La villa de Atienza es poseedora de un rico patrimonio cultural y artístico. Además del patrimonio arquitectónico y del recientemente inaugurado centro de cultura popular de la Casa del Cordón, tiene nada menos que tres museos situados en las iglesias de la Trinidad, San Bartolomé y San Gil. Su contenido es fundamentalmente arte religioso de la comarca aunque también albergan importantes colecciones de paleontología y arqueología. El alma de estos tres últimos museos es Agustín González Martínez, conocido por todos como don Agustín, el párroco de Atienza.
Para conocer cómo se construyó ese importante patrimonio y la personalidad de su creador, don Agustín, nos citamos con él en una de las iglesias-museo de Atienza, la iglesia románica donde se encuentra el Museo de San Bartolomé. Allí rodeado de obras de arte, mientras nos muestra sus tesoros, don Agustín nos habla también de su vida. A pesar de su avanzada edad, frisa los 83 años, sigue conservando intacta su jovialidad ante los visitantes y la curiosidad por todo lo que le rodea.
Don Agustín junto a la iglesia-museo de San Bartolomé.
“Lo hice pensando que me iban a echar...”
Nos hace un resumen de su vida: “Aunque todos piensan que soy de Molina de Aragón, nací en Torrebaja, un pueblecito de Valencia donde, por casualidad, mis padres montaron un negocio de gaseosas, estuvieron allí un año y luego volvieron a Molina, de donde procedían”. Sus padres pusieron un comercio en Prados Redondos, “un pueblo que por entonces tenía 800 habitantes y ahora no hay casi nadie”, recuerda con melancolía. Tras asistir a la escuela de este pueblo, hizo los estudios de preparatorio y de ingreso en Molina de Aragón. “Luego estudié en los maristas de Calatayud y en los agustinos de Zaragoza”.
Nos descubre una faceta que muchos desconocen. Resulta que don Agustín, además de sacerdote, es médico. “Me fui a estudiar Medicina a Zaragoza, estuve trabajando con Ortiz de Landázuri, un gran profesor al que ahora quieren canonizar”.
Cuando terminó la carrera decidió entrar en el seminario. “Lo hice pensando que me iban a echar ya que yo había tratado normalmente con chicas y creía que con esto me jugaba la vocación de cura”. Y nos cuenta el suceso por el que temió que no le admitieran en el seminario. “En una ocasión que paseaba con una chica se desató una tormenta y pasamos casi toda la noche en una paridera. Aquella noche también vinieron unos pastores, nos pasaron una manta y yo me puse entre ellos y la chica para evitar problemas, así transcurrió la noche hasta que se hizo de día”. Tanto el padre espiritual como el rector le dijeron que no contara estos hechos a nadie, ni al obispo, porque le podían echar del seminario. “Se lo dije al obispo, que era un hombre sensato, y al final no pasó nada, aunque consideró una imprudencia el haberme acostado al lado de una chica”.
Don Agustín estudió en el seminario de Sigüenza en la época del obispo don Lorenzo Bereciartúa, “una buena persona que se portó bien conmigo”, señala. En relación con el obispo cuenta una curiosa anécdota: “Me contó que le había picado una rata y que le habían recetado unas inyecciones. Me llamó a mí por ser médico creyendo que se las iba a poner bien, pero yo no era practicante y no sabía cómo hacerlo, me estrené en esta especialidad con él poniéndole una tanda de inyecciones de antibióticos”.
La valiosa colección de fósiles.
Con la extremaunción en una mano y un botiquín en la otra
Ya siendo sacerdote, su primer destino fue hacia el año 1963 el pueblo serrano de Valverde de los Arroyos. Aunque solo estuvo allí un año tiene un grato recuerdo de su estancia. “En aquella época se prohibía ejercer la medicina a un sacerdote pero yo pensé que en un pueblo en el que no había de nada, todo el mundo debía aportar la que sabía y le dije al obispo que si no quería que ejerciera la medicina, me lo dijera”.
Cuenta sobre este periodo algunas sabrosas anécdotas: “Un día llegó a mi casa una niña diciéndome que su abuela se estaba muriendo”. Don Agustín se acercó a la casa con la extremaunción en una mano y con un pequeño botiquín en la otra. Relata con viveza la escena: “Estaba reunido medio pueblo, veo una mujer en la cama inconsciente, miro su corazón, noto que tiene una taquicardia tremenda y que incluso le está fallando, hice unas cuantas preguntas y sospeché que tenía un cólico hepático tremendo y el mismo dolor impedía que el corazón funcionara. Le puse una inyección intravenosa que hizo que despertara. Todos se quedaron atónicos cuando vieron la recuperación de la mujer”.
En otra ocasión llegó un hombre a su casa diciendo que se le había muerto su hija. “Me acerco y, efectivamente, veo que la niña parecía muerta, no respiraba y el corazón no le latía. La cogí, la di un poco de masaje cardiaco, y de repente se despertó y empezó a llorar”. La niña volvió a la vida y esa fue una de las mayores alegrías de mi vida. Pero la cosa no terminó allí y prosigue su relato: “Pasados 20 años cuando yo trabajaba dando clases en el Colegio de Médicos de Guadalajara, viene una señora que me dice: Vengo con mi hija, es la que usted resucitó. Es que he ido a todos los oculistas y no le resuelven el problema de los ojos y me dije, como localice a don Agustín, el lo arregla”, termina divertido el relato.
De Valverde de los Arroyos pasó al colegio de la Sagrada Familia de Sigüenza a dar clase de Ciencias Naturales, en la época de dirección de don Vicente Moñux. También se hizo cargo de la dirección espiritual del colegio en una época en que la “Safa” albergaba a muchos más alumnos que en la actualidad.
Un informe médico desfavorable le impidió irse de misionero a Venezuela, algo que don Agustín había deseado desde su época del seminario. Tras este intento frustrado recaló en el antiguo colegio para huérfanos de médicos. De aquella época data su afición a la arqueología: “Me iba todos los fines de semana con los chicos en un autobús y hacíamos espeleología, montañismo, arqueología. Me preguntaban qué era cada cosa y eso te obligaba a estudiar para dar una contestación”. Añade con modestia: “Yo sé ahora dónde están las cosas y a distinguir unas de otras, pero nada más. Mi ignorancia es mucha”.
El retablo de la capilla barroca del Cristo de Atienza, 1703 en San Bartolomé
Creación de los museos
El obispo de la diócesis, por entonces don Laureano Castán Lacoma, le dijo que iba a estar un año destinado en Atienza pero va ya por los cuarenta. En esa época cuando don Agustín se propuso hacer un primer museo.
“Al llegar vi una iglesia con el tejado hundido, que es la de San Gil, que había sido anteriormente un almacén de trigo. Conseguí dinero para restaurarla. Con la iglesia terminada, pensé, ¿por qué no hacer allí un museo?”
En Atienza el obispo tenía una casa llena de lienzos amontonados de diferentes iglesias, y don Agustín pensó que sería interesante mostrarlos al público.
Con la ayuda de un sacerdote restaurador y un arquitecto amigo suyo, que se encargó de hacer los planos del museo, se puso manos a la obra. “Empecé a pedir dinero, conseguí que viniera gente de la Universidad a restaurar cosas, los retablos en concreto”, continúa su relato. Así surgió el Museo de Arte Religioso de San Gil. Al arte religioso, retablos, pinturas y esculturas se añaden valiosas piezas de arqueología y de paleontología donadas por el propio don Agustín.
Para la colección de paleontología fue providencial la amistad de don Agustín con Rafael Criado Puigdollers, un amigo con ancestros en la villa, que poseía una valiosa colección. Logró convencerle para que, en vez de venderla, la donara a Atienza. “Me dijo que le buscara un sitio digno y con seguridad para la colección. Y le busqué la iglesia de San Bartolomé, uno de los sitios más dignos de Atienza”, explica don Agustín. El museo, además de una valiosa colección de arte religioso que se encontraban en diversas iglesias de Atienza, tiene catalogadas unas 3.500 piezas paleontológicas distintas procedentes de todo el mundo, fruto de la donación antes mencionada. A la colección se unen también piezas arqueológicas aportadas por el mismo don Agustín.
El Cristo de los cuatro clavos en la Trinidad.
El tercer museo, el de apertura más reciente, es el Museo de Arte Religioso y de la Caballada de Atienza situado en la iglesia de la Santísima Trinidad, en el que, entre las valiosas obras, destaca el monumental retablo mayor de estilo barroco, la escultura del Cristo del Perdón de Luis Salvador Carmona y la talla románica del Cristo de los Cuatro Clavos. Además allí se encuentran los documentos referentes a la cofradía de la Caballada, como el manuscrito medieval de sus estatutos y el pendón polícromo que sirve de emblema a la cofradía.
Le preguntamos sobre cómo ha conseguido hacer realidad el sueño de la creación de los museos de Atienza. Nos responde que “la gente me ha ayudado mucho, por ejemplo una señora que me dejó su herencia, me dio unos 30 millones de pesetas”. De las administraciones también ha conseguido muchas subvenciones así como de fondos europeos. Reconoce que para ello ha tenido que “ir llorando a todo el mundo”.
Al despedirnos, don Agustín nos transmite el deseo de que los ricos tesoros que posee Atienza sean más conocidos y nos explica la manera de visitarlos.
Los museos están abiertos los fines de semana con personas encargadas de mostrarlos. Entre semana tiene que ser un grupo con cita previa en los teléfonos 949 399 041/008. Una visita a los tres museos 4€, cada uno de ellos 2€. Para apreciar las maravillas que esconden estos museos hay que echar por lo menos el día. La visita a estos tres museos bien merece un viaje a Atienza.