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Entrevista

Los lujos del mundo analógico: el taller de Carlos García Bermejo

Al lado de la Fuente Nueva, en el conjunto de casas popularmente llamado “las Malvinas”, en un bajo hace pocos años se ha instalado un taller de encuadernación de libros...
Fue todo lo que sabíamos antes de ir a conocer al “encuadernador”. Pongo comillas porque el “encuadernador” resultó ser mucho más que encuadernador (o por lo menos lo que la gente se imagina cuando oye esa palabra).

Carlos García Bermejo (1966) es en primer lugar restaurador de libros antiguos. En Sigüenza todos tenemos cierta idea de la restauración de los edificios, frescos, rejas, pintura religiosa, etc. Tenemos posibilidad de observar por todas partes, si no el proceso de la restauración, sus resultados. Carlos restaura no lienzos sino libros que son igualmente objetos culturales. Realmente, su especialidad no son solo los libros, es más amplia, es “restaurador de documento gráfico”. El libro es el “documento gráfico” más complejo de todos. Hace falta juntar varios oficios para restaurar un libro.

— Yo soy restaurador de documento gráfico, estudié en la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales en Madrid. Estudié hace muchos años pero luego me he ido actualizando. Y también soy ahora inspector de Conservación Preventiva, he estado trabajando en museos, en el Jardín Botánico. En el Reina Sofía estuve de jefe del equipo de manipulación y montaje. Es mi otra faceta como restaurador. Porque la restauración ahora es mucho más conservación.

— ¿Qué es un documento gráfico? Los libros, los manuscritos… ¿La pintura al óleo no?

— La pintura al óleo, si está sobre papel y cartón, sí. Y la fotografía también es un documento gráfico. La especialidad se determina básicamente en función del soporte. El soporte es lo que nosotros trabajamos.

Carlos explica con paciencia a los que pensamos (equivocadamente) que las pinturas son más importantes que el soporte, que un restaurador no es un pintor, no pinta. Su tarea es estabilizar el soporte, y si, por ejemplo, falta un fragmento de pintura en la tapa de un libro, el restaurador tiene varias formas de reintegrar el color. Puede pintarlo, pero una forma más estricta es “hacer rayitas o puntitos verdes, amarillos, azules y tú desde lejos ves este color”. Y lo más estricto es dejar que se vea en un tanto por ciento diferente del original.

— Que no dé el cante, y sobre todo utilizar unos productos reversibles. Para que si mañana se puede hacer mejor o tengo que quitarlo, se pueda quitar. La restauración tiene unas directrices que marca la UNESCO. Es interdisciplinar e internacional. Y todo está avanzando. Lo que hoy podía ser de una forma, mañana lo puedo mejorar. Por eso siempre procuro utilizar material totalmente inocuo, reversible.

— ¿Dónde trabajaste al salir de la Escuela?

— Empecé en un taller particular pero al poco tiempo monté mi propio taller en el Paseo de la Habana en Madrid. Después, existía un taller de encuadernación que llevaba desde 1912, se murió la dueña y los herederos querían desprenderse de él, la encuadernación ya iba un poco de capa caída, y lo cogí y lo volvimos a subir un trabajador y yo. Y luego a los cinco años el alquiler nos superaba porque estaba en la Ópera, estaba allí de siempre, “Encuadernación Rogelio Rodríguez Luna” se llamaba. Y después ya me puse en la plaza de la Marina Española yo solo, donde estuve otros trece años o por ahí, enfrente del Senado, al lado del Palacio Real. Y desde 2008 me metí a trabajar por las mañanas en el Reina Sofía.

Básicamente he trabajado como particular. Pero lo he hecho para todas las instituciones, para todos los ministerios también (haciendo las carteras de ministro, etc.). Y compaginando mucho dando clases de encuadernación.

Una importante parte de su trabajo son encargos de particulares de restauración de libros antiguos o de encuadernación clásica, según el estilo y técnicas de cierta época. Por ejemplo, nos muestra un libro que “no puede faltar en la biblioteca de un cazador” que es el “Libro de la montería”. Es una edición facsímil de una edición de 1582 y está editado en cuadernillos (un libro intonso). Carlos lo encuadernó utilizando los materiales y las técnicas propias de aquella época. Recordamos que durante un tiempo los periódicos gustaban de vender a sus lectores los libros en cuadernillos sueltos.

— Tú si me traes eso para hacer, yo también te lo hago…

— ¿Pero no te interesa?

— No es que no me interese, es que o haces una cosa o haces otra. Tú como cliente me lo traes, pues claro que te lo hago, igual o mejor que en otros sitios...

Aunque sería matar moscas a cañonazos. La especialidad de Carlos son los libros de los siglos XVI, XVII, XVIII…

Otro libro que está en su mesa de trabajo es una edición de la Constitución de 1812. Un cliente le entregó la pobre “Pepa” envuelta en un trocito de pergamino que parece ser la tapa de algún otro libro, más antiguo (a su antigua tapa se la comió la polilla). A la “Pepa” Carlos le hizo un nuevo “traje”, correspondiente a su época. ¿Y el trozo de pergamino (que, por cierto, tiene un aspecto bastante cochambroso)? “Esto es un documento gráfico también, puede tener 300 años. Lo primero hubiera sido limpiarlo y estabilizarlo”, es decir, para Carlos también es objeto de interés profesional. De hecho, guarda en multitud de cajones todo tipo de trozos de papel restos de diferentes trabajos, que igual le servirán para trabajos futuros. Por ejemplo, nos muestra un trocito de papel que servía simplemente como un refuerzo en una tapa de alguno de estos libros que Carlos desmonta para volver a coserlos, y es el trocito de una página llena de tachaduras de censura. ¿No es buen artefacto para algún museo?

A lo largo de años Carlos ha observado la bajada de este tipo de encargos.

Hay una razón evidente: la desvalorización del libro como objeto. La era digital hace a la gente desprenderse de libros, quedándose solo con un kit de supervivencia, porque internet siempre está allí, y puedes consultar cualquier cosa, y no se acumula el polvo. Y está de moda ir por la vida “ligero de equipaje”. La mayoría de los alumnos de los cursos de encuadernación que ha tenido Carlos en Madrid son funcionarios jubilados. Los fieles clientes que le encargan encuadernaciones, se le “van muriendo”. ¿Y sus hijos? ¿Tradiciones familiares? ¿Bibliotecas de bisabuelo? “Sus propios padres, clientes míos, dicen que estos no van a hacer nada de esto”.

Pero no es solo cuestión de un cambio de soporte del libro. La cuestión es mucho más amplia. Un cambio de “la forma de ser de las personas”. Un mundo de usar y tirar.

A los hijos de sus clientes el precio del libro les parece caro. Pero ir a celebrar una Noche Vieja a Nueva York, no.

— Y yo lo que nunca he hecho es regatear mi trabajo y lo he valorado todo lo que he podido.

— ¿Puedes decir cuánto puede costar un libro así, más o menos?

— Lo que sí que podemos decir es que una piel te cuesta 80 euros, este papel cuesta 20, si pongo una seda, cuesta también a 40 euros un metro (no utilizo un metro), ahora solo venden seda falsa, esta es seda verdadera. El oro también es un pastón, es oro de verdad. Un rollo 1600 euros. Todos los materiales son muy caros. Un libro tardas por lo menos ocho horas en hacerlo. Y si son ya los libros enriquecidos valdrían 1200 euros…

Carlos tiene una gran colección de papeles para encuadernación. Desde hace muchos años los compra a una vieja amiga suya, catalana, que los hace a mano. Unos son réplicas de papeles de todas las épocas y lugares, otros son modernos, del propio diseño de la autora. Y son por sí una obra de arte, se puede enmarcar y colgar en la pared. Tienen nombres curiosos dependiendo de la técnica con que están hechos: “peines”, “ola”, “ojos de perdiz”, etc. También tiene una buena reserva de pieles de cabrita para las tapas, curtidas de una manera especial y pintadas a mano. Ya no se hacen en España, comenta, hay que comprarlas en Francia o en otro país. De todos sus materiales e instrumentos habla con... con cariño (la palabra más exacta).

Cada vez le costaba más mantener su taller en Madrid.

— Vivir de esto es cada vez más difícil. Trabajé mucho en el museo, lo que pasa es que o eres funcionario, o si no, es subcontrata de subcontrata de no sé qué. Nunca han salido oposiciones. Las instituciones no han abierto ninguna plaza nunca. Me acuerdo que salió una al principio, y claro, todos a presentarnos, pero la plaza ya estaba “dada” para una hija de alguien.

Hace poco me ofrecieron un trabajo en el Banco de España, van a meter un equipo para su propia colección. Tienen una colección buenísima, de arte decorativo, de libros, de todo.

Muchas cosas tienen en sus sedes y luego tienen su depósito. Me han ofrecido eso. Pero qué pasa, no lo abre el Banco de España para decir “yo quiero un equipo propio”, sino que otra empresa, por lo cual es una subcontrata. Pero lo que pueden ofrecer es 1200 euros. En Madrid no pago una casa ni puedo vivir con eso.

Ha vuelto a Sigüenza, ciudad de su infancia donde viven sus padres. Casi todos sus clientes por ahora siguen siendo de Madrid. Ya empezó a hablar (fue antes de la cuarentena) con la concejala de Cultura Ana Blasco sobre unos posibles cursos. También se propuso para digitalizar el archivo municipal, forma parte de su cualificación, lo sabría hacer siguiendo todos los estándares.

Su taller puede encajar perfectamente en el proyecto de Sigüenza como ciudad cultural.

Entrevista: Galina Lukiánina/ Carmen Iglesias