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Sociedad

Del pueblo a la Alameda

A mi amigo, que conoce bien Sigüenza porque tiene raíces familiares en esta tierra, no es necesario explicarle por qué somos la segunda ciudad más visitada de Castilla-La Mancha. Junto a los soportales de la plaza Mayor, hablamos del turismo de ida y vuelta, sin apenas pernoctaciones; del 850 aniversario de la consagración al culto de la catedral, en vísperas de su clausura, y de las importantes exposiciones que se  han hecho en los últimos años, pero poco más.

Sin embargo, a mitad de la calle Mayor, antes de entrar a comer en el restaurante que lleva su nombre, mi amigo y colega me recordó una curiosa historia que le contaba su madre, relacionada con los encantos de nuestra ciudad. Nacida en Hortezuela de  Océn, criada en Tortonda y residente desde su juventud en Madrid, la madre le hablaba con nostalgia y emoción de sus viajes a Sigüenza siendo casi una niña. Le describía el paisaje urbano de la ciudad, lo grandes y bonitas que le parecían las tiendas de la calle Guadalajara, sus monumentos y sus obispos, pero sobre todo le hablaba con entusiasmo del parque de la  Alameda.  

“Estaba enamorada de la Alameda. Era algo muy especial para ella. Su lugar preferido. Pero no por sus paseos y terrazas, ni por la arboleda o las fuentes. Le gustaba por el ambiente y la alegría de la gente”. A la madre de mi amigo le impresionaba, viniendo como era el caso de un núcleo poblacional pequeño, el bullicio de aquel espacio abierto, tan animado y concurrido.

Todos tenemos en la memoria algún paisaje o descubrimiento inolvidable, que nos sirve de punto de referencia en distintas etapas de nuestra existencia. Y Sigüenza tenía —y sigue teniendo— un atractivo indudable para quienes conviven con el silencio o comparten la soledad de unos cuantos vecinos en pueblos prácticamente abandonados de esta “comarca vacía”.  

Para la madre de mi amigo, visitar hace muchos años —principios del siglo pasado— la Ciudad del Doncel y descubrir tanta gente en la Alameda debió ser tan emocionante como ver ahora en el álbum familiar las fotos de su nieto paseando por el Central Park de Nueva York, ciudad donde trabaja, después de haber recorrido otros muchos lugares del planeta.

Las distancias y las historias personales determinan la emoción que nos producen los lugares visitados. Eso está claro, aunque no reparemos en ello. Pero todo está cambiando muy deprisa. Se tarda más tiempo en llegar al aeropuerto de una gran ciudad que trasladarse desde su terminal a un destino ubicado a miles de kilómetros. Y encima cuesta más dinero, en algunos casos, el taxi que te lleva con las maletas a ese aeropuerto que el propio vuelo.

Nos olvidamos con frecuencia —porque todo está ya muy cerca y machacado— de un detalle importante: hasta no hace muchos años era bastante normal encontrarte con personas de la España rural que nunca habían salido de su lugar de nacimiento. O que solo habían viajado a los pueblos más cercanos. Gentes que nacían y morían en un mismo espacio geográfico, sin apenas desplazamientos. Gentes a las que no les preocupaba lo más mínimo conocer otros territorios.

Como le pasaba a la madre de mi amigo, yo también recuerdo con emoción los espacios más concurridos de Sigüenza cuando era un crío. Y no me importa confesar que me parecían espectaculares algunos escaparates de la calle Guadalajara... Igual que me impresionó Madrid en los años 60, cuando pisé por primera vez los andenes de la Estación de Atocha o recorrí después, en medio de la muchedumbre, la Gran Vía, Callao, la Puerta de Alcalá o la plaza de Cibeles.

No ha pasado tanto tiempo desde que el mundo se nos ha ido quedado pequeño. Se han acortado las distancias y han desaparecido muchos de los obstáculos que impedían conocer los lugares más remotos del planeta. Pero siempre nos quedarán los primeros descubrimientos. Ahora ya no existe la aventura del viaje en sí mismo, las peripecias vividas en el camino, porque todo se reduce a unas horas de trayecto.

En la generación de nuestros padres, y sobre todo de nuestros abuelos, viajar era un lujo o, si lo prefieren, un capricho que sólo podían permitirse unos pocos españoles, salvo que no tuvieran más remedio que hacer las maletas y viajar a la emigración para intentar ganarse la vida lejos del pueblo.

Conocer el mar tampoco resultaba tarea fácil en aquella España de la posguerra y del desarrollismo. Pero no supuso ningún trauma para nuestros padres y abuelos, que muchos años después lo descubrirían por deseo expreso de sus hijos y nietos.   
Sin ir más lejos, la madre de mi amigo era feliz paseando por la Alameda cada vez que venía a Sigüenza. Era para ella lo más parecido a un paraíso.

Javier del Castillo