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Uno de los hechos constatables que más desazón histórica me produce es el de la aniquilación de la realidad de Sigüenza en tanto que cabeza de una diócesis. El otro día, viniendo del lado de Cifuentes, hasta llegar al mismo desvío no había ninguna mención de Sigüenza. Yo entiendo que aquella localidad es todavía parte administrativa de la diócesis seguntina, que lo ha sido, al menos, desde tiempos de la reconquista, y que esa carretera por la que circulaba, no conducía en sus principios a Zaragoza, como indican reiteradamente los carteles, sino a la propia Sigüenza. Pero el nombre de Sigüenza ha sido borrado del mapa, por así decirlo. Casi peor es el panorama desde el lado de Soria, allí se suma la divisoria artificial entre Comunidades Autónomas. Viniendo de Miño, adonde antaño llevaba la carretera que venía de Almadrones (al menos cuando mandó repararla el obispo Vejarano), no hay ningún aviso de la cercanía de Sigüenza: la cartelería es el mayor refuerzo de esa frontera imaginaria, y real a la fuerza, que cruzan tantos que suben y bajan de Sigüenza a esos pueblos.

Mapa del obispado de Sigüenza. Francisco Javier Santiago Palomares. Siglo XVIII.

En rápido esquema, la diócesis romano-visigótica fue destruida por la invasión musulmana; pero, reconstruida sobre sus casi olvidados límites en la persona de don Bernardo de Agén y las reliquias aquitanas, duró como entidad social hasta el primer tercio del siglo XIX, en que el gobierno liberal decidió cortar su realidad sobreponiéndole la división provincial de 1833. Y no fue hasta mediados del XX en que la Iglesia reconoció esos límites administrativos, a lo que siguió la “natural” pérdida de la capitalidad diocesana, compartida ahora con Guadalajara. Es argumentable que esa división que recortó la diócesis tradicional tuvo como objetivo desactivar su potencial como foco castellano del carlismo. A esto, pues, se ha sumado, en nuestros tiempos democráticos, la desrealización llevada a cabo por la cartelería de carreteras. En definitiva, la geografía humana tradicional de toda una diócesis ha intentado ser desactivada, quizá con la justificación actual de darnos la justa importancia. Pero en el fondo se trata de negar de hecho una realidad histórica.

Otro elemento desrealizador viene de las campañas turísticas hechas desde una consejería. Dando un paseo por el pinar seguntino, sorprende encontrar algunas estacas o balizas de madera con la siguiente inscripción: “Ruta de don Quijote”. Disparate que, más allá de la risa que suscita, tiene un lado oscuro: otra vez se sobrepone una falsedad a una realidad histórica. Sin darnos cuenta, la imposición de un gran proyecto turístico, que sin duda beneficiaría a la población actual, podría llegar a convertirse en un nuevo trazado de fronteras.

Pero esa realidad histórica, toca preguntarse, ¿tiene realidad alguna?, o no deja de ser una elucubración impertinente, o el modo cansino (intelectual) de dar la lata. Dicho con mayor concreción, ¿aquella geografía diocesana respondía a una realidad cultural y antropológica que merezca su perduración y defensa? Porque ocurre que los aficionados a la historia tienden a confundir sus ensoñaciones con realidades, y una vez erigidas estas en su imaginación ya les cuesta echarlas abajo como cosa propia.

Y aquí, remontándonos hacia atrás, si queremos ir (tal vez insensatamente) más allá de la repoblación de los siglos XII y XIII (si es que tal repoblación no fue un reseteo humano); incluso más allá de la (hipotética, ficticia) hitación de Wamba (que fijaba los primitivos límites diocesanos) y de lo que de su consistencia real conservara el arzobispado de Toledo (en su disputa con el de Santiago a la hora de reponer diócesis antiguas, hace de esto unos novecientos años); yendo hacia atrás lo que encontramos es el magma confuso de la Celtiberia, como realidad histórica.

La cuestión de la cartelería nos lleva así de la mano al vuelo arqueológico. Hay entonces que subirse a estos cerros celtibéricos (sin ánimo expoliador), y descubrir la distancia entre lo que allí encontramos y lo que nos han contado. Labor ardua y empeñada, no falta de peligros.

Pero, más allá de nuestros hallazgos, la cuestión de fondo sigue siendo antropológica. De antropología cultural, para ser más precisos. Si es que la hubo, ¿qué dio unidad cultural a estas comarcas diocesanas, y qué se ha ido desdibujando (aniquilando) en ellas con la superposición de arbitrarias decisiones administrativas? ¿Fue ya la primitiva e irrecuperable diócesis romana-visigótica una decisión arbitraria? ¿Qué hermanaba a un cifontino con un seguntino y a estos con miñenses y medinenses (medinacelenses), antes de que las nuevas fronteras los desunieran? ¿Solo el poder eclesiástico? ¿O este poder respondía a un pueblo, a una realidad histórica?

Virgen de la Salud. Barbatona.

Es verdad que cierto tipo humano característico abunda por estas serranías, pero puede ser una ilusión de los sentidos. Contemplando la cara serrana de nuestra Virgen de la Salud, me pregunto ¿de qué comarcas antiguas peregrinaban los que acudían al santuario a pedir sus favores siguiendo una tradición ancestral? ¿Siguen peregrinando, como en otro tiempo, de la parte de Soria y Zaragoza? ¿O ha quedado también la peregrinación a Barbatona reducida a un fenómeno provincial, en el sentido diocesano actual? De ser esto cierto, con qué docilidad nos sometemos a las arbitrariedades.

Desciendo del vuelo arqueológico, y vuelvo a ese sentimiento inicial de confusión tras haber comprobado que la cartelería oculta la realidad histórica de la diócesis de Sigüenza. No se trata aquí de invenciones, sino de restituir lo que es de justicia, y que carreteras que en otro tiempo tenían por destino Sigüenza, dejen de ocultar esa realidad. Lo que también ayudaría al turismo ocasional, que parece el único sostén económico de nuestra ciudad.

Nota.- Con el título de Vuelos arqueológicos le publicaron hace muchísimos años a don Juan Catalina García un opúsculo póstumo de donde sacamos la noticia de un alabastro con el jarrón de azucenas grabado en él, emblema este de nuestra catedral de Santa María; imagen encontrada en las ruinas de la ermita sobre el Alto Rey, elevación señera que preside estas comarcas diocesanas.

José María Martínez Taboada

 

 

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