Sáb07112020

Last updateVie, 10 Jul 2020 4pm

Back Está aquí: Home SOCIEDAD Entre la desidia y la desesperanza

Sociedad

Entre la desidia y la desesperanza

Fui testigo directo —a finales de los años setenta y principios de los ochenta— del desalojo de los vecinos de un pueblo de nuestra provincia al que se le cruzó en su camino la construcción de un pantano. Me estoy refiriendo a Alcorlo, sumergido ahora bajo las aguas, aunque yo siempre lo recordaré sobre la superficie de una pequeña colina, con sus calles empedradas y los huertos pegados al río Bornova desde los que se escuchaba a última hora de la tarde el croar de las ranas.

Alcorlo, hacia 1980,  Vista general de Alcorlo, 1980. “Una mirada atrás. Imágen gráfica de La Toba y Alcorlo en el siglo XX”, 2008.

Su destino estaba escrito desde hacía algunos años en una carpeta guardada en la Confederación Hidrográfica del Tajo. La imagen de los rostros serios de aquella buena gente, obligada a abandonar sus casas y sus escasas propiedades, mientras máquinas excavadoras no dejaban piedra sobre piedra, se me ha quedado grabada para siempre.

Como también tengo grabada en mi mente la imagen de las familias que de forma paulatina iban dejando mi pueblo en los años sesenta para soñar con una vida mejor en Guadalajara o en el extrarradio de Madrid y Barcelona. El goteo era incesante, continuado, sin retorno, salvo cuando volvían en las vacaciones de verano. Nadie tuvo entonces la percepción de que podíamos estar asistiendo a los prolegómenos de “la España vaciada”, que tanto entretiene ahora a políticos y a profesionales del pesebre. En la ciudad se necesitaba mano de obra barata y el campo, con su precariedad casi crónica, estaba dispuesto a prestársela.

Hubo que esperar mucho tiempo, demasiado, para que alguien se percatara de las consecuencias que acarreaba la despoblación rural. Nadie dio la voz de alarma: los pueblos se mueren, se cierran las escuelas, hacen las maletas el médico y el farmacéutico, se clausura la taberna y el secretario ya no vive aquí y sólo aparece una vez a la semana, mientras el silencio comienza a extenderse de forma inexorable por callejuelas y plazas.

De niño, recuerdo el pueblo lleno de vida. En mi memoria perduran las hacenderas de vecinos convocadas en verano, al finalizar los trabajos de la recolección del cereal, para limpiar el río, adecentar la plaza, segar la hierba de las cunetas de la carretera, retejar la iglesia o arreglar el acceso al lavadero de la Fuente Nueva. La limpieza del río, sin embargo, era el acontecimiento más esperado por los chavales, porque durante aquellas tareas se arrastraban y sacaban a la orilla peces, cangrejos y otras especies acuáticas que íbamos rescatando del cieno y poniendo a buen recaudo.

Es muy probable —aunque tampoco podría asegurarlo con total certeza— que en aquellos momentos no les arrendara las ganancias a quienes habían abandonado el pueblo para vivir junto al asfalto, sin poder bañarse en el rio y sin poder disfrutar de la naturaleza. Sin cangrejos, ni peces, ni ranas. Pero la emigración seguía imparable, en parte también porque la mecanización del campo restaba mano de obra en las tareas agrarias. Hasta que, finalmente, acabamos emigrando casi todos. Incluidos aquellos agricultores que, después de haber invertido en maquinaria agrícola, preferían tener su residencia en la cabecera de la comarca.

Las precarias condiciones de vida en los núcleos rurales, con una economía de supervivencia, frecuentemente amenazada por fenómenos atmosféricos —“siempre mirando al cielo”, como explicaba mi padre—, invitaba decididamente a cambiar de aires. A mi madre también la escuché decir en más de una ocasión: “hijo, tienes que estudiar y buscarte la vida lejos del pueblo”. El futuro, estaba claro, había que planteárselo fuera del escenario o territorio en el que ellos habían trabajado duramente.

Pero, lo más curioso del caso es que nadie intentó entonces poner remedio a aquella corriente migratoria: al firme deseo de dejar el campo y para buscar otros horizontes. Por lo tanto, el desequilibrio población no es algo reciente. Ni tampoco creo que intentar restablecerlo sea una prioridad para quienes proponen planes de desarrollo o actuaciones que jamás se plasmarán en realidades. Una foto por aquí, una visita por allá, una sonrisa y que no falte de fondo el tractor y el rebaño de ovejas.

Es lamentable y hasta patético escuchar propuestas de actuación en el medio rural, cuando los mismos que las proponen saben a ciencia cierta que ni siquiera está en sus manos el poder ejecutarlas. Ni tienen presupuesto, ni la voluntad decidida de llevarlas a buen puerto.

Hay distintas maneras de marear la perdiz, y una de ellas es llenarse la boca de promesas. Otra, hacer debates estériles. La España vaciada —vacía podría interpretarse como menosprecio a los que todavía aguantan en ella— no volverá a llenarse porque se creen más comisiones y se hable mucho del problema. Tampoco existe ningún método eficaz que garantice el retorno al campo, salvo que se quiera condicionar la voluntad del individuo para decidir su lugar de residencia. A nadie se le puede obligar a vivir donde no quiere. Y mucho menos vendiéndole, como el que vende humo, incentivos fiscales y una larga lista de proyectos que difícilmente se transformarán en realidades.

El actual presidente de Castilla-La Mancha se presentó hace cuatro o cinco años en la entrega de los Premios “Populares de Nueva Alcarria” y dijo sin despeinarse que la Junta invertiría durante esa legislatura más de diez millones de euros en las zonas más despobladas de Guadalajara. Dijo diez, pero como podía haber dicho cincuenta.

Al fin y al cabo, estas cifras millonarias se dicen solo para impresionar y agradar a la concurrencia. Y todavía hay gente que les aplaude.

Javier del Castillo
Foto: Vista general de Alcorlo, 1980. “Una mirada atrás. Imágen gráfica de La Toba y Alcorlo en el siglo XX”, 2008.