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Aún recuerdo aquellas noches de San Juan en el caserón, antigua posada de caminos, donde mis abuelos maternos vivieron un tiempo, allá por tierras del interior de Alicante.

Danzábamos como siux de película en torno a una hoguera hecha de trastos cuidadosamente acumulados, mientras resplandecían en la montaña cientos de fogatas, como si la galaxia, las estrellas del cielo, hubieran duplicado su reflejo. En la ventana, a la luz de la luna, colocábamos el vaso de agua donde flotaba una clara de huevo, que, en la mañana de esa mágica fecha, mostraría nuestro futuro en forma de galeón con las velas desplegadas, una ciudad de altas torres o bien un volcán sin nada especial.

Era la noche ancestral en que se recogían hierbas de la más alta virtud, la noche en que el lobo respetaba al hombre, y el hombre al lobo…

Inocentes brujerías jalonaban las horas, a lo largo y a lo ancho de pueblos y ciudades: jóvenes casaderas (de las de entonces), que creían ver en la cera derretida, el plomo fundido o los alfileres a su futuro amado, olas frías en la playa, brasas que se pisan sin dejar huella en los pies desnudos…

Y, ahora, Sigüenza. Con sus fiestas de San Juan, los Arcos de San Juan.

Siempre me llamaron la atención esos arcos, enramadas cubiertas de fragantes rosas de jardín o huerto, no de floristería, esas sillas fuera de la casa, que evocan puertas abiertas y vecinos disfrutando de la brisa del atardecer, en su lucha contra el día sofocante.

Sábanas blancas enmarcadas por los arcos, la indispensable lámina con san Juanito, quizás descolgada del dormitorio de la abuela, con su cama torneada y la colcha de ganchillo, los refajos y los jubones previamente aireados, con un resto de olores diversos, a naftalina (hoy en desuso), a membrillo, a lavanda.

Centro de mayores La Estrella.

Vencida la pereza que aconseja no salir a la calle con el bochorno de las seis y media, pasamos a visitar los arcos levantados en las residencias de mayores que, al fin y al cabo, son los guardianes de la tradición.

Residencia Saturnino López Novoa.

El de la Estrella se pone por primera vez, y el de Saturnino López Novoa se dedica al aniversario de la rondalla seguntina, con fotografías e instrumentos, quizás propiedad de alguno de los residentes que, en su día, pudieron formar parte de la misma.

El olor de las hierbas aromáticas y la lavanda nos acompaña de un lado al otro, hasta la residencia Alameda, que se nos antoja muy original, con su forma de templete de arcos entrecruzados, sus flores de papel y las banderolas recortadas, que traen visiones de allende el mar y antiguos jardines de pérgola y fuente.

Residencia Alameda.

Arriba, arriba, ascendemos a la parte medieval, subimos hasta más arriba de las travesañas. En la plaza de san Juan aún se afanan los vecinos en decorar su arco, mientras barren y colocan los últimos detalles, con algún que otro ojo crítico vigilando.

Plaza de San Juan.
Calle de los Herreros.

La música suena más abajo, en la calle de los Herreros, cerca del Portal Mayor, donde bailan al son de la dulzaina las mozas y los niños.

Suenan las sanjuaneras y las alegres tonadas de la fiesta, revuelo de faldas color amapola y amarillo de trigo dorado, blusas blancas, pañuelo y chalecos masculinos, padres que se hacen fotos con sus hijos, enlazando generaciones para que la tradición no se olvide, un escudo de la ciudad en arena de colores, el platillo con algunas monedas, perfume de las rosas verdaderas.

Calle de los Herreros.

En el Tinte, vecinos y vecinas sentados en hilera, con el arco entre calles, abanicos y latas de cerveza. Se exhiben también varios vestidos que, según comenta alguien, se han colocado allí como recuerdo, porque ellas son mayores y ya no quedan mozas que los lleven, los hijos trabajan lejos, no pudieron venir.

Lata de membrillo.

Se pasa la bandeja, y una lata de carne de membrillo, de las antiguas, con la imagen de san Juan litografiada. Tiene una ranura para echar las monedas, que caen con ruido de catarata.

Calle del Tinte.

Y san Juan, ¿a qué invita?

Llegan vasos de plástico con una sangría más bien fuertecita, de las que avivan los colores y las ganas de bailar.

La tarde va cayendo y tiñe de ocre radiante las paredes altas, alarga las sombras, ensaya soplos tímidos de frescor, como diciendo no os perdáis lo siguiente, los bailes en la Plaza Mayor, la hoguera, el fuego atávico, domado por el hombre, y la curiosidad de saber quienes han ganado el concurso de los arcos.

Obviamente, fueron los mayores, los que han conservado esta costumbre casi ritual, y la enseñaron a sus hijos con éxito, como hemos visto por las calles y las plazas, con esos hombres y mujeres chiquititos que pasean orgullosos junto a sus padres.

San Juan, noche de fuego y luna.

La clara de mi vaso me muestra lo de siempre: el galeón, cada vez con más nitidez, avisando de eso, de que la vida es un viaje, divertido a veces como una película de piratas, a veces tedioso, a veces arriesgado, pero siempre interesante, para el que hay que saber quemar los trastos viejos cuando llega el solsticio, y levantar arcos floridos mirando hacia adelante.

 

 

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