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Opinión

La otra vida que podría tener en el pueblo

Enfilo la carretera de Almazán hacia el sur. En 40 km solo me encuentro con un jabalí que cruza tranquilo la carretera y tres majestuosos buitres que alzan el vuelo al aproximarme a su ribazo con mi coche. Tras un giro a la derecha, se abre ante mi izquierda un inmenso valle que me resulta familiar hasta lo incomprensible: nunca antes he transitado esta vía ni he pasado por Valdelcubo, aunque haya escuchado su nombre cientos de veces. La pendiente medida de las lomas, la combinación de verdes y arcillas, y la apertura luminosa de un horizonte con árboles contados no deja lugar a dudas: he llegado al valle sin nombre en el que según Wikipedia está el pueblo de mi madre y con el que sueño tan a menudo.

En esta época del año se pueden ver algunos almendros en flor desperdigados por el paisaje. Todavía estamos en febrero, pero la primavera cada año se adelanta más. Un comentario que compartiré con lugareños los próximos días y que casi siempre concluye con un “solo esperemos que no vengan en marzo o abril heladas que arruinen el fruto”. Como la egoísta urbanita que soy (solo en cierta medida), pienso que gracias a esta nueva temperatura invernal puede alguien como yo venir a pasar unos días a este rincón preciado, pero tambien duro, del mundo. En la ciudad, algunas cosas son más fáciles. Allí, subo el termostato y una caldera, en cuya compleja instalación nada tengo que ver gracias al sistema de compraventa de servicios que hoy sustenta la economía, empieza a calentar los radiadores de mi hogar. Pero aquí estoy en el pueblo, en Riosalido, son más de las 18h y tengo que encender el fuego de la chimenea si no quiero morir de congelación esta noche.

Nada parecido a morirse. Todo lo que aquí me sucederá en los días sucesivos solo tiene que ver con la vida. No daré ningún nombre de las personas que conoceré para preservar una privacidad no solicitada por ellas pero para mí aún valiosa, como persona que aún cree que puede sacar algo bueno del individualismo que aprendió en la gran ciudad.

Vista de Santamera.

Sigüenza me recibe en un día laborable sin turistas a la vista y con el ajetreo moderado de su día a día. Una ciudad engrandecida por la historia pero que aún no ocupa el lugar que le corresponde en la memoria del país. Apenas he leído todavía sobre ella, pero ya he podido descubrir el valor paradigmático de algunos de sus episodios. Desde su papel en la Guerra de la Independencia, hasta el proceso de migración campo-ciudad que sufrieron sus pedanías en los años 60 y 70, pasando por la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX (fue un punto importante de la primera línea de la península, que realizaba el recorrido Madrid – París) o por la intrincada Batalla de Sigüenza, que ni tan siquiera aparece en los manuales de historia de la Guerra Civil Española; y, por supuesto, el ya conocido legado medieval y eclesiástico que envuelve la villa en una atmósfera sagrada.

Las coordenadas geográficas tienen probablemente mucho que ver en la singularidad de este territorio. Cada territorio tiene las suyas, las que le hacen único. Una triple frontera dibuja el contorno. Aupado entre montañas que unen el Sistema Ibérico con el Sistema Central (Sierra Ministra, la llaman), entre lo que administrativamente llamamos las dos Castillas y Aragón, este territorio se pierde fácilmente en los milenios de la historia. Todavía quedan abundantes vestigios celtíberos y romanos en sus cerros y caminos. Señales de las otras vidas que vivimos a través de otros nosotros. La vida de los labradores, principales pobladores de estas tierras, sus fiestas y rituales de organización social, se mantuvieron vigentes durante siglos hasta hace un puñado de décadas. Y seguramente aún se celebren de algún modo que desde la miopía urbana no sepa percibir.

El castillo de Sigüenza visto desde el pinar.

Me preguntarán varias veces qué me trae por aquí. Y creeré entrever en esa pregunta la sana curiosidad de quien espera que nuevos habitantes se decidan a asentarse en estos pueblos. Yo diré cualquier cosa que me venga a la cabeza en ese momento -claro que me gustaría quedarme-. Ahora, mientras escribo estas líneas, puedo decir que todo se resume en la grandeza de la conciencia histórica que aquí soy capaz de adquirir. Madrid, Berlín y Nueva York aportarán otros puntos de vista, ninguno de ellos desdeñable, pero no podrán nunca explicar quiénes eran mis antepasados ni cómo lograron colectivamente empujarse hacia la supervivencia en estos parajes. Nada de esto pasa por mi mente cuando leo un libro junto al fuego, pero ahí está, sosteniendo la experiencia.

Las puertas que aquí se abren no lo hacen solamente a quienes revelan cercanía a través de sus apellidos. Santamera es un buen ejemplo de ello. Allí tengo la oportunidad de conocer a nuevos pobladores que rescatan viejas formas de vida. Y a viejos pobladores que ahora vuelven, jubilados ya, a disfrutar del rincón de cielo en la tierra que les ha sido regalado en ese meandro del río Salado. Todos abren su sonrisa y su mirada para entender mejor lo que les une con los otros. Así son los ratos de felicidad en estos pueblos: gratis y sentidos.

Es hora de ir recogiendo. Las obligaciones de la ciudad no dejarán de esperarme aunque alargue mi estancia un día más aquí. Solo espero que haya muchas visitas más, todas las veladas musicales que sean posibles, tantas lecturas junto al fuego como queramos, más rebaños que cierran el día con el sonido de sus cencerros, que el agua y el aire sigan circulando puros en estos parajes por mucho tiempo... ¡Y que lo disfrutemos!