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Hace ya casi un siglo, en vísperas de la proclamación de la Segunda República, el canónigo seguntino don Hilario Yaben y Yaben publicó en Madrid un ensayo titulado ¿Monarquía o república?, en el que, con sentido común, conocimiento histórico y de la actualidad internacional, y una prosa convincente, hacía su defensa de la monarquía constitucional, a la vez que tradicional (siguiendo la estela doctrinal de Santo Tomás, Suárez y Balmes). Voy a recordar aquí sus ideas principales.

Comienza Yaben definiendo la monarquía dentro de un Estado moderno, constitucional, con los tres poderes diferenciados, ejecutivo, legislativo y judicial. Se trataría de un poder moderador. Función que podría desempeñar temporalmente un presidente de la república. Entonces ¿cuál sería la ventaja del monarca más allá del carácter vitalicio (continuista) de su poder?

Antes de entrar en materia, Yaben plantea de raíz la cuestión de la legitimidad de la monarquía. Rechaza por absurdo el análisis de Rousseau, que parte de un origen humano del Estado, afirmando que son los individuos soberanos los que, al unirse mediante el contrato social, crean una voluntad general como expresión de su soberanía, lo que tornaría la monarquía en ilegítima. Para Yaben este contrato social es una representación abstracta, ajena a la realidad. Para él, dentro de la tradición escolástica, el Estado es de origen divino (pues responde a la naturaleza social del ser humano, creado así por Dios) y lo establece una nación ya constituida (no una suma abstracta de individuos) mediante un pacto social constituyente, por el que se da un régimen de gobierno, sea monarquía o república (sin que ese pacto social deba tener otra forma que el propio devenir histórico). En ese pacto constituyente radica la legitimidad, tanto de la monarquía como de la república. Así pues, una y otra son formas posibles del autogobierno de un pueblo, entendido este como Nación histórica. Ahí radica la legitimidad de la monarquía. ¿Y cuáles son sus ventajas?

Para empezar, Yaben muestra en su análisis el carácter irreal del sufragio universal, pues de ningún modo puede hacerse efectivo. Y confundirlo con las elecciones periódicas es querer reducir la soberanía del pueblo a esclavitud, pues no otra cosa es quedarse atado a una elección cada tantos años. ¿Qué pueblo soberano sería ese?

Ante ese hecho de sentido común, comienza Yaben la defensa de la monarquía. En primer lugar, el argumento de que la herencia que otorga el poder al rey no se sostiene ante la elección de un presidente, le parece completamente falaz. En realidad, según Yaben, la elección es lo que asegura que no se elija el mejor: el presidente será un hombre de partido y responderá a las luchas partidistas. Y para Yaben los partidos no son sino grupos de intereses para aprovechar el poder en su propio beneficio, mal propio del sistema parlamentario. En cambio, el rey, por torpe o malo que sea, desde pequeño está aprendiendo el oficio de gobernar; y además siempre coincidirán los intereses de la nación con su propio interés, por lo que nunca será un hombre de partido. El interés de un monarca, sostiene Yaben, ha de ser siempre el bien común, el enriquecimiento de la nación, que es su propio enriquecimiento.

Ya se apuntó el carácter continuista de la monarquía frente a los vaivenes republicanos; continuidad que garantiza, según Yaben, la estabilidad de un país. Para colmo, Yaben aporta datos para afirmar que la monarquía sale mucho más barata que el régimen republicano parlamentario, donde el gasto interesado se dispara inevitablemente.

Ni siquiera la monarquía, afirma Yaben, apoya el centralismo o la explotación de los obreros; todo lo contrario, en España la monarquía históricamente proviene de los antiguos reinos y los representa a todos; y favorecer la lucha de clases, atizar el conflicto social, iría contra sus propios intereses.

Una monarquía constitucional, precisa Yaben, puede fijar los procedimientos oportunos para limitar el poder del rey o destituirlo en caso de incapacidad. Por otra parte, Yaben defiende el poder del veto frente a imposiciones de la llamada “opinión pública” por la vía parlamentaria. En este sentido, la monarquía actual tendría un papel más restringido del que él propone para ella.

De hecho, Yaben tiene el parlamentarismo de partidos como el peor de los males que pueden aquejar a una nación. Para él, en su ideal, que denomina “democracia orgánica” —término de la época que luego se apropiaría el franquismo—, el parlamento, como las antiguas cortes, debería limitarse a una labor fiscalizadora y no pretender gobernar en vez del gobierno, reuniéndose solo cuando fuese necesario. Yaben aspira a la creación de un gobierno “apolítico”, un gobierno de técnicos a salvo de los políticos, donde si estos entrasen a formar parte sería por su capacidad y no por pertenecer a un partido. Además, al no acceder directamente al poder, los partidos habrían de reducirse a ser partidos de ideas, y no de intereses y de caciques.

No se olvida Yaben de la vinculación de la monarquía con el ejército, lo que contribuye a que su autoridad sea prácticamente incuestionada. Y una autoridad fuerte la cree necesaria frente a la posible anarquía parlamentaria.

El supuesto gobierno de las mayorías, no deja de ser un gobierno manipulado por unas élites. La monarquía hereditaria, tradicional, por su independencia del poder político, es la única garantía frente a la manipulación de las mayorías.

Una vez defendida la conveniencia de la monarquía, Yaben va examinando con detalle los peligros de la república, a la vista de lo sucedido en la Primera República. Termina su exposición con una valoración de la actuación de Alfonso XIII durante la dictadura de Primo de Rivera.

Para terminar, cito parte de la conclusión de su ensayo: «Para mantener en España la Monarquía contra las veleidades republicanas de una parte de nuestro pueblo hay, como se ha expuesto, tres razones fundamentales : primera, la superioridad que de suyo tiene la Monarquía sobre la República; segunda, la superioridad especial que tiene en España por la escasa educación política de nuestro pueblo y el fuerte arraigo de la Monarquía en nuestra vida nacional; y tercera, el salto peligrosísimo, salto sobre el abismo, salto a lo desconocido, que daría España proclamando la República por un movimiento revolucionario» (p. 166). Y vaticina que este salto sería lo más grave.

En definitiva, frente a una idealización roussoniana de la vida política, basada en un imaginario pueblo soberano formado por individuos, Yaben defiende la soberanía de la nación y del régimen tradicional que ella se ha dado y que ha contribuido a su grandeza: aquí en España la monarquía de doce siglos (cambios dinásticos aparte).

Este resumen constituye una aproximación mínima a sus ideas y análisis, cercanos en ocasiones a nuestra realidad actual. Leyendo a don Hilario Yaben, se cae en la cuenta de la necesidad del debate ideológico y del peligro de rechazar una institución por simplificaciones ideológicas, que sustituyen la realidad concreta por abstracciones. En todo caso, quede la invitación a leer su obra, disponible en línea.

José María Martínez Taboada

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