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Este artículo ha sido escrito pensando en mi tío-abuelo Claudio Andrés Ures, desaparecido en la Guerra civil, en 1936.

Agustín (segundo por la izquierda) con otros miembros de su batallón de trabajos forzados en Sigüenza, cortesía de la familia de Agustín.

En la foto de arriba se ve a Agustín con varios compañeros más. La foto está tomada teniendo como frente la torre del reloj de la Catedral y como fondo, la fuente leonina de los tres caños, posiblemente en 1942.

Para realizar este artículo he utilizado las fuentes reseñadas al final de este trabajo, pero quiero resaltar una, el libro de Agustín titulado Memorias, agradeciendo a los responsables de la Biblioteca Nacional mandármelo fotocopiado ya que se encuentra agotado.

En este periódico de La Plazuela del 11 de junio de 2019 el historiador seguntino Manuel Lafuente publicó un artículo en el que entrevistaba a un preso de un batallón de trabajos en la ciudad de Sigüenza, titulado “Agustín López, preso de un batallón de trabajos en Sigüenza. En él se dice: En el mes de abril de 2019, Agustín, de 99 años y acompañado por su hijo José María, tuvo la amabilidad de reunirse con Pablo López Calle y conmigo en una cafetería madrileña para contarnos cómo fue su experiencia en Sigüenza. El 6 de febrero de 2024 fallece Agustín López, con casi 104 años. 

Con este artículo queremos rememorar a este preso, que nunca tuvo rencor, pero que sin embargo le hubiera gustado que le respondieran a la siguiente pregunta: ¿Por qué tanto ensañamiento y tanta crueldad? 

Agustín López Montoro (1920-2024) nació en Santa Cruz de Retamar (Toledo). Militante de UGT y de las Juventudes Socialistas, sus paisanos le llamaban “Remolino”, por el rebelde flequillo que despuntaba en su frente durante la niñez. 

En 1938, con dieciocho años fue llamado a filas para luchar en el bando republicano. Estuvo en Madrid defendiendo la República democrática. En 1939 “Cuando entraron en Madrid las tropas de Franco, yo ya me había vuelto a mi pueblo”, recordaba Agustín.

Documento de la Caja de Reclutas de Talavera de la Reina donde se incluye a Agustín para realizar la mal llamada “mili de Franco”. Foto sacada de InfoLibre.

La mayoría de los soldados leales al gobierno democrático habían regresado a sus hogares o escapaban hacia Alicante para tratar de abordar algún barco que les sacara de España. Agustín dice: Yo estaba en mi casa, pero enseguida hicieron un llamamiento, a través de la radio y los periódicos, para que quienes habíamos permanecido en el ejército republicano nos presentáramos en el campo de concentración más cercano.

Agustín obediente se presentó, cuenta en su libro Memorias, que le enviaron primero al campo de concentración que había en el colegio Miguel de Unamuno de Madrid. Tuve que dormir en la escalera, en el suelo, porque aquello estaba atestado de prisioneros, relata Agustín. De allí fue trasladado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, donde pasó el tiempo justo para integrarse en un batallón de trabajos forzados. Ahí empezó lo peor. En 1942 nos mandaron a Sigüenza para trabajar en la vía del ferrocarril.

Agustín llegó a Sigüenza víctima de la mal llamada “mili de Franco”, según la cual aquellos quintos que eran reconocidos como afectos al régimen franquista ingresaban en el ejército regular, mientras que el resto eran enviados a batallones disciplinarios.

Agustín tiene grabadas tres sensaciones que eran una constante durante los ocho eternos meses que pasó en Sigüenza: el frío, el hambre y el miedo. Tal y como explica Carlos Hernández en su libro Los campos de concentración de Franco, por ellos pasaron entre 700.000 y un millón de españoles que sufrieron todo tipo de torturas físicas. Los prisioneros estaban permanentemente vigilados por escoltas que no les quitaban ojo, estaban deseosos de vengarse y pegaban sin ton ni son, comenta Agustín.

Sus ojos, detrás de unas gafas de pasta, se humedecen cuando recuerda los castigos y cómo las palizas siempre las daban delante de todos: Una vez, cuando estábamos en las vías, un compañero robó una pescadilla de un tren que iba muy despacio. El escolta le pisó la cabeza y acabó en el hospital.

Dormían hacinados en el suelo sobre unas esterillas de esparto, y en las noches más crudas de invierno, les levantaban y les ponían a formar horas y horas de pie sin moverse. Sin embargo, lo peor, para Agustín, era el hambre: Nos daban un café que estaba hecho de algarrobas y era de todo menos café. Después, para comer, nos volvían a poner cuatro algarrobas con un poco de repollo y las cenas, ni las recuerdo. Su padre le mandaba cinco duros todos los meses con los que podía mitigar un poco el hambre y comprarse una naranja o una barra de pan, pero no todos los prisioneros tenían esa suerte: Había muchos a los que no les mandaban nada y acaban muriendo de hambre, veías los esqueletos.

Estaban llenos de mugre, siempre cubiertos de piojos y de pulgas. Casi no les daban de comer y, aun así, estaban todo el día con el pico y la pala…

En cuanto al trabajo que hicieron en Sigüenza nos cuenta que: casi todo el tiempo estuvimos arreglando las vías del tren que estaban estropeadas por la guerra. Es donde más estuvimos, aunque luego estuvimos una cuadrilla de 8 o 10 en el parque (la Alameda), limpiando el parque. También nos tocó subir las campanas, que estaban en el patio de la catedral. Nos llevaron para dar vueltas a la polea.

Tras la pesadilla de Sigüenza, Agustín fue enviado al Norte de África y cuenta que: allí cambió todo porque me trataban como un soldado más. En 1943 vuelve a su pueblo, sufriendo como todo republicano una vida difícil. Encontró trabajo en una fábrica de papel en el barrio de Acacias de Madrid y consiguió formar una familia con Victorina, su eterno pilar y de la que lleva ocho décadas enamorándose. En 1915, animado por su nieta y su hijo José María, decidió escribir sus memorias en un pequeño libro titulado Memorias, para que su testimonio, como el de tantos otros que nacieron en un tiempo equivocado, no desaparezca nunca de la historia: Se aprende a vivir con ello, pero olvidarse, nunca se olvida.

Desde 2019, participó en diversos actos y concedió algunas entrevistas para levantar el manto de olvido que, en nuestro país, ha cubierto la represión franquista, en general, y los campos de concentración de Franco, en particular. Con la cabeza lúcida y un estado físico envidiable para sus casi 104 años de edad, Agustín hizo una confesión un par de meses antes de morir: Tengo que ir pensando en marcharme. Dicho y hecho. El entrañable “Remolino” se marchó rodeado del cariño de toda su familia y con la satisfacción de haber recibido algunos –menos de los debidos, pero más de los que hubiera podido imaginar– merecidos homenajes.

Foto del Castillo de Sigüenza de 1965 en el que se ve los destrozos sufridos en 1936 por los bombardeos del ejército sublevado. Foto “Hispania Nostra”.

La foto de más arriba es el Castillo de Sigüenza, hoy Parador Nacional de Turismo. Aunque no se sabe con certeza, parece que aquí estuvo instalado el campo de concentración, operó desde diciembre de 1937 hasta al menos abril de 1939. A pesar de que el campo fue clausurado en 1939, Sigüenza continuó siendo en años posteriores destino de varios Batallones de Trabajo.

Félix Andrés Marco, investigador seguntino

BIBLIOGRAFIA:

Agustín LÓPEZ MONTORO (2015) Memorias de Agustín López Montoro : 1(Segunda Pluma), Fatcap Ediciones. Fotocopias solicitadas a la Biblioteca Nacional, pues el libro está agotado.

Agustín López, preso de un batallón de trabajos en Siguenza” 11 Junio de 2019

https://laplazuela.net/health/12070-agustin-lopez-preso-en-un-batallon-de-trabajos-en-sigueenza

Ha fallecido Agustín López, uno de los últimos supervivientes de los campos de concentración franquistas”. Artículo de Carlos Hernández en 2024.

https://www.eldiario.es/sociedad/sueno-cumplir-agustin-lopez-ultimos supervivientes-campos-concentracion-franquistas_1_10897887.html

Video en el que Agustín cuenta sus penalidades:

https://www.youtube.com/watch?v=h8Arv5FZTx8

Artículo de Eva Baroja en InfoLibre el 10 de septiembre de 2020.

https://www.infolibre.es/videolibre/heroes/agustin-lopez-superviviente-campos-concentracion-franco-no-les-guardo-rencor-olvida_1_1187352.html

 

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