas de las estructuras que hasta hace algunos años nos parecían sólidas y resistentes a cualquier eventualidad. Prácticamente inamovibles. Ya no vale aquello que tantas veces escuchábamos en boca de nuestros progenitores y que venía a decir lo siguiente: “estas cosas siempre han sido así y lo serán toda la vida”.

Nunca hubieran imaginado que aquella leyenda del señor de las 365 narices que supuestamente se paseaba por el pueblo el día 31 de diciembre de cada año, pero al que nunca conseguimos localizar en nuestra más tierna infancia, perdería la credibilidad y el encanto por culpa de una nueva cultura dependiente de los móviles, las redes sociales, la inteligencia artificial olos algoritmos. Y que los Reyes Magos dejarían de tener como principal referencia y punto de encuentro la tienda de ultramarinos o el puesto de chucherías de la esquina. Hoy su atención se concentra en las tiendas de electrónica o en los servicios a domicilio de alguna distribuidora de videojuegos y artículos de alta tecnología.

Hay algunas cosas que permanecen, pero otras muchas han pasado a mejor vida y probablemente el uso que tenían ya nunca volverá a ser el mismo. Entre las cosas que permanecen, está la necesidad de contar historias y la demanda de información de los ciudadanos. Lo de menos es que ese derecho a estar informado se establezca a través de la prensa escrita, la radio, la televisión o Internet.

Hace ahora cinco años, concretamente en el número cero de “La Plazuela”, recordaba la importancia de contar con medios de comunicación que informen con rigor y honestidad de lo que está pasando. De medios dispuestos a confrontar distintos puntos de vista y a recoger en sus páginas las diferentes opiniones y sensibilidades de los ciudadanos. Pero también advertía —sin que tenga que cambiar ahora ni una coma— de la difícil situación que atraviesa la prensa escrita. “Cada día se cierran puertas y ventanas a la libertad de expresión y al derecho de los ciudadanos a estar informados. Son ya muy numerosos los amigos y compañeros que no pueden asomarse cada día a las páginas de importantes periódicos nacionales para explicar algunas de las cosas que están pasando. Y del panorama de la prensa nacional y provincial ni hablamos”.

La situación apenas ha mejorado. La recuperación económica es evidente, pero el daño es en muchos casos irreversible. Desde 2007 hasta hoy, se han quedado sin trabajo gran cantidad de profesionales excelentes y han dejado de visitar los kioscos de prensa millones de lectores. Aunque la influencia de los periódicos está por encima de la competencia “online”, ese valor añadido no ha impedido la caída continuada de las ventas durante la crisis de estos últimos años ni en los inicios de la recuperación económica.

Sin embargo, tampoco deberíamos enterrar el papel antes de tiempo. Los periódicos, por lo menos en mi caso, son aquellos que huelen a tinta, los que te manchan los dedos, los que te permiten releer o detenerte en el artículo que ha escrito uno de tus columnistas de referencia, aunque a veces te parezca pedante y rebuscado.

Recordando aquel primer artículo de bienvenida en “La Plazuela”, me parece obligado insistir en que sin medios de comunicación no hay democracia. O, si lo prefieren de otra manera, que sin una prensa libre los abusos quedan muchas veces impunes y no se dan las condiciones necesarias para el buen funcionamiento de una auténtica democracia. Por esta razón es tan importante la solvencia y la responsabilidad en el ejercicio del periodismo. Todos deberíamos de tomar nota y asumir la correspondiente dosis de autocrítica que a cada uno le corresponda.

Es verdad que la falta de profesionalidad de algunos y el sectarismo de otros han propiciado cierta desafección y descrédito en la opinión pública; pero no olvidemos tampoco que uno de los recursos más habituales de los poderes públicos y de sus representantes frente a las críticas es intentar matar al mensajero. O, como ya viene siendo habitual, utilizar las redes sociales para machacar al adversario. No voy a poner ejemplos, pero seguro que a todos nos vienen algunos nombres a la cabeza.

La transparencia que tanto pregonan algunos, y que rara vez ponen en práctica, tiene que dejar de ser la asignatura pendiente de nuestra democracia. La regeneración democrática —otra materia que sigue en suspenso desde hace algunos años— no se entendería sin unos medios de comunicación solventes y dispuestos a  explicar y a contar sin cortapisas a los ciudadanos la gestión que están llevando a cabo ministros, diputados, alcaldes y concejales.
De ahí la necesidad de que periódicos como “La Plazuela” sigan cumpliendo años.

Desigualdad

Voy a escribir este artículo para pensar un poco y concienciarme a mí mismo y a todas las personas que estén leyendo este artículo de lo mal que lo pasan los millones de niños y niñas que intentan sobrevivir en países en guerra o en la pobreza absoluta y mirar lo afortunado que soy de no vivir en las pésimas condiciones de vida en las que viven. A pesar de todos los baches que pasan son felices con lo poco que tienen y pienso que esa felicidad que no está en lo material es la que les hace salir adelante.

Me quiero centrar en los 300 mil niños soldado, que se alistan en el ejército para sobrevivir o son raptados e incluso vendidos por sus propios padres. También son utilizados como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales, para realizar ataques suicidas...

Estas barbaridades, por no llamarlo de otra forma, ocurren en los siguientes países: Sudán, Siria, Israel, Afganistán, India, Myanmar, Tailandia, Filipinas, Colombia, Mali, Nigeria, Irak, Yemen, Somalia, Sudán del sur, República Democrática del Congo y República Centroafricana.

Ahora os voy a poner el caso de Deng Adut, el inspirador abogado que fue niño soldado.

Adut nació en Sudán (África) y con solamente 6 años de edad fue separado de su familia y reclutado por el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán para ser un niño soldado. Durante esos años fue torturado de diferentes maneras, herido por una bala en la espalda, y tener tantos traumas psicológicos es un gran peso para un niño de tan solo 6 años hasta que con 15 años fue rescatado por la ONU y llegó como refugiado al país que hoy en día considera su hogar, Australia. Y después emigró a EEUU.

Con solo 16 años aprendió a leer en inglés por sí solo y aprovechó la oportunidad que le dieron de estudiar derecho. A pesar de la falta de recursos y vivir en un simple coche durante sus años de estudio consiguió trabajar de abogado en EEUU.

Y nosotros/as con tal cantidad de facilidades que tenemos hoy en día sabiendo que hay gente que lo pasa así de mal en el mundo.

No hablo sólo de los niños soldado sino también de los millones de personas que viven en países pobres que no tienen dinero ni para comer y se recorren muchísimos kilómetros para traer a su casa un poco de agua, en sus países no tienen colegios ni hospitales ni nada de nada y con pocos años algunos niños tienen que trabajar y van en busca de una vida más justa, ellos son los que de verdad se merecen una vida mucho mejor. A mí me impresiona que estas cosas ocurran todavía y que haya gente que no hace absolutamente nada por cambiarlo.

Ahora hay muchas maneras de ayudar donando dinero a organizaciones que se dedican a ayudar a estas personas como Unicef o Accem. A todos/as nos cuesta ponernos en la piel del pobre o en la de personas desafortunadas y pensar un poquito en esa gente que lo pasa tan mal.

Por favor, ayuda a los que lo necesitan más que tú y en un futuro las cosas cambiarán y esta gente tendrá una vida mejor si todo el mundo pone un poco de su parte.

Nacho Caballero Albacete
y Javier Rodrigo López