
Llueve. Llueve y llueve, y vuelve a llover, una campiña que estalla en verde bajo el cielo de plomo. Sigüenza más ocre - o más dorada - que nunca, parece surgir entre algunos arreboles que se abren entre las nubes. El suelo mojado, la calzada desierta, se encienden los faroles de la Alameda y la calle Seminario, crecen altas las hierbas, y se precipitan suavemente las flores de los castaños…
Atrás quedó la granizada, nieve falsa que quebró las tejas y la damajuana del jardín. El musgo se esponja sobre las viejas paredes y el aire huele a frío.
Acabamos casi hartos de ese marzo que mayeaba, y ahora tenemos un mayo que marzea.
Hace falta alegría en este paisaje melancólico, música y risas, sonidos ancestrales y modernos.
Llega a mi móvil un cartel, anunciando un evento musical bajo la rúbrica BIBITOKE.

En formato de lo que hoy se denomina “tardeo”, continúa con la tarde- noche, ofreciendo tres géneros musicales muy distintos entre sí: lo tradicional, ancestral, la canción melódica y el rock, siempre fiel a sí mismo y siempre renovado. Todo ello, en el centro cultural de la ermita de San Roque, lugar donde, hace un par de años, pude tener el privilegio de oír tocar el violonchelo a una jovencísima alumna china que demostró como puede fundirse la música con el alma de una persona.
El evento lo organiza gente muy joven, bajo la rúbrica “Tintineo” una promotora cultural a cargo de Bárbara Bussons, Silvia Mateo y María Carrascosa, tres mujeres jóvenes con un currículum relacionado con la música y la producción de eventos, que pretenden proteger y fomentar la cultura en el ámbito local, mediante propuestas culturales y de ocio.

Como la cosa nos llama la atención a unos cuantos, vamos y nos encontramos con la sala despejada, tarima para los músicos, una pequeña barra bien atendida, sin que falte el puesto de venta de camisetas, pegatinas y demás, con los logos de los organizadores y los artistas.

A las siete de la tarde, se abre el recinto y va llegando gente, dispuesta a bailar al son de los dulzaineros, Agustín, Carlos, Juanjo y José Antonio, buenos embajadores de una tradición que conocen y miman a la perfección. Tocan y ofrecen explicaciones, sobre las piezas ejecutadas y los instrumentos, que ayudan a disfrutar lo que interpretan. Porque, a mí, las dulzainas me recuerdan ritmos guerreros remotos, como la propia jota, danza viril, latidos de esa Celtiberia que comparte raíces con los vascos, tambores y gaitas prestos para el combate, allá por las tierras del norte y las sierras.
Y esto exige, después de bailar hasta caer rendido, algo de bebida, y el condumio. O sea, bibitoque.
Bibitoque, sin K, que suena a fiestas patronales, procesión, gigantes y cabezudos, pirotecnia, sones de dulzaina, comida y bebida, aperitivo y participación comunitaria, bebe y toca, en fin, fiesta y tradición que, como todas las tradiciones, es versionada por cada generación. Y aquí está lo más insólito: que se combinan, sin problema, los sonidos tradicionales y la música “emergente”, como reza la propaganda en las redes, dirigida a los más jóvenes.

Si sólo se tratara de un festival al uso, quizás no me hubiera detenido en analizarlo, pero despertó mi curiosidad el que se uniera lo antiguo y tradicional con lo moderno, y la permanencia, con ediciones a lo largo del año, idea de continuidad que evocaba la imagen de una carrera, el paso de la antorcha de una generación a otra, pues se enfoca principalmente – pero no exclusivamente - a los jóvenes. De hecho, hay programada otra cita el 6 de junio.
Los antepasados remotos, la nostalgia sesentera del primer Rock & Roll, los cantautores de los ochenta y noventa, entran así en el imaginario de los más jóvenes, se incorporan a ese mundo que se presenta como desconectado con el pasado. Son ellos quienes, en definitiva, explican lo que somos, al tiempo que nuestro legado es la antorcha que pasa de un corredor a otro en esa carrera interminable. Precisamente, si los sones de las dulzainas y el mismo Rock han llegado hasta la actualidad es porque alguien pasó el testigo a alguien, y la llama de la antorcha nunca se apagó. O se apagó y volvió a ser encendida.

Tras la dulce voz de Sara Sístole, actuó Santa Canela, un grupo de variadas procedencias formado por Alberto, Álvaro, Jesús y Manu, ilusionados con su presentación y con ganas de darlo todo. En definitiva, un grupo que suena bien, como tiene que sonar, y que tienen mucho camino por delante para recorrer con alegría y éxitos.
Dejó de llover un rato, así que, a eso de las nueve y media estaba llegando gente, pero la cena no espera, y me fui pensando que qué suerte tiene Sigüenza, donde los jóvenes son parte del tejido cultural, que renuevan y garantizan su existencia.












