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Entrevista

Entrevista a José Luis de la Fuente Soria, autor del libro "La subsistencia, ese gran milagro"

José Luis de La Fuente Soria es el autor de un libro, en clave autobiográfica sobre la vida durante el pasado siglo en el pueblo de Palazuelos, que actualmente pertenece al municipio de Sigüenza. El libro, editado por La Plazuela, narra en clave autobiográfica, la vida cotidiana, los conocimientos y los oficios tradicionales en Palazuelos durante el siglo pasado.

José Luis de la Fuente Soria durante la entrevista.

¿Cómo surge la idea de este libro?
Está relacionado con mi imagen que he mantenido siempre relacionada con mi tierra. He sido un divulgador pero sí un convencido y promotor de mi pueblo. Alguien me dijo, tu eres de pueblo y ejerces. Allá por 1994 o 95 me surgió la idea de escribir todos los sucesos de subsistencia que yo viví y que se habían hecho en mi pueblo. Trataba de describir lo que yo había vivido, para que la gente que me conocía y mis hijas conocieran todo el proceso porque nosotros, aunque viviéramos en Barcelona, hemos estado viniendo todos los periodos vacacionales para mantener nuestra relación con Palazuelos. Ya no es mi pueblo, es el pueblo de mi mujer, de mis hijas y ahora el pueblo de mis nietos. Esa conexión anímica fue el impulso para hacer el libro.

Titulas el libro “La subsistencia, ese gran milagro”, ¿Era dura la vida en Palazuelos en aquellos tiempos?
Si lo comparamos con ahora, dura es poco, era durísima o mucho más, pero como entonces era el aire que soplaba y no había otro tipo de referencia, era una vida dura pero asumida. Una mefáfora, el galeote que está condenado al duro banco, dice, pues aquí hasta que me muera, pues esa impresión es la que tenía la gente de mi pueblo, de aquí hasta que nos lleven al cementerio. En cambio yo lo considero en vez de amarrado al banco, acunado en la cuna, es el ambiento en el que nací y viví en la infancia hasta los 10-12 años cuando todavía no se tienen cuestionamientos existenciales sino puramente vivenciales. Así que eso formó parte de mi manera de ser y lo recuerdo como se recuerdan las cosas de la niñez, con gratitud.

Cubierta del libro "La subsistencia, ese gran milagro", editado por La Plazuela.

 

¿Cómo viviste el proceso de despoblación en Palazuelos?

Lo que yo recuerdo con la viveza pero con también con la imprecisión de la infancia, cuando yo tenía siete años, lo cual quiere decir en 1957 o 1958 había dinámica de baile desde la Virgen del Rosario hasta Semana Santa. Es decir en el tiempo del frío y las tardes largas. Eso quiere decir que había mucha población, como 90 vecinos y más o menos 500 habitantes. Pero en 1959, sé que es ese año porque se casó mi hermana y hubo baile pero ya al año siguiente ya no lo hubo. Se marcharon las mozas a servir a las casas y los mozos a servir a las obras. Y eso se produjo de repente del 59 al 60.

¿Cuál fue la causa de esta huída hacia las ciudades?
La causa de la despoblación es que decían que en otros sitios ataban los perros con longanizas. Los planes de desarrollo vaciaron mi pueblo. Yo hablo de mi pueblo porque no salí de allí hasta ser maestro. Se fueron a Madrid, a Bilbao, a Barcelona y a Zaragoza.

¿Cómo se veía antes de la despoblación Sigüenza y los demás pueblos desde Palazuelos?
Sigüenza era el centro de servicios donde confluían gentes de diferentes pueblos, allí estaban las ferias y los mercados y todas las gestiones administrativas. A la gente de otros pueblos se les trataba con la alegría de encuentro y con la posibilidad de hacer negocio conveniente. Mi madre que venía a los mercados a vender cochinos, era proveedora en ese sentido, hacía dos o tres crías de cochinos y claro encantada de que se los compraran y los otros encantados por comprarlos. Siempre venían y nosotros íbamos a las fiestas de diferentes pueblos. Si que había oído que había trifulcas y altercados en los diferentes pueblos porque los mozos se pelean si las mozas lo provocan pero era anecdótico.

Y las relaciones entre los vecinos del pueblo...
Las rencillas, que las había, eran esporádicas y puntuales aunque duraban de por vida, si habían reñido no sabían del descanso del perdón, riñas por un fajo de mies que no se perdonaban. Pero no obstante el gesto generoso de ayudar siempre ha salido del ser humano, tenían gestos, sobre todo las mujeres, el hoy por ti, mañana por mí. Como decía mi madre, vale más poder ayudar que te tengan que ayudar a ti. También estaba la otra cuestión comunitaria de hacer cenderas en pro del beneficio o del mantenimiento del pueblo, eso estaba establecido por norma. Se llamaba a cendera, los hombres se reunían por la noche y se decidía que cuadrillas iban a hacer qué cosa, como repasar el camino de Sigüenza, o rehacer los ríos en beneficio del drenaje.

En el libro transcribes un lenguaje arcaico, con términos y expresiones que se perdió al cambiar el modo de vida.
No solo por eso sino que se producía un fenómeno cultural adverso. Por ejemplo el catalán en el siglo XIX cayó en descrédito porque la gente bien era de habla castellana y el hablar catalán era cuestión del pueblo. A mitad del siglo XIX se produjo la Renaixença que recuperó el habla catalana, pues bien había una expresión que yo si que he conocido y sufrido en el colegio de la Sagrada Familia donde me formé, que era el paleto. Ese hablar apocopado, rústico ciertamente era una tarjeta como decir: yo soy de pueblo. El lenguaje es expresarse, el latín culto lo hablaban los patricios pero el latín vulgar era lo que hablaban los plebeyos y eso es lo que dio lugar a las diferentes lenguas romances. Frente a eso estaba el considerar paleto al que venía de pueblo y se expresaba así.

José Luis de la Fuente, en el horno de Palazuelos recientemente rehabilitado.

 

Te has enpeñado en la rehabilitación del horno ¿Cuál era su función y en qué se emplea ahora?
El horno en su época era sustancial, más incluso que la iglesia, porque a la iglesia tenían la obligación y estaba mal visto no ir pero al horno se iba porque había que comer. Era esencial, una vez que dejó de serlo, pasó a estar olvidado como tantas cosas y me alegro de haber llegado a tiempo de que no se hundiera. El local del horno ha quedado como sede de una exposición etnológica, de cuadros de fotografías, allí en la puerta hemos puesto una bienvenida al visitante para que si quieren que registren su visita y su visión. Y el año pasado coincidiendo con el primer aniversario, se hicieron bollos, magdalenas y pan. Y este año también se quiere hacer lo mismo y rememorarlo. Esa es la utilidad. Está la nostalgia y el sabor de la recuperación.

¿Cómo ves las actuales iniciativas en el pueblo?
Admiro el acierto y la habilidad gestora de la entidad de la espelta en torno a una dimámica no ya de subsistencia sino de producción que han tenido, celebro que esté dando frutos y que sea un referente interesante y de recuperar lo valioso y lo válido de los productos naturales. Desearía que alguien tuviera también el empuje para poner ganado. Lo que sucede es que somos muy devotos de doña prudencia y dejamos absolutamente desatendida la iniciativa. Si ofrecieran créditos y ventajas a los emprendedores, lo mismo que han ofrecido a los cuatro agricultores residuales, con un sabio aprovechamiento de la poca agua que hay se podrían retomar agricultura, ganadería.
En cuanto a la recuperación de las murallas es un clamor que expresó de nuevo Luis Ciruelo a través de su ventana de la Nueva Alcarria, diciendo que no quisiera que a mi Palazuelos le pasara como al extinto Séñigo. Se necesita ayuda de las administraciones porque se juega contra el tiempo y la naturaleza siempre ha vencido, las piedras se rompen.

La mochila del caminador en el Canal Imperial de Aragón, durante su viaje de Barcelona a Palazuelos.

Cuando te jubilaste hiciste un viaje a pie desde Barcelona hasta Palazuelos. ¿Qué pretendías con esta experiencia?
He escrito un libro que se titula “Vivencias de un caminador”. Encuentro las raíces en cuando tenía que ir como niño, con cinco años a llevarle la comida a mi querido hermano el pastor. Luego he encontrado en el placer de caminar en Cataluña, una de las cunas del senderismo. Tuve la idea de cruzar el Pirineo haciendo un trasvase desde el Cantábrico al Mediterráneo, cogí una botellita de agua en Hondarribia la llevé en mi mochila a lo largo del Pirineo en el GR 11, y fui a la Abadía de Rosas y la volqué, eso fue en el 2001. En 2017 me jubilé y me propuse ir de la tierra que me ha recibido a la tierra donde nací, desde Barcelona hasta Palazuelos, pasando por el Moncayo. Para no ir muy cargado me hice mi propia tienda de campaña, solo llevaba la ropa con que vestía y que la iba lavando por aquí y por allá, tenía la mejor fonda que podía haber, por suelo tenía la tierra y por techo, el cielo. Fue una experiencia preciosa en ese sentirse libre y no atado. Comprobar que la confianza es la mejor herramienta, no encontré ningún problema no soluble, más que con empeño e ingenio, que eso es lo que pasa en la vida.