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Sociedad

Consume, recicla... y que siga la fiesta. Dos modelos de gestión de residuos en Sigüenza

El movimiento ecologista ha conseguido grandes avances desde los años 60, quizás sólo comparables a los éxitos del feminismo. Sus proclamas, radicales entonces, acerca de la protección medioambiental y el respeto a la naturaleza que nos sustenta se han plasmado en muchas legislaciones y en casi todas las conciencias. Sin embargo sus afirmaciones más profundas han sido convenientemente ocultadas o torticeramente edulcoradas para hacerlas compatibles con esta carrera desenfrenada hacia ningún sitio, con esta suma de consumidores ávidos de más al que llamamos sociedad.  Hablaremos sobre un caso paradigmático: el reciclaje.

Uno de los conceptos más lúcidos que el ecologismo ha traído al mundo es el modelo de las tres erres (RRR o 3R): Reducir, Reutilizar, Reciclar. Postula que si queremos vivir en una sociedad sostenible es imprescindible Reducir el consumo de recursos y energía, en primer lugar, desde los estratosféricos niveles actuales hasta otros compatibles con nuestra presencia en el planeta a largo plazo y con el más elemental sentido común. En segundo lugar es importante Reutilizar los objetos, evitando esa perversa filosofía del usar y tirar, que es en definitiva una manera de reducir, pero indirecta. Y por último Reciclar, que originalmente no sólo consistía en convertir los objetos en nueva materia prima para producir otros objetos sino en darle un nuevo uso a objetos ya inservibles para su función original. El orden en el que se plantearon estos conceptos es importante: lo primero es reducir; si consumimos al menos que lo consumido sirva para ser usado muchas veces, reutilizar; y en último término reciclar.

Desde hace muchos miles de años estos preceptos eran seguidos por toda la humanidad como la forma lógica de estar en el mundo. Pero, ay, desde hace pocos cientos vivimos bajo un sistema económico (y no sólo) que nos impele a actuar precisamente en contra de tan sabios argumentos. La reducción del consumo es de hecho el máximo anatema. Medimos nuestro progreso en función de cuánto consumimos y el objetivo es claro: cuanto más, mejor. Cuantificamos nuestro desarrollo en el P.I.B. que siempre debe ser creciente. Es inconcebible que una empresa venda menos que el año anterior, impensable que se reduzca nada pues al parecer el crecimiento exponencial es, según nuestros insignes próceres, el único camino hacia una vida mejor. El capitalismo necesita para su existencia un crecimiento continuo e infinito. Sí, carece de toda lógica y hasta las personas menos formadas saben que es imposible un crecimiento perpetuo en un sistema, la Tierra, irremediablemente finito. Pero es el gran mito en el que se sustentan nuestras sociedades. Sencillamente ningún político, ni a diestra ni a siniestra, puede siquiera decir que es imprescindible reducir el consumo pues ese mensaje es mucho más antisistémico, mucho más radical, que cualquier exabrupto aparentemente político. La reducción no es posible bajo este sistema.

Y como reutilizar es en último término reducir el consumo pues tampoco se puede permitir. Ni siquiera es lícito ya arreglar objetos estropeados, que es una de las bases de la reutilización. ¿Cuántas veces hemos escuchado ese “no compensa arreglarlo, sale más a cuenta comprar otro nuevo”, aplicado a todo objeto que se nos ocurra, desde electrodomésticos hasta muebles pasando por cualquier prenda de ropa? Si arreglo mi vieja lavadora o aprovecho la rota del vecino es una lavadora menos que se vende, y al parecer no estamos aquí para usar nuestra inteligencia en eso sino para dirigirnos al centro comercial más próximo y adquirir una recién salida de fábrica. Mucho más moderna y mucho mejor ¡que yo no soy tonto!.

Sólo la última de la tres erres, el Reciclaje, puede ser (parcialmente) asumida por el sistema. Y no sólo asumida sino publicitariamente integrada como la cara verde de este mayúsculo disparate. Reciclar, esa última consigna, loable pero carente de sentido si no atendemos a las dos anteriores, se esgrime como mecanismo de sostenibilidad y se plantea como la senda sensata hacia un futuro verde. El truco está en que es la única de las tres erres compatible con el dogma del crecimiento permanente. Nos dicen que podemos seguir consumiendo de modo desenfrenado, si luego tiramos los envases al cubo amarillo. Reducir y reutilizar han sido convenientemente barridos debajo de la alfombra mientras que el reciclaje se enarbola como la vía definitiva hacia la eliminación de nuestro indignante impacto ambiental. 

 

En Sigüenza tenemos un ilustrativo ejemplo de cómo nos impiden la reutilización, primando un supuesto reciclaje que como veremos no es tal, sino un burdo negocio que atenta contra la ética de cualquiera. Hablo, ya lo habréis descubierto sagaces e improbables lectoras, del “punto limpio” (oficial) sito junto a la vías del tren, en lo que llaman “paraje Valdecán”. Probos ciudadanos transportan hasta allí sus enseres la mayoría de las veces en perfectas condiciones, por lo que si deambulamos por esos predios nos asombramos de la profusión de bañeras, carretillas, vigas de metal y madera, tablones, electrodomésticos de toda índole y otro sinfín de recursos que yacen en ese cementerio que más bien parece una exposición. Si una locura pasajera te impele a preguntar si puedes llevarte la susodicha bañera para utilizarla como tal, es decir como bañera, la cara de la encargada te responde sin palabras. Y si éstas brotan lo dicen más claro: “no puedes llevártela porque es para reciclar. Yo tampoco puedo llevame nada.” Supongo que con “reciclar” estarán hablando de fundirla y hacer con ella otros objetos, por ejemplo otra bañera, que podré adquirir en la correspondiente tienda, haciendo girar de este modo la rueda de hámster en la que corremos. Tal derroche de estupidez y de energía es soportado por una empresa que gana dinero por tonelaje “reciclado” y a la que en realidad, como al propio ayuntamiento que la contrata, le importa una higa la sostenibilidad medioambiental. No te dejan llevarte la bañera porque ésta pesa unos cuantos kilos y ellos ganan dinero con ese peso. No hay más. Y por supuesto no te puedes llevar ni la bañera ni un mísero tablón de madera que te evite comprar la enésima mesa. Hay que reciclarlos, que ecológicos somos. De este modo el reciclaje, vilmente mercantilizado, niega la (mucho más importante) reutilización por parte del vecindario.

Ese otro “punto limpio” (oficioso), sucio en realidad, vertedero probablemente ilegal, sito en la carretera de Moratilla, es mucho más limpio que su hermano mayor. Porque hoy por hoy, y me barrunto tristemente que será durante no mucho tiempo, todo objeto allí depositado es puesto en realidad a disposición de todo el vecindario. Gracias a él muchas personas obtenemos gratis ese tablón que nos faltaba, ese motor que todavía puede servir, ese taburete que con un rato de trabajo queda otra vez como nuevo..... Y por lo tanto dejamos de comprarlo. Es decir, reutilizamos para reducir el consumo. Para convencerse de su eficacia sólo hay que pasar allí un par de horas y observar asombrado la procesión continua de personas, unas dejando, otras cogiendo. Las bienpensantes que nos miren nos tacharán de cutres y perdidos, cuando nuestra responsabilidad ética como habitantes de este malhadado planeta es no permitir que se tire nada que todavía pueda valer para algo.

Nos visitaba hace varios días en Ujados una mujer argentina que se asombraba, en los inicios de su largo viaje a España, del nivel de consumo exacerbado que observaba por doquier. En ese país, tan lejano y tan cercano, es impensable encontrarse tirada en la basura una lavadora si no se encuentra en avanzado estado de descomposición, o cualquier prenda de vestir útil, pues las que reposan en los tachos son indistinguibles del más mísero paño de cocina. No podía entender que uno se encontrase en la basura un sofá en buen estado pues ¿quién tiraría un sofá que todavía es útil? En nuestra desorientación inducida y en nuestra insensatez cercana a la demencia pensamos que eso es lo más normal del mundo y que si no cambias los muebles cada cinco años te pueden confundir con esa turba precaria que no son sino los pobres de toda la vida. Para distinguirse hay que consumir y para distinguirse más hay que derrochar más, y llamar progreso a ese derroche Ya que va a ser difícil convencer a la gente de que ese modelo está ya agotado y que esa furia consumista no es sino la inconsciencia de un niño caprichoso pero con consecuencias que pagaremos más pronto que tarde (y no con dinero) todas las personas, al menos que nos dejen a los parias y desharrapados recoger, como en “La vida es sueño” de Calderón, las hierbas que otros arrojan. Es la única manera de que el sueño no se troque en pesadilla.

Y por favor, para deshacerte de cosas útiles que ya no quieras, hazlo allí donde lo pongas a disposición del común. Muchas te lo agradeceremos, y no dudes que te estarás deshaciendo de ellas de un modo infinitamente mas ecológico que si las llevas a ese negocio que llaman punto limpio.