La Rondalla Seguntina

Todavía permanecen los ecos en la caracola de la historia de cada cual, aunque se van disipando. Juan va a por los ochenta cuando lo acercan a la ventana de la calle Mayor al pasar la rondalla, quita el vaho de los cristales con el revés del puño de la camisa y se le encienden los ojos, sonríe con sus pocos dientes cuando estos músicos de a pie se paran un poquejo y en esas queda hasta que deja de percibirse el ronroneo de una batería de enormes zambombas que formaban en retaguardia.

Rondalla seguntina. Foto de archivo.

Después vuelve a la inopia, la de todos los días de los últimos años. Juan había vivido lo más importante de su juventud en esa fila de tenores, con el señor Miguel, con Vitorino, Josemari, Jesús y Jaime, y cuando se cruzaban por la calle en abril, o en septiembre, o cuando fuera, seguían sintiéndose colegas, y algo importantes.

-¿Dónde la echas?

-Me ha mandado la María a por unos tomates.

-¡Qué! Saldremos este año, digo yo.

-Miá, habrá que salir.

De qué iba a sonar la rondalla sin ellos. La zambomba dormía en el desván y para la Purísima ya le quitaba el plástico y frotaba el pellejo con media cabeza de ajo cortada de través que le daba tersura, poco a poco; el garrizo aguantaría otro par de años, igual cuatro, y la correa alguno más. Subía con el estropajo húmedo y la templaba, tarareando para sí que ya venían los Reyes por las Eras altas. Para el domingo anterior a la Nochebuena, en la plaza.

Juan miraba a los jóvenes que se iban incorporando con el respeto que gasta todo bien nacido, pero no envidiaba el manejo de sus guitarras ni de sus bandurrias, tampoco de sus flautas. Quita las zambombas y verás en qué se queda esto, se decía para sí, que todos hacemos falta. Pasaba el brazo izquierdo por el lomo del barril para ajustarlo a la pelliza y tiraban calle arriba.

Hace setenta años por ahora. Pepe se empeñó y vaya que agrupó un recado de músicos de esto y de lo otro, los armonizó quien sabía de ello y se echaron a la calle. Bendita la hora en que Juan se apuntó, dice la María, que lo cuida rebién. Ya sólo sonríe cuando, cada año, la rondalla sube por la calle Mayor, como si fuera con ellos, lo que dura hasta el cruce con la Travesaña Baja, cuando deja de oírse. Después, ni sabe quién somos, ¿qué le parece? Hasta que Dios quiera.

 

 

 

Javier Sanz Serrulla

Académico de número de la RANM

 

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