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Jugar al aire libre: una cosa muy seria

Cuando recordamos nuestra infancia, seguramente nos vengan a la mente imágenes de largas jornadas bajo el implacable sol castellano al que parecemos ser inmunes, con un puñado de amigos triscando por un paisaje indeterminado, la compañía de algún perro solitario y la banda sonora insistente de las chicharras. Evocaremos nuestras expediciones por los campos y bosquetes, planeando pícaras travesuras en un solar o rumiando fallidos experimentos con los desafortunados bichos que encontrábamos por ahí. Las palabras clave de esos recuerdos, sin duda, son las que dan título a este artículo: juego, aire y libre. Tres cosas de las que los infantes de la actualidad apenas disfrutan. Hoy tienen agendas de infarto: para jugar tienen que pedir cita, como si de ir al médico se tratara, y cuando por fin lo hacen es entre cuatro paredes y bajo la atenta supervisión de un adulto. El símil carcelario no es baladí: los niños de hoy en día pasan menos tiempo al aire libre que un recluso. Razones, pues, de peso para escribir el libro homónimo, “Jugar al aire libre”, en el que reflexiono sobre el juego en general, el juego en la naturaleza en particular y sobre las consecuencias que tiene para la salud, el bienestar, el aprendizaje y, en última instancia, la libertad del individuo. El libro contiene también ideas para aplicar en la escuela y en la vida familiar, aunque no se trata, ni mucho menos, de un manual para (re-)aprender a jugar sino más bien una excusa para pensar, evocar, sonreír y tal vez llorar en torno a la vida lúdica que dejamos atrás y que queremos legar a nuestros descendientes.

Una de las premisas de la obra es que el juego es algo muy serio. Aunque jugar nos divierta, no es algo para tomar en broma. No hay más que ver la seriedad con la que los niños se toman el juego y lo mucho que les molesta ser interrumpidos en ello. Es una actividad y una actitud —la lúdica— que evolutivamente nos ayuda a sobrevivir y a sobrellevar la vida y que en realidad no perdemos —o no deberíamos— en la edad adulta. El arte, las letras, el deporte, la danza, el teatro, ciertas aficiones e incluso la ciencia pueden beneficiarse mucho de una actitud lúdica en un adulto. Pero lo que constituye una elección para nosotros, en un infante es una cuestión de supervivencia. Hay experimentos con primates que demuestran que una cría prefiere quedarse sin comer a no jugar. Un niño que juega no sólo está aprendiendo destrezas motoras o adquiriendo habilidades cognitivas, sino que está comprendiendo el mundo a su alrededor y procesando todo lo que le ha ido pasando en su corta vida. Mediante el juego entrena a superar situaciones y a practicar habilidades sociales y físicas que tal vez vaya a necesitar en el futuro. Reproduce eventos que pueden resultar traumáticos a su corta edad, quitándole hierro de forma controlada y regulando los parámetros que más angustia o incertidumbre le pueden producir. Imaginemos a un niño jugando a los médicos a la vuelta de ponerle una vacuna o a los bebés, cuando ha tenido un hermanito.

El juego al aire libre incorpora beneficios para la salud y el bienestar derivados de ejercer esa tarea en la naturaleza. Se trata de una actividad más movida, de agilidad, exploración u observación, que en el interior quedaría muy limitada y que de esta manera ayuda a prevenir patologías derivadas de un estilo de vida sedentario. El juego activo en edades tempranas contribuye a facilitar la lectoescritura más adelante. La vista trabaja a distancias focales e intensidades de iluminación mucho más diversas que las que encontramos en el interior, excelente gimnasia ocular que previene la miopía. La permanencia al aire libre nos hace físicamente más resistentes al frío y a las infecciones e incluso la suciedad natural refuerza el sistema inmune y limita la aparición de alergias. Desde el punto de vista mental, la naturaleza serena los ánimos, nos da espacio para pensar y conectar, no sólo con el entorno sino con uno mismo, y esto sucede ya a edades muy tempranas. Está demostrado que reduce el estrés y la ansiedad, tanto en adultos como en niños. Por otro lado, desde el punto de vista de los aprendizajes, el juego “al natural” es decir, sin juguetes predeterminados y mucho menos, electrónica de por medio, dispara la imaginación y la creatividad. La relación directa, sin intermediarios, con el medio permite integrar mejor los sentidos y fortalece las habilidades motrices finas. La naturaleza, cambiante como es, nos enseña a ser flexibles y resilientes, pues nos obliga a aceptar los pequeños cambios que se producen todos los días en ella, ya sea por las condiciones meteorológicas, el rastro de algún animal o el paso de las estaciones. La ausencia de supervisión adulta, en niños algo mayores, además da autonomía, confianza, capacidad de gestión del riesgo y de resolución de problemas. Los chavales que tratan con sus pares mejoran sus habilidades sociales: de escucha, comunicación, atención, empatía, diálogo, negociación, persuasión, tolerancia, gestión de conflictos… que de otra manera suelen ser supervisadas o incluso resueltas por los adultos a nuestro alrededor.

El juego al aire y libre no surge de la nada. Si lo deconstruyéramos al modo que los grandes chefs hacen con sus recetas, veríamos que sus ingredientes, ordenados según su necesaria aparición, son el placer, la creatividad, el control y la libertad. Decía antes que el juego no es cosa de risa, pero sí debe resultar placentero. En el momento que deja de serlo, el niño tiene la capacidad de abandonarlo o cambiarlo. En el juego, quien lo practica debe sentir seguridad y confianza para ejecutarlo. No debe haber amenaza externa —por ejemplo, de una pandilla de niños mayores que molesten— ni incomodidad suficientemente grande —p.ej. exceso de frío o de calor— que distraigan del propósito del mismo. Cuando se juega, el tiempo y el espacio desaparecen; pero para que ello suceda, tiene que darse un ambiente propicio. Esto no quiere decir que haya que garantizar esos parámetros según criterios adultos de confort, por fortuna los niños son poco exigentes y casi cualquier lugar o circunstancia les vale para jugar. Hay estudios que reflejan los juegos de los niños en los campos de concentración o en zonas de conflicto armado. ¡Precisamente ahí es donde más lo necesitan! Pero sin llegar a esos extremos, debe resultar una actividad intrínsecamente placentera.

El diseño de la actividad lúdica requiere a veces más tiempo que su propio desarrollo: hay que elegir espacios, materiales, compañeros y consensuar unas mínimas reglas que configuren el marco del juego. Los niños pequeños apenas dedican esfuerzo a ello, pero tienen un juego más solitario y sencillo. A medida que crecen, las relaciones sociales son tanto o más importantes que la propia actividad. La configuración del juego, por tanto, requiere de grandes dosis de creatividad, pues se parte de cero cuando no hay una actividad prediseñada por un adulto: no es lo mismo jugar a la pelota que echar un partido de fútbol, en ese sentido. Por otro lado, no tener escenarios o materiales deterministas, podemos hacer con ellos lo que queramos. Invito a que den un palo a un niño y observen lo que hace con él. ¡Es el juguete por excelencia! Puede ser desde una varita mágica a una caña de pescar o un camión. Con él podemos pintar, observar paisajes lejanos, conquistar castillos o dirigir una orquesta. Por no hablar del barro o del agua, elementos que permiten explorar multitud de fenómenos físicos. Ahora que se habla tanto de las actividades STEM para despertar vocaciones científicas, recomiendo que esta Navidad los niños pidan un charco a los Reyes. Tiene agua, barro, tierra, hielo… todo lo que necesita para practicar artes y ciencias.

A medida que van creciendo y adquiriendo autonomía, los niños van siendo conscientes de su cuerpo, de su entorno y buscan ampliar horizontes, no sólo físicos sino mentales. Exploran las fronteras de su zona de confort y asumen riesgos. Un niño que ha jugado en la naturaleza, tiene un cuerpo acostumbrado a espacios irregulares y entornos cambiantes, por lo que conocerá mucho mejor sus límites y hasta dónde puede usar su cuerpo para ampliarlos. Se mueve con seguridad y confianza. Si además ha tenido la libertad para explorarlos a su ritmo, lo hará cuando se sienta seguro para ello, y no sentirá presión para adelantar hitos para los que aún no estará preparado. Subirá al árbol sólo cuando tenga claro que lo puede hacer sin caerse. Aprenden así a gestionar los riesgos, a iniciar aventuras aptas para su nivel de desarrollo y a controlar en qué situaciones se meten.

Y es en ese ejercicio de funambulismo entre riesgo y control, seguridad e incertidumbre, que los niños generan su libre albedrío. El juego, al aire libre y libre, es decir, cuando no media la directividad adulta ni la imposición de un espacio o un material prediseñado, es un ejercicio de libertad. Ayuda al niño a conocerse a sí mismo y a empatizar con los demás. Contribuye a forjar su personalidad, le acompaña en su transición a la adolescencia, a la edad adulta. Con él, hace realidad sus anhelos, imagina nuevos mundos, modela sus ideales y le incita a buscar nuevos desafíos físicos e intelectuales. El juego al natural no se acaba nunca. Siempre hay nuevos espacios, nuevos retos, nuevos sueños que perseguir. Es libertad de cuerpo y mente, en estado puro. ¿Cómo no vamos a desear eso para nuestros hijos?