Un título parecido, aunque referido al invierno, le puso Juan Meléndez Valdés, poeta dieciochesco, a su famosa oda filosófica. Corren ahora tiempos prosaicos y valdrá con plagiar su sentencia para cobrar ánimos y parecer que hacemos literatura. Ha cambiado por fin el tiempo y llegaron las anheladas lluvias después del verano más bochornoso del que hay memoria. Y hoy, día de San Miguel, se me ocurrió pensar en aquella Sigüenza en que este era día principal, pues el obispo repartía en esta fecha los cargos municipales, desde la alcaldía a las porterías de la ciudad. Y ya en plan evocación, recordé los tiempos de mi infancia en que volvíamos a la escuela cuando el prado de San Pedro se llenaba de los ganados de la feria. Sí, verdaderamente vivimos otros tiempos.

La meditación otoñal, si llega a aparecer por algún lado, se anuncia en este esfuerzo por entender la identidad histórica, la de Sigüenza en particular. Pues me cuesta aceptar la realidad, y busco refugio en la Sigüenza virtual de las pantallas, aparentemente más arraigada en la historia que la que me encuentro al salir a la calle.
Y conste que no quiero caer en la melancolía de aquel seguntino que se pasaba el verano esperando que volviera la Alameda invernal, vacía y llena de hojarasca, por la que él podía pasear meditabundo como un Unamuno redivivo.
Es una falacia pensar que Sigüenza se ha salido de su historia. Como si hubiera de subsistir una Sigüenza ideal como ente más real que ficticio. La dificultad está en dejarse de contemplaciones y tener valor de contemplar la realidad efectiva, tal como es. Pues la secuencia histórica no ha abandonado a la ciudad, y tal vez sea yo el que ha perdido el paso. Nunca Sigüenza ha estado más condicionada por la historia global que en estos tiempos.
Lo evidente es el cambio poblacional que se ha producido. El centro de refugiados y la inmigración han cambiado la faz de lo que creíamos nuestra ciudad. Y ciertamente se trata de una nueva población sin arraigo histórico tradicional. La población seguntina ha cambiado, y de forma irreversible. El resto más tradicional va pasando a la jubilación; y aunque esos seguntinos “de siempre” sostengan la vida económica con sus rentas, no son los que aseguran su futuro. Hay quien, de hecho, pasa por la ciudad y se lleva una impresión que puede extrañarnos: esos juicios desencantados que por reacción avivan el patriotismo chico: ¡qué va a ser así!

Y aquí es donde se suma a la meditación el peso abrumador de nuestra vida política. Otro búmer desencantado de la democracia. Toda la fanfarria alegre que podría engañarlo le parece pura campaña electoral. Y la cancelación pende como espada de Damocles: no en vano parece que hay que inventar un lenguaje de alusiones para poder expresarse.
«¡Salud, lúgubres días; horrorosos aquilones, salud!», entonaba don Juan Meléndez Valdés al comienzo de su oda filosófica y meditativa. Y cruzando las nieblas de la filosofía ilustrada, donde acechaban las sombras masónicas, todavía alcanzaba a apoyarse en la esperanza de un Dios paternal (cristiano) que guardaba la esperanza del Bien. Han pasado los siglos y solo hemos crecido en confusión. Que será solo mía, no trato de discutirlo.
En realidad, qué es esa fantasmagoría de la identidad histórica. Más allá de la curiosidad o el entretenimiento, qué nos vincula con nuestro pasado como ciudad. Y en caso de encontrar ese vínculo, ¿merece la pena conservarlo? Fue Sigüenza uno de los bastiones de Castilla la Vieja: es ahora un destino turístico de Castilla-La Mancha. Fue ciudad episcopal y universitaria: quedan los monumentos que dan fe de aquella grandeza. Fue capital rebelde capitaneando la resistencia contra el francés: queda un episodio nacional semilegendario. Fue un municipio liberal entregado a la belicosidad carlista: acabó en el desastre revolucionario. ¿Qué vínculo puede encontrarse con ese pasado?
Don Miguel de Unamuno hizo su artículo de fondo poniendo a caminar a don Quijote por las Travesañas. Era don Quijote el personaje que se le venía a la mente al ponerse en contacto con nuestra historia viva. Una figura del siglo XVII, que creía vivir en el XV, le parece el mejor cicerone de nuestra ciudad. ¿No habrá más vínculo que la ficción?
¿Por qué queremos perdurar aquí? ¿Qué nos ata al pueblo cuando los vínculos reales se desintegran?

El día de San Miguel Arcángel los representantes del pueblo seguntino se reunían en el ayuntamiento de la Plazuela de la Cárcel, para que su señor repartiera solemnemente los cargos públicos. Y siguió la costumbre incluso perdido el señorío. Pero llegaron nuevos tiempos, llegaron las elecciones municipales y el caciquismo y la festividad de San Miguel quedó olvidada para siempre. Hojeando papeles antiguos uno se encuentra con estos testimonios de la vida antigua, y trata de reponer con su imaginación aquellas juntas municipales, con el alboroto del pueblo en la Plazuela esperando para agasajar a sus familiares. Y el obispo, acompañado de su paje, subiendo a su Palacio Episcopal sito en el castillo. ¿Qué vínculo real queda con aquella Sigüenza que fue?
¿Hay siquiera que darle una respuesta precisa a la meditación? Tal vez ocurre que esta Sigüenza nuevamente repoblada se ha vuelto nuestra costumbre, y con los años es difícil renunciar a las costumbres inveteradas. Pero creo que hay más. Siempre he creído que Sigüenza es el libro de piedra que está leyendo el Doncel. En el libro que sostiene en sus manos y contempla sin tiempo está escrito este misterio seguntino que tratamos de desentrañar. Tal vez le revela que, como en otros grandes acontecimientos, lo que cuenta es la pequeña labor en construir la convivencia en el día a día, la única que puede exigírsenos. Hemos asistido a una de las mutaciones históricas más grande que ha sufrido esta pequeña ciudad. Si sobrevivió a la destrucción de su diócesis durante la invasión musulmana, y si se creció ante los violentos y continuos saqueos de las tropas francesas, ¿no aguantará ahora la revolución globalista? Sí, pero qué nueva Sigüenza saldrá de aquí.
José María Martínez Taboada












