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  • Julio A. comentó el Sábado, 18 Julio 2026 09:53

    Hola Jesús, perdona por no haber contestado antes. Sí, es así, como dices. Voy a seguir escribiendo sobre este tema, están pasando cosas que recuerdan a tiempos olvidados, me interesa el tema y vamos a desgranarlo un poco. Un abrazo!!

Hace casi veintitrés siglos, un tal Aristarco, natural de la isla de Samos, en el mar Egeo, finalmente afincado en Alejandría a la sombra de su famosa biblioteca, andaba dibujando triángulos y circunferencias en relación con los astros del firmamento. Aristarco tenía una forma geométrica de pensar, y en un momento dado se dio cuenta de que, con la Luna en cuarto creciente o cuarto menguante, la luz del Sol tenía que incidir sobre el astro nocturno de forma completamente lateral, es decir, perpendicular a la linea Tierra-Luna. Por lo que era posible construir en ese momento un triángulo rectángulo con la Luna en el ángulo recto y Sol y Tierra en los respectivos ángulos agudos [fig. 1]. La resolución de triángulos rectángulos era bien conocida en su época, solo tenía que medir uno de los ángulos agudos y un cateto para obtener el ángulo faltante y los otros dos lados. Lo primero se podía hacer alrededor de la puesta del Sol, cuando ya se pudiera ver la Luna tenuemente sobre el cielo aún azul: bastaba medir el ángulo que formaba la linea Tierra-Sol con la linea Tierra-Luna en el momento del cuarto creciente o del cuarto menguante. Así lo hizo Aristarco con los instrumentos precarios de la época, menos precisos que una escuadra y un transportador de ángulos de plástico de los que llevan hoy los niños a la escuela. Obtuvo 87º, lo cuál daba 3º para el ángulo faltante. Dándole vueltas a su triángulo ideó cómo medir uno de los catetos: el que formaba la linea Tierra-Luna. Para ello tuvo la brillante idea de usar el borde de la sombra de la Tierra en el espacio como marca o punto cero para medir la circunferencia de la órbita de la Luna [fig. 2]. Si medía el tiempo que la Luna tardaba en un eclipse en penetrar en la sombra por ese borde, teniendo en cuenta que la traslación completa del astro nocturno alrededor de nuestro planeta es de treinta días, bastaba con hacer una simple división (treinta días entre ese tiempo medido) para obtener la longitud de la circunferencia de la órbita lunar medida en diámetros lunares. Como el cálculo del radio de una circunferencia era también perfectamente conocido por los griegos de su época, con ese dato obtuvo la distancia entre la Tierra y la Luna medida en diámetros lunares. Con esa construcción triangular trazada sobre los tres astros y sus dos resultados empíricos, pudo resolver el triángulo completo. El resultado más interesante fue que el Sol se encontraba a una distancia de unas veinte veces la que hay de la Tierra a la Luna.

Fig. 1. El triángulo rectángulo con la Luna en cuadratura que trazó Aristarco. (Ningún esquema a escala.)

Era la primera vez que alguien estimaba la distancia al Sol, ese prominente astro rey venerado por tantos pueblos de la Antigüedad sin tener ni idea de su verdadera naturaleza en relación con los mecanismos del cielo. Y el resultado tuvo que asombrar al propio Aristarco. En realidad el Sol se sitúa veinte veces más lejos de lo que calculó el sabio griego, el verdadero ángulo bien medido es de unos 89º, sólo 2º de diferencia, pero en distancias tan grandes (el triángulo es extremadamente estrecho, no como en el dibujo) incluso un error de décimas de grado es muy significativo. En todo caso, el resultado que obtuvo era totalmente inesperado en su época: nadie había pensado antes que el Sol pudiera estar así de lejos. De hecho, sobre el firmamento, el tamaño aparente de Luna y Sol es muy parecido, lo cuál hacía imaginar que estarían más o menos a la misma distancia... suponiendo que su tamaño real fuera también parecido. Que era lo que pensaban todos sus coetáneos. Pero el resultado obligaba a convencerse de que no era así, es decir, de que tenían tamaños reales muy distintos dada la disparidad de distancias calculadas. Aristarco no tuvo que estrujarse mucho lo sesos en el siguiente paso, para deducir que, si el Sol estaba veinte veces más lejos que la Luna, su tamaño también tenía que ser veinte veces mayor ya que se ven igual de grandes. Una simple construcción triangular adicional bastaba para demostrar gráficamente esta relación.

El cálculo de la circunferencia de la órbita de la Luna. Las marcas rojas sugieren la extrapolación que hizo Aristarco.

Pero no acaba ahí la historia. Porque al igual que con lo de la distancia, nadie antes que él había llegado a imaginar que el Sol fuera tan grande. Y es entonces cuando Aristarco demostró que era algo más que un hábil calculador de triángulos y circunferencias. Que su mente genial y lógica podía ir más allá de lo puramente mecánico mediante el muy científico procedimiento de aplicar la imaginación con fundamento en hechos. Si el Sol es tan grande, ¿no será que es él el que está fijo y nosotros damos vueltas a su alrededor? Con una astucia metodológica final, obtuvo el tamaño relativo de la Tierra y la Luna midiendo la anchura de la sombra de aquella en un eclipse en relación al diámetro de la Luna (utilizando tiempos, como en la estimación de la órbita). Tras la construcción del triángulo correspondiente (el de la sombra de la Tierra con la Luna entrando en ella), obtuvo que la Tierra era casi tres veces más grande que su satélite (no muy lejos del dato real, 3.65, teniendo en cuenta los medios). Es decir, confirmó que, al menos en un ejemplo demostrable, el astro pequeño, la Luna, giraba alrededor del grande, la Tierra. Y así, por inducción plausible a partir de un solo caso, el gran y tempranamente ninguneado Aristarco propuso, porque una inducción no es una demostración, pero puede permitir lanzar buenas hipótesis, que era la Tierra la que debía girar alrededor del Sol, el cuál con su gran tamaño era más lógico que fuera el elemento fijo. La Luna, por su parte, giraría alrededor de la Tierra, eso no cambiaba. Lo que salía de la órbita de la Tierra era un Sol mucho más grande y mucho más lejano de lo que nadie hubiera imaginado antes, en un juego de círculos celestes totalmente novedoso [fig. 3]. Estamos hablando de un filósofo —hoy, en su caso, lo llamaríamos científico— de la Antigüedad clásica, nacido en una isla de un margen remoto del Mediterráneo alrededor del 310 a.C. Cuando faltaban casi mil ochocientos años para que apareciera sobre la faz del planeta Tierra un tal Nicolás Copérnico.

El El novedoso y elegante juego de círculos celestes al que llegó Aristarco sacando conclusiones de lo que había medido. (Generado con ‘GPT Image 2’.)

Es fascinante el caso de Aristarco de Samos, tanto por la precocidad de sus conclusiones, como por lo que enseña acerca de cómo funciona la ciencia. Ninguna teoría científica cae de la nada, y, como está implícito en el relato anterior, Aristarco tenía un modelo de los astros previo, procedente de sabios anteriores. Trabajó, por ejemplo, sobre los hombros de Pitágoras, que se dio cuenta dos siglos antes de que la Tierra tenía que ser un cuerpo redondo al observar el margen curvado de su sombra sobre el círculo lunar durante un eclipse; y sobre los de Aristóteles, un siglo anterior a los triángulos celestes de Aristarco, que postulaba una Tierra esférica a partir de dos observaciones: que los barcos desaparecen poco a poco en el horizonte marino y que las constelaciones nocturnas cambian si te desplazas hacia el norte o hacia el sur. La teoría científica sobre la mecánica del cielo en su tiempo era, por tanto, la siguiente, coincidente con lo que la intuición más básica y la ausencia de más datos parecía mostrar hasta entonces: una Tierra esférica inmóvil y una serie de astros que giraban alrededor de ella, incluidos la Luna, el Sol y las luminarias menores, de las cuáles los llamados planetas, es decir, las “estrellas errantes”, hacían extrañas piruetas sobre el fondo fijo de estrellas, cosa que había que explicar por procedimientos complejos, que afeaban un poco, la verdad, ese modelo tan perfecto a base de círculos o esferas celestes ideales. Aristarco tomó esta teoría y, después de realizar un par de observaciones empíricas basadas en razonamientos deducibles a partir de la posición de los tres astros, tuvo que aceptar la necesaria conclusión de que tenía graves errores. Los astros seguían siendo esféricos y unos giraban alrededor de otros, pero no estaban a las distancias que se suponían ni tenían los tamaños relativos asumidos por todo el mundo. Lo cuál le indicaba que había que superar lo estipulado, proponiendo una teoría nueva con un cambio muy relevante: el Sol debía ser el centro del sistema. Una vez imbuido de la maravilla de las enormes distancias implicadas, Aristarco llegó a proponer que las estrellas no eran sino soles mucho más lejanos que el nuestro, dado su pequeño tamaño a ojos del observador terrestre. Seguramente nadie había imaginado cosa parecida antes de él, una ampliación implícita del tamaño del Universo impensable para la época.

Las dos últimas conclusiones, en realidad, caían en el terreno de las hipótesis, que es como da el siguiente paso la ciencia, hipótesis fundadas en observaciones previas así como en aplicar el sentido común, a menudo apoyado por razonamientos lógicos o matemáticos, pero que solo se podrían demostrar empíricamente en siglos posteriores. Y así es como funciona la aventura del conocimiento verificable del mundo: un conjunto de observaciones que nadie antes había hecho obliga a corregir, matizar o tumbar completamente teorías previas, a la vez que ayuda a proponer nuevos caminos a seguir. Pero lanzar hipótesis puramente imaginativas no tiene sentido ya que la imaginación es libre, aunque es verdad que a menudo más pobre que la realidad (quién iba a imaginarse lo de la expansión galáctica cuando todavía estábamos en lo de separar las aguas del cielo y de la tierra). El ejercicio de hipotetizar solo se puede hacer, si no queremos caer en elucubraciones sin sustento, de forma cuidadosamente informada, es decir, teniendo en cuenta lo conocido que dispone de evidencia suficiente. Pero sobre todo, para que el conocimiento de lo que realmente existe avance sin ficciones, es necesario antes que nada aplicar sin desfallecer y en todo momento la herramienta más importante del llamado “método científico”, que no es otra que la honestidad intelectual. Si los datos, una vez repasados y bien comprobada su lógica, te dicen que el Sol está veinte veces más lejos que la Luna, no te queda más remedio que asumirlo y ajustar lo conocido a las conclusiones a que eso te lleve. Ya sea que encaje en tus preconcepciones o no.

Por eso Aristarco, no solo fue una mente brillante o intelectualmente audaz. También fue un valiente. Negar el modelo geocéntrico era negar a Aristóteles, con su enorme prestigio, y toda la tradición. Sabemos de Aristarco por lo que narraron sobre sus elegantes razonamientos Plutarco y Arquímedes ya que, se dice, todo lo escrito por él y sus seguidores fue destruido, no digo que se perdió, que seguramente en parte también al desaparecer la biblioteca de Alejandría, digo que se persiguió y destruyó activamente, al menos por algunos. Cleantes de Assos lo acusó de impiedad, asunto en absoluto baladí tal y como tuvo oportunidad de experimentar un siglo antes el gran Sócrates. No sabemos cómo murió Aristarco, en realidad no sabemos casi nada de su vida, pero el resultado es que la hipótesis heliocéntrica quedó enterrada durante siglos, salvo por algún breve atisbo que pasó sin pena ni gloria en la civilización babilónica. Pronto llegaría Ptolomeo, con sus epiciclos y sus justificaciones inelegantes y cogidas por los pelos del geocentrismo, el resto es historia.

La Tierra plana bíblica. (Generado con ‘GPT Image 2’.)

Mientras todo esto pasaba en el Mediterráneo oriental durante el periodo helenístico, los pueblos del Próximo Oriente, en parte también helenizados pero que consideraban al colonizador como profundamente impío y pagano, del que había que rechazar toda idea sacrílega, seguían abrazando una serie de mitos nacidos de la ignorancia antigua y precientífica, entre los que destacaba un sistema cosmológico, por llamarlo de alguna manera, en el que la Tierra era plana y totalmente protagonista, apenas coronada por un Universo pequeño y cercano, en forma de cúpula (la “expasión de los cielos” en algunas traducciones del Génesis). Un localismo cósmico de corta mira en el que el universo es algo así como tu barrio, con tu casa profundamente sobrevalorada en su papel. El libro de la Revelación (el Apocalipsis), que es seguramente el más tardío del nuevo Testamento (principios del siglo II d.C.), defiende todavía la Tierra plana, y también aparece salpicada la idea por los distintos evangelios canónicos, que son de finales del siglo I como mínimo. Por no hablar de los libros antiguos de la Biblia hebrea, empezando por la Torá o Pentateuco, escrita o recopilada en su forma definitiva dos siglos antes de que naciera Aristarco, así como los distintos escritos posteriores de esta famosa saga, algunos de siglos coetáneos o posteriores al propio Aristarco. Es decir, textos creados o dogmáticamente asumidos en épocas en las que, en el mundo clásico, muchos llevaban siglos intentando explicar la naturaleza cara a cara y sin intermediarios, y ya hacia tiempo que se había asumido que la Tierra era esférica, como mínimo.

En Estados Unidos, según las últimas encuestas, hay un diez por ciento de creyentes en que la Tierra es plana, mientras que otro nueve por ciento no tiene claro si es plana o esférica. Hablamos de hoy, siglo XXI, seis siglos después de Copérnico, veintitrés después de Aristarco de Samos, a veinticinco de distancia de Pitágoras. Cosas de los norteamericanos, supongo que se puede pensar, tomando la consigna de los cuentos de Astérix: “están locos esos romanos”. En febrero de 2025, la Fundación BBVA publicó una encuesta sobre las creencias de los españoles, arrojando el resultado de que un 4% sostienen que la Tierra es plana. En enero de 2026 se publicó una nueva encuesta sobre ciencia y creencias por la misma fundación, computándose que los terraplanistas eran ya el 5%. Para una población de casi 50 millones, estaríamos hablando de una cifra que se acerca a los 2.5 millones de personas. Es tan inverosímil escribir o leer eso a estas alturas de la historia que llegas a preguntarte si toda esa gente no estará mintiendo en las encuestas. Pero en seguida te das cuenta de que la fe mueve montañas.

A un terraplanista moderno no le vale ninguna observación empírica, que, por otra parte, debería ser innecesaria. A estas alturas, nadie necesita ponerse a medir ángulos y curvaturas para convencerse por sí mismo de la esfericidad de la Tierra, que en este momento de la historia forma parte del sentido común general más básico y nos da una explicación coherente de nuestra experiencia diaria. Las pruebas se fueron acumulando a lo largo de los siglos, y hoy día nadie en su sano juicio, es decir, nadie que no haga suspensión voluntaria de la racionalidad, necesita hacer una lista de ellas. Nos vale lo que nos haya ido llegando al respecto espontáneamente, por un medio u otro, a lo largo de la vida, al ser una cuestión básica y omnipresente. Solo el eclipse de la razón permite tragar con descomunales ruedas de molino a cambio de salvaguardar una creencia.

Podemos pensar que todas estas visiones mitológicas del mundo, completamente a destiempo de la historia, son solo consecuencia inevitable de la libertad que proporcionan las modernas y globales técnicas de difusión de opiniones, es decir, internet y sus “redes sociales”. Eso que los periodistas y los políticos llaman “desinformación”. Pero cuando esa suspensión de la verosimilitud tan obvia se intenta convertir en tendencia, en moda podemos decir, hay que sospechar de intereses poco claros. No se trata sólo de terraplanistas, hay mucho más. Hay un movimiento que viene de unos pocos años, que parece acrecentarse además en los últimos meses, de intentar hacer pasar por razonamiento científico lo que no es más que justificación irracional de, en el mejor de los casos, las propias y muy personales ruedas de molino. Las consecuencias del eclipse de la razón jamás han sido bellas ni edificantes en ningún momento y en ningún lugar de este redondo planeta. Ya empecé a denunciar en el anterior artículo todo esto. En el camino de ir concretando sobre la cuestión, se me ha cruzado la siempre inspiradora historia de Aristarco de Samos, ilustrativo de lo que vale y de lo que no vale a la hora de hablar de ciencia. Ese instrumento absolutamente imprescindible del imperfecto, pero siempre en avance, conocimiento humano.

Julio Álvarez Jiménez, 15 al 17 de julio de 2026

Fuentes de los datos de encuestas:

Flat Earth on the ballot? Debunked claim pops up in US politics. Terry Collins, USA Today, 17/5/2021. https://eu.usatoday.com/story/news/2025/05/17/flat-earth-us-politicians/83492658007

Estudio de la Fundación BBVA sobre creencias y prácticas alternativas, febrero 2025. https://www.fbbva.es/noticias/estudio-opinion-publica-creencias-practicas-alternativas/

Estudio Fundación BBVA de Cultura Científica en España, enero 2026. https://www.fbbva.es/wp-content/uploads/2026/01/Estudio_FBBVA_Cultura_Cientifica_Espana.pdf

 

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