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La mediocridad como bandera

Encuentro de tres reconocidos escritores, miembros los tres de la Real Academia de la Lengua, con una brillante trayectoria literaria a sus espaldas y también con una indudable capacidad para exponer libremente lo que piensan, aunque el ejercicio de esa libertad de pensamiento provoque reacciones exacerbadas y críticas furibundas entre quienes han convertido la intolerancia y el insulto en sus deportes favoritos. Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte dialogan entre ellos sobre diferentes cuestiones y ponen de manifiesto su disconformidad con algunas situaciones de la realidad que estamos viviendo. Entre sus interesantes reflexiones, recogidas –y luego resumidas, supongo–, en el suplemento dominical del Grupo Vocento (XL Semanal), me quedo con la que se hacía Arturo Pérez Reverte en torno a nuestro actual sistema educativo.

En su opinión, el talento está en desuso y no conviene airearlo ni estimularlo demasiado para que así los mediocres puedan sentirse menos marginados. Qué no sufran la incomodidad de verse inferiores. Pero prefiero transcribir las palabras textuales de Pérez Reverte, y que cada uno las interprete después como quiera. El escritor decía lo siguiente: “Todo el sistema está creado para machacar cualquier destello de brillantez, de inteligencia o de independencia, para que ese niño no deje a los torpes atrás. ¿Os dais cuenta del descrédito que la élite tiene y del acoso que hay?”.

A partir de aquí, uno se pregunta si esta apreciación del escritor y académico –autor de “El capitán Alatriste”– no debería aplicarse también a otros ámbitos y esferas de la sociedad española. Observar y comprobar si no estaremos convirtiendo este “elogio de la mediocridad” en una referencia para alcanzar el éxito en una carrera política, subir peldaños en una empresa o conseguir metas que nos parecían reservadas a los más inteligentes y mejor preparados.

En los tiempos que corren, denunciar este tipo de situaciones no está bien visto. El concepto de igualdad –muchas veces mal entendido– choca con la absurda pretensión de querer poner a cada uno en el sitio que le corresponde, en función del esfuerzo realizado y de los méritos contraídos. Dice también Pérez Reverte, muy clarito y sin pelos en la lengua, que “como los suspensos traumatizan, pues todos iguales en la mediocridad”.

Tampoco hay que ser tan exigentes –esto lo digo yo– en las evaluaciones, y pensar que los alumnos que están por debajo del listón pueden tirar para adelante con algunos suspensos detrás. Los malos estudiantes consiguen a veces metas que nadie, en un país serio, podría imaginar.

La demostración más clara de esta anomalía democrática, contagiada por una deficiente formación, es el creciente número de ignorantes y mediocres que ocupan escaños en el Congreso de los Diputados y el Senado, sin olvidar a ese otro colectivo de expertos agitadores que da lecciones y amenaza –aunque lo haga con faltas garrafales de ortografía– en las redes sociales. El relativismo es un concepto que está de moda, mientras se cuestionan los méritos y el talento de los más preparados. Aunque afortunadamente la lógica se impone, algunos se empeñan en obstaculizar que sean los mejores quienes terminen imponiendo su criterio o que lideren a una mayoría abrumadora formada en la ley del mínimo esfuerzo y en esa mediocridad de la que habla Pérez Reverte nacida de un sistema educativo poco exigente.

El problema que se plantea en nuestro país, cuando los mediocres alcanzan ciertas cotas de poder, es el siguiente: un profesional poco preparado al frente de una compañía, de un departamento o incluso de un ministerio procura siempre rodearse de colaboradores escasamente cualificados, con el fin de ocultar sus propias carencias. Sin embargo, también existe un dicho muy popular y bastante gráfico que nos recuerda las vergüenzas que exhiben los monos a medida que van trepando hacia lo alto del árbol.

Lo políticamente correcto en España es gritar desde un atril, tras la victoria en unas elecciones primarias: gracias, gracias, gracias compañeros y compañeras, gracias ciudadanos y ciudadanas, gracias afiliados y afiliadas, gracias amigos y amigas, colaboradores y colaboradoras… Muchas gracias. Y así hasta que el vencedor se cansa de no decir nada. Estamos tan acostumbrados –por no decir inmunizados–, a la hora de escuchar discursos e intervenciones en los que el orador muestra serias dificultades para unir de forma correcta sujeto, verbo y predicado que ya casi ni no fijamos. Cada vez cuesta más escandalizarse por las patadas que le propinan al diccionario aquellos que deberían dar ejemplo en lugar de desahogarse en las redes sociales poniendo a parir al adversario.

Porque otra peculiaridad que se observa en el panorama político español actual es poner a caldo a todo aquel que piensa de distinta manera –incluso dentro del propio partido – y hacerlo sin piedad, con una inquina que debería hacernos reflexionar. La agresividad en el debate político empieza a ser  preocupante. Como también me parece preocupante la indignación que provoca en algunos sujetos –al menos así lo manifiestan en sus mensajes– cualquier metedura de pata de un ciudadano anónimo, al que ni siquiera conocen, ni saben realmente cómo piensa. Sobran las amenazas, las puñaladas traperas y los ataques al honor. Faltan, sin embargo, argumentos, análisis sosegados y críticas fundadas.

El debate en España, sobre todo el que tiene lugar en las redes sociales –Twitter y Facebook, fundamentalmente–, está llegando a unos límites verdaderamente insoportables. Y esa agresividad no se queda ahí, sino que se traslada también a la calle.

El último que apague la luz

El título de este comentario viene a cuento de la historia que me contaba hace algunos días un amigo del gimnasio, de ascendencia turolense. El pueblo de su madre, según ella misma le había confesado, dejo de existir por culpa de las desavenencias que provocó la llegada de la luz eléctrica por primera vez a sus casas.

Cada vivienda tenía derecho a dos bombillas y la factura por el consumo total de electricidad del pueblo la pagaban a partes iguales entre todos los vecinos. ¿Problema? Pues que la luz no se apagaba con la misma diligencia en unos hogares y en otros, pese a que todos tenían que apoquinar la misma cuota.

Aquella situación, según mi compañero Pablo, provocó gran división y enfrentamiento entre los vecinos. “Fulanito tiene la luz encendida todo la noche,   y paga lo mismo que quienes sólo la encendemos de vez en cuando”. Antes de que pudieran instalarse contadores individuales, la mitad de los lugareños se había peleado contra la otra mitad. Muchos acabaron dejando el pueblo, llevándose hasta las tejas y las piedras de las casas, para instalarse en otras poblaciones o en la gran ciudad.

Es muy probable que al último paisano en abandonar el pueblo le tocara apagar la luz. Y la oscuridad volvería a adueñarse de aquel entorno, como de tantos otros, dejando en tinieblas las pocas esperanzas que le habían ido quedando al mundo rural en nuestro país.

El siempre querido y recordado José Antonio Labordeta le ponía música y letra a este éxodo rural, que se ha ido acentuando en los últimos años, aunque algunos políticos se empeñen en “vendernos” iniciativas de desarrollo integral para la recuperación de la población rural. Hay una canción  de Labordeta,

“Arremójate la tripa”, que dice cosas como estas:
“De cien vecinos que éramos ya solo quedamos dos,
Don Florencio que es el amo y un seguro servidor
Don Florencio vive en Huesca, aquí sólo quedo yo
Con una cabra mochales, una gaita y un tambor
Un día cojo la cabra la trompeta y el tambor
Y me voy  a Zaragoza y que pregone el patrón” (…)

Los seguidores del bigotudo cantautor aragonés, que paseó su mochila y su curiosidad por esa España en peligro de extinción, recordarán también el siguiente estribillo, aunque quizás no sea el más oportuno ahora, tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca:

“Los hijos de la María se han marchado a Nueva York,
Uno trabaja de negro, otro de indio en un salón”

Pero, vayamos a lo que nos ocupa. La despoblación rural no es un fenómeno novedoso. Ni mucho menos. El problema viene arrastrándose desde los años sesenta. Las ciudades fueron expandiéndose, se crearon nuevos focos industriales y se generaron oportunidades y expectativas para las gentes del campo.

Aquella mano de obra barata —lo que hoy llamaríamos empleo precario— no permitía a las familias recién llegadas a los extrarradios de las grandes ciudades muchas alegrías, pero sí soñar con horizontes más despejados que los de una economía de supervivencia que habían tenido en el campo.

Mi buen amigo y colega Antonio M. Yagüe —natural de Labros y estimado valedor de las justas reivindicaciones que animan a sus paisanos del Señorío de Molina— se lamenta en un artículo en “Crónica Global” de lo mucho que prometen y lo poco que hacen los políticos provinciales y regionales para detener la despoblación rural. Todos son buenas palabras, promesas de inversiones que nunca llegan y proyectos que salen y vuelven a los cajones como si tuvieran vida propia.

El bueno de Antonio, echando mano de informes del Instituto Nacional de Estadística, recuerda que la despoblación rural se extiende ya por diez comunidades autónomas: las dos Castillas, Aragón, Asturias, Galicia, Extremadura, La Rioja, Andalucía, el sur de Navarra y el norte de Valencia. La Castilla rural tenía hace sesenta años cuatro millones de habitantes y ahora apenas supera el millón. Se han cerrado cuatro mil escuelas rurales y más de la mitad de la población supera ya los 65 años en pueblos de menos de doscientos habitantes. Otro dato, no menos preocupante: el INE calcula que de los 552.000 habitantes que España perderá en los próximos 15 años, 402.092 será en las comunidades que ya encabezan el ranking de territorios con mayor despoblación. Éramos pocos y parió la abuela.

En estos momentos, seis millones de personas se reparten el 60% del territorio español. También la soledad y el olvido. De los 288 pueblos de Guadalajara, 170 tienen menos de 100 habitantes. Miles y miles de metros cuadrados conforman este interminable desierto, al que de vez en cuando se acercan los políticos a prometer planes de desarrollo o la repoblación del  territorio, creando estímulos y subvenciones para emprendedores.

El problema es que los emprendedores siguen sin llegar y los cuatro vecinos que aún aguantan en muchos pueblos de la Sierra, de la Campiña o del Señorío de Molina se van muriendo, sin que nadie les tome el relevo.

Me alegra enormemente, como no podía ser de otra manera, que el alcalde de Sigüenza y presidente de la Diputación, José Manuel Latre, considere tarea prioritaria de la institución provincial luchar contra la despoblación rural, pero creo que esa “prioridad” se pone en marcha demasiado tarde. 
Ojalá me equivoque. Por si acaso, como en el pueblo de mi amigo turolense —“Teruel también existe”— que el último en irse cierre la puerta y apague la luz.
Ahora que ya tenemos los pueblos tan bien iluminados.

El bautizo de una nueva y deseada criatura

“Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento (…)”.

Este poema “A un olmo seco”, de Antonio Machado, escrito en Soria el 4 de mayo de 1912, cuando su mujer ya estaba bastante enferma, termina con estos versos: “Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida / otro milagro de la primavera”.

Son versos cargados de esperanza, que invitan a celebrar desde la distancia el bautizo de la nueva criatura de las ulmáceas que acaba de echar a andar en el Paseo de la Alameda, junto a la Iglesia de las Clarisas (Nuestra Señora de los Huertos). Este pequeño olmo plantado al lado de las tumbas de unos abuelos y antepasados que no pudieron sobrevivir a mediados de los años ochenta del pasado siglo a una terrible epidemia llamada grafiosis, pese a los tratamientos con fungicidas, tiene que crecer fuerte. Vengar, de alguna manera, aquella tragedia familiar.

Necesitamos que una nueva generación de olmos (ulmus laevis o ulmus minor) pongan de nuevo en valor la tan traída y llevada denominación de “frondosa Alameda”.

Aunque no pude asistir al bautizo de la nueva criatura arbórea, ni ver de cerca la felicidad reflejada en los rostros de los padrinos, me llegaron con absoluta nitidez, en nota de prensa distribuida por el Ayuntamiento, las emocionadas palabras y los deseos de algunos de los asistentes a la ceremonia.

Al igual que hiciera el poeta Antonio Machado a orillas del Duero, el que fuera alcalde de Sigüenza en el periodo comprendido entre los años 1987 y 1991,  cuando se talaron por prescripción facultativa y razones de seguridad los olmos centenarios de la Alameda, Juan Carlos García Muela, también pidió un “milagro” a la primavera, aunque a orillas del Henares. García Muela expresó, según recoge la nota, el sentimiento de muchos de los ciudadanos de Sigüenza en ese momento: “espero que se desarrolle de tal forma que dentro de algunos años las futuras generaciones de seguntinos puedan acogerse a su sombra y que sea el futuro de una gran plantación”.

Los abuelos ya murieron hace tiempo, pero sus recuerdos y sus cenizas serán — sin duda alguna— el mejor abono para que los nuevos ejemplares, inmunizados contra la maldita grafiosis, vuelvan sanos y salvos a poblar el espacio natural que abandonaron por problemas de salud sus mayores. Al fin y al cabo, regresan a su casa para dar sombra en la Alameda del “Triunfo” y de los kioscos de arriba y abajo, junto al templete y a la fuente de toda la vida. Vuelven a un territorio que había quedado casi desierto a finales del pasado siglo, a un entorno en el que tanto se les estaba echando en falta.

Para los niños y jóvenes de mi generación, el olmo siempre ha sido un árbol muy especial y querido; una especie de icono plantado en la plaza mayor de nuestras vidas. Su sombra ha dado cobertura a multitud de historias. Debajo de ellos se reunían y tomaban decisiones importantes  los vecinos de muchos pueblos de Castilla. Yo, por ejemplo, todavía recuerdo el viejo olmo que se levantaba junto a la casa de “El Boni”, nada más entrar en La Riba. En su tronco, horadado por el paso de los años, nos escondíamos de niños y por sus ramas trepábamos en busca de nidos.

También tengo un recuerdo muy especial del olmo gigantesco que hasta febrero de 2005 embellecía y realzaba la Plaza de la Constitución de Pareja, muy cerca del Pantano de Entrepeñas o del enorme olmo que presidía la plaza de Riosalido, junto a la fuente. Los olmos, como digo, formaban parte de la fisonomía de nuestros pueblos; eran la referencia, el lugar de encuentro y hasta el orgullo de sus vecinos. Que a nadie se le ocurriera decir que el olmo de su pueblo era más grande o valía más que el del mío… 

Aunque sólo fuera por eso, y porque la masa forestal española se enriquezca y amplíe dentro de lo posible, el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (todo esto junto y a la vez) tendría que plantar nuevos olmos en aquellos lugares de los que desgraciadamente han desaparecido. Una vez que se ha conseguido hacerlos resistentes a la grafiosis, el siguiente paso tiene que ser la repoblación inmediata de olmos, aunque tengamos que esperar muchos años hasta verlos tan impresionantes y majestuosos como lo fueron sus abuelos.

De momento, en la Alameda de Sigüenza tenemos ya un nietecito estupendo y animoso, dispuesto a crecer deprisa y a compartir cuanto antes la compañía de algún hermanito. Hay que plantar nuevos olmos y recuperar el esplendor de antaño.

No podemos permitir ahora que todo se quede en un acto entrañable y bonito y, mientras tanto, que el pequeño ejemplar de olmo recién bautizado y fotografiado para la posteridad se sienta solo y se nos deprima.   

Adiós, Atempora ¿Y ahora, qué?

El pasado día 6 de noviembre, se clausuró la exposición Atempora con un TE DEUM en el coro de la Catedral, emotivo y significativo, al que acudieron muchas personas, y fue una forma oficial de despedida de este acontecimiento que durante casi cinco meses ha ocupado la Catedral y ha intervenido, de una forma muy especial, rompiendo el ritmo cotidiano de la vida de Sigüenza.

En la intervención de despedida, el Deán de la Catedral, Jesús de las Heras, repetía estas palabras, las primeras: “Algo se muere en el alma”, y es verdad, cuando en tu vida se ha instalado una presencia, un sentimiento, que te ha causado alegría, compañía, felicidad, sabiendo que es temporal, que tiene un plazo, deja una pena instalada íntimamente, cuando parte, cuando se acaba. Y así ha sido Atempora, después de estos meses marcados por el color rojo y el azul de esos grandes paneles, que te recibían a la entrada y te acompañaban por todo el recorrido, por los grupos de turistas que esperaban pacientemente su visita, por los niños y jóvenes que llenaron, a veces efusivamente, el claustro y las naves de la Catedral, una añoranza y una pequeña tristeza te invade, ha pasado un momento bueno y especial para todos y se echa de menos.

La segunda de las palabras, era “Gracias”, gracias a todos los que lo han hecho posible, los que lo han organizado, los que lo han trabajado y los han participado con su presencia. Por supuesto, que este acontecimiento ha sido una gracia de la que todos se han beneficiado. Beneficios espirituales y beneficios materiales, al mostrar la Catedral como la Casa grande de la Diócesis, con toda su riqueza, con todo su patrimonio, que a lo largo de los siglos ha aportado y motivado la fe. Este evento, ha puesto en valor, en el corazón de todos los seguntinos la importancia y el valor de nuestra Catedral, ha sido emocionante compartir el orgullo y el descubrimiento que para muchos ha supuesto la visita a la exposición, y que en muchos casos, han repetido, y cada vez se hacía más patente esa emoción y reconocimiento. E igualmente, para todos los visitantes que por primera vez descubrían la Catedral; importante y magnífica era la exposición, pero en opinión generalizada, era la Catedral la que sorprendía y la que soportaba toda la fuerza de Atempora. Y por supuesto, la ciudad de Sigüenza.

La tercera frase que repetía el Deán era: “Que se repita”. Ahí queda una evidencia de la bondad del evento, “que se repita”, que haya otra oportunidad. Atempora ha sido buena para la Catedral, ha sido buena para Sigüenza. Todos se han beneficiado, en mayor o menor medida. Ha quedado claro, con Atempora, que la Catedral es el corazón de Sigüenza, y cuando ha bombeado bien, como ha sucedido estos meses, la circulación y el beneficio ha llegado a todas las partes del cuerpo. Pero en vez de este verbo en forma impersonal, sería mejor ponerlo con un sujeto plural, “tenemos que repetir”, “vamos a repetir”, así mejora el mensaje, quedando clara la voluntad, la implicación y el deseo de trabajar con ese objetivo. Un sujeto plural, con el que se invita a todos los agentes sociales a formar parte de otro proyecto que vuelva a marcar otra vez a Sigüenza, como territorio especial en su patrimonio, en su personalidad y en su acogida; en una ciudad con fe en su destino, gracias a su esencia íntima, a su historia, su patrimonio y la esperanza del presente y futuro para las siguientes generaciones.

Durante estos meses, Sigüenza se ha llenado de optimismo, esperanza y de buena voluntad, ahí están los resultados más tangibles, como ha resultado el negocio en los bares, restaurantes, casas rurales, tiendas, etc.; ahí están los datos de los más de 60.000 visitantes que han participado y disfrutado del evento, un verdadero éxito para una ciudad de menos de 5.000 habitantes y muy significativa, la generosidad de tantos seguntinos que han colaborado desde el voluntariado, llegando al número de 38, todos, y cada uno según sus posibilidades, han demostrado, que lo que parecía, en principio, duro o pesado, echar horas, principalmente de vigilancia en tantos espacios y algunos de guías de refuerzo, al final ha sido una experiencia enriquecedora; se ha creado una comunidad de amigos unidos por la Catedral, con voluntad de volver hacerlo cuando sea necesario. Ha sido un verdadero privilegio, poder participar, ayudar, ser testigo del evento. Se crearon diez puestos de trabajo, que fueron fundamentales, pero no era suficiente para controlar el espacio expositivo que había tomado, prácticamente, toda la Catedral. Desde el voluntariado, también queremos agradecer, el reconocimiento que hemos tenido por parte del Cabildo y por parte de la Junta de Comunidades, organizadores de Atempora.

Se acaba el año, viene el frío, unos meses más complicados para Sigüenza, pero también, tiene que ser un período de reflexión, de empezar con iniciativas, con proyectos participativos, con sueños ilimitados, nadie podía imaginar, que unas banderas, unos “trapos viejos y sucios”, pero trapos históricos, al final hayan dado tanto juego y hayan servido para poner a Sigüenza en el mapa, para ser noticia en televisiones, prensa y redes sociales, etc., y para ser el inicio y el punto de partida para realizar este proyecto que durante mucho tiempo va a ser referencia y que tiene que marcar un antes y un después en la gestión y la visión del patrimonio, no solo de la Catedral, sino de toda la ciudad. Adiós Atempora, ¿Y ahora qué?

Gloria de las Heras
Fundación Ciudad de Sigüenza- Coordinadora Voluntariado Atempora

Dylan

Cuántas veces debe un hombre levantar la vista,
antes de poder ver el cielo.
Cuántas orejas debe tener un hombre,
antes de poder oír a la gente llorar.
Cuántas muertes serán necesarias,
antes de que él se dé cuenta,
de que ha muerto demasiada gente.
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.
La respuesta está flotando en el viento.

(Bob Dylan)

Me sorprende cómo ha escocido a algunos la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan y no acabo de entender el porqué. Los versos que encabezan este post son solo una mínima muestra de las cosas que ha dicho en sus poemas. Repito, en sus poemas, a los que después ha puesto música. Porque Dylan es básicamente un poeta y el hecho de que cante sus poemas no los desmerece como obra literaria. No sé si su obra es merecedora o no de tan alto galardón, pero tampoco lo sé de los otros ciento quince premiados desde que se comenzó a entregar el Nobel en 1901, o por lo menos tengo serias dudas respecto de muchos de ellos. Sin embargo nunca antes había visto que se organizara tal polémica ni que se escribieran cosas tan ofensivas y tan cargadas de desdén de ninguno de los premiados. Lo que me lleva a pensar que esa reacción se debe más a motivos espurios –como la ruptura con el establishment que supone este premio, que eso no se perdona así como así– que a los puramente literarios. Y es que todos somos muy progres, pero que no nos toquen las narices. Vamos a cambiar todo para que todo siga igual, ¿no era así lo de Lampedusa?

Me he tomado la molestia de repasar los ciento quince premiados anteriores a Dylan –entre los que, dicho sea de paso, solo hay nueve mujeres– y debo confesar que solo conocía a cuarenta y siete. Claro que mi ignorancia es enciclopédica, pero me atrevo a asegurar que muchos de los que critican este premio conocen a bastantes menos que yo, tan solo fuera de nombre. Y de algunos solo han sabido de su existencia cuando les han concedido el Nobel –y seguramente ya los han olvidado– pero nunca se les ha ocurrido poner en tela de juicio el premio. Pero a Dylan sí, a Dylan hay que machacarle aunque ni siquiera sepan inglés para entender sus letras. Es más, tengo para mi que si Dylan no hubiera sacado los pies del tiesto, si nunca hubiera puesto música a sus poemas y se hubiera limitado a ser un poeta minoritario solo para “iniciados”, sin salir del oscuro e ignoto rincón donde debemos permanecer los poetas, nadie hubiera cuestionado su premio, como ha ocurrido con tantos otros Nobel a los que no conocía ni su vecino.

El Nobel no se lo dieron nunca a Borges ni a Cortázar ni a Rulfo ni a tantos y tantos autores que admiro. Se lo han dado en cambio a Mo Yan, que no dudo de sus méritos, pero que no tengo el gusto de conocer ni antes ni después del Nobel, aunque esto, sin duda, es una imperdonable carencia mía. Sin embargo a Dylan le conoce todo el mundo y, tan solo armado de su guitarra y de sus versos, ha llevado su grito contra todas las guerras y contra todo tipo de injusticias hasta el último confín de este inhóspito mundo.

¿Por qué, entonces, esta airada reacción a su premio? La respuesta, seguramente, está en el viento.