Sociedad

Vacaciones con historia y turismo de cercanía

Aquellos veranos ya son historia. Historia que vuelve a hacerse cercana cuando llegan estas fechas. Han pasado algunos años – bastantes – y aquellos escenarios siguen estando donde estaban, con sus fuentes, sus ríos, sus praderas o sus miradores cada vez menos concurridos, dando testimonio de unas vacaciones muy familiares. Los alrededores de Sigüenza, los pueblos y rincones de su comarca, han sido protagonistas de las experiencias más felices y recordadas de los veranos, aunque esos destinos los tuviéramos muy cerquita de casa. Excursiones inolvidables, que tenían lugar antes o después de pasar unos días en la playa.

Primera observación. Antes de deshacer las maletas y de colocar la ropa de verano en los armarios, empezaba la presión de los niños para bajar con ellos al garaje. El garaje era su objetivo número uno, porque en él se encontraban los balones y las bicis, probablemente con las ruedas sin apenas aire. Bicis y balones, cuya puesta a punto eran imprescindibles para empezar bien la temporada de verano.

El destino de la primera salida fuera de la ciudad era innegociable: la Fuente del Abanico, donde llenábamos algunas botellas de agua. Luego nos acercábamos hasta el Río Henares y desde allí contábamos el número de vagones del primer tren que pasaba por la vía, para continuar después en bici hasta la Huerta del Obispo. Entonces, para los niños de ciudad, entrar en el territorio-residencia de los Hermanos Maristas era como adentrarse en un aula de la naturaleza, con su granja, sus gallinas, una nave de cerdos y un par de jabalíes en un cobertizo, a los que echábamos manzanas caídas de los árboles frutales para ver como las devoraban.

En la zona deportiva de la Huerta del Obispo, gracias a la comprensión y generosidad de los frailes, podíamos jugar nuestros partidillos de fútbol o baloncesto, siempre que a la excursión se hubieran sumado también algunos primos de la edad de mis hijos. Por la carretera de Alcuneza, pedaleando en fila de a uno, llegábamos hasta el Restaurante La Granja o incluso seguíamos en dirección a Horna, con parada en la derruida estación eléctrica del Salto Pepita.

El Oasis era otro de los lugares más demandado por los chavales y, por lo tanto, el más frecuentado en aquellas semanas de finales de julio o principios de agosto, hasta que unos años después sus instalaciones dejaron de estar abiertas al público. En las pistas que rodean al campo de fútbol, entonces de tierra, aprendieron a montar en bici algunos de mis hijos. Allí pasábamos muchas tardes en familia, jugando al frontenis, al fútbol o trepando por las rocas de sus cercanías. Otra de las opciones preferidas – sin salirnos del pinar – era la Fuente del Tejar, donde mi suegro, sin quitarse la visera y sentado en uno de los poyos del recinto, me contó con todo lujo de detalles un montón de historias de la España de su infancia y juventud, tan “verídicas”, decía, como que estamos “aquí sentados ahora mismo”.

Fuera del núcleo poblacional de Sigüenza, sin alejarse del mismo más de veinte o treinta kilómetros, recorríamos en aquellos veranos de niños, abuelos, primos, excursiones y bocadillos, rincones con encanto que recomiendo a quienes quieran disfrutar de la naturaleza y de la tranquilidad que en ellos se respira.

Reconozco que el pinar es uno de esos lugares privilegiados, en los que el tiempo parece detenido; el bosque en el que veíamos caer la tarde y esconderse el sol entre las rocas y los pinos, apurando las últimas horas de luz del día. Camino de la Cueva Mosa, hacíamos parada y merienda en la pradera que hay antes de cruzar el arroyo donde comienza la pendiente por la que se accede hasta la gruta y se abre la senda que lleva hasta la Fuente del Tiemblo. También frecuentábamos las Praderas de Valdelagua, la Pinarilla, la caseta del guarda o las majadas de Barbatona, antes de refrescarnos en la fuentecilla que hay en el lateral del Santuario de la Virgen.  

En coche, pero también en bici, bajábamos hasta Moratilla de Henares; o nos acercábamos al mirador de Félix Rodríguez de la Fuente, en Pelegrina, o seguíamos la corriente del Río Dulce pasando por La Cabrera y terminando frente a los peñascos que vigilan desde lo alto al pueblo de Aragosa. Otra excursión “inevitable” y repetida que hacíamos todos los veranos tenía como destino el nacimiento del Río Henares, en Horna, donde veíamos brotar el agua del manantial, desde la sombra de una gran noguera. También nos acercábamos algún día hasta Alboreca y a las cuevas de Olmedillas, después de haber dejado atrás el viejo tejar de Alcuneza, a la izquierda, y el Restaurante El Molino, a la derecha.  

Con mis hijos todavía pequeños, nos íbamos a merendar alguna tarde a lo que ahora ya sólo son ruinas del Torreón de Séñigo, para visitar después las murallas de Palazuelos, la iglesia de Carabias, el restaurado lavadero de Pozancos y la hermosa fuente de la plaza de Ures. También nos acercábamos algún día, por razones naturales, a Riba de Santiuste y a La Barbolla, para luego visitar las salinas de Imón, los pueblos de Cercadillo y Riofrío y terminar el recorrido en Atienza, junto a la Plaza del Trigo.

Me lo recordaba en el mes de febrero Martín Barreiro, el hombre del tiempo de los fines de semana en TVE, cuando le entrevisté para la revista VIAJAR – entrevista que sale ahora del “encierro” y se publica en este mes de julio – y me hablaba de sus primeras experiencias viajeras. Los viajes más largos que hizo fueron a los pueblos de Lugo donde sus padres trabajaban como maestros. Tuvieron que pasar algunos años para iniciarse en la búsqueda de nuevos destinos.

Martín enumeraba sus excursiones de adolescente por tierras gallegas con entusiasmo. Acostumbrado a los pronósticos del tiempo, aquella reivindicación del turismo de cercanía – visto ahora, después del confinamiento – me parece una de sus predicciones más acertadas al margen de la meteorología. La aldea, por razones familiares y de salud, vuelve a ser el anhelado destino de muchos ciudadanos españoles. Hay que disfrutar también de los tesoros que tenemos cerca.

Así que será cuestión de repetir las inolvidables excursiones que hacíamos por los alrededores de Sigüenza cuando mis hijos eran pequeños.

Javier del Castillo