Por qué fui secretario de Durruti. Jesús Arnal. Editorial Milenio.

Pues vamos a situarnos en 1936, al comienzo del verano, en la provincia de Huesca, en la pequeña localidad de Aguinaliu, en la comarca de Ribagorza, cerca de la frontera con Lleida. El cura ecónomo de la parroquia, el joven Mosén Jesús disfruta con la compañía de los habitantes de la población, con los que comparte juegos, deportes y tertulias en el bar del pueblo, además de sus habituales contactos derivados de su condición sacerdotal. El cura cae bien a la gente, es majete y se convierte en uno más de los ciudadanos de la comarca. Se desplaza por la misma en una moto y posteriormente en un modesto vehículo de cuatro ruedas. Está a gusto y no se plantea ningún cambio en su situación.

El 17 de julio se subleva el ejército en Melilla y comienza la guerra civil. La alarma y la angustia se extienden entre los españoles que temen una bajada a los infiernos general en la que la vida pierde su carácter sagrado y hay que pensar en la subsistencia. El miedo afecta principalmente a los religiosos como el cura ecónomo, consciente de la impopularidad de la Iglesia en determinados ambientes y del odio que despiertan los hombres de sotana. Mosén Jesús duda, y siguiendo buenos consejos de sus amigos del pueblo, se esconde en la montaña y en unos días regresa en plena aventura a su localidad de nacimiento, Candasnos, en la misma provincia, donde espera encontrar refugio amparado por los suyos en una localidad donde siempre encontró amistad y cariño entre la mayoría de sus paisanos. El presidente del comité del pueblo, el anarquista Timoteo Callén, viejo amigo, se enfrenta a los escasos milicianos que pretenden fusilarlo por las bravas y encuentra la forma de proteger a su amigo y paisano: a escasos kilómetros se encuentra la columna Durruti, dirigida por el famoso libertario a la sazón antiguo compañero, y le pide el favor. Durruti acepta sin más problemas proteger al amigo de su compañero y le designa para el cargo de ayudante personal suyo, lo que le protegerá ante cualquiera que quisiera ponerle la mano encima. Su trabajo se reduce a tareas administrativas que, una vez generada confianza en sus habilidades, van adquiriendo cierta entidad en la logística de la columna. Y de esta forma se produce esta extraña simbiosis entre un hombre de religión que nunca dejó de serlo, y un ejército plagado de anarquistas que lo último que harían en su vida es acudir a una misa.

Entre el líder republicano y el curilla se establece una relación de mutuo respeto e incluso aprecio, que una vez fallecido el primero continúa con sus correligionarios, gracias quizá al roce directo entre hombres, que hace que nazca frecuentemente una afectividad amistosa entre ellos. El libro es el relato elaborado por el personaje que, una vez regresado a España tras la guerra y a su actividad sacerdotal en localidades cercanas, decide hablar y transmitirnos su visión de los seres que estuvieron a un lado en la confrontación, muy realista, alejada de los prejuicios, falsedades y lugares comunes a que se sometió a la ciudadanía durante demasiado tiempo.

 

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