Francisco de Mendoza. El obispo que primero amó a su esposa y a su profesión y luego a la Iglesia

Don Francisco de Mendoza, antes de ser obispo de Sigüenza fue Gran Almirante de Aragón, marqués de Guadalete, comendador de Valdepeñas de la orden de caballería de Calatrava.

Fue hijo de don Íñigo López de Mendoza y doña María de Mendoza y Aragón, marqueses de Mondéjar, condes de Tendilla, grandes de España. Había nacido en 1545 en la Alhambra de Granada y fue bautizado en la iglesia de la Alhambra misma. Acompañó a su padre en la guerra de las Alpujarras y durante su embajada en Roma y luego, cuando fue virrey de Valencia y de Nápoles, gobernó el estado de Mondéjar con prudencia y rectitud.

Francisco de Mendoza. Anónimo. wikipedia

Casó en 1584 con doña María de Liori Folch de Cardona Colón de Córdoba, duquesa de Veragua, marquesa de Jamaica, de Guadalest en Valencia y condesa de Montealegre, por donde vino en ser Almirante de Aragón y de este matrimonio tuvo una hija que murió niña en 1590. La duquesa murió en Calzada de Calatrava en 1591 pleiteando por el ducado de Veragua y los pleitos se llevaron grandes caudales contrayendo deudas que trajeron a mal traer al deudor hasta el fin de sus días. Se trató un segundo matrimonio con doña Mencía de la Cerda Bobadilla, hermana del conde de Chinchón, pero al final la novia desdijo todo.

El haberse metido a casamentero de una hija del quinto duque del Infantado hizo que Felipe II lo desterrara al sacro convento de Calatrava la Nueva, de donde logró salir después de un tiempo. Toda la novelesca historia, la narra Layna Serrano. Fue ocasión la boda de doña Mencía de Mendoza hija del quinto duque del Infantado con don Antonio Álvarez de Toledo Beaumont, quinto duque de Alba, celebrada en Guadalajara el 23 de Julio de 1590, de la que surgió un escándalo a causa de la ligereza del esposo, que tiempo atrás había otorgado poder a Francisco de Carvajal para que se desposara en Sevilla en nombre del otorgante con Catalina Enríquez de Rivera, hija de los duques de Alcalá. El de Alba se apresuró de palabra a invalidar el compromiso con doña Catalina y pensó en casarse con doña Mencía, para conseguir lo cual echó mano de don Francisco de Mendoza invistiéndole de plenos poderes para realizar las capitulaciones matrimoniales y comprometiéndose a revocar pública y oficialmente el compromiso con la hija de los duques de Alcalá. Se concertó la boda de doña Mencía y el duque pero este último se descuidó en la revocación por lo que tuvieron lugar en Sevilla sus desposorios con doña Catalina, siendo tal el enojo de don Francisco de Mendoza, viéndose en ridículo, que envió una carta violenta al duque de Alba exigiéndole el cumplimiento de la palabra empeñada pues estaba dispuesto a pedírselo con las armas en la mano como cumplía a caballeros. El duque trató de poner remedio yendo muy en secreto a Guadalajara celebrando la boda y consumando el matrimonio, todo ello tras hacer revocación formal del desposorio de Sevilla, el 18 de Julio. La desairada hija del marqués de Alcalá pretendía ser la legítima esposa del duque y al enterarse Felipe II de que cuando otorgó licencia para el matrimonio del duque y doña Mencía había actuado, sin saberlo, como cómplice de un caso de bigamia, tomó cartas en el asunto y mandó encerrar al duque en el castillo de Medina del Campo, confinar en su casa al duque del Infantado, en Calatrava a don Francisco de Mendoza y en otros lugares a otros nobles implicados. Se siguió el correspondiente pleito canónico y don Francisco de Mendoza hubo de actuar ante Felipe II, explicándole la buena intención de los implicados, para que se les levantase el arresto, lo que obtuvo del rey con excepción del duque de Alba que hubo de esperar a poco antes del final del proceso canónico, sustanciado por el Consejo de la Inquisición que dio sentencia favorable al duque de Alba el 14 de Mayo de 1593.

Ignoramos que estados de ánimo generaría en las personas este tipo de matrimonio “convenido”, pero es de suponer que fuera muy variado y que a juzgar por su vida posterior el de don Francisco tuviera su parte afectiva.

Llevó don Francisco su viudedad con gran espíritu cristiano, siendo de ejemplo en la corte. Felipe II le hizo de 1595 a 1598 mayordomo de la Casa de Borgoña y le ocupaba en Juntas de Gobierno, dada su prudencia. En 1595 le mandó el rey a Flandes como mayordomo del archiduque Alberto, participando en la toma del fuerte de Montmulin el 23 de Septiembre de 1597 con mil caballos ligeros, arcabuceros y los tercios de infantería del maestre de campo Luis Velasco; se portó con bravura en la jornada de Calais y poco después fue como embajador a concertar la boda de Felipe III con Margarita de Austria, yendo también a Hungría, Tirol y tres veces a Polonia encargado de delicadas misiones. En compañía del archiduque Alberto, de cuyo consejo de Guerra y Estado formó parte, fue en socorro de Amiens y cuando se concertó la paz con Francia figuró entre los rehenes dados en garantía.

Al volver a España, el archiduque lo dejó como Capitán General de Ejército de Flandes en 1598 realizando una brillante campaña en la que destacan como hechos principales el paso del Rhin, la toma de Alpem, el castillo de Brouech, la ciudad de Rimberch, la villa de Emerich, la de Hanholt y el castillo de Schulenburg. A lo que hay que añadir la labor diplomática y administrativa. Después de aplastar a los regimientos de Zelanda y Escocia así como al escuadrón de los Frisones en la batalla de Nieuport el 2 de Julio de 1600, viendo derrotado el grueso del ejército del archiduque Alberto se mantuvo heroicamente para proteger la retirada del archiduque, hasta que herido y derribado del caballo cayó prisionero de los holandeses, permaneciendo así durante dos años y sin querer redimirse del cautiverio hasta no ver libres a todos sus oficiales y soldados pagando él los rescates con lo que nuevamente se vio arruinado.

Al cabo de nueve años, después de haber dado muestras de una austera administración, regresó a la península donde fue honrado con importantes cargos. Tras un proceso fue encerrado en el castillo de Santorcaz durante cuatro años para pasar luego otros cuatro en San Bartolomé de Lupiana y en San Francisco de Guadalajara gracias a las gestiones del duque del Infantado a cuyas expensas vivió el desgraciado almirante de Aragón durante casi veinte años. Por fin resultó absuelto con toda clase de pronunciamientos favorables. En la prisión escribió un libro: De la genealogía de Cristo según la carne. ¡Y luego dicen que hoy la justicia es lenta!

A los 74 años pidió las órdenes sagradas y en el momento de la traslación de don Sancho Dávila, Felipe IV lo presentó para Sigüenza, lo que comunicó con una carta que fue leída en Cabildo el 4 de Abril de 1622. El cabildo designó al deán y a Luis Venegas para que fueran a Madrid o a donde estuviere para cumplimentar al nuevo prelado.

El 13 de Diciembre de 1622 para festejar la toma de posesión del nuevo obispo el ayuntamiento de Sigüenza acordó que se hicieran dos danzas, una de niños y otra de hombres y por la noche se corriese un novillo por las calles empezgado de jubillos en los cuernos y que al día siguiente se corrieran toros.

Una vez consagrado se le esperaba en Sigüenza para Noviembre de 1622 y para la venida del obispo el cabildo del día 28 mandó que todos los prebendados se hicieran la coronilla y se recortaran los bigotes. En realidad el prelado no vino a Sigüenza.

Tenía en su compañía al doctoral Luis Venegas Figueroa, a quien reclamaba el cabildo para que siguiera sus pleitos, especialmente uno que entonces llamaban de Jadraque. El obispo llevó a mal que el cabildo pidiera el regreso de Venegas y escribió sobre ello al cabildo que el 7 de Febrero de 1623 le contestó que no había querido disgustarlo y que por tanto Venegas se quedase en la Corte sirviendo al obispo y que todos estaban a disposición del prelado.

Poco antes el prelado había obtenido para Francisco de Salazar, hermano del deán, un hábito de orden militar y el cabildo del 19 de Diciembre de 1622, acordó felicitarle las Pascuas y agradecerle el cuidado con que acudía ampliamente a las necesidades de los pobres de la ciudad.

En un segundo momento parece que el obispo había decidido ir a Palazuelos y por eso el cabildo había mandado que se llevase allí la tapicería de la catedral para adornar los aposentos del almirante; pero estando en Madrid en casa de su hermano, el duque del Infantado –según dice Núñes de Castro– le sobrevinieron unas tercianas dobles y congojosas que le hicieron ver la proximidad de su muerte, por lo que hizo testamento, acomodó a sus criados, ordenó pagar sus deudas y mandó hacer un altar en la habitación donde guardaba cama, oyendo misa y comulgando todos los días y así devotamente murió el 1 de Marzo, fiesta del Ángel de la Guarda, de 1623. Fue enterrado en el colegio de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares del que era patrón como hermano de doña Catalina y sobrino de doña María de Mendoza, fundadores del colegio. Primero fue enterrado en la capilla de las Sagradas Formas y luego en la bóveda principal de la iglesia del colegio, bajo el altar mayor.

 

 

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