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Opinión

Dylan

Cuántas veces debe un hombre levantar la vista,
antes de poder ver el cielo.
Cuántas orejas debe tener un hombre,
antes de poder oír a la gente llorar.
Cuántas muertes serán necesarias,
antes de que él se dé cuenta,
de que ha muerto demasiada gente.
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.
La respuesta está flotando en el viento.

(Bob Dylan)

Me sorprende cómo ha escocido a algunos la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan y no acabo de entender el porqué. Los versos que encabezan este post son solo una mínima muestra de las cosas que ha dicho en sus poemas. Repito, en sus poemas, a los que después ha puesto música. Porque Dylan es básicamente un poeta y el hecho de que cante sus poemas no los desmerece como obra literaria. No sé si su obra es merecedora o no de tan alto galardón, pero tampoco lo sé de los otros ciento quince premiados desde que se comenzó a entregar el Nobel en 1901, o por lo menos tengo serias dudas respecto de muchos de ellos. Sin embargo nunca antes había visto que se organizara tal polémica ni que se escribieran cosas tan ofensivas y tan cargadas de desdén de ninguno de los premiados. Lo que me lleva a pensar que esa reacción se debe más a motivos espurios –como la ruptura con el establishment que supone este premio, que eso no se perdona así como así– que a los puramente literarios. Y es que todos somos muy progres, pero que no nos toquen las narices. Vamos a cambiar todo para que todo siga igual, ¿no era así lo de Lampedusa?

Me he tomado la molestia de repasar los ciento quince premiados anteriores a Dylan –entre los que, dicho sea de paso, solo hay nueve mujeres– y debo confesar que solo conocía a cuarenta y siete. Claro que mi ignorancia es enciclopédica, pero me atrevo a asegurar que muchos de los que critican este premio conocen a bastantes menos que yo, tan solo fuera de nombre. Y de algunos solo han sabido de su existencia cuando les han concedido el Nobel –y seguramente ya los han olvidado– pero nunca se les ha ocurrido poner en tela de juicio el premio. Pero a Dylan sí, a Dylan hay que machacarle aunque ni siquiera sepan inglés para entender sus letras. Es más, tengo para mi que si Dylan no hubiera sacado los pies del tiesto, si nunca hubiera puesto música a sus poemas y se hubiera limitado a ser un poeta minoritario solo para “iniciados”, sin salir del oscuro e ignoto rincón donde debemos permanecer los poetas, nadie hubiera cuestionado su premio, como ha ocurrido con tantos otros Nobel a los que no conocía ni su vecino.

El Nobel no se lo dieron nunca a Borges ni a Cortázar ni a Rulfo ni a tantos y tantos autores que admiro. Se lo han dado en cambio a Mo Yan, que no dudo de sus méritos, pero que no tengo el gusto de conocer ni antes ni después del Nobel, aunque esto, sin duda, es una imperdonable carencia mía. Sin embargo a Dylan le conoce todo el mundo y, tan solo armado de su guitarra y de sus versos, ha llevado su grito contra todas las guerras y contra todo tipo de injusticias hasta el último confín de este inhóspito mundo.

¿Por qué, entonces, esta airada reacción a su premio? La respuesta, seguramente, está en el viento.