¿Quién inventó el submarino? (y 13) Conclusiones

Comenzábamos esta serie sobre quién fue el verdadero inventor del submarino proponiendo que los “inventos” son el resultado de una serie de aportaciones incrementales de muchas personas y naciones.

Pocas cosas (quizá ninguna) en la historia de la Ciencia y la Tecnología carecen de precedentes y, por tanto, hablar del inventor como si de un descubridor geográfico se tratara es inadecuado. El ejemplo del “invento” del submarino es bastante revelador. Todo el proceso nos muestra que un concepto existente desde la antigüedad ha experimentado múltiples aproximaciones y mejoras por la acción creativa de personas de diferentes épocas y culturas, que han ido resolviendo pequeñas cuestiones, y que el “invento” final no ha sido efectivo hasta que se han resuelto todos sus problemas fundamentales. Y aún así, un invento no es aceptado hasta que tiene una aplicación concreta que supone un beneficio económico o social.

Por el camino, hemos visto aportaciones españolas suficientes como para desterrar la idea de la falta de genio hispano para la ciencia y la tecnología. Entonces, debemos preguntarnos cómo es posible que teniendo los conocimientos y las personas adecuadas no hayamos sido uno de los primeros países en producir y operar submarinos.

No se preocupe por preferencias póstumas. En vida nos trataron a ambos exactamente igual: a patadas. Autor: Joan Junceda, posiblemente publicado en L´Esquella de la Torratxa.

 

Centrándonos en los cuatro protagonistas principales de nuestro drama podemos trazar líneas paralelas a través de sus trayectorias vitales.

Jerónimo de Ayanz, persona muy popular en su época, fue favorecido por Felipe II, cumpliendo muchos y buenos servicios a su rey, hasta que subió al trono Felipe III, monarca que no le daba la necesaria importancia a la ciencia y al desarrollo tecnológico. La envidia de otros nobles terminó por borrar su obra de los registros.

Cosme García Sáenz, un artesano hecho a sí mismo, construyó con sus propios medios un invento que presentó a las altas instancias de la Nación, quienes le denegaron la ayuda. Murió arruinado.

Narcís Monturiol, un genio imaginativo que fue capaz de conectar con la sociedad española que le aclamaba y le ayudó a financiar su invento. Al final, la falta de apoyo oficial acabó con su obra.

El caso Isaac Peral es similar, aunque llevado al extremo. Apoyado por el Ministro de Marina, consigue hacer su primer submarino venciendo zancadillas, dilaciones y difamaciones. La opinión pública le amaba; sin embargo, sus enemigos –nacionales y extranjeros– resultaron tan poderosos (el nuevo ministro de Marina entre ellos), que fueron capaces de transformar en negativo el informe favorable de la comisión que examinó su invento y, por ello, que el proyecto del submarino fuera enterrado, el más triste final para un navío.

Es fácil regodearse en la envidia de los españoles, el conservadurismo y el “que inventen ellos”; ya que en realidad hay razones más complejas relacionadas con cada época y diferentes para cada uno de los casos. Sin embargo, podemos trazar una sucesión de hechos presentes, casi todos, en cada uno de los inventores y que constituyen una “secuencia viciosa”: genio independiente, popularidad, patriotismo del inventor, apoyo institucional inicial, envidia, grupos de presión, persecución de la persona y hundimiento del proyecto.

La historia de Raimundo de Equevilley es semejante a las anteriores, ahora bien, estamos obligados a contemplarla como un caso aparte; pues, aunque fuera oficialmente español, tenemos que considerarlo franco-alemán. Trata de un genio técnico que tuvo que salir de Francia para buscar financiación en Alemania, donde fue considerado un extranjero al que se podían exprimir sus conocimientos científicos hasta que pudiera ser sustituido por algún germano. A su vuelta a Francia fue considerado un traidor y encerrado en un campo de concentración.

En él solo están presentes algunas de las líneas paralelas de nuestro planteamiento: genio independiente, apoyo inicial en Alemania, grupos de presión en Francia y Alemania y, gracias a al espíritu pragmático germano, ausencia del hundimiento del proyecto; aunque sí la anulación de la persona. Todo esto nos hace pensar que algunas de las características del fenómeno español hunden sus raíces en peculiaridades muy europeas.

Alegrarnos del éxito ajeno, tener la mente abierta, perder el miedo al fracaso y al ridículo, ser tolerantes y pensar que podemos llegar muy lejos si trabajamos son actitudes y costumbres que debemos adoptar como individuos para mejorar nuestra sociedad.

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