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Hace unos días quedamos los tres profesores de una asignatura de primero para revisar los exámenes con nuestros alumnos suspensos. Teníamos tres que no habían superado la prueba, realizada una semana antes. No vino ninguno de ellos a la revisión. En el examen de recuperación de prácticas de otra asignatura, en el que estuve ayudando a otros compañeros al ser una prueba por grupos que requiere varios turnos, amén de una preparación compleja de varios laboratorios, se presentaron poco más de la mitad. Había muchos suspensos, fueron varias decenas los que no comparecieron. Para la revisión del examen de nuestra asignatura habíamos quedado en la biblioteca de zoología de nuestro departamento. En Ciencias de la Vida tenemos varias áreas docentes, zoología, botánica, ecología, hay varios laboratorios, de prácticas o de investigación, y bibliotecas de estudio y consulta, una magnífica infraestructura que ha costado mucho crear y poner a punto, y que cuesta mantener y seguir mejorando, que da servicio a un total de siete grados universitarios. Solemos convocar todos los finales de curso a la revisión de exámenes en esa biblioteca de zoología, con su aroma a ciencia condensada y a conocimiento clásico, del de toda la vida, es decir duro y sin concesiones. Al entrar en la sala, sólo un minuto ojeando las estanterías antes de empezar a charlar con los compañeros mientras esperábamos a quienes nunca vinieron, ante gruesos textos de entomología, de invertebrados marinos, ante tratados sobre quirópteros, sobre ungulados africanos, o los de antropología biológica, los de evolución, o viendo el texto clásico de zoología general que también tengo en las estanterías de mi casa desde los tiempos de la carrera, ante esa acumulación de saber especializado, condensado y recopilado en papel y tinta, en ese par de minutos previos, fui vívidamente consciente, quizá más de lo habitual, del final de una era.

Hago una búsqueda en internet sobre un tema que me interesa. La realizo en el internet general, no en esas bases de datos especializadas, en la infraestructura profesional dependiente de nuestras instituciones educativas, mantenidas por nuestras bibliotecas generales y la red de investigación conjunta, infraestructura que usamos los entes fantasmagóricos, cada vez más transparentes o imperceptibles, que poblamos, todavía, la academia. Desde hace algún tiempo, cada vez que uso internet para intentar extraer información útil, me viene a la memoria aquello de Gustave Flaubert sobre ese «momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el Hombre». Ese momento glorioso, en Internet, empezó en los viejos, viejísimos, años 90, cuando nos empezábamos a comunicar de ordenador a ordenador mediante sistemas BBS, unos doctorandos con otros en departamentos universitarios ubicados en países distantes, cuando voluntarios empezaban a verter conocimiento, por puro placer de divulgar su saber concreto, en redes precarias como Gopher, cuando aparecieron los primeros navegadores de la WWW y toda esa profusión de páginas genuinamente informativas a las que se accedía libremente, pronto millones de ellas, jamás se había visto nada igual. Momento estelar que abarcó desde ese comienzo de la edad dorada del conocimiento libre, igualitario, colaborativo y verdadero, hasta hace unos años ya, quizá veinte ó poco más de esplendor como mucho.

Hago una búsqueda en la internet general sobre un tema concreto, da igual cuál era, da igual qué día. Lo hago con una de esas herramientas creadas, mantenidas, alimentadas, finalmente explotadas por empresas transnacionales según su propio interés, no por aquellos voluntarios del Gopher de los primeros tiempos, empresas que acabaron soportando el ecosistema, de las que se hizo todo dependiente y que, naturalmente, algo han de ganar, normalmente dan ese servicio a cambio de monitorizar tu navegación, es decir, de vender tu comportamiento privado en internet a segundas o terceras empresas, a gobiernos, organizaciones políticas, a poderes inconfesos o, en general, a cualquier mejor postor. Hago una búsqueda, sobre algún tema, con genuino interés y sabiendo el precio que pagas, y lo que sale, como viene siendo habitual desde hace un tiempo, son docenas de páginas de las llamadas de SEO, con frases cortas pensadas para dirigir la navegación del usuario, para captar visitas sin ofrecer una sola linea de información útil. Párrafos repetitivos, que no aportan nada, uno detrás de otro, ni para nada sirven en su conjunto. Y mezcladas con esas, el resultado te muestra la otra variedad más reciente, en portales que enseguida identificas como captadores de visitas por su dominio genérico, no especializado, páginas creadas por esas mal llamadas “inteligencias artificiales”, máquinas de copiar y pegar, pero sin control de exactitud ni de relevancia, tantas veces compiladoras de parrafadas generales, que impiden profundizar lo más mínimo en ningún sujeto de estudio. Páginas inanes pergeñadas por cualquier ignorante que no es capaz de distinguir el grano de la paja en lo que le ha escupido la máquina, como para poder filtrar o redirigir ningún tipo de texto sintético hacia ningún resultado útil.

Entro en Youtube, ese gran archivo audiovisual de nuestro tiempo. Ha sido también, en el tiempo mágico entre Cicerón y Marco Aurelio, más bien al final del periodo, una fuente de conocimiento valioso, al menos para rozar algún tema que no dominas, a modo de introducción mientras cueces los garbanzos, sin olvidar algunos canales llevados por verdaderos especialistas de sus respectivas ramas con una producción de máxima calidad, que puede sustituir o complementar perfectamente cualquier contenido de nivel universitario. Dado que estoy mirando en este caso unas cosas sobre evolución, el algoritmo, en su labor de espionaje, lo detecta, y me propone un video de Roger Penrose, el físico, hablando de la evolución, más concretamente de la de nuestra especie y de nuestras elevadas capacidades intelectuales en el seno del reino animal. La cantidad de idioteces sin sentido que parlotea ese supuesto Penrose anciano que aparece en la pantalla es escandalosa. Este tipo de canales empezaron a proliferar hace menos de un año, gracias al auge de las “inteligencias” artificiales generadoras de video. Toman la imagen de alguien conocido, puede ser un científico, un escritor, un filósofo, una figura histórica, le dan un guion a la máquina, y esta te genera el video en el que la imagen sintética mueve los labios como si estuviera pronunciando el sonido, igualmente sintético, producido a partir del texto aportado. Es fácil sospechar que ni siquiera el guion será de puño y letra del que lleva el canal, más bien se lo habrá escupido cualquier modelo LLM de texto a partir de un tema cualquiera que el promotor del canal entiende que le atraerá visitas, por más que no sepa ni una sola palabra sobre él personalmente. El video en cuestión tiene ya más de 150 mil visitas a pesar de ser un canal bastante pequeño, con solo 40 videos de momento. Canal creado el pasado mes de abril, es decir, 40 videos de contenido supuestamente científico, en todo caso complejo, videos de 35 a 45 minutos, publicados en unas 9 semanas, más de 4 a la semana; cualquiera que se haya preparado alguna vez una conferencia sabe a qué me estoy refiriendo. Pero lo que te despierta definitivamente las alarmas es la reacción del público: elogios, agradecimientos y vítores, diría que unánimes ya que los pocos que critican el contenido no lo hacen por su validez científica, sino por sus creencias: unos cuantos creacionistas trasnochados (recuerdo que el video es sobre evolución biológica) de esos que, lamentablemente, también están empezando a pulular por todos los sitios. Seguramente no es por azar.

Veo, porque caigo en él también mientras divago por internet, un anuncio de un nuevo modelo de coche. El “Cupra Raval” (*). Dedicado al barrio “más barrio” de Barcelona. En función del público al que quieren llegar con el lanzamiento, transmiten una imagen urbana y contestataria, “Hay un nuevo rebelde en la ciudad” es el eslogan. Como si la gran ciudad no fuera el redil perfecto en las sociedades modernas, añado yo, pero eso habría que explicarlo y no va a ser ahora. Lo que llama la atención es el resto del mensaje emitido. Porque el anuncio hace un ejercicio de auténtica apología de la ignorancia. En apenas media docena de frases, lanzadas en medio de una producción impecable a modo de perfecta programación cerebral, repiten: «Según las estadísticas no deberíamos haber llegado hasta aquí, pero aquí estamos aprendiendo todo lo que los libros no enseñan, lo que solo la calle puede. Por eso no vamos a graduarnos. Porque nunca dejaremos de aprender en la Universidad de la calle.» Todo eso mientras se muestra un ambiente sutilmente barriobajero, por momentos tirando a película de Harry el Sucio. Intento imaginarme el “target” del producto. ¿Gente de la “universidad de la calle”? ¿En serio? ¿A quién se están refiriendo, a los que trapichean en los bajos fondos? Que serán los únicos que, en el entorno “autosuficiente” descrito en el video, podrían pagarse uno de esos coches eléctricos carísimos de hoy en día. Digo yo.

Hilvano esos tres o cuatro datos, y ahí los dejo, sin muchas ganas de más comentario. Desde luego que algo ha cambiado, y lo ha hecho muy rápidamente. Solo añadiré: si el amor por el conocimiento ha pasado de moda hasta el punto de que su desprecio es un reclamo publicitario, si el esfuerzo o paciencia por aprender ya no merecen la pena porque el éxito en la vida va a depender más bien de la gramática parda y de la más básica y ramplona agresividad competitiva, si no vamos a ser capaces de diferenciar el saber auténtico y complejo del contenido prefabricado o teledirigido, que se inyecta sin declaración de fuentes y cortocircuita la indagación genuina al desviarnos hacia lo que es sólo apariencia y falsedad o interés inconfesado, entonces, desde luego, como sociedad, tenemos un problema. Y ni siquiera lo es a largo plazo.

Julio Álvarez Jiménez, 25/06/2026

(*) Video titulado “Cupra RAVAL”, del canal “CUPRA España”: https://www.youtube.com/watch?v=iOa8gQmrm4Q

Imágenes generadas con “ChatGPT Image2” a efectos de ilustración (porque aquí declaramos las fuentes).

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